Capítulo 4. #2
—Si esa gruta estaba cerrada, puede que sea peligrosa —adujo el profesor en un tono que no comprendí.
Don Emeterio conocía de sobra que normalmente Enrico y yo buceábamos en grutas de acceso restringido o prohibido.
—¡Peligro es nuestro segundo nombre! —repuso Enrico entre risas—. No se preocupe, le tendremos al día de nuestros avances, don. ¡Ya mismo vamos a verle a Cancún!
—¿Y por qué no me esperáis y vamos dentro de unas semanas todos juntos? Si vais a explorar un nuevo agujero, me gustaría estar presente — pidió para mi sorpresa.
—Ya teníamos el plan hecho, profesor. Pero, bueno, lo pensaremos. Tal vez vayamos a otro lugar mañana y esperemos por usted —contesté sin prometer ni comprometerme a nada.
—¡Nada me gustaría más! Hace mucho que no tengo un poco de acción y este viejo cuerpo empieza a echarla de menos. —A pesar de sus esfuerzos por parecer despreocupado, por algún motivo que se me escapaba el profesor sonaba inquieto.
—¡Estamos en contacto, don! —se despidió Enrico.
—Eso espero. ¡Andaros con cuidado, chicos! —dijo don Emeterio antes de colgar.
El olor del pescado nos hizo olvidar pronto la conversación con el profesor. Olía que alimentaba, las corvinas a la sal estaban ya en su punto. Enrico y yo dimos buena cuenta de ellas. Habíamos cenado sin hablar demasiado. Los dos estábamos cansados del día de trabajo y nos fuimos pronto a dormir.
Era todavía de noche cuando nos levantamos. Una hora de camino en coche nos separaba de la entrada Este de Cenote Dos Ojos.
El acceso estaba aún cerrado cuando llegamos a la zona por la que entraban los numerosos grupos de turistas que venían cada día de visita.
Por supuesto, Enrico y yo teníamos otras alternativas para acceder de forma clandestina al pozo de agua azul.
Conocíamos el cenote casi como la palma de nuestra propia mano, y nos adentramos sin problemas en el enclave natural que servía de atracción turística antes de que abriera.
—Primo, ¿no notaste muy raro ayer al profesor Emeterio? —preguntó Enrico mientras ocultábamos las mochilas en la maleza y nos colocábamos el equipo de buceo.
Asentí. Lo cierto era que el profesor había actuado de una forma extraña. Era la primera vez en diez años que nos pedía que pospusiéramos una expedición. Por algún motivo, parecía como si ya conociera la existencia de aquella gruta no marcada. Su reacción había sido rara.
Me encogí de hombros y me centré en revisar el equipo de inmersión. No tardé mucho en olvidarme de él. Estaba impaciente por conocer qué secretos se ocultaban debajo de la superficie azul brillante que nos saludaba invitando al baño.
Las incursiones con Enrico una vez al mes se me quedaban cortas y las esperaba con ansia.
Todo submarinista experimentado sabía que era más seguro bucear acompañado, sobre todo cuando se trataba de inspeccionar sitios que no conocía.
De no ser así me hubiera internado en la gruta yo solo hacía ya días, pero la prudencia se había impuesto a aquellas ganas desmesuradas que me carcomían.
La visión del agua turquesa y cristalina nos impactó sin remedio.
Aquel paraje era tan hermoso que uno no podía evitar admirarse con su belleza, aunque ya lo conociera de antemano.
Las rocas transparentaban por debajo del agua clara y la vegetación exuberante caía sobre el agujero que servía de entrada al entramado subterráneo de cuevas y grutas que se ocultaban debajo del gran pozo principal.
Enrico y yo bajamos las escaleras de madera vigilando que nadie nos viera. Antiguamente había que saltar desde arriba para poder sumergirte, pero hacía unos años lo habían adecuado para hacerlo más accesible al turismo.
El agua helada se clavó en mi cuerpo por debajo del neopreno como si estuviera formada por un millón de alfileres y tuve que contener la respiración hasta que mi piel se aclimató.
Nos sumergimos con rapidez. Desde abajo, el gran agujero se veía sublime y me deleité antes de continuar con la inmersión en la magnificencia de la incisión de la luz del amanecer sobre el agua que caprichosa bañaba las estalactitas que colgaban del techo sobre nuestras cabezas.
Buceamos con pericia hasta el lugar donde recordaba que se encontraba la gruta. Enrico me seguía diligente y yo trataba de repetir con exactitud el mismo recorrido que había realizado el día que había dado con la cavidad. No tardamos en dar con el punto exacto.
Algo llamó mi atención de inmediato: Habían vuelto a cerrar la entrada.
Allí había algo extraño. Si bien al principio había pensado que podía ser que la roca estuviera delante por casualidad, ahora me quedaba claro que alguien quería que aquella gruta se mantuviera discretamente oculta a los ojos de cualquiera que pasara por allí.
—¡Y he aquí la aguja en el pajar! —le señalé a mi primo con un gesto rimbombante.
Enrico me ayudó a desplazar la roca que nos cerraba el paso.
Con dificultad conseguimos moverla lo suficiente como para dejar al descubierto una pequeña abertura. Nos colamos dentro pletóricos y exultantes. Nos podía la sed de aventuras. Era el momento de abrirnos paso hacia lo desconocido.
El corazón me bombeaba con fuerza en el pecho y la sensación de euforia iba en aumento a medida que avanzábamos por el conducto de agua. Ninguno imaginaba lo que nos esperaba al otro lado.
Si hubiera sabido entonces todo lo que desencadenaría haber movido aquella piedra creo que la hubiera dejado en su lugar.
Pero uno no puede escapar a su destino. Puedes correr en dirección contraria, mirar para otro lado, hacerte el sordo, el mudo y el ciego, pero lo que es para ti siempre te encuentra.
Hagas lo que hagas la suerte está echada.
Y mi sino, aquel día, era mover aquella piedra, bucear por aquella gruta en Cenote Dos Ojos junto a Enrico y encontrar al otro lado aquella gran montaña de huesos.
Qué hacía allí era un misterio. Si algo estaba claro, es que alguien se había tomado muchas molestias para que lo que había en aquella cavidad no saliera a la luz. La pregunta a responder era por qué.