Capítulo 4.
Como una aguja en un pajar
Mi primo Enrico llegó por la tarde. Estaba ya cayendo el sol cuando el ruido del motor del jeep me indicó que estaba por fin aparcando frente a la cabaña.
Salí a recibirlo y nos abrazamos con cariño. Para mí era como un hermano.
Nos dimos unos golpes de camaradería en la espalda.
—¡Ey, por fin libres, primo! —me saludó con un gesto de victoria.
Tenía libre un fin de semana al mes y lo aprovechaba para venir a
verme a la costa.
—¿Cómo te ha ido durante estas semanas? ¿Mucho trabajo?
—No te imaginas… El bote parece una lata de sardinas, todos juntitos y apretados. Tengo que dar las explicaciones moviendo los brazos como los playmobil —acompañó sus palabras con el gesto y los dos nos echamos a reír.
—Parece que la laguna negra se ha convertido en el destino turístico del año y yo no me he enterado —le dije con sorna.
Enrico seguía viviendo en Punta Allen.
Formaba parte de una de las tres cooperativas de ecoturismo de la reserva y se dedicaba a llevar a los turistas en lancha por la laguna negra.
—Ríete, ríete, que tú por aquí tendrás piedras, pirámides y arrecifes, pero en Punta Allen estoy yo y ya sabes que no hay mujer que se resista a mis encantos —bromeó, pasándose el pulgar por los labios con un gesto que pretendía ser sexy, pero no pasaba de cómico.
—¡Claro! Van todas a hacer turismo de interior atraídas por tu metro noventa y tus preciosos ojos azules —le piqué encantado.
—Ya tuvo que hablar el alto —replicó, guiñándome un ojo, poniendo voz de repipi.
Mi primo medía un metro cincuenta escaso, y la diferencia de altura entre los dos había suscitado desde que éramos pequeños múltiples bromas en el poblado. Lo cierto es que formábamos una extraña pareja, parecíamos el punto y la «i», teníamos también caracteres completamente opuestos.
—¡Si yo tuviera ese cuerpo que Dios te ha dado, no tendría la cama vacía ni un solo día al año! —dijo con su discurso habitual.
Asentí sonriendo. Seguramente tenía razón. Lo que a Enrico le faltaba de altura, le sobraba de labia, simpatía y desparpajo. Yo en cambio era borde por naturaleza, no me gustaban las florituras.
El olor de los peces espetados sobre las brasas que estaba cocinando para la cena llegaba embriagador hasta nosotros.
—Y dime, playboy, ¿has pescado algo más que corvinas durante este mes? —añadió en un guiño.
Cualquiera que nos escuchara desde fuera hubiera pensado que se refería a conquistas femeninas, pero yo sabía que se refería a los huesos. De las primeras no me interesaba saber nada, de los segundos algo había caído.
—Un par de cráneos, un yacimiento con útiles de trabajo y una gruta nueva que espero que exploremos mañana —dije sonriente, haciendo recuento.
Estaba impaciente por compartir con él los nuevos descubrimientos.
—No has perdido el tiempo, ¿eh, gañán? ¡Veo que te ha acompañado la suerte, primo! —dijo echando un vistazo a los huesos que había
recogido en solitario—. ¡Me muero de ganas de ver esa gruta! —añadió, emocionado—. Por cierto, cambiando de tema, mi madre pregunta que cuándo vas a venir al pueblo.
Llevaba mucho tiempo sin ir a Punta Allen, desde el funeral de mamá. Pensar en mi madre hizo que mi ánimo se ensombreciera. No tenía ganas de volver. Allí había demasiados recuerdos, algunos de ellos, dolorosos…
—¿Y por qué ese interés repentino? —pregunté contrariado. Me parecía extraño.
—Tiene que darte algo que tía Marita dejó para ti.
He tratado de indagar, pero no ha soltado prenda.
Le he ofrecido traértelo, pero se ha negado en rotundo.
Ya la conoces, cuando se le mete algo en la cabeza…
Dice que tienes que ir tú a recogerlo, que así lo estipuló tu madre y no va a ser ella la que contradiga su última voluntad.
Parece importante, primo, ha insistido mucho.
Mi tía Lucrecia y yo no estábamos muy unidos. Después de la confesión de mi madre, la que me había alejado de Punta Allen, me había jurado a mí mismo no volver nunca.
Solo había roto aquella promesa una vez y había sido para ver a mamá una última vez.
Aún la veía allí, con sus cabellos negros cayendo sobre sus hombros y aquel vestido blanco bordado con flores de colores que siempre se ponía los días de fiesta mayor.
Yacía con los ojos cerrados como si durmiera…
Hasta en el otro mundo mantenía aquel semblante lleno de paz que siempre la caracterizó.
¡Ojalá no hubiera sido tan imbécil! Pocas cosas pesan más que las palabras que no se dicen. La muerte me arrebató la oportunidad de decirle a mi madre cuánto la quería. Nunca podré perdonármelo.
Me encogí de hombros y volví a centrar el tema en los huesos. No tenía intención de volver a Punta Allen. No estaba preparado para hacerlo.
—Mañana tendremos que madrugar si queremos llegar a «Dos Ojos» antes de que llegue la marea de turistas. Me gustaría llegar a la gruta sin espectadores incómodos.
—¿Has llegado a internarte?
—Solo unos metros. Tenía que volver con el grupo y no tenía tiempo para más.
Está muy escondida. De hecho, parecía casi como si la hubieran tapiado, estaba oculta detrás de una roca.
La corriente subterránea ha debido mover la piedra y ha dejado un pequeño hueco.
La vi por casualidad. Está en la zona de inmersión profunda, solo bajamos allí con los grupos de submarinistas experimentados —le expliqué.
En el Cenote Dos Ojos había multitud de grutas.
Las más accesibles se utilizaban para disfrute de los turistas, muchas otras estaban abiertas solo a los submarinistas profesionales y había que solicitar un permiso especial para poder adentrarse en ellas y las más interesantes, a nivel de hallazgos de restos, eran de acceso prohibido.
Enrico y yo habíamos explorado ya todas las grutas de acceso permitido y llevábamos años internándonos de forma clandestina en las demás.
Lo extraño de esta gruta era que no aparecía en el plano de grutas del cenote, ni había ningún documento que recogiera su existencia.
Era como si la hubieran borrado del mapa.
—¿Entonces no aparece recogida en ningún sitio? —preguntó Enrico expectante.
—Lo he mirado y no consigo encontrarla —dije, encogiéndome de hombros.
Como guía habilitado y submarinista profesional titulado tenía acceso a los mapas detallados de todas las cavidades de Quintana Roo. Lo había comprobado en todos y cada uno de los documentos y aquella gruta técnicamente no existía.
—Tal vez solo es un camino sin salida. Hay multitud de viales de solo unos metros. Si la gruta es corta y sin interés alguno, puede que no la hayan recogido en los mapas.
—Tendría que aparecer de igual modo. Lo extraño es que estaba tapiada. Alguien debía saber que estaba allí. Por lo que he podido ver, es estrecha, pero accesible.
El teléfono de Enrico, colocado encima de la mesa, se encendió y me sobresaltó cuando comenzó a sonar.
Yo apenas usaba el celular. Lo llevaba por obligación, pues en la sociedad moderna vivir sin teléfono móvil te dejaba excluido del mundo.
El hotel me obligaba a estar localizable para comunicarme los cambios de turno o llamarme en caso de que tuviera que realizar algún servicio imprevisto de última hora como guía.
Lo maldecía cada vez que sonaba, me irritaba tener que vivir pendiente de un aparatejo ¡Como si los malditos turistas no pudieran esperar un día o unas horas para hacer una excursión!
¡Estaban de vacaciones, tenían tiempo de sobra!
Si por mí hubiera sido, me hubiera deshecho del dichoso teléfono en un pozo.
Enrico me enseñó la pantalla con una sonrisa. «Don Emeterio», ponía en las letras que aparecían y desparecían al ritmo del tono de llamada.
—¡Buenas tardes, doctor! —saludó Enrico afable.
Había colocado el teléfono nuevamente sobre la mesa y activado el
«manos libres».
—Justo hace un momento estábamos Oriol y yo hablando de usted.
Parece que nos ha olisqueado.
—¿Cómo van las cosas, chicos? Supongo que si hablabais de mí será porque habéis cazado algo interesante.
—Pues mire usted que sí, doctorcito. Oriol ha conseguido algunos cráneos y ha fotografiado un yacimiento con útiles, pero lo más interesante es que ha encontrado una gruta sin señalizar, ¿verdad, primo? —se dirigió a mí con emoción.
—¡Hola, don Emeterio! —saludé para hacer ver al doctorcito que estábamos en una conversación a tres—. Así es, mañana temprano queremos ver qué encontramos en ella.
—¿Una cavidad nueva? ¿Y dónde está esa cavidad por explorar? —interrogó curioso.
—En Cenote Dos Ojos, don —dije sin dar más detalles. El silencio que siguió a mi respuesta me sorprendió.
—Sigue usted ahí, doctorcito —pregunté para asegurarme que no se había cortado la comunicación.
—Sí, sí, aquí sigo. ¿En Cenote Dos Ojos has dicho? ¿Y no aparece en la cartografía oficial? Entonces seguramente será una cavidad sin salida o sin nada reseñable. Cenote dos Ojos está completamente explorado, ¡encontrar una nueva gruta allí sería como encontrar una aguja en un pajar!
—Estaba tapiada —añadió Enrico de pronto.
Mi primo puso cara de no entender cuando recibió el codazo que le propiné.
No me gustaba compartir demasiada información sobre mis incursiones hasta que no las había llevado a cabo. Que Enrico le hubiera dado aquel detalle al profesor me parecía desacertado.
—¿Cómo que tapiada? —interrogó él de inmediato.
Enrico me miró antes de hablar. El codazo le había hecho comprender que había metido la pata con el comentario y con un movimiento de cabeza me indicó que fuera yo quien contestara a la pregunta de don Emeterio.
—Enrico se refiere a que estaba taponado detrás de unas rocas, profesor. Seguramente la presión del agua las ha desplazado y por eso ha quedado a la vista.
—Ya... —Parecía que el profesor estaba pensando y un silencio espeso se hizo de pronto. Tardó unos segundos en romperlo—. Tal vez deberíais olvidaros de esa gruta, chicos —dijo para nuestra sorpresa.
—¿Cómo qué olvidarnos, doctor? —protestó Enrico tan desconcertado como yo—. Íbamos a explorarla mañana mismo. ¡Quién sabe si damos con algo interesante allí abajo!