Capítulo 3.
La fiesta de los gnomos de jardín
—¿No crees que ya has bebido suficiente? —Esther me quitó el ginonic de entre las manos y tiró de mi brazo arrastrándome fuera del local.
Cuando había conseguido reponerme al bochorno que había pasado en la iglesia, decidí que lo mejor era emborracharme hasta perder el sentido.
Mi hermana no estaba de acuerdo, pero ante la imposibilidad de hacerme entrar en razón, me había seguido en mi locura. También lo había hecho mi mejor amiga, Patricia.
Mi hermana Esther y Patricia no se soportaban, pero allí estaban las dos, sirviéndome de muletas en aquel día de julio. Aguantaban el chaparrón y soportaban mis desvaríos. ¡Al menos ellas nunca me habían fallado! ¡Qué afortunada me sentía de tenerlas en aquel momento!
Yo prefería estar borracha que rota, así que me había bebido hasta el agua de los ceniceros.
Ya no era capaz de pensar, mi cabeza daba vueltas y mi estómago se resentía de los excesos.
A mitad de la noche había comenzado a sentirme ligera por efecto del alcohol, después me había dejado llevar por la euforia y ahora empezaba el inevitable bajón.
Patricia nos había dejado en casa y se había marchado hacía ya rato. No había querido entrar cuando le propuse que se quedara a tomar la última. Estaba muy rara. Había pasado la noche como ausente. Supuse que ella también se había visto afectada por lo acontecido.
—¿Quieres que me quede? —preguntó mi hermana.
Me había metido en la cama después de sujetarme el pelo mientras vomitaba hasta la primera papilla.
—¡Joder, Álex! Estás hecha una mierda. —Me acariciaba el pelo con la expresión compungida. Parecía que ella estaba sufriendo más que yo.
Miré a Esther que cuidaba de mí con delicadeza y me sentí cómo una mala hermana. Yo era su hermana mayor. ¡Debía ser yo quien cuidara de ella y no al revés!
—Vete a dormir, anda. Ya estoy bien. Solo necesito descansar un poco y mañana lo veré todo de otra manera —le dije, haciendo gala de una fortaleza que me venía grande.
—Me quedo contigo. —Se acercó a la ventana y bajó la persiana. Esther no estaba dispuesta a claudicar.
—En serio, vete a casa. Necesito estar sola —balbuceé arrastrando las sílabas, todavía medio borracha.
—¡No pienso dejarte sola! —concluyó ella—. Me quedo contigo. Voy a tumbarme en el salón. Tú, descansa.
Era inútil discutir con ella. Sabía que no se iría y en el fondo lo agradecí.
Me tumbé y la habitación comenzó a girar alrededor.
Corrí al baño. Mi estómago estaba deshaciéndose de todo lo que había metido en él.
No pensaba darme tregua hasta que no estuviera completamente vacío, así que me resigné.
¡Me había pasado tres pueblos con la bebida y ahora pagaba las consecuencias!
«¡Genial, abandonada en el altar y con el hígado machacado por el alcohol en el mismo día…!», pensé después de vomitar por tercera vez.
Las paredes del baño volvieron a girar nuevamente y creo que me desvanecí.
Desperté en la cama a las cinco y media de la mañana. Seguramente Esther me había llevado hasta allí.
Me levanté tambaleándome, me explotaba la cabeza. Aún notaba los efectos de la embriaguez y mi pensamiento volvió al momento de la iglesia. La imagen de Jaime me provocó una arcada. ¡Ese cabronazo se iba a enterar de quien era yo!
Llegué al baño agarrándome a las paredes mientras daba tumbos de lado a lado. Vomité de nuevo y me sentí mejor.
Me senté en la cama un poco más recompuesta, por fin la habitación
había dejado de dar vueltas. Cogí el teléfono y llamé a Jaime.
Había intentado llamar varias veces, pero el muy cobarde seguía teniendo el teléfono apagado. «¿De verdad se pensaba que iba a conformarme con el plantón? ¡Pensaba hacer que diera la cara! ¡Me merecía una explicación!». Me vestí con presteza y me dispuse a salir.
—¿A dónde vas a estas horas, Alejandra? —escuché decir a mi hermana en plan madre protectora. Me había cortado el paso hacia la puerta.
«¡Mierda! ¡Me había olvidado de Esther!»
—A casa de Jaime. Me debe una explicación. No pienso quedarme con la cara de gilipollas. ¡Voy a llamarle de todo menos bonito! —contesté furiosa y envalentonada por el alcohol que aún me quedaba en sangre.
—Me parece bien. ¡Voy contigo! No puedes conducir medio borracha —dijo Esther, arrancándome de las manos las llaves del coche.
No esperaba que apoyara mi decisión y mucho menos que me acompañara. Me había dejado completamente desarmada.
Esther pasó un brazo sobre mis hombros y me acercó a su cuerpo.
—¡Vamos, sube! —me ordenó.
Me había abierto la puerta del copiloto para que pudiera sentarme.
La miré en silencio mientras conducía. Mi hermana y yo éramos la noche y el día. ¡Ojalá hubiera heredado algo de su elegancia, su cordura y sus formas mesuradas!
Jaime vivía al otro lado de la ciudad, en un adosado en uno de los mejores barrios de Sevilla.
A pesar de llevar cinco años como pareja ninguno de los dos había sentido la necesidad de convivir bajo el mismo techo. Habíamos decidido dejarlo para después de la boda. A los dos nos gustaba mantener nuestra
independencia y aunque los fines de semana los pasábamos en su casa o
en la mía, entre semana raramente dormíamos juntos.
Algo llamó mi atención al parar frente a la casa. Mi corazón comenzó a latir desbocado en el pecho y noté como me faltaba el aire. Me había quedado blanca como una pared.
Esther siguió mi mirada y su cara reflejó la misma sorpresa que la mía en los ojos. ¡Aparcado en la puerta había un mini idéntico al de Patricia! Las dos nos miramos desconcertadas al comprobar que el coche no era igual que el de mi amiga… ¡era el suyo!
«Pero ¿qué hacía Patricia en casa de Jaime?». Por un momento pensé que tal vez había ido a reclamarle por el plantón, pero mi cabeza negó en rotundo y algo más fuerte que yo se apoderó de mí.
No quería quedarme con la duda. Necesitaba ver la verdad con mis propios ojos.
—¡Vámonos, Álex! —Esther tiró de mi brazo.
Ella había atado cabos antes que yo y pude ver el dolor en su rostro.
—¡Será zorra…! —añadió con las lágrimas ya asomándole a los ojos.
—Tengo que saber qué está pasando ahí dentro. —Volví al coche y saqué las llaves de la guantera.
Aunque Jaime y yo no vivíamos juntos los dos teníamos un juego de llaves de la casa del otro.
—No es buena idea, Alejandra. Solo vas a hacerte más daño.
¡Vámonos! —Esther trató de sujetarme del brazo.
Demasiado tarde, yo ya había enfilado el camino que me separaba de
la puerta y con el alma en un puño giraba la llave en la cerradura.
No fui capaz de decir nada. Solo miraba perpleja, como si mi cuerpo no me perteneciera. Las cosas de Patricia estaban desparramadas por la sala. Me encaminé en silencio hasta la habitación y abrí la puerta despacio.
Entrelazados, los cuerpos desnudos de mi exnovio y mi ex mejor amiga yacían sobre la cama.
Ahogué un grito, respiré profundo y salí de allí sin hacer ruido.
Estaba mareada, como si me hubiera asomado al abismo. Esther me vio salir hecha pedazos. Me abrazó en silencio y vi la ira en sus ojos.
Resopló, sacó un pintalabios rojo de su bolso y comenzó a «decorar» con pintadas el coche blanco de la zorra de Patricia.
La sensación de caída libre dejó paso a un profundo odio. De pronto, la compuerta que retenía todo el dolor de aquel día se reventó por la presión de las emociones negativas contenidas y me poseyó el ansia de venganza.
Volví hacia la casa. Jaime presumía de tener el jardín más bonito de la zona.
El mérito no era suyo, era del jardinero, pero el muy imbécil se vanagloriaba de aquello como si fuera él quien lo cuidaba.
¡Ni siquiera sabía cómo acoplar la manguera al grifo!
La verdad es que lo de usar la manguera no era lo suyo en ningún sentido.
Al menos ya no tendría que fingir los orgasmos.
Cogí las tijeras de podar que estaban colgadas junto a la caseta de las herramientas y no dejé un rosal con vida.
Después me centré en la fuente. Descabecé el David de Miguel Ángel tallado en mármol con una azadilla y le corté el pene que le servía de caño, pero mi furia no se aplacaba. Estaba fuera de mí.
De pronto, algo se encendió en mi memoria. «¡Los gnomos! ¿Cómo no se me había ocurrido antes?». Jaime coleccionaba gnomos de jardín. Había pasado los últimos años visitando viveros en cada viaje para comprar como recuerdo una de aquellas absurdas figuritas.
Los miré con sorna. Regordetes, con aquella sonrisa pétrea que a mí me daba mal rollo, afincados por el jardín con sus colores vivos. Escogí el primero. Era un gnomo jardinero, se lo había regalado yo en el viaje que habíamos hecho el verano anterior por la Toscana.
El ruido de la cerámica al estallar contra la fachada de la casa me reconfortó.
Esther me miró inmóvil. La vi fruncir el ceño y pensé que venía a reducirme y replegarme, pero, para mi sorpresa, ella cogió otro de los gnomos y lo estrelló contra el suelo.
—¡Espera! ¡Que nos falta la banda sonora! —dijo con un guiño y en un santiamén puso la música en el coche con las puertas abiertas y a todo trapo.
Sonaba «Believer» de Imagine Dragons. La elección de la música no pudo parecerme más acertada.
Las dos comenzamos a reír cómo posesas mientras bailábamos improvisando sobre la marcha una coreografía igual de ridícula que de arrítmica.
Las luces de las ventanas en las viviendas contiguas empezaron a encenderse. Los improperios de los vecinos que nos reclamaban por el alboroto lejos de amilanarnos nos servían de acicate. Ajenas a sus quejas nosotras seguíamos con la fiesta.
Por fin la ventana de la habitación de la casa de Jaime se abrió y pude
ver la cara de horror de los traidores.
Exultante, lancé con todas mis fuerzas. Acerté a machacar al gnomo contra el cristal de la ventana que había vuelto a cerrarse justo a tiempo para evitar que les diera en los morros.
Para mi disgusto, el cristal no se rompió.
Fue una lástima, hubiera sido un culmen de noche de bodas apoteósico.
Pensé en el titular a la mañana siguiente: «Jaime de Betanzos, vapuleado por un gnomo de jardín y herido de gravedad, se recupera de sus heridas en el hospital Virgen del Rocío».
Detrás de la ventana, las siluetas de aquellos dos malditos se dibujaban a contraluz. Jaime y Patricia se habían atrincherado dentro de la casa y ninguno de los dos salió a dar la cara ¡Los muy cobardes no tuvieron agallas!
—¡Señores y señoras, bienvenidos a la fiesta de los gnomos de jardín!
—repetía yo a voz en grito, mientras seguía utilizando las figuras como proyectiles al ritmo de la música.
Estrepitosamente, las cabezas puntiagudas de aquellos enanos se rompían en mil pedazos contra la pared. Esther y yo, en un mano a mano, nos habíamos cargado al ejército de enanos al completo. ¡No había quedado uno con cabeza!
Las sirenas lejanas de la policía acercándose nos pusieron sobre aviso. Era hora de marcharse. Esther tiró de mí y me introdujo a empujones en el coche. Nunca la había visto perder el control, le brillaban los ojos y esbozaba una sonrisa extraña.
—¡Parecíamos dos locas! ¡Menos mal que no nos han pillado, si no, nos meten en el manicomio y nos ponen una camisa de fuerza! —reía a carcajadas con risa histérica.
Esther estaba pletórica. Las dos hablábamos a la vez vociferando como energúmenas por efecto de la adrenalina.
Yo tan pronto reía como lloraba. Me sentía completamente desequilibrada.
—Y ahora, ¿qué vas a hacer? —preguntó un rato después mi hermana, ya de regreso en casa.
Se nos había pasado la embriaguez de la locura y yo estaba ya más tranquila. Una taza de tila humeaba entre mis dedos.
—Pues no lo sé… No tengo ganas de quedarme aquí y tampoco puedo volver al trabajo. Nunca debí haber aceptado ese puesto en la empresa del tío de Jaime. ¡No sé qué demonios voy a hacer ahora!
—¿Y por qué no aprovechas el mes y te vas unos días de Sevilla?
Desde lejos todo se ve de otra manera. A veces hay que tomar distancia para ver los problemas desde otra perspectiva.
Muchas veces la vida nos hace un favor cuando pensamos que nos está jodiendo.
Los finales solo son una oportunidad para comenzar de nuevo.
Esther se encogió de hombros. Ella había tomado decisiones drásticas en el último año. Sabía perfectamente de qué hablaba.
Mi hermana había roto con su novio de toda la vida y dejado su trabajo en el bufete de abogados donde era fija para montar el negocio de sus sueños, una floristería.
Nadie había apostado por ella, pero ahí estaba, feliz y satisfecha con su nueva vida.
¡Si había alguien que sabía de lo que hablaba, esa era mi hermana!
¡Si ella había podido empezar de cero, yo también podía!
La miré durante un rato perdiéndome en los reflejos rojizos de su pelo. Ambas compartíamos el tono cobrizo en nuestra herencia genética, pero yo me había oscurecido el pelo para complacer a Jaime. A él le gustaban más las morenas, ¡y ahora resulta que el muy cabrón se follaba a una rubia!
Tragué saliva. Evocar la imagen de Jaime en la cama junto a Patricia había vuelto a revolverme el estómago.
—¿Sabes qué? —dije de pronto—, ¡me voy de luna de miel!
Ya que está todo pagado, voy a aprovecharlo.
Me merezco unas vacaciones. Además, era el regalo de la bruja de mi exsuegra, no pienso darle el gusto de pedir un reembolso y ya tengo preparada la maleta.
—Acababa de decidir que me marchaba a Riviera Maya.
¡Si había que reiniciar el mundo mejor hacerlo desde la otra punta del planeta, en bikini y con un margarita entre las manos!