Capítulo 2. #2
Me sacudí el agua del cuerpo y me puse un bañador seco y una camiseta limpia. Me quedaba el tiempo justo para llegar al punto de encuentro. ¡Si no me espabilaba llegaría tarde! Aceleré el paso, odiaba la impuntualidad.
El camino hasta la carretera serpenteaba entre la maleza selvática. Me encontré con varios vecinos de la zona que como yo se disponían a comenzar su jornada laboral.
Saludé a cada uno con un leve movimiento de cabeza acelerando el paso para adelantarlos y evitar así tener que iniciar una conversación.
Allí nos conocíamos todos, yo me esforzaba para no intimar con nadie.
Mi bien más preciado era la libertad que me procuraba aquella independencia.
Quería estar solo. Ese era el motivo por el que había decidido marcharme de Punta Allen hacía ya más de dos años.
No había vuelto desde entonces, después de la muerte de mi madre ya nada me ataba a aquel lugar.
Mientras esperaba en la parada, saqué de mi mochila el papel arrugado del cuadrante. Hoy me tocaba buceo de arrecife.
El transporte llegó puntual. El vehículo hacía la ruta desde el sur de Puerto Carrillo hasta Tulum Beach. Yo era el último empleado de la compañía que recogía y el primero que dejaba a la vuelta.
Tardamos veinte minutos en llegar al «Tulum Bahía Resort», que era el hotel donde la agencia turística para la que trabajaba recogía a los clientes.
Vi un numeroso grupo que esperaba ya en recepción cuando llegué.
«¡¿Por qué no se quedarán tomando el sol?!», farfullé entre dientes disimulando una mueca de disgusto. No sabía por qué, pero estaba de mal humor.
Me acerqué al mostrador y Jimena me saludó con familiaridad.
—¡Buenos días, Oriol! Dame un segundo… —se interrumpió mientras contestaba una llamada.
Aproveché para observarla.
Jimena había sido mi primera novia. La conocía del pueblo. Era bonita, pero no había conseguido sentir por ella más que un cálido cariño. Lo había intentado, pero no había sido capaz de corresponderla
y había optado por distanciarme lo necesario para que ella comprendiera que debíamos seguir caminos distintos.
En realidad, nunca había sentido por nadie ese sentimiento que algunos llamaban amor. Tal vez no estuviera hecho para compartirme con nadie. Amaba a la soledad. ¡No veía cómo una mujer podía aportarme algo más valioso que la libertad que me otorgaba mi soltería!
Volví a mirar a la chica y ella se atusó el pelo, complacida al sentirse observada. Se movía grácilmente de forma desenvuelta mientras resolvía con eficacia las gestiones por teléfono.
El destino se había encargado años después de ponernos nuevamente en el mismo sitio y hacernos coincidir cada día, por eso me andaba con pies de plomo. Por nada del mundo quería dar pie a cualquier malentendido que hiciera suponer a Jimena que podía volver a haber algo entre nosotros.
—¿Vendrás el sábado que viene a la fiesta de cumple de Ramón? Será
en la playa —me preguntó ella con su mejor sonrisa.
La miré a los ojos y me vi reflejado en sus pupilas oscuras.
Ella me tendía los papeles con los datos de las reservas para la actividad de submarinismo y me interrogaba con su expresión.
Yo simplemente me encogí de hombros. Era la primera noticia que tenía acerca de aquella celebración. Nadie me había avisado.
No era raro. Todos estaban tan acostumbrados a que declinara por sistema las invitaciones que habían comenzado a dejarme de lado. Ya no contaban conmigo en las quedadas que organizaban de tanto en tanto. Lo malo de la soledad es que, cuando te acostumbras a ella, es adictiva.
—Entonces, ¿vendrás? —insistió ella mientras me alejaba hacia los turistas.
—Lo pensaré... —Enrico venía el fin de semana y teníamos previsto ir de expedición. Puede que estuviera bien acercarnos después a la fiesta—. Este fin de semana viene mi primo Enrico —dije, sabiendo que Jimena se alegraría de verle—. ¡Tal vez nos animemos, hace mucho que no salimos!
Me despedí con un ademán de la mano y me centré en el listado de turistas.
Me dirigí al hall con presteza y ordené que formaran un círculo. En menos de cinco minutos había pasado lista y organizado los grupos. Les pedí que estuvieran en el embarcadero veinte minutos después. Necesitaba preparar el material antes de partir.
Me dirigí al pequeño almacén situado en el pantalán del hotel. Una vez que bombonas, tubos, gafas y aletas estuvieron listos, ordené embarcar y volví a pasar lista para comprobar que no faltaba nadie. Era mi rutina diaria y lo hacía con el piloto automático puesto.
Resoplé, y mi ceño se frunció con disgusto. ¡Faltaban tres personas!
¡Estaba claro que hoy no tendría un buen día!
Eché un vistazo alrededor y, al no dar con ellas, volví a la recepción del hotel a buscarlas. Era algo habitual, los visitantes estaban de vacaciones y se relajaban más de la cuenta, pero yo detestaba comenzar con retraso.
No tardé en encontrarlas. Charlaban animadamente con el camarero del beachclub y no repararon en mi presencia hasta que me crucé de brazos delante de sus narices y carraspeé malhumorado.
Eran tres chicas jóvenes, delgadas en exceso y maquilladas como puertas, me miraron con cara de cordero degollado mientras aguantaban el rapapolvo.
—¡Buenos días, señoritas! Creo que tenían ustedes una actividad para bucear en el arrecife contratada…
y yo tengo un barco lleno de gente esperando a que terminen de charlar.
¿No se han enterado ustedes de que debían estar en el embarcadero hace quince minutos?
—Bajaron la mirada y balbucearon una disculpa.
Me había pasado de borde. Un día de estos mis malos modos iban a causarme un problema.
Suavicé el tono, no debía indisponerse con los clientes y forcé una sonrisa para invitarlas a seguirme hasta el barco amablemente.
¡Cada vez estaba más harto de aquel trabajo!
¡Estaba aburrido de tratar con la gente!
Se habían rezagado y, al girarme, las sorprendí cuchicheando entre ellas. Me diseccionaban con la vista clavada en el torso.
Me fijé en mi camiseta, se había mojado al preparar el material y estaba completamente pegada a mi cuerpo.
—Bonita camiseta… Tal vez deberías quitártela, está mojada —una de las chicas empezó a coquetear conmigo con descaro.
A través de la tela blanca se adivinaba la carne.
Me sentí incómodo y seguí caminando sin mirarlas. ¿Qué les pasaba a las mujeres? ¡Luego hablaban de machismo! ¡Si yo hubiera hecho un comentario similar a buen seguro me hubieran expedientado o me hubieran despedido por acoso!
Resoplé y aceleré el paso. ¡Odiaba sentirme como un trozo de carne y mucho más sentirme observado! Hice como que la cosa no iba conmigo y me alejé de ellas en cuanto estuvimos embarcados.
El bote navegó mar adentro hasta el arrecife. A lo lejos, en la costa, las ruinas de la fortaleza maya de Tulum saludaban a los asombrados turistas que disparaban sus cámaras una y otra vez.
Sonreí apenado. Era una escena que se repetía a diario.
—Están tan concentrados en que salgan bien sus fotos que ninguno se para a observar el espectáculo sin la lente de una cámara por delante. Por inmortalizar el momento dejan de vivirlo —le comenté al capitán, señalando al pasaje que parecía una horda de fotógrafos en celo.
El hombre, hosco y de pocas palabras, miró al gentío apilado en la proa y asintió con gesto serio mientras manejaba el timón.
Ambos nos sentíamos a gusto trabajando juntos. Nos entendíamos bien. A ninguno nos gustaba hablar demasiado. Nos limitábamos a hacer nuestro trabajo.
Después de la sesión de fotos comencé con la instrucción.
Era un curso sencillo. La inmersión no revestía peligro.
La realizaba en la parte menos profunda y en pequeños grupos.
Buceaba con los turistas en grupos de tres y les enseñaba a manejar el equipo.
Luego les dejaba tiempo para inspeccionar el arrecife y deleitarse con los peces de colores, los corales…
y, si había suerte, alguna que otra tortuga marina.
El agua cálida del Caribe aplacó mi ánimo sombrío y pronto solo el azul del mar que se mezclaba con el cielo en el horizonte ocupó mi pensamiento. Una sonrisa fluyó instantánea en mis labios. Cuando me sumergía, me olvidaba del mundo.