Donde nace el cielo Capítulo 2.
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Capítulo 2.

El buscador de huesos

El sol despuntaba al alba. Observé los primeros rayos de luz que se colaban por las rendijas de la ventana. Incidían en el interior de la cabaña provocando un baile de colores, luces y sombras.

Me desperecé sin prisas, como cada mañana. Me gustaba iniciar el día temprano y tomarme mi tiempo para ponerme en marcha.

Recogí la hamaca que estaba tendida y me preparé un zumo de guayaba y mango. Lo apuré de un trago. Disfruté el contraste dulce del mango con el regusto explosivo de la guayaba en la boca.

Estaba sudando. Me sequé el sudor que perlaba mi frente con la mano y me recogí el pelo en un moño alto al estilo hawaiano. ¡Me gustaba llevarlo largo, pero en los días de verano era un suplicio!

Maldije en voz baja. Acababa de amanecer y el calor era ya asfixiante.

A los treinta grados de temperatura se sumaba la humedad.

Quintana Roo hacía honor a su clima tropical, era época de tormentas.

Me costaba comprender la afluencia masiva de turistas en la época estival.

A pesar de ser nativo de la zona, aquel maldito calor se me hacía insoportable.

Salí de la vivienda y el mar me saludó a solo unos pasos. Estaba aún revuelto. El último huracán había dejado varios días de lluvias torrenciales y se tornaba de un tono verdusco sucio por efecto de los lodos

que llegaban de los ríos y las zonas de manglares.

Los temporales no solían durar mucho. Era cuestión de horas que todo volviera a la normalidad y el agua luciera nuevamente cristalina con las tonalidades azules y aturquesadas que hacían las delicias de los visitantes.

El caribe era así de cambiante, no entendía de término medio.

Sus habitantes teníamos el mismo carácter.

—¡Buenos días, Oriol! —Emiliano estaba preparando sus aperos de pesca para salir con el bote y me saludó desde lejos.

Le devolví el saludo con un gesto de la mano.

Me deleité en la visión de los pelicanos que, a pocos metros, sobrevolaban la superficie del agua en busca de alguna captura.

Me relajaba mirarlos. El mar revuelto no era malo para todos.

Aquellas aves casi prehistóricas lo sabían y volaban algarabiadas espoleadas por el suculento festín que intuían conseguirían aquel día.

Pronto pude ver cómo metían sus enormes picos en el agua y los sacaban llenos de pesca fresca.

—A mar revuelto todos son peces… —dije en voz baja. Era un dicho de mi pueblo.

A diferencia de muchos de los residentes en la zona, yo no ocultaba mis raíces indígenas, al contrario, me pesaba la mezcolanza en la sangre. Me hubiera gustado que por mis venas corriera tan solo la sangre pura de los mayas.

Sonreí al pensar que de ser así seguramente no hubiera sido tan alto.

Los genes de mi padre habían dado como resultado que le sacara dos cabezas a todos mis amigos.

No le había conocido. Mi madre nunca me había hablado de él y yo nunca había preguntado.

Solo sabía que aquel hombre no había formado parte de mi vida.

Ahora ya no podría saber nada acerca de él ni aunque quisiera.

Respiré profundo, el aire de la mañana me revitalizó a pesar del calor.

El sol se mostraba ya completo en el horizonte y lo saludé reverentemente.

Volví sobre mis pasos al interior de la choza.

Observé el techo de palapa antes de entrar.

Los vientos habían causado algún que otro estrago, tendría que reparar el tejado si no quería que la próxima tormenta dejara goteras dentro de la casa. Lo anoté mentalmente.

Aún tenía tiempo antes de que el microbús de la empresa me recogiera. Cogí las aletas y el tubo y provisto de un arpón me metí en el mar.

Aprendí a bucear siendo solo un chiquillo. Había ostentado el récord de profundidad en apnea de la comarca. En aquel entonces pescaba por necesidad, ahora lo hacía por placer.

Había soñado con estudiar Paleontología, pero al final la realidad se había impuesto y había comenzado a trabajar en cuanto tuve edad suficiente para ello.

Mi memoria se empeñaba en conjugar el futuro en el retrovisor aquel día.

Supongo que no podía evitar pensar que los tiempos pasados habían sido mejores.

Precisamente ahora que no me faltaba de nada, sentía que me faltaba todo.

¡No hay nada más valioso que el tiempo, lástima que a veces nos demos cuenta cuando ya es tarde!

Suspiré y encaminé mis pasos a la orilla. No me gustaba remontarme atrás en el tiempo, no servía para nada.

El turismo se había convertido en mi fuente de ingresos y me procuraba todo lo necesario para vivir además de alojamiento a pie de playa en la Riviera.

¿Qué más podía pedir? Había aprendido a disimular mi animadversión por los turistas, y aunque odiaba el tedioso trabajo de instructor y guía, al menos me ganaba el pan metido en el agua.

Me conformaba con poder pasar el día libre explorando los cenotes de la zona en busca de restos arqueológicos y huesos. El submarinismo me apasionaba. Me había aficionado a buscar tesoros en las profundidades de las grutas desde niño. No había nada que me fascinara más.

El fin de semana vendría Enrico, y podríamos dedicarnos a bucear en solitario. Quería explorar una abertura que había encontrado en el Cenote Dos Ojos en una zona que era inaccesible para los turistas. Si había suerte, puede que allí encontráramos algún hallazgo interesante.

Pensé en los huesos, había recogido algunas piezas en las últimas

semanas y fotografiado un yacimiento nuevo cerca del «hoyo negro».

¡Tenía que plantearme urgentemente una visita a Cancún!

Cuando teníamos suficiente material, Enrico y yo lo llevábamos allí, al museo de arqueología. El profesor Emeterio siempre se alegraba de vernos y nos procuraba una cálida acogida.

Había conocido al profesor por casualidad.

Don Emeterio se encargaba de catalogar los restos encontrados en unas excavaciones cercanas a Punta Allen y yo estaba buceando en una de las grutas subterráneas cuando encontré varios cráneos.

Me sorprendió su tamaño. ¡Eran demasiado pequeños para ser de adulto!

La fama del profesor le precedía, así que sin dudarlo fui en su busca para enseñarle el hallazgo.

No me había equivocado, aquellos restos eran de niños y las pruebas de carbono demostraron que eran muy antiguos.

Así se forjó una relación laboral entre nosotros.

Habíamos trabajado juntos más de tres años y con el tiempo nuestra relación se había convertido en una amistad sincera.

Pasados los tres años, la asociación que patrocinaba la expedición del profesor se quedó sin fondos, don Emeterio consiguió un puesto en el museo de Cancún y yo volví a quedarme sin trabajo.

Mi apasionante periplo por el mundo de la arqueología y la paleontología terminó tan abruptamente como empezó.

Fue entonces cuando mi vida empezó a desmoronarse. Ahora era solo un hombre en ruinas.

La presión turística creciente había enterrado las ansias de conocimiento histórico y Quintana Roo se había convertido al capitalismo.

El legado de los mayas, sumado a las bondades del clima de playa, era una irresistible fuente de ingresos y había que rentabilizarla cuanto antes.

Como yo, casi todos los residentes locales encontraron en el turismo su sustento.

No me costó encontrar trabajo en la costa. Estaba allí anquilosado desde entonces.

Espanté el discurso negativo de mi mente de un manotazo como quien espanta a un enjambre de moscas. No quería pensar en ello. Me entristecía cada vez que lo hacía. Había sido sin duda la mejor época de mi vida. Ahora todo había cambiado…, me pesaban el fracaso y también las ausencias.

Me centré en la pesca, los recuerdos solo conseguían abatirme y el día acababa de empezar. Últimamente mi humor había empeorado hasta casi rozar la melancolía. No podía rendirme a la desidia.

El agua cálida me mojó los pies. Estuve nadando casi una hora. Había conseguido pescar dos corvinas medianas y salí del mar con ellas atadas al cinturón. Me servirían de cena. Emiliano seguía preparando el bote y me acerqué para indicarle el lugar donde había encontrado las capturas.

—Hay un banco de corvinas —le señalé—. Si se da prisa seguro que las alcanza y pesca algo.

Mi vecino me dio las gracias y aligeró los quehaceres para meterse en el agua.

Le ayudé a desenredar las redes y empujar el barquichuelo. El cascarón se veía desvencijado y raído por el paso del tiempo, tendría que ayudarle a hacer algunos arreglos y darle una mano de pintura.

También Emiliano estaba ya mayor. La pesca del día que vendía en el mercado del poblado era lo que le daba de comer.

Era suficiente. Como él decía con frecuencia: No era más feliz el que más tenía, sino el que menos necesitaba.

Yo lo había tomado prestado como mantra.

No necesitaba demasiadas cosas para vivir.

Había aprendido que las cosas materiales te hacen esclavo de ellas.

Observé al hombre alejarse remando a buen ritmo hasta que se perdió en la línea del horizonte. El viento que soplaba de mar a tierra le despeinaba el pelo cano. Emiliano era de los pocos que no se había acomodado bajo el yugo del progreso.

—Es fácil mantenerse anclado en el pasado cuando eres viejo, Oriol. Los jóvenes tenéis que mirar el futuro y aceptar los cambios —me había dicho un día mientras pescábamos juntos en su barco.

Supongo que tenía razón, la necesidad de pagar facturas imperaba sobre cualquier idea romántica acerca de cómo deberían ser las cosas. Los pobres no podíamos sostener nuestras convicciones sobre una nube de utopía.

Me dirigí a la casa. La pequeña embarcación que delante de la choza reposaba bocabajo medio enterrada llamó mi atención. Mi kayak tampoco estaba en muy buenas condiciones. Lo anoté en mi listado de reparaciones pendientes.

—Se te acumulan las tareas, Oriol —me dije por lo bajo.

Me gustaba hablar conmigo mismo. Me ayudaba a centrarme y me hacía sentir menos solo.