Capítulo #2
La respuesta cayó sobre mí como un mazazo.
Jaime nunca salía sin teléfono y mucho menos lo apagaba.
Traté de buscar una explicación: Tal vez había sufrido un accidente o se había estropeado el coche…
Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no perder los nervios.
Dentro de mí sabía que algo raro estaba pasando. Todo aquello me daba mala espina.
—¿Y si me ha dejado plantada? —poner en palabras esa pregunta me hizo sentir un vahído y tuve que reprimir una náusea.
Pasaba ya media hora de la hora prevista, no podía seguir sin hacer nada.
Ordené que movieran el coche hasta delante de la basílica para poder ver cuál era la situación. Mi padre me acarició la mano sin decir nada y obedeció diligente. Esther, sentada a mi lado, me acompañaba en silencio.
La inquietud de los invitados que se asomaban en pequeños grupos a la puerta me dejó claro al instante que Jaime seguía sin aparecer.
Estaba bloqueada, no sabía qué hacer. Simplemente hundí mi cabeza entre las manos y esperé. Notaba pasar los minutos, pero no me sentía capaz de reaccionar.
Un tintineo en el cristal tintado del Mercedes me devolvió a la realidad. Ante mí, el párroco vestido de negro con el alzacuello blanco aún puesto sujetaba un paraguas y me invitaba a acompañarlo dentro con
cara de circunstancias.
Esther se agarró a mi brazo y se precipitó conmigo fuera del coche, como si estuviéramos pegadas con Loctite.
Agradecí que lo hiciera, no quería estar sola.
Don Agustín, que así se llamaba el clérigo que iba a oficiar la misa, me invitó a pasar por una puerta lateral a la sacristía y me pidió que tomara asiento.
—Lo siento, Alejandra, no podemos esperar más —me dijo con tono lúgubre.
—Un poco más, don Agustín —le supliqué, y me sentí un poco infantil al hacerlo—. Tiene que haberle pasado algo que explique el retraso
—balbuceé al límite de mis fuerzas.
El hombre posó sus manos sobre mis rodillas y tragó saliva.
Se le veía nervioso, no me gustaba la cara de lástima con la que me miraba. En sus ojillos pequeños se leía la desazón.
Contuve el aire y le rogué con un gesto que comenzara a hablar. Él dejó caer las palabras como quien deja caer un telón al finalizar una obra de teatro.
—No es un retraso, Alejandra —noté cómo su voz se quebraba y me mantuve en silencio invitándole a seguir hablando—. Jaime no va a venir. Doña Margarita acaba de llamarme.
No era capaz de decir nada, traté de buscar las palabras, pero no las encontraba. No era capaz de entender qué estaba pasando, mi cabeza era incapaz de procesarlo. «¡¿Qué quería decir con eso de que Jaime no iba a venir?! ¡¿Y por qué mi suegra llamaba al cura en vez de a mí?!».
Fue Esther quien se hizo eco de mis pensamientos y rompió el silencio.
—¿Cómo que no va a venir? ¿Puede usted explicarse mejor, padre?
—En sus ojos se dibujaba el estupor. Me sorprendió la agresividad en su tono, nunca la había visto así.
La explicación era la más sencilla: Jaime había decidido que no se casaba. ¡Me había dejado plantada en el altar el mismo día de la boda!
Y allí estaba yo, con un vestido de novia que detestaba, el velo prestado que no quería llevar, unos zapatos de tacón que me apretaban y trescientos invitados en una iglesia abarrotada.
Me sentía avergonzada, furiosa, indignada, como si el peso del mundo hubiera caído a plomo sobre mí todo junto y a la vez, pero lo que más me dolía era el vacío que sentía clavado en las entrañas.
Ese vacío que de tan grande que era hacía que se escuchara el eco de mis propios pensamientos.
Toda la vida que había construido en mi cabeza, mis expectativas, mis sueños, todo, absolutamente todo, se había ido al traste y lo único que sentía era aquel vacío inmenso.
La cabeza me daba vueltas a toda velocidad. Un regusto amargo me atenazaba la garganta. Las lágrimas no querían brotar, en su lugar, una sensación extraña me embargaba.
—Y ahora… ¿qué hacemos? —preguntó mi hermana visiblemente azorada al ver que yo no reaccionaba.
—¿Tiene una tijera? —le pregunté a don Agustín, que me miraba como si me faltara un tornillo.
No había esperado a que contestase. Sobre su escritorio había un portalápices y los aros de la tijera sobresalían del vaso.
Me miró con cara de espanto al ver que me abalanzaba sobre la mesa, como si pensara que iba a cometer un sacrilegio.
Me hizo gracia su expresión asustada, la tijera era de punta redonda, no podría haber hecho ninguna estupidez con ella ni aunque hubiera querido.
Un suspiro de alivio salió de su boca al verme cortar con vehemencia la tela del vestido por encima de las rodillas y lanzar fuera de la sacristía el sobrante.
El exterior me devolvió una exclamación sorda y el barullo empezó a acrecentarse.
Me arranqué el velo de un tirón, me quité los malditos zapatos y salí a dar la cara con la poca dignidad que me quedaba. ¿Qué más podía hacer?
¡Mi novio me había dejado plantada en el altar el día de la boda! Alguien tenía que decirle a toda aquella gente que podía marcharse por donde había venido.
El murmullo cesó de inmediato dentro de la iglesia al verme y solo entonces fui consciente de la magnitud de lo que estaba a punto de suceder. Paseé la mirada por las bancadas repletas de invitados. No conocía a casi nadie. Cientos de pares de ojos se clavaron en mí y pude percibir en
las primeras filas la cara de horror de mis familiares más allegados.
«Debo tener una pinta aterradora», pensé al ver los restos de tela blanca hechos un ovillo sobre el suelo.
Observé mi reflejo en el altar metálico. Tenía el vestido hecho girones,
estaba descalza y mi pelo lucía como si hubiera utilizado una desbrozadora para peinarme.
Me dio la risa. Reí a carcajadas, como hacía meses que no reía.
El esperpento que me devolvía la imagen en la orfebrería del altar era yo.
¡Así estaba mejor que con aquel maldito vestido que habían elegido para mí!
«Céntrate, Alejandra», me dije a mí misma al observar las caras de desconcierto de los invitados, que seguían observándome en silencio. ¡A buen seguro estaban pensando que me había vuelto loca!
Cuando conseguí calmar aquella risa nerviosa me puse en situación.
La indignación y la ira ya habían empezado a hacer su efecto.
Cogí aire. Todos los congregados seguían mirándome con expectación. Observé a mi madre que lloraba encogida sin llamar la atención.
Lo sentía más por ella que por mí. Debía dar la noticia y debía hacerlo cuanto antes.
—¡Señores y señoras! —comencé ceremoniosa—, muchas gracias por su asistencia en el día de hoy, pero lamento comunicarles que finalmente no habrá boda.
Guardé silencio. Me costaba escoger las palabras.
El murmullo se reanudó entre los presentes. Cesó de inmediato cuando volví a iniciar el discurso.
—Me encantaría decirles que un imprevisto o un accidente lo impiden, pero no sería cierto.
¡La boda no se celebra porque el cabronazo de don Jaime de Betanzos me ha dejado plantada en el altar!
Pueden reclamar sus regalos a la bruja de mi exsuegra, pues ella es quien los ha invitado.
Estará en su casa con la cola entre las piernas o volando en su escoba, porque la muy cobarde no ha venido a dar la cara —no podía reprimir mi lengua viperina.
Me despaché a gusto, dejando que fluyera toda mi ira contenida. ¡Si me
hubiera mordido la lengua en aquel momento me hubiera envenenado!
Era el acto final. El que ponía el broche a cinco años de relación.
Aquella última intervención era mi venganza y había sido digna de una obra de teatro shakesperiana.
Quería que toda Sevilla se hiciera eco de la noticia.
«Jaime de Betanzos planta a su novia el día de la boda con toda la jetset sevillana en la iglesia».
El titular aparecía nítido ante mis ojos.
Me parecía justo hacer que Jaime y su familia pagasen con un buen escándalo la afrenta.
¡Yo sería olvidada en unos días, pero ellos, que vivían de aparentar, lo iban a sufrir durante meses!
Al menos en eso le había jodido bien a la arpía.
Un regusto agridulce me quedó en la boca. Después de sacar mis demonios me ardía el estómago. Observé como todos me miraban incrédulos.
Pronto los comentarios empezaron a circular y el bisbiseo se fue convirtiendo en un clamor que resonaba cada vez más alto entre los muros del templo.
Los que asistían por compromiso fueron los primeros en marcharse, seguidos de los familiares de Jaime. Algunos me miraban con lástima, otros con desaprobación, la mayoría lo hacía con desaire, como si se alegraran de que aquella boda no se celebrara.
Para los «Betanzos» yo solo era una presencia incómoda.
La abrupta cancelación sería un jugoso pastel al que hincarle el diente en los corrillos.
Poco a poco la Macarena se fue quedando vacía.
Aguanté el tirón estoicamente. Con la cabeza alta y el porte digno, sin verter ni una sola lágrima hasta que todos se hubieron marchado y en la iglesia quedó tan solo mi círculo más íntimo.
Solo entonces me permití derrumbarme. ¡Mi
vida de casada acababa de irse al garete antes siquiera de comenzar!
Noté cómo el nudo del estómago al fin cedía. Me dejé caer en una de
las sillas colocadas para la ceremonia y liberé el llanto.
No sabía si lloraba de tristeza, de rabia o de alivio, puede que fuera por las tres cosas juntas, pero sí sabía que serían las últimas lágrimas que derramaría por amor. A partir de ese momento aquel sentimiento estaba muerto y enterrado para mí, Jaime de Betanzos había dejado de existir.