Donde nace el cielo Capítulo
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Donde nace el cielo

Donde nace el cielo

Por Jackie Kiss

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Capítulo

Un día de lluvia

Me había levantado como guiada por un resorte. El corazón latía desbocado en mi pecho y me sentía mareada. Casi no había pegado ojo. La última vez que miré el reloj eran las cuatro y media de la madrugada.

Eché un vistazo a mi cuarto antes de salir.

Había dado tantas vueltas en la cama que las sábanas parecían un ovillo de tela malformado y caótico.

Las observé fijamente, aún medio dormida, parecían una metáfora de mí misma, retorcidas, enrolladas y confusas, como el nudo que no había dejado de crecer en mi estómago desde la noche anterior.

Maldije en voz alta, el timbre sonaba incesante. ¡Me había quedado dormida!

Me puse el pantalón del pijama y corrí a abrir la puerta. Me miré de reojo en el espejo del recibidor al pasar. «¡Dios! ¡Tengo una pinta horrible…! ¡La niña resucitada de la película de miedo que vi hace un par de días tenía mejor cara que yo!».

Noté la taquicardia. La ansiedad volvía a apoderarse de mí y tenía que hacer acopio de todas mis fuerzas para mantener el tipo. Mi hermana, al otro lado de la puerta, me fulminó con la mirada con cara de pocos amigos. Yo no me inmuté. Era maestra en el arte de ignorarla.

Sin decir nada arrastré los pies por el pasillo hasta la cocina y ella me siguió como una sombra. Busqué el bote de pastillas azules en el armario y me tomé un par de ellas con un lingotazo de ginebra.

—¡Cálmate, Álex! —me dijo Esther acariciándome el pelo.

Me resguardaba paciente entre sus brazos mientras yo boqueaba como una sardina fuera del agua.

—Es algo normal, todas las novias se ponen nerviosas el día de su boda. —Su voz sonaba preocupada.

Me hablaba con cariño, a pesar de todo.

—¡Yo no estoy nerviosa, estoy desquiciada! ¿Has visto el careto que tengo? ¡Estas ojeras no hay maquillador que las disimule! ¡Parezco un oso panda! ¡Voy a ser la novia más fea del mundo!

No podía más y rompí a llorar.

Sabía que las lágrimas empeorarían mi deplorable aspecto, pues ahora, además de ojeras tendría bolsas bajo los ojos, pero necesitaba descargar.

Era la única manera de evitar el colapso creciente que se abría paso dentro de mi cabeza como un torero triunfante después de la faena.

Lo veía allí, vestido de luces, con aquella sonrisa de suficiencia, caminando entre mis neuronas, con la oreja del toro en una mano y el sombrero de torero en la otra diciendo «Oleee…

», mientras la plaza al completo aplaudía y le vitoreaba.

La imagen me hizo gracia y comencé a reír como una loca.

Reírme de mí misma era algo que siempre me reconfortaba, pero en aquella ocasión no me hizo sentir mejor.

Enseguida percibí el semblante alarmado de Esther.

Mi risa sonaba metálica, como enlatada. Yo también me asusté.

El torero me saludó burlón y luego se desvaneció.

Paré de reír de inmediato, como si alguien hubiera desactivado el botón y me hubiera puesto nuevamente en off.

«¿Será por la mezcla de alcohol y pastillas, o me estoy volviendo loca?». Me golpeé en la frente con la palma de la mano para espabilarme.

De pronto me sentía como si un camión me hubiera pasado por encima.

Me dirigí al salón y me hundí en el sofá. Si hubiera podido pedir un deseo habría deseado desaparecer en ese mismo momento.

—Tranquilízate, por favor —me suplicó Esther—. Vas a estar preciosa. Yo me encargo ¡Confía en mí! —Esbocé una sonrisa de circunstancias. Aún me costaba respirar.

Me podía la presión. No estaba preparada para aquella boda de alta alcurnia. Al final se me había ido de las manos y lo que pretendía que fuera un enlace íntimo se había convertido en un multitudinario circo orquestado por mi suegra.

Me había dejado llevar. No quería decepcionar a Jaime y con la primera concesión, su madre había tomado la batuta y hecho y desecho a su antojo.

¡La muy bruja había echado a perder la boda de mis sueños! ¡No había nada en aquel enlace que fuera de mi gusto! ¡Ni siquiera el vestido de novia era de mi estilo!

El vestido de princesa con el que siempre había soñado, vaporoso, abultado y de mil capas, se había trasformado en un vestido simplón, impersonal y sin estridencias. Uno de esos vestidos que llevaría cualquiera, sin magia ni encanto.

—Debes llevar un vestido acorde a tu nuevo estatus, querida —había dicho la muy siesa el día de la prueba.

Después se encargó de apuntillarme con uno de sus comentarios mordaces.

—La elegancia es un don, Alejandra, se tiene o no se tiene. Por desgracia, tú careces de ella, así que tendrás que aprender a aparentarla. Apuesta por lo simple, querida.

La arpía debió quedarse a gusto y yo tuve que morderme la lengua.

Juro que fantaseé con la idea de agarrarla de los pelos, desgreñarla y sacarla a rastras de la tienda, pero ante la mirada de circunstancias de mi madre opté por respirar profundo y comportarme tal y como se esperaba que lo hiciera.

El resultado era obvio: Iba a casarme con aquel maldito vestido.

Pasaría por el altar sin pena ni gloria, neutra e invisible, tal y como ella quería.

Hice un puchero al recordarlo y volví a deshacerme en lágrimas.

Había llorado hasta quedarme sin líquido en el cuerpo. Esther aguantaba paciente la pataleta. Se había recostado a mi lado y me acariciaba la cara con paciencia. Me hablaba bajito mientras yo despotricaba entre sollozos.

A pesar de ser mi hermana menor ella era quien de forma habitual me consolaba de mis dramas.

La mayoría de ellos no eran para tanto, siempre he pecado de ser un poco intensa.

Esther me aguantaba estoica con una sonrisa y sabía aplacarme con sus maneras pausadas.

Sospechaba que teníamos padres distintos, no podía explicarlo de otra forma.

¿Puede la misma genética hacer dos personas tan distintas?

La miré con dulzura, me escocían los ojos al hacerlo.

Ella me secó las lágrimas y volvió a sonreírme.

Mi hermana tenía la capacidad de hacerme sentir mejor, era su superpoder desde que éramos niñas.

Aquel día lo agradecí más que nunca, necesitaba algo a lo que asirme para mantenerme a flote en aquel mar de incertidumbre que no dejaba de ahogarme desde hacía meses. «¿Y si me estoy equivocando?».

Me asfixiaban las dudas. Quería a Jaime, pero… ¿seguía estando enamorada de él? ¿Era esta familiaridad reposada todo lo que podía esperar del hombre de mi vida?

—¡Deberías haberte hecho esas preguntas antes, Alejandra!

—me increpó Esther en un ataque de cordura.

Se notaba que estaba enfadada, utilizaba mi nombre completo cuando lo estaba—.

Has tenido un año y medio desde que se fijó la fecha de la boda.

—La veía llenar sus pulmones de aire y exhalar despacio, después suavizó el tono—.

No te preocupes, las dudas son normales, solo son los nervios de antes del enlace.

—Supongo que tienes razón —asentí más tranquila y me acerqué a la ventana.

«En cualquier caso, ya no había marcha atrás», pensé un poco apesadumbrada sin conseguir que la losa que aplastaba mi pecho cediera ni un ápice.

Me esforcé hasta espantar todos mis fantasmas de un plumazo y conseguí recomponerme. La marea de cosas por hacer me obligó a dejar de pensar. Solo tenía que dejarme llevar. Se supone que una boda debía ser un día feliz y no aquel infierno en lo que yo la estaba convirtiendo con mis paranoias.

—Dejarse llevar, suena demasiado bien… —tarareé por lo bajini, melancólica.

Esther terminó de vestirse. Lucía su vestido rosa fucsia emocionada y al verla no pude evitar sonreír.

Después me ayudó a terminar de colocarme el traje de novia. No se percató de que eché un último vistazo al espejo antes de salir. En el reflejo que me devolvió solo vi una mirada triste. «¿Dónde estás, Alejandra?», me pregunté en pensamientos al ver a esa chica que no era yo.

Supongo que una sabe cuándo algo no va bien. Puede que no conscientemente, pero sí dentro, en lo más profundo.

Que el día de sol que había amanecido límpido y precioso se tornara en nubes negras, fue solo el primer presagio.

El segundo llegó con la lluvia, abundante e imprevista, que empezó a descargar mientras esperaba vestida de novia en el coche a las puertas de la basílica de la Macarena.

Llovía en Sevilla, en pleno julio. Era cuanto menos extraño.

Sonreí resignada. Ya tenía el pack completo de infortunios nupciales. ¿Qué más

podía pasar?

La respuesta no se hizo esperar. Eran las seis y diez y la ceremonia comenzaba a las seis.

Llevaba diez minutos esperando la señal que me indicase que podía hacer mi entrada estelar en la iglesia.

Ante la demora, mi padre me había sugerido que diéramos una vuelta a la manzana, después habíamos aparcado en una calle adyacente al templo.

«¿Qué demonios ocurría? ¿Estarían esperando a que escampara?».

Esther llegó con la cara descompuesta diez minutos más tarde. Nada más verla, un escalofrío recorrió mi espalda. Tenía el bajo del vestido empapado y el peinado hecho un desastre. No tenía paraguas. Vista así, parecía un alma en pena.

—¿Qué ocurre? ¿Qué está pasando? —pregunté aturullada con una voz que salió de mi garganta, pero que no reconocí cómo mía.

—Jaime no ha llegado —acertó a decir Esther, parecía confusa. Me miraba estupefacta, con la cara descolorida.

—¿Cómo que no ha llegado? —pregunté perpleja.

Un silencio tenso y espeso siguió a mi pregunta.

Mi cabeza había empezado a girar en un vórtice interminable buscando mil y un motivos que justificaran por qué mi futuro marido no estaba todavía en la iglesia.

La duda se tornó en desasosiego, y esta, en preocupación.

—¿Y si le ha pasado algo? —pregunté con un hilo de voz.

No era capaz de descifrar la expresión en la cara de Esther, pero la punzada acuciante que sentía en la boca del estómago me indicaba que aquello no era solo un retraso.

—Dame tu teléfono —le pedí a mi hermana cuando fui capaz de reaccionar.

—Ya lo he intentado —confesó ella—, tiene el móvil apagado o fuera de cobertura.