Donde mueren los flamencos (Las huellas de la tierra 1) Capítulo 38
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Capítulo 38

—La identificación es definitiva.

Mireia dejó que la frase quedara unos segundos entre las dos.

Elena no necesitó preguntar el nombre.

Estaban en una sala pequeña de Mossos, a primera hora de la mañana. Sobre la mesa no había mapas ni series de conductividad, solo una carpeta cerrada y dos vasos de agua que ninguna había tocado.

—Laura Beltrán —añadió Mireia—. La confirmación formal llegó esta mañana.

Elena asintió.

La tarde anterior había terminado con una identificación provisional y con Eva avisada antes de que el hallazgo pudiera circular por otros cauces. Ahora la desaparición ya no admitía ninguna palabra intermedia.

—¿Y la causa? —preguntó.

—Puedo darte lo necesario para tu informe y para entender la secuencia. No más.

—Me basta.

Mireia abrió la carpeta.

—Traumatismo craneal grave. El patrón es compatible con un impacto contra un borde duro en el entorno de Bomba 4.

Elena recordó la plataforma, el pequeño desnivel de servicio y las aristas metálicas que había observado sin saber todavía si significaban algo.

—¿Compatible con una caída?

—Sí. También con una caída después de una acción de otra persona. El informe completo lo formulará quien corresponde.

—Claro.

—No hay una coincidencia milagrosa con una pieza concreta de metal ni la necesitamos. La lesión, la posición donde apareció el cuerpo y la geometría del lugar son compatibles entre sí.

Elena agradeció esa precisión.

Durante días, el caso había avanzado porque cada dato servía para reducir posibilidades, no porque una sola prueba explicara todo. Habría resultado extraño que la muerte funcionara de otra manera.

—¿Muerte violenta? —preguntó.

—Sí.

Mireia cerró la carpeta a medias.

—Y hay otra cosa que ya puedes conocer. Marta está detenida.

Elena no sintió sorpresa.

—¿Ha declarado?

—Ha admitido que estuvo con Laura en Bomba 4 y que hubo una confrontación. La forma en que la cuenta no coincide con todo lo demás y no voy a resumirte una declaración policial como si fuera una confesión.

—Bien.

—Para nosotros es una pieza más. No la pieza.

Eso también importaba.

Marta podía reconocer ahora una discusión porque negarla había dejado de ser sostenible.

Podía reducirla a un forcejeo, a un accidente o a un momento de tensión que se le hubiera ido de las manos.

Ninguna de esas formulaciones cambiaba lo que el territorio había demostrado antes de que ella admitiera nada.

Elena abrió el cuaderno y escribió:

«Identidad confirmada: Laura Beltrán.

Traumatismo craneal mortal compatible con impacto en entorno Bomba 4.

Muerte violenta. Valoración médico-legal: especialistas».

No puso el nombre de Marta debajo.

Mireia lo vio.

—Sigues separándolo.

—Sí.

—Aunque esté detenida.

—Precisamente.

Mireia apoyó la espalda en la silla.

—La cadena ya no depende de una sola cosa. Tenemos el motivo económico, la manipulación de D-17, la documentación del bombeo, el parte incompatible, la posición del teléfono, la cronología del coche, el episodio posterior y ahora el cuerpo en la zona que señaló la reconstrucción.

—Y el forense aporta la muerte.

—Exacto.

Elena miró la mesa.

Eso era lo que había buscado desde el principio sin saber todavía que lo buscaba: que cada disciplina respondiera a su propia pregunta.

El laboratorio había determinado qué contaminó.

La hidráulica había explicado por dónde y cuándo se movió el agua.

La documentación había mostrado qué versión no podía sostenerse.

La policía había encontrado el dinero, la cronología y los actos humanos que Elena no podía investigar por su cuenta.

Y el examen forense decía ahora qué le había ocurrido al cuerpo de Laura.

Ninguna parte necesitaba fingir que sabía más de lo que sabía.

—Eva viene en media hora —dijo Mireia.

Elena levantó la vista.

—¿Quieres que esté?

—Ella ha preguntado por ti.

—¿Por qué?

—Porque quiere que alguien le explique qué estaba haciendo Laura antes de morir sin convertirlo todo en lenguaje policial.

Elena cerró el cuaderno.

—Eso sí puedo hacerlo.

Eva llegó antes de la media hora.

Parecía más cansada que la última vez que Elena la había visto. No lloraba al entrar. Llevaba el bolso sujeto con las dos manos y miró primero a Mireia, después a Elena.

Mireia se levantó.

—La identificación ya es formal.

Eva cerró los ojos un instante.

—Sí.

No preguntó si estaban seguras.

Se sentó.

Mireia le explicó con una claridad que Elena agradeció qué podía confirmarse y qué seguiría dentro de la investigación judicial. No entró en detalles innecesarios sobre el cuerpo. Habló de un traumatismo craneal, de una muerte violenta y de la detención de Marta.

Eva escuchó sin interrumpir.

Solo al final miró a Elena.

—¿Mi hermana tenía razón?

La pregunta no era tan sencilla como parecía.

—¿Sobre el agua? —preguntó Elena.

—Sobre que había horas que no existían.

Elena apoyó las manos sobre la mesa.

—Sí.

Eva bajó la mirada.

—¿Qué había encontrado?

—Que D-17 no estaba empeorando solo por las condiciones normales de la zona. Alguien había cambiado su régimen de agua varias veces durante semanas.

—Marta.

Elena miró brevemente a Mireia antes de continuar.

—La investigación ha encontrado un interés económico de Marta ligado a la compra de esa parcela y ha reunido otras evidencias que la relacionan con lo ocurrido. Mi parte consiste en decirte que Laura detectó una manipulación real. No estaba imaginando las diferencias de los registros.

Eva tragó saliva.

—Y fue a decírselo.

—Sabemos que fue a Bomba 4 y que llevaba esa línea de trabajo muy avanzada.

—¿Murió por eso?

Mireia intervino con suavidad.

—Todo lo que tenemos apunta a que la confrontación estuvo relacionada con lo que Laura había descubierto. La investigación seguirá fijando responsabilidades de la forma que corresponde.

Eva miró a las dos.

—Eso es un sí dicho con cuidado.

Mireia no discutió la frase.

Elena tampoco.

Pasaron unos segundos.

—Pensé que era por Pau —dijo Eva—. Luego pensé que podía ser por algún cliente. Después lo del coche... Cada día era una cosa distinta.

—Había varias cosas distintas —dijo Elena.

Eva frunció el ceño.

—Pau te ocultó que la había visto. Clara había modificado documentos. Ramón escondía productos y registros irregulares. Jordi había hecho una maniobra de agua fuera de procedimiento. Ninguna de esas cosas era inventada.

—Pero ninguno la mató.

—No.

Mireia apoyó una mano en la carpeta.

—Sus responsabilidades se tratarán por separado.

Pau retrasó una parte importante de la cronología al mentir sobre su encuentro.

Clara tendrá que responder por lo que corresponda respecto a la documentación.

Ramón, por el almacenamiento y la trazabilidad.

Jordi, por su maniobra y por haberla ocultado en el parte.

Pero esas conductas no explican la muerte de Laura.

Eva asintió despacio.

—Al final todos mentían por algo.

Elena recordó la frase de la serie, pero no la dijo.

No hacía falta.

—Por cosas distintas —respondió.

Eva la miró.

—¿Y cómo supisteis dónde buscarla?

Elena tardó un momento.

—Por el teléfono.

—¿El que apareció en el agua?

—Sí. No porque tuviera dentro una respuesta, sino por dónde estaba.

Eva esperó.

—La corriente de una madrugada concreta lo llevó hasta la rejilla de Bomba 4. Cuando conseguimos saber en qué dirección había circulado el agua, también pudimos saber qué zonas quedaban fuera de ese movimiento. La derivación donde apareció Laura era una de ellas.

—O sea que el agua llevó el teléfono y dejó el cuerpo.

Elena corrigió con cuidado.

—El teléfono quedó en el ramal activo y se movió. El cuerpo quedó fuera de ese circuito y no se movió.

Eva asintió.

—Entiendo.

No parecía necesitar más detalle.

Mireia se levantó para atender una llamada fuera de la sala.

Eva y Elena quedaron solas.

—¿Laura sabía que estaba cerca? —preguntó Eva.

Elena pensó en la nota «MR / Riberes», en las copias guardadas fuera del expediente, en las horas anotadas y en la fotografía de Bomba 4 a las 21:05.

—Sabía que había una relación que necesitaba demostrar —dijo—. Había llegado bastante lejos.

—Pero no lo suficiente.

Elena sostuvo la mirada.

—Lo suficiente para dejar un rastro de trabajo que otros pudieron continuar.

Eva miró sus manos.

—Eso no me consuela mucho.

—No pretendía que lo hiciera.

La respuesta pareció aliviar algo, aunque fuera solo la obligación de fingir que una explicación podía compensar una muerte.

Mireia regresó.

—Tengo que llevar a Eva con otra compañera para unos trámites.

Eva se levantó.

Antes de salir, se volvió hacia Elena.

—Gracias por no decirme al principio cosas que no sabías.

Elena tardó un segundo en responder.

—Era lo mínimo.

Eva negó.

—No todo el mundo lo hace.

Se marchó con Mireia.

Elena se quedó unos minutos sola.

Después fue al CADS.

Irene la esperaba con el borrador del informe ambiental abierto en el ordenador.

—¿Ya? —preguntó.

—La identificación es formal.

Irene dejó de tocar el teclado.

—Laura.

—Sí.

No preguntó más durante unos segundos.

—¿Y Marta?

—Detenida.

Irene cerró los ojos brevemente y volvió a mirar la pantalla.

—Entonces podemos cerrar el informe.

Elena dejó la carpeta sobre la mesa.

—Podemos cerrar las conclusiones del episodio.

—Eso quería decir.

—No exactamente.

Irene la miró y acabó sonriendo con cansancio.

—Claro que no exactamente.

Elena se sentó.

Revisaron la redacción que habían dejado pendiente: carbofurano confirmado; origen material probable en el almacenamiento irregular de Cerdà, sin convertir a Ramón en autor del vertido; manipulación previa y repetida de D-17; conexión hidráulica efectiva durante la madrugada crítica; parte operativo incompatible con el comportamiento real de la red, y pulso tóxico posterior a la desaparición de Laura.

Cada frase seguía diciendo lo mismo que antes.

La diferencia era que ahora sabían cómo encajaban juntas.

Irene señaló la última página.

—¿Ponemos algo sobre la detención?

—No en mi informe ambiental salvo como referencia de contexto si hace falta. La atribución penal no es nuestra conclusión.

—Aunque todo lleve al mismo sitio.

—Aunque todo lleve al mismo sitio.

Irene no insistió.

Elena abrió el cuaderno.

La tabla de tres columnas del día anterior seguía allí:

HECHOS.

INFERENCIAS.

NO DEMOSTRADO.

Tachó solo una línea de la tercera columna:

«Responsabilidad por la desaparición de Laura».

Luego se detuvo.

No era su línea para tachar.

Volvió a escribirla al margen, más pequeña:

«Responsabilidad penal: investigación policial/judicial».

Irene la observó.

—Ni ahora.

—Ni ahora.

Elena cerró el cuaderno.

Podía cerrar su parte sin apropiarse de la de nadie más.

Laura había muerto porque una persona había intentado proteger una mentira humana. Pero esa mentira había necesitado alterar el agua, la salinidad, una compuerta, un parte y, después, un humedal entero lo suficiente para dejar señales.

El territorio no había resuelto el caso por sí solo.

Había hecho algo más modesto y más útil: obligar a que las versiones humanas tuvieran que pasar por la realidad física.

Elena guardó el informe.

Quedaba volver una última vez a Gola Blanca.