Capítulo 37
La búsqueda empezó por el agua y terminó apartándose de ella.
Mireia había dividido la zona en tres sectores. Elena reconoció los mismos que habían marcado el día anterior: el tramo aguas arriba de la rejilla, dos puntos de retención vegetal y la derivación de servicio que quedaba medio escondida detrás de la caseta.
No dirigía a los agentes. Solo estaba allí para explicar por qué un lugar tenía más sentido que otro.
—Lo que entró en el ramal activo pudo moverse —dijo—. Lo que quedó fuera, no.
Mireia señaló la derivación.
—Empezamos por ahí.
El equipo se acercó desde el paso de mantenimiento. La vegetación había crecido cerrada alrededor del cauce muerto: carrizo, restos secos de tallos, ramas caídas y una masa vegetal vencida sobre el borde.
Elena se quedó atrás.
No necesitaba estar encima de nadie.
Desde donde estaba veía el acceso, parte de la caseta y la boca irregular de la derivación. El agua, si podía llamarse así, era apenas una lámina oscura entre barro y vegetación.
Uno de los agentes apartó una primera capa de carrizo con herramientas. Debajo aparecieron más restos vegetales.
Nada.
Mireia miró hacia Elena.
—¿Hasta dónde tendría sentido?
Elena señaló el plano que llevaba doblado.
—El ramal pierde continuidad unos metros más dentro. Después queda prácticamente muerto. Si algo no llegó al cauce principal, no hay un mecanismo que lo saque de ahí.
—¿Ni durante el bombeo?
—No con la configuración que hemos reconstruido.
Mireia asintió y dio una indicación al equipo.
Siguieron.
El trabajo era lento, no tanto por dificultad técnica como porque nadie quería alterar más de lo necesario. Elena observó cómo retiraban capas de vegetación y fotografiaban cada cambio antes de avanzar.
La derivación era más estrecha de lo que parecía desde la plataforma. A un lado, un pequeño paso de mantenimiento cruzaba sobre una estructura baja de hormigón y metal; al otro, el carrizo había colapsado hacia dentro.
Elena recordó la primera visita con Mireia.
Habían visto aquella zona.
La habían anotado.
Y habían seguido de largo.
Entonces no sabían que Laura hubiera estado allí, ni que el teléfono se hubiera separado de ella, ni que la corriente de la madrugada hubiera empezado después de que el coche estuviera ya en la estación.
El lugar no había cambiado.
Había cambiado la pregunta.
—Elena.
Mireia la llamó sin levantar la voz.
Uno de los agentes había dejado de retirar vegetación.
Elena avanzó unos pasos y se detuvo donde le indicaron.
—No pases de ahí.
—No pensaba hacerlo.
Había algo bajo la masa de carrizo.
Al principio Elena no distinguió qué.
Una forma.
Tela.
Una parte oscura que no pertenecía al barro ni a las raíces.
Mireia se acercó al agente y habló con él. Elena no oyó todas las palabras.
Después nadie siguió retirando nada durante unos minutos. Llegaron más fotografías, guantes nuevos y una cinta que amplió el perímetro.
Elena se quedó inmóvil.
No necesitaba que nadie se lo explicara todavía.
La forma tenía dimensiones humanas.
Miró hacia el ramal principal.
Estaba a pocos metros, lo bastante cerca para que el teléfono hubiera podido caer al agua durante una confrontación y lo bastante separado para que un cuerpo depositado allí no participara del mismo recorrido.
Eso era lo que habían venido a comprobar.
No que Laura estuviera en aquel punto exacto, sino que la geometría permitía que dos cosas que habían empezado juntas terminaran en lugares distintos.
Mireia volvió.
—Parece una persona.
Elena asintió.
—Vamos a esperar a que trabajen.
—Sí.
No preguntó si era Laura.
Mireia tampoco lo afirmó.
La policía amplió la zona y pidió apoyo especializado.
Elena se apartó hasta el coche.
Allí abrió el cuaderno, pero no escribió.
No tenía una observación útil que hacer.
Durante los últimos días había llenado páginas con horas, conductividad, niveles, posiciones, ventanas de bombeo y flechas.
Ahora ninguna de esas cosas servía.
Se sentó en el borde bajo del maletero abierto.
Desde allí no veía el interior de la derivación.
Mejor.
Mireia se acercó al cabo de un rato.
—Van a empezar la recuperación.
Elena cerró el cuaderno.
—¿Necesitas que me quede?
—De momento, sí. Por si tenemos que fijar alguna relación con el terreno antes de mover nada.
—Vale.
Mireia se quedó a su lado.
—No ha sido casualidad.
Elena la miró.
—¿El qué?
—Encontrarlo.
—Todavía no sabemos a quién hemos encontrado.
Mireia aceptó la corrección.
—Encontrar un cuerpo ahí.
Elena miró hacia la caseta.
—No.
La zona había salido del mapa días antes de que nadie apartara el primer carrizo.
La corriente principal había explicado el teléfono.
La ausencia de corriente había señalado el resto.
—¿Por qué no apareció antes? —preguntó Mireia.
—Porque antes buscabais a una desaparecida que podía haberse marchado.
—Y no sabíamos que estuvo en Bomba 4.
—Exacto.
—Luego supimos que estuvo aquí.
—Pero seguíamos sin saber qué zona tenía prioridad.
Mireia observó la derivación.
—Y desde el acceso principal casi no se ve.
—No.
La caseta cortaba parte del ángulo y el carrizo hacía el resto. No era un escondite perfecto.
Solo un lugar que nadie tenía razón suficiente para revisar a fondo.
Hasta ahora.
Un técnico forense se acercó a Mireia y habló con ella unos minutos. Elena se apartó un poco más.
No intentó escuchar.
Cuando Mireia regresó, su expresión había cambiado.
—La ropa y algunos efectos son compatibles con Laura.
Elena no respondió.
—La identificación formal tendrá que hacerse como corresponde —añadió Mireia—. Pero todo apunta a que es ella.
Elena miró hacia la derivación.
Había conocido a Laura a través de otros: por su hermana, por Pau, por Clara, por informes corregidos, fotografías sincronizadas y anotaciones que no aceptaban horas de agua imposibles.
La mujer que había escrito aquellas notas estaba a pocos metros.
Elena bajó la vista al suelo.
Había barro seco en el borde del camino y una línea de sal en una depresión pequeña.
Se sorprendió fijándose en eso.
No porque fuera importante.
Porque era lo que sabía hacer cuando no había nada útil que decir.
—¿Podéis saber cuánto tiempo lleva ahí? —preguntó al cabo.
—No aquí y ahora.
—Claro.
—Y tampoco quiero adelantarte nada sobre causa de muerte.
—No te lo iba a pedir.
Mireia asintió.
Elena miró otra vez el paso de mantenimiento.
Desde la plataforma principal hasta allí había poca distancia. No hacía falta un vehículo ni recorrer caminos.
Alguien podía mover un cuerpo desde la zona de la instalación hasta la derivación sin abandonar el recinto inmediato.
Eso era compatible con la trama que habían reconstruido.
Nada más.
No sabía aún cómo había muerto Laura, dónde había caído exactamente ni si el impacto se había producido junto a la plataforma, en el pequeño desnivel o en otro punto cercano.
El terreno permitía varias posibilidades.
El examen forense tendría que limitar algunas.
—¿Quieres señalar algo antes de que sigan? —preguntó Mireia.
Elena se acercó de nuevo hasta el límite permitido.
Observó la posición relativa.
La derivación quedaba fuera de la corriente principal. La masa vegetal formaba una especie de techo vencido sobre el lateral y, junto al paso de mantenimiento, había una zona más firme desde la que se podía acceder sin entrar en el agua.
—Solo esto —dijo.
Mireia esperó.
—La posición explica por qué el bombeo no lo movió.
—¿El cuerpo?
—Si se confirma que permaneció aquí desde esa noche, sí. Está fuera del circuito de arrastre que llevó el teléfono hacia la rejilla.
Mireia miró ambos cauces.
—Dos destinos distintos.
—Dos posiciones distintas.
Elena prefirió la precisión.
El teléfono había caído al ramal activo. El cuerpo, si Laura había sido depositada allí desde el principio, había quedado fuera.
La madrugada posterior había movido uno.
No el otro.
Por primera vez, la aparente contradicción desaparecía por completo.
No había que imaginar una corriente capaz de transportar un cuerpo sin dejarlo aparecer, ni suponer que alguien lo había sacado del Delta, ni añadir un segundo traslado.
Todo había ocurrido en un espacio mucho más pequeño.
Mireia volvió con el equipo.
Elena regresó al coche.
La recuperación llevó tiempo. No miró cuando empezaron a retirar la masa vegetal que cubría el cuerpo.
No era su trabajo.
Tampoco necesitaba conservar esa imagen.
Se concentró en el plano.
Bomba 4.
Plataforma.
Ramal activo.
Derivación de servicio.
Rejilla.
Durante días había dibujado flechas. Esta vez trazó una línea corta desde la zona de la plataforma hasta la derivación.
No como reconstrucción de una acción.
Como distancia.
Pocos metros.
Después dibujó otra desde el ramal activo hacia la rejilla.
Esa sí tenía una dirección demostrada.
Dos recorridos.
Uno producido por el agua.
El otro, todavía pendiente de atribución física y forense.
No debía mezclarlos.
Mireia regresó casi una hora después.
—La identificación provisional encaja.
Elena levantó la vista.
—¿Laura?
—Sí. A falta de la confirmación formal.
La frase cayó sin ruido.
Elena cerró el plano.
Mireia se quedó de pie frente a ella.
—Voy a llamar a Eva.
—¿Ahora?
—Antes de que se entere por otro sitio.
Elena asintió.
No ofreció acompañarla. No conocía a Eva lo suficiente para ocupar ese momento.
Mireia se alejó unos metros con el teléfono.
Elena vio cómo hablaba, pero no escuchó.
Se levantó y caminó hasta un punto desde el que podía ver la entrada de la derivación sin invadir el perímetro.
El cuerpo ya no estaba oculto bajo el carrizo.
La zona, en cambio, seguía siendo la misma: un ramal casi sin circulación, un paso de mantenimiento, vegetación densa y poca visibilidad desde la plataforma.
Nada extraordinario.
Eso explicaba por qué había funcionado como escondite.
No hacía falta que un lugar fuera inaccesible.
Solo que nadie tuviera todavía la pregunta correcta.
Mireia volvió.
Tenía el rostro cansado.
—Eva lo sabe.
Elena asintió.
No preguntó cómo había reaccionado.
—Mañana tendremos información forense preliminar —dijo Mireia—. Si pueden compartir algo contigo, te lo diré.
—Bien.
—También se van a revisar otra vez plataforma, bordes y el recorrido corto entre ambos puntos.
Elena miró hacia Bomba 4.
—Tiene sentido.
—¿Quieres participar?
—Solo si necesitáis una interpretación ambiental o de terreno.
—Eso imaginaba.
Mireia guardó el móvil.
—Marta sigue con la policía.
Elena no preguntó más.
El hallazgo cambiaba la naturaleza del caso, pero no le otorgaba competencias nuevas.
Hasta esa mañana investigaban una desaparición conectada a una manipulación ambiental.
Ahora había una muerte.
La causa, el mecanismo exacto y la responsabilidad penal tendrían que fijarse por los cauces correspondientes.
Elena abrió por fin el cuaderno y escribió:
«Derivación de servicio: cuerpo localizado fuera del circuito activo».
Debajo añadió:
«Teléfono y cuerpo no siguieron el mismo destino porque no quedaron en el mismo sistema hidráulico».
Se detuvo.
Después escribió:
«Identificación provisional: Laura Beltrán. Pendiente de confirmación formal y forense».
Nada más.
No escribió Marta.
No escribió homicidio.
No escribió impacto.
Todavía no.
Guardó el cuaderno.
El sol había empezado a bajar y la sombra de la caseta cubría ya parte del paso de mantenimiento.
Aquel lugar había estado en el mapa desde el principio de la segunda mitad de la investigación.
Habían pasado junto a él.
Lo habían medido.
Lo habían dejado atrás.
Solo cuando entendieron qué podía mover el agua y qué no, la búsqueda tuvo una dirección.
Mireia hizo una última indicación al equipo.
Elena esperó junto al coche.
Para Eva, la espera de saber dónde estaba Laura había terminado.
Lo demás acababa de empezar.