Capítulo 39
En Gola Blanca ya no había aves muertas en la orilla.
Elena lo comprobó antes de mirar las hojas que Berta llevaba en una carpeta de plástico.
La laguna estaba casi plana. Una brisa débil desplazaba apenas la superficie junto al carrizo y levantaba pequeñas ondas donde el agua quedaba más abierta. A esa hora de la tarde, la luz hacía difícil distinguir algunos reflejos de los movimientos reales.
—Desde ayer, ninguno nuevo —dijo Berta.
Elena siguió observando.
Había aprendido durante aquellos días que «ninguno nuevo» era una frase mejor que «todo está bien».
—¿Y debilitados?
—Dos en seguimiento, pero no han empeorado. Oriol dice que no encajan con un episodio agudo reciente.
Berta le entregó la carpeta.
Elena revisó la tabla: conductividad, oxígeno, temperatura, puntos de entrada y observaciones de fauna.
Los valores no eran idénticos a los del primer día, ni tenían por qué serlo.
Se estaban acercando al comportamiento esperable para aquella parte de septiembre, con diferencias entre sectores que ya no dibujaban el gradiente anómalo que había seguido al llegar.
—¿Habéis mantenido los mismos puntos?
—Todos.
—¿Incluso el del extremo norte?
—También.
Elena pasó la hoja.
—Bien.
Caminaron despacio por el mismo recorrido que habían hecho once días antes.
Entonces Berta le había señalado cuerpos de flamencos en un sector de alimentación y Elena había pedido un plano antes de escuchar explicaciones demasiado completas. Ahora los marcadores seguían en la documentación, pero el terreno ya no ofrecía la misma imagen.
No porque el humedal hubiera vuelto a un estado anterior.
Eso no ocurría así.
Habían retirado aves, tomado muestras, restringido movimientos, revisado compuertas, seguido el agua y eliminado materiales de riesgo. El episodio había dejado registros, trabajo pendiente y una mortalidad que no desaparecía porque cesara el aporte.
—¿Qué se ha hecho con el almacenamiento de Cerdà? —preguntó.
—Está intervenido por quien corresponde. El material antiguo se ha retirado de la operativa normal y sigue la vía administrativa y policial.
Elena asintió.
No necesitaba más detalle.
—¿Y en la red?
—Se han cambiado controles provisionales. Doble confirmación para ciertas maniobras, registro reforzado y revisión de partes.
—¿Provisional?
—Hasta que decidan el sistema definitivo.
—Mejor.
Berta la miró.
—¿Mejor que sea provisional?
—Mejor que no finjan haber arreglado en dos días un problema de control que llevaba tiempo permitiendo huecos.
Berta sonrió.
—Eso sí suena a ti.
Elena siguió andando.
A la izquierda, más lejos del sector que había concentrado la mortandad, varios flamencos se alimentaban en una zona somera. Algunos mantenían la cabeza sumergida. Otros avanzaban despacio, removiendo el fondo.
Elena los observó unos segundos.
No había nada que interpretar.
Eran aves vivas en una laguna donde once días antes había contado aves muertas.
Eso bastaba como hecho.
—Han vuelto a ese lado —dijo Berta.
—¿Habían dejado de usarlo?
—No del todo. Pero había menos.
Elena miró el mapa.
—Seguid anotándolo.
—Lo haremos.
Berta guardó las manos en los bolsillos.
—¿Te vas hoy?
—En cuanto deje el informe.
—¿A Madrid?
—Sí.
—Once días.
Elena pensó en el alojamiento, las comidas a horas extrañas, las botas secándose junto a una puerta, la llamada breve a su madre y los mapas extendidos sobre mesas que no eran suyas.
—Parecen más.
—A mí también.
Llegaron al punto donde el colector entraba en la laguna.
Elena se agachó junto al borde sin tocar el agua. Había una película fina de restos vegetales acumulada contra una zona de barro. Nada fuera de lo esperable.
El olor tampoco era el del primer día. No porque entonces hubiera detectado el carbofurano por el aire —no lo había hecho—, sino porque ahora ya no asociaba cada detalle a la urgencia de encontrar una causa.
El terreno volvía a ser un conjunto de procesos normales y controles pendientes.
No una escena que tuviera que resolver.
—¿Quieres tomar otra muestra? —preguntó Berta.
Elena negó.
—No para cerrar mi informe.
—Pensé que querrías una última.
—Una muestra más no mejora una conclusión si no responde a una pregunta.
Berta asintió.
Elena se incorporó.
Había pasado una parte importante del caso rechazando datos que parecían útiles solo porque existían: un producto en un almacén, una mentira de Pau, un documento alterado por Clara, una maniobra irregular de Jordi.
Cada uno había tenido peso.
Ninguno era la respuesta completa.
Lo mismo valía para una muestra final tomada solo por tenerla.
Regresaron al coche del CADS.
Irene las esperaba apoyada junto a la puerta del conductor con una carpeta azul.
—He imprimido la versión definitiva.
—¿Sin cambiarme nada?
—Casi nada.
Elena la miró.
—Era una broma.
—Eso espero.
Irene le entregó la carpeta.
—He corregido dos erratas y una referencia de página.
—Aceptable.
—Gracias.
Elena abrió el informe.
No necesitaba releerlo entero.
Había trabajado en él desde la mañana.
Las conclusiones estaban separadas como había querido desde el principio: hechos observados y resultados analíticos, inferencias técnicamente sostenibles y límites.
La mortandad era compatible con una exposición aguda a carbofurano.
El origen material probable del formulado estaba en el almacenamiento irregular vinculado a Cerdà Servicios, sin convertir esa procedencia en autoría individual del vertido.
D-17 había sufrido una alteración repetida de su régimen hídrico durante semanas.
La madrugada posterior a la desaparición de Laura se había producido una conexión efectiva entre Estacada y Bomba 4 incompatible con el estado reflejado en el parte operativo.
El pulso contaminante había alcanzado Gola Blanca después de la desaparición, y el teléfono se había desplazado en esa misma ventana.
La atribución penal no figuraba como conclusión de Elena.
No hacía falta.
Mireia tenía su investigación.
Los especialistas forenses, la suya.
El informe de Elena tenía que resistir aunque otra persona lo leyera sin conocer ninguna de las conversaciones de los últimos días.
Firmó.
Irene hizo lo mismo en la recepción del documento.
—Ya está.
Elena cerró la carpeta.
—Ya está mi parte.
—Siempre tienes que añadir eso.
—Porque es verdad.
Irene guardó el informe.
—Marta seguirá dando trabajo.
Elena no preguntó.
La detención, las declaraciones, la documentación económica, el coche, las manipulaciones de la red y la muerte de Laura pertenecían ya a otra fase.
El caso no estaba abierto para ella porque un procedimiento judicial tardara meses o años en cerrarse.
Su pregunta sí estaba respondida.
Qué le había ocurrido al territorio.
Y qué conducta humana había quedado unida a ese daño.
—Eva me ha escrito esta mañana —dijo Irene.
Elena la miró.
—¿Está bien?
Irene hizo una mueca pequeña.
—No creo que «bien» sea la palabra.
—No.
—Dice que agradece haber sabido qué estaba haciendo Laura.
Elena bajó la vista a la carpeta.
—Eso era importante para ella.
—Sí.
No hablaron más de Eva.
Berta se adelantó unos metros hacia el vehículo.
Irene se quedó con Elena junto al borde del camino.
—Cuando llegaste, yo pensaba que en dos días tendríamos un informe sobre un vertido agrícola.
—Yo también pensaba que podía ser eso.
—No parecías pensarlo.
—Porque no tenía pruebas.
Irene soltó una risa.
—Eres agotadora.
—Me lo han dicho.
—¿Volverás por aquí?
Elena miró la laguna.
—No por este caso.
Irene entendió la respuesta.
—Mejor.
Se despidieron sin ceremonias.
Berta le dio un abrazo rápido que Elena recibió un poco tarde.
—La próxima vez que vengas, que sea a comer arroz —dijo.
—Eso suena a amenaza.
—A ti todo lo que no lleva una cadena de custodia te parece sospechoso.
Elena sonrió.
—No todo.
Metió la mochila en el coche.
El cuaderno numerado quedó arriba, junto al portátil y una bolsa con ropa que todavía olía ligeramente a humedad.
Antes de subir, miró otra vez hacia Gola Blanca.
Los flamencos que había visto antes seguían lejos del sector afectado. Uno levantó el vuelo durante unos segundos, cambió de punto y volvió a bajar al agua.
Los demás continuaron alimentándose.
Elena no buscó nada en la escena.
Ni recuperación.
Ni justicia.
Ni una señal de que el lugar hubiera quedado a salvo.
La laguna seguía necesitando controles. D-17 seguiría mostrando durante un tiempo las consecuencias de semanas de mala renovación. Habría procedimientos, expedientes, revisiones y trabajos que ella no vería.
Laura seguía muerta.
Nada de eso se equilibraba porque las aves hubieran dejado de caer.
Encendió el coche.
Al incorporarse a la pista, pasó junto a arrozales maduros. Algunas parcelas empezaban a mostrar actividad de cosecha. El agua aparecía y desaparecía entre taludes bajos, acequias y pasos de servicio.
Durante los primeros días había mirado cada canal como una posible ruta.
Ahora volvía a ver una red de trabajo.
Eso también era cerrar un caso.
No olvidar lo ocurrido, sino dejar de necesitar que cada lugar siguiera siendo una prueba.
En una intersección redujo la velocidad para dejar pasar un tractor.
Esperó.
El conductor levantó una mano.
Elena respondió con un gesto breve y continuó.
No puso música.
Tampoco abrió el manos libres cuando vibró el teléfono dentro del bolso.
Lo dejaría para más tarde.
Tenía por delante varias horas de carretera y, por primera vez desde que había llegado al Delta, ninguna de ellas pertenecía a la investigación.
Al alcanzar la vía principal, Gola Blanca dejó de verse.
Elena no miró por el retrovisor para buscarla.
Siguió conduciendo.