Donde mueren los flamencos (Las huellas de la tierra 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

—No necesito que estemos de acuerdo sobre quién hizo nada.

Marta Rius miró a Elena y después a Mireia.

—Eso no es lo que parece.

—Lo que parezca me da igual —dijo Elena—. Necesito que estemos de acuerdo sobre cómo funciona esta instalación.

Eran poco más de las nueve de la mañana.

Junto a Bomba 4 estaban el responsable de la infraestructura, dos técnicos del sistema, Mireia y otro agente.

Nadie había dispuesto las cosas como un interrogatorio: no había una mesa, ni sillas, ni una carpeta abierta frente a Marta.

Solo el plano apoyado sobre una superficie metálica, varias hojas sujetas con pinzas y la instalación delante.

Elena lo prefería así.

El lugar podía corregir cualquier explicación demasiado cómoda.

Mireia había dejado claro al empezar que la revisión formaba parte de las diligencias y que Elena se limitaría a las cuestiones técnicas. Marta no había protestado. Había llegado puntual, con ropa de campo y el pelo recogido, y había saludado a los técnicos por su nombre.

Parecía exactamente lo que era: una ingeniera que conocía la red.

Elena señaló la bomba.

—Primero, el ciclo de la madrugada. De la una y cinco a las dos y veinte.

Uno de los técnicos consultó el registro impreso.

—Correcto.

—¿Hay alguna duda sobre que Bomba 4 estuvo funcionando en esa franja?

—No —dijo el responsable de la infraestructura.

Marta negó también.

—No.

Elena marcó la primera línea de su hoja. No buscaba una victoria; buscaba eliminar discusiones posibles.

—Segundo. El teléfono de Laura Beltrán apareció antes de la rejilla de toma, aguas arriba. No pasó por la bomba.

Mireia respondió esta vez.

—Eso consta en el hallazgo y en la documentación fotográfica.

Marta miró hacia la rejilla.

—Nunca he discutido dónde apareció.

—Bien.

Elena caminó unos metros hasta el borde permitido del ramal. Los demás la siguieron sin formar un grupo compacto. El agua circulaba despacio y, con aquella configuración, costaba imaginar el arrastre de la madrugada crítica.

—Si un objeto ligero queda retenido en este tramo —dijo Elena—, ¿puede permanecer horas sin llegar a la rejilla?

El técnico más joven asintió.

—Sí. Con raíces, carrizo, cambios pequeños de sección... perfectamente.

—¿Y liberarse después si aumenta el flujo hacia la toma?

—También.

Marta intervino.

—Depende del objeto.

—Una funda estanca con un teléfono dentro.

—Puede moverse, sí. Pero no puedes calcular una trayectoria exacta sin conocer el punto de entrada.

—No la estoy calculando.

—Entonces estamos de acuerdo.

Elena la miró.

—Sí.

Marta pareció esperar algo más.

No llegó.

Elena volvió al plano.

—Tercero. Hemos revisado todas las activaciones de la noche. Solo entre la una y cinco y las dos y veinte aparece una respuesta de nivel sostenida en Estacada compatible con un arrastre suficiente hacia esta zona.

El responsable de la infraestructura frunció el ceño.

—«Compatible» no significa que sepamos el punto de origen del teléfono.

—Exacto.

—Ni que no hubiera movimiento antes.

—Movimiento local, sí. Lo que no encontramos antes es una ventana con duración y respuesta suficientes para explicar que terminara aquí.

El hombre asintió.

Marta miró las gráficas.

—Eso depende de cuánto retuviera la vegetación.

—Sí.

—Podría haberse desplazado por tramos.

—Sí.

—Entonces la una y cinco no es la hora de caída.

—Nunca he dicho que lo sea.

Marta cerró la boca.

Elena notó que Mireia no intervenía. Habían acordado que no lo haría mientras la discusión siguiera siendo técnica.

—La hora de entrada al agua sigue abierta —continuó Elena—. Lo que estamos fijando es otra cosa: la ventana que explica el desplazamiento final hasta la rejilla.

El técnico joven levantó una hoja.

—Con los niveles registrados, esa es la mejor ventana.

—¿La única razonable? —preguntó Elena.

El hombre miró al responsable antes de responder.

—Para un arrastre sostenido desde Estacada hacia la toma, sí.

Marta se giró hacia él.

—Si Estacada estaba conectada.

Elena no hizo ningún gesto.

Aquello llegaría después.

—Vamos con los sensores —dijo.

Colocó tres gráficas sobre el plano, no una encima de otra, sino junto a los puntos donde se habían obtenido las lecturas.

—No me interesan ahora los valores absolutos. Solo el momento en que cambia cada serie.

Señaló la primera.

—Estacada.

La segunda.

—Zona de Bomba 4.

La tercera.

—Entrada hacia Gola Blanca.

El responsable de la infraestructura las examinó.

—Hay desfases normales por distancia y mezcla.

—Sí.

Marta se acercó.

—Y los sensores no tienen la misma respuesta.

—También.

—Entonces no puedes leerlos como si fueran tres cronómetros sincronizados.

—No lo hago.

Elena señaló la documentación de mantenimiento.

—Las marcas son de adquisición local. No hay una avería registrada en esa franja. Uno de los equipos había tenido deriva antes, corregida. Puede afectar al valor absoluto, pero no explica por sí sola que el cambio aparezca primero aquí, después aquí y luego aquí.

Marta observó las curvas.

—«Primero» puede significar minutos que entran dentro del margen de respuesta.

—Por eso no estoy usando un minuto exacto como prueba.

—Pero sí el orden.

—Sí.

Marta dejó la gráfica en su sitio.

—Yo no afirmaría una dirección solo con eso.

—Yo tampoco.

Elena señaló el registro de niveles.

—Por eso está esto.

El responsable de la infraestructura se inclinó sobre el plano. El técnico joven hizo lo mismo.

—Durante el ciclo, Estacada responde —dijo Elena—. Y esa respuesta coincide con la ventana que permite el desplazamiento del teléfono.

Marta negó despacio.

—Coincidir no demuestra causalidad.

—No.

—Podría haber cambios generales de nivel en el sector.

—Sí.

—O influencia de aguas abajo.

—La hemos revisado.

—La marea cambia las condiciones de contorno.

—Pero no abre una conexión que no existe.

Marta la miró.

—Eso lo dije yo.

—Sí.

Por primera vez desde que habían empezado, el silencio duró algo más de lo necesario.

Elena no lo llenó.

No estaba allí para hacer que Marta pareciera contradictoria. Si una frase suya describía bien la instalación, seguía siendo válida aunque la hubiera dicho ella.

—¿Se han comprobado las conexiones secundarias? —preguntó el responsable.

—Las dos antiguas y la conducción de servicio —respondió Elena—. Ninguna explica simultáneamente la respuesta de Estacada, la secuencia de conductividad y el recorrido final del teléfono.

—¿Filtración en E-3?

—Existe. Es insuficiente para una circulación sostenida de esta magnitud.

Marta intervino.

—Con la compuerta cerrada puede haber intercambio hidráulico pequeño.

—Sí.

—Y no conocemos la resistencia exacta que ofrecía la vegetación esa noche.

—No.

—Entonces sigues trabajando con rangos.

Elena asintió.

—Como casi siempre en campo.

Marta sostuvo su mirada.

—Pues eso es lo que intento decir.

—Y yo no te lo discuto.

El tono de Marta bajó un poco.

—Entonces no entiendo para qué estamos todos aquí.

Mireia se movió por primera vez.

—Para fijar qué puntos son discutibles y cuáles no.

Marta la miró.

—¿Y después?

—Después seguiremos con la diligencia.

No hubo más explicación.

Elena volvió al plano.

—Quiero que hagamos una cosa sin usar el parte de esa noche.

Marta la observó con atención.

—¿Qué cosa?

—Olvidarlo durante cinco minutos.

El responsable de la infraestructura arqueó las cejas.

Elena señaló Bomba 4.

—Tenemos la bomba funcionando. Tenemos la respuesta de nivel en Estacada. Tenemos un objeto que termina contra la rejilla desde aguas arriba. Y tenemos una señal de conductividad que aparece en Estacada, después aquí y más tarde hacia Gola Blanca.

El técnico joven asintió lentamente.

—Hasta ahí, sí.

—Sin mirar ningún parte, ¿qué necesita esta instalación para que esos cuatro hechos puedan convivir?

Nadie respondió de inmediato.

Marta fue la primera.

—Una conexión hidráulica efectiva con Estacada.

Elena no cambió de expresión.

—¿Durante cuánto tiempo?

—El suficiente para generar la respuesta que estás mostrando.

—¿Una filtración?

—Ya hemos dicho que no con esos niveles.

—¿Un retorno desde aguas abajo?

Marta miró las curvas.

—No con ese gradiente.

—¿Una conducción secundaria?

El responsable de la infraestructura negó.

—No con la configuración real de esas derivaciones.

Elena se dirigió a él.

—Entonces, ¿qué necesita la red?

El hombre miró E-3.

—Que Estacada no esté aislada.

La frase quedó en el aire sin necesidad de énfasis.

Elena anotó una línea.

No era una revelación nueva. Lo importante era que ahora no la sostenía solo ella.

—Eso no significa abierta al cien por cien —añadió Marta.

—No —dijo Elena.

—Puede haber una apertura parcial.

—Sí.

—O una posición intermedia no reflejada bien.

—Sí.

—O una maniobra que se corrige después.

—También.

Marta pareció recuperar terreno con cada posibilidad.

Elena la dejó terminar.

—Lo único que estamos fijando —dijo cuando Marta calló— es que Estacada tuvo que mantener una conexión hidráulica efectiva con Bomba 4 durante la ventana crítica.

El responsable asintió.

Los dos técnicos también.

Marta no lo hizo, pero tampoco lo negó.

—Ahora sí podemos volver al parte —dijo Elena.

Marta bajó la vista hacia la hoja que seguía sujeta bajo la pinza.

E-3 cerrada.

Estacada aislada.

Durante unos segundos nadie habló.

Elena se limitó a colocar la hoja junto al plano.

No preguntó quién la había redactado. No hacía falta.

Marta la señaló.

—Ese parte describe el estado operativo previsto.

Elena levantó la vista.

—Hasta ahora siempre lo has presentado como el estado real de la instalación esa noche.

—Porque era el estado que debía tener.

—No es la misma frase.

Marta apretó los labios.

—Los partes recogen operaciones. No son una reproducción física minuto a minuto.

—De acuerdo.

—Puede haber correcciones de campo que no entren con ese nivel de detalle.

—También.

—Una compuerta puede quedar en posición intermedia y cerrarse después sin que eso cambie el resumen del ciclo.

Elena miró al responsable de la infraestructura.

Él no intervino.

—¿Eso sería correcto? —preguntó Elena.

Marta contestó antes.

—Depende de cuánto tiempo y de qué efecto tenga.

—Una hora y cuarto de conexión efectiva con Estacada.

Marta la miró.

—Estás dando por hecho que toda la ventana depende de E-3.

—Todavía no.

—Pues parece que sí.

—Estoy fijando que la red no se comporta como si Estacada estuviera aislada.

—Eso es distinto.

—Sí.

Marta recogió una de las gráficas.

—Entonces puede haber una combinación de niveles que no estés considerando.

—¿Cuál?

—Tendría que revisarlo.

—Hazlo.

Marta la miró con una mezcla difícil de leer.

—No llevo todos los históricos encima.

—Los tenemos aquí.

El técnico joven acercó la carpeta de registros.

Marta no la tomó.

—No voy a improvisar una modelización en el campo.

—No te la estoy pidiendo.

—Entonces, ¿qué me estás pidiendo?

Elena miró el ramal.

La pregunta era más sencilla de lo que parecía.

—Que me digas hacia dónde iba el agua.

Marta no respondió.

Elena tampoco añadió nada.

Durante toda la mañana habían ido quitando capas: la hora de caída del teléfono, los valores absolutos de los sensores, las pequeñas fugas, las derivaciones antiguas, la marea, las diferencias de respuesta entre instrumentos.

Todavía podían discutirse detalles.

Lo que ya no podía discutirse era que, durante la ventana crítica, Estacada y Bomba 4 habían estado conectadas de una forma que el resumen escrito no explicaba.

Mireia se acercó al plano.

—¿Paramos cinco minutos?

Elena asintió.

Marta se apartó con el responsable de la infraestructura. Hablaron en voz baja. Elena no intentó oírles.

Se quedó junto a la rejilla.

El teléfono había aparecido allí.

No necesitaba imaginar la noche para comprender el problema que quedaba. Si el agua había ido desde Estacada hacia la toma, una versión podía sobrevivir; si lo había hecho en sentido contrario, sobrevivía otra.

Pero las dos no podían ser ciertas al mismo tiempo.

Elena abrió el cuaderno y escribió:

«Hechos fijados».

Debajo añadió:

«Queda una cuestión: dirección real del agua».

Cerró la tapa.

El resto ya no dependía de encontrar una pista nueva.

Solo de obligar a todas las que tenían a contar la misma historia.