Capítulo 34
—No quiero una reconstrucción de lo que creemos que pasó.
Mireia miró el plano que Elena había extendido sobre el capó del coche.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Una reconstrucción de lo que sabemos que tuvo que pasar.
Estaban junto a Bomba 4, a media tarde. El calor había aflojado, aunque el hormigón seguía devolviendo el sol acumulado durante el día. El ramal llevaba poca agua y la vegetación de los márgenes apenas se movía.
Mireia había acudido con dos agentes que permanecían más atrás, pendientes de sus propias tareas. Elena no preguntó qué diligencias tenían abiertas. Había pedido volver allí por una razón concreta.
Reducir el caso.
Había pasado demasiados días ampliándolo. Ahora necesitaba quitar todo lo que no fuera imprescindible.
Señaló la primera marca del plano.
—Laura está aquí a las 21:05.
—Eso lo fija la fotografía.
—Sí.
Marcó Bomba 4 con el lápiz.
—No sabemos cuánto tiempo permanece, con quién se reúne ni qué ocurre después.
—Todavía.
Elena no corrigió el adverbio.
Pasó al siguiente punto.
—El teléfono aparece aquí.
Señaló la zona anterior a la rejilla.
Mireia miró hacia la instalación.
—Aguas arriba de la toma.
—Y no ha pasado por la bomba.
—Eso también está claro.
—La funda pudo entrar al agua en distintos puntos de este tramo o muy cerca de la instalación. La posición final no nos da el punto de caída.
—Pero sí el sentido del movimiento.
—Sí.
Elena trazó una flecha desde Estacada hacia Bomba 4.
—Entre la 01:05 y las 02:20.
—La única ventana compatible.
—Con arrastre suficiente, sí.
Luego marcó E-3.
—Y para que eso ocurra, Estacada tiene que estar hidráulicamente conectada con la toma.
Mireia asintió.
—Aunque el parte diga que no.
—Aunque el parte diga que no.
Elena dejó el lápiz.
Ese era uno de los hechos que quería llevar al día siguiente sin adornos.
No «Marta mintió».
No «Marta abrió E-3».
Solo una incompatibilidad física que obligara a cualquiera a escoger entre el papel y el agua.
—¿Y la salinidad? —preguntó Mireia.
Elena sacó tres hojas de la carpeta. No se las explicó desde cero; Mireia ya conocía la secuencia.
—Primero Estacada. Después Bomba 4. Después Gola Blanca.
—En ese orden.
—Sí. Con margen por respuesta de los sensores, mezcla y distancia, pero en ese orden.
Mireia miró las curvas.
—¿Eso entra mañana?
—Tiene que entrar.
—¿Todo?
—Solo lo necesario.
Elena recogió las hojas.
—Si llenamos la mesa de series, Marta podrá discutir valores concretos durante una hora. Quiero que la cuestión sea más sencilla.
—¿Cuál?
—Si E-3 estaba cerrada de verdad, ¿cómo llega el agua desde Estacada hasta la toma durante el mismo ciclo en que se mueve el teléfono?
Mireia se quedó mirando la compuerta.
—Y si responde que por filtración.
—Ya está medida.
—Conexión secundaria.
—Revisada.
—Marea.
—No crea el camino.
—Sensor defectuoso.
—No explica los tres puntos ni el orden.
Mireia sonrió apenas.
—Te sabes sus respuestas.
—Me sé las alternativas.
—No es lo mismo.
—No.
Elena volvió al plano.
Había otra parte del trabajo que no quería mezclar con la reconstrucción técnica.
La zona de búsqueda.
No porque supiera que hubiera algo allí, sino porque, si su modelo era correcto, existían lugares que tenían más sentido que otros.
—Ven.
Dejaron el coche y caminaron hacia la plataforma.
Elena no describió el lugar de nuevo. Ya lo conocían. Esta vez solo se fijó en lo que cambiaba cuando dejaba de pensar en el teléfono como una pista aislada y empezaba a pensar en Laura como una persona que había estado allí a las 21:05.
Desde la plataforma se veía la zona principal de trabajo. Más allá, el ramal. A un lado quedaba la derivación de servicio, parcialmente escondida tras la caseta y la vegetación alta.
La habían visto en la visita anterior.
Entonces solo era una pieza de geometría.
Ahora podía tener otra función.
—Si el teléfono cae aquí —dijo Elena, señalando el borde del ramal—, entra en el circuito que después puede llevarlo hasta la rejilla.
—Sí.
—Pero un objeto más pesado o algo que no llegue al agua principal no se mueve igual.
Mireia la miró.
Elena bajó unos metros por el acceso permitido y señaló una acumulación de raíces y carrizo.
—Hay puntos donde cualquier cosa pequeña puede quedar retenida. Y hay zonas que ni siquiera forman parte del flujo útil.
—La derivación.
—Sí.
Caminaron hacia ella.
La entrada estaba medio oculta por la vegetación. No era un canal en uso normal. El agua, cuando la había, quedaba casi estancada y no participaba de la misma forma en el circuito de bombeo.
Elena no se acercó más de lo necesario.
—Aquí no quiero tocar nada.
—No vas a tocar nada.
—Bien.
Mireia observó la boca estrecha del ramal.
—¿Por qué te interesa?
Elena eligió la respuesta con cuidado.
—Porque, si alguien o algo no entró en la corriente principal, esta es una de las zonas donde podría permanecer sin que el bombeo lo arrastrara.
—Eso es muy amplio.
—Tiene que serlo.
—¿Estás pensando en Laura?
Elena miró la vegetación.
No necesitaba fingir que la pregunta no existía.
—Estoy pensando en qué lugares son compatibles con que una persona estuviera aquí y no siguiera el recorrido del teléfono.
Mireia mantuvo la vista en el ramal.
—Eso se parece bastante.
—No es lo mismo.
—Ya.
Elena volvió al plano.
—No sabemos si Laura salió andando de aquí, si subió a su coche ni dónde se separó del teléfono. Por eso no puedo señalar este sitio y decir «buscad aquí» como si tuviera una prueba.
—Pero sí puedes decirme qué zonas tienen sentido técnico.
—Sí.
Mireia sacó su propio bloc.
—Dímelas.
Elena marcó tres: la franja inmediata aguas arriba de la rejilla, por el posible punto de entrada del teléfono; dos puntos de retención vegetal, y la derivación de servicio.
—Esta última no por el teléfono —dijo.
—Lo sé.
—Porque queda fuera del circuito principal.
—Y está escondida desde la plataforma.
—Parcialmente.
Mireia miró hacia la carretera. Desde allí, la caseta cortaba parte del ángulo y la vegetación hacía el resto.
No era invisibilidad.
Solo mala visibilidad.
Y eso bastaba para que tuviera sentido revisar la zona.
—¿Hay más derivaciones? —preguntó.
—Dos aguas arriba, pero una está mucho más expuesta y otra tiene continuidad con el drenaje ordinario. Esta es la que menos participa en la circulación.
—¿Y por qué no la revisamos a fondo ya?
Elena levantó la vista.
—Porque esa decisión es tuya.
Mireia soltó aire.
—Ya lo sé.
—Y porque mañana puede que la reconstrucción nos permita delimitar mejor.
—También.
Mireia guardó el bloc.
—No me hace gracia esperar.
—A mí tampoco.
—No lo parece.
Elena miró de nuevo la entrada de la derivación.
—No hace falta que lo parezca.
Volvieron hacia Bomba 4.
Elena se detuvo junto al punto donde había observado las aristas metálicas durante la visita anterior. No se acercó buscando una marca ni esperaba encontrar ahora una prueba que nadie hubiera visto.
Solo quería recordar las distancias.
La plataforma, el borde, el ramal, la derivación, el acceso a vehículos.
La escena podía contener muchas historias posibles.
Solo una tendría que ser compatible con todo.
—Mañana quiero que Marta empiece por lo que no puede discutir —dijo.
—Hora del ciclo.
—Sí.
—Teléfono antes de la rejilla.
—Sí.
—Secuencia de sensores.
—Sí.
—Laura a las 21:05.
—Eso es cronología, no hidráulica, pero sí.
Mireia añadió:
—Y el parte con E-3 cerrada.
Elena negó.
—El parte viene después.
—¿Por qué?
—Porque no quiero empezar acusando al documento. Primero quiero que explique qué tendría que hacer el agua con E-3 cerrada.
Mireia la miró unos segundos.
—Quieres que ella misma fije la consecuencia.
—Quiero que la consecuencia sea independiente de quién la diga.
—Eso suena todavía peor para ella.
—No estoy intentando que suene peor.
—Ya.
Elena abrió la carpeta.
Había preparado una hoja de una sola página.
En la parte superior:
HECHOS NO DISCUTIDOS
Debajo:
21:05 · Laura en Bomba 4. 01:05–02:20 · ciclo con arrastre suficiente desde Estacada hacia la toma. Teléfono hallado aguas arriba de la rejilla. Secuencia: Estacada → Bomba 4 → Gola Blanca. Configuración escrita: E-3 cerrada / Estacada aislada.
Nada más.
Mireia la leyó.
—Falta D-17.
—No para la pregunta física.
—Falta Riberes.
—Tampoco.
—Falta el carbofurano.
—Entrará si necesitamos explicar el recorrido hacia Gola Blanca. No para demostrar la conexión.
Mireia levantó la hoja.
—Entonces mañana no vas a hablar del móvil al principio.
—No.
—Ni del dinero.
—No.
—Ni de que Marta es nuestra hipótesis principal.
—No.
Mireia devolvió la hoja.
—Bien.
Elena guardó silencio.
—¿Qué? —preguntó Mireia.
—Nada.
—Has puesto esa cara.
—¿Qué cara?
—La de que estoy aprobando algo que ya habías decidido.
Elena cerró la carpeta.
—Puede.
Mireia sonrió.
Esta vez Elena también, apenas.
La tarde seguía bajando. En el ramal, el agua apenas corría y dejaba una línea oscura en el barro del margen.
Elena volvió a la derivación de servicio. No se acercó, solo la observó desde otro ángulo. Desde la carretera se veía todavía menos; desde el acceso lateral, algo más; desde la plataforma, la caseta la tapaba en parte.
—Quiero una cosa más —dijo.
Mireia se acercó.
—¿Qué?
—Que mañana, cuando termine la revisión técnica, tengamos preparado un plano con esta zona.
—¿Para búsqueda?
—Para valoración de búsqueda.
Mireia apuntó la diferencia.
—Vale.
—Y que incluya la derivación, los puntos de retención y los accesos.
—Lo puedo organizar.
—No quiero equipos esperando a que yo diga una frase.
—No los habrá.
—Bien.
—Pero si la reconstrucción confirma lo que creemos...
Elena la miró.
Mireia corrigió:
—Lo que los datos indican.
—Entonces tendrá sentido revisar la zona con un objetivo concreto.
—Sí.
Mireia miró la vegetación.
—No como una batida general.
—No.
—Porque sabemos dónde tiene lógica mirar.
—Exacto.
Eso era todo lo que Elena quería dejar preparado.
No encontrar ni acusar.
Preparar.
Durante los primeros días había seguido el agua desde los flamencos muertos hasta un teléfono. Ahora estaba utilizando el mismo recorrido al revés para reducir un espacio.
La lógica era sencilla: lo que entraba en la corriente podía moverse; lo que quedaba fuera, no.
Mireia recibió una llamada y se apartó unos metros.
Elena aprovechó para recorrer una vez más la secuencia sin papeles:
E-3. Estacada. Bomba 4. Rejilla. Colector. Gola Blanca.
Luego volvió la vista hacia el ramal de servicio.
Fuera de esa línea.
Eso era precisamente lo importante.
Mireia terminó la llamada.
—Mañana a primera hora puedo tener aquí al responsable de la infraestructura y a Marta.
—¿Quién más?
—Dos personas técnicas del sistema, además de nosotros.
—Bien.
—No quiero que luego diga que la revisión se hizo sin quien conoce la instalación.
—Mejor.
—¿Necesitas material?
—Plano, registros originales disponibles y acceso visual a los puntos. Nada más.
Mireia anotó.
—¿Y si Marta no quiere venir?
—Eso es cosa tuya.
—Vendrá.
Elena no preguntó por qué estaba tan segura.
Guardó el plano.
Antes de marcharse, escribió en el cuaderno:
«Mañana:
Fijar hechos.
Exigir una sola geometría compatible.
No empezar por Marta.
Si se confirma: valorar búsqueda dirigida».
Debajo marcó la derivación de servicio con un pequeño rectángulo.
No escribió «cuerpo».
No sabía que estuviera allí.
Solo sabía que, si Laura no había seguido el camino del teléfono, aquel era uno de los lugares donde la hidráulica dejaba de contar su historia.
Y, por primera vez, eso era suficiente para saber dónde mirar después.