Capítulo 33
Mireia llegó con una carpeta gris y no la abrió hasta que Irene salió de la sala.
—Esto ya no es del CADS —dijo.
Elena apartó su cuaderno.
—Entonces dime solo lo que pueda conocer.
—Eso voy a hacer.
Era casi la una. La mañana se había ido entre correcciones de informe, llamadas y una discusión demasiado larga sobre la diferencia entre origen probable y autoría. Elena había terminado con la sensación de haber avanzado poco, aunque sabía que, a veces, conservar una duda era trabajo suficiente.
Mireia dejó la carpeta entre ambas.
—Hemos tirado de Riberes del Sud.
Elena no respondió.
El nombre llevaba días apareciendo sin terminar de ocupar un lugar preciso.
Riberes del Sud. D-17. MR.
Laura los había dejado juntos, pero no había explicado por qué.
—¿Qué habéis encontrado? —preguntó.
Mireia abrió la carpeta.
—La sociedad tiene una opción de compra sobre D-17 y otras parcelas contiguas.
Elena miró la primera hoja que Mireia le permitió ver. No era un contrato completo, sino un resumen documental con referencias registrales, fechas y partes intervinientes.
—¿Desde cuándo?
—Anterior a las primeras anomalías que detectó Laura.
Eso importaba.
—¿Cuánto anterior?
—Lo suficiente para que la operación ya estuviera planteada cuando empieza el deterioro de D-17.
Elena no pidió una fecha exacta. La documentación policial fijaría eso donde correspondiera.
—¿Y Marta?
Mireia pasó a otra hoja.
—No figura como administradora.
—Eso ya lo sabíamos.
—Ni como socia visible.
Elena esperó.
Mireia apoyó un dedo sobre una referencia.
—Pero existe un acuerdo privado.
Elena bajó la vista.
—¿Qué acuerdo?
—Marta aportó dinero a la operación.
La frase fue más sencilla de lo que esperaba.
—¿Directamente a Riberes?
—No de la forma más limpia de leer en una escritura. Por eso no apareció al principio. Hay un acuerdo entre particulares vinculado a la operación y documentación financiera que lo respalda.
—¿Qué recibe a cambio?
—Participación en el beneficio si se completa la compra y se revaloriza el conjunto.
Elena se quedó quieta.
No necesitaba más palabras todavía.
Miró otra vez el nombre de D-17.
Durante semanas había visto aquella parcela como un problema hidráulico. Después, como una parcela manipulada.
Ahora aparecía una razón para querer que empeorara.
—¿Cuánto dinero? —preguntó.
—Una parte importante de sus ahorros.
—¿Eso está comprobado?
—Sí.
—¿Y la relación con D-17?
—También.
Mireia giró otra hoja.
Había referencias a varias fincas. D-17 era una de ellas, no la única.
—Riberes no compra solo esa parcela —dijo Elena.
—No. Forma parte de un paquete.
—¿Y qué cambia si D-17 vale menos?
Mireia apoyó la espalda en la silla.
—El precio de adquisición mejora. Y cerrar esa pieza permite completar mejor el conjunto.
Elena reconstruyó mentalmente el plano antes de buscarlo.
D-17 no era grande por sí sola, pero estaba situada en un punto que afectaba a la continuidad de las parcelas incluidas en la operación.
—¿Y después?
—Después, si el régimen de agua vuelve a condiciones normales, la valoración cambia.
Elena levantó la vista.
—Eso ya es una inferencia.
—Sí.
—¿Vuestra o está en los documentos?
—La existencia del acuerdo, la aportación de Marta, la opción de compra y el beneficio ligado a la operación están documentados. Que la degradación fuera provocada para abaratar la finca es la hipótesis que estamos construyendo.
Elena asintió.
Esa separación le servía. Mireia la conocía ya lo suficiente para hacerla sin que se la pidiera.
—Laura había llegado cerca —dijo Elena.
—Sí.
—«MR / Riberes».
—Ahora sabemos qué significan las iniciales.
Elena miró la nota reproducida en una de sus hojas.
MR.
Durante días había permitido que siguiera siendo cualquier cosa: un código, una referencia, un nombre mal abreviado.
Ya no.
—Marta Rius —dijo.
Mireia asintió.
No hubo satisfacción en el gesto. Solo el cierre de una ambigüedad.
Elena abrió el cuaderno por la página de aquella mañana.
«¿Qué tendría que ser cierto para que no fuera Marta?»
Debajo había dejado espacio.
Escribió:
«Marta tiene beneficio económico verificable ligado a la compra».
Mireia observó sin comentar.
—¿Quién más participa? —preguntó Elena.
—Hay más personas en la operación.
—¿Con capacidad hidráulica?
—Eso es otra pregunta.
—Es la que necesito.
Mireia consultó sus notas.
—Hasta ahora no tenemos a otra persona dentro de esa estructura económica que reúna el mismo acceso técnico a la red.
—Hasta ahora.
—Hasta ahora.
Elena apoyó el bolígrafo.
Aquello cambiaba el peso de todo lo anterior, no porque el dinero explicara el agua —esa parte ya estaba construida—, sino porque daba sentido humano a una secuencia que, sin él, todavía podía parecer un abuso técnico sin razón clara.
—Quiero ordenar esto —dijo.
—Adelante.
Elena sacó una hoja y escribió:
D-17. Manipulación repetida. Riberes del Sud. Interés económico de Marta.
Mireia la miró.
—Falta Laura.
—Todavía.
Elena añadió una quinta línea:
Laura detecta la manipulación.
—Y la enfrenta —dijo Mireia.
—Sabemos que fue a Bomba 4.
—Y que llevaba semanas trabajando sobre D-17.
—Sí.
—La nota une MR con Riberes.
—Sí.
—No necesitas ser tan prudente ahora.
Elena levantó la vista.
—Sí la necesito.
Mireia no respondió.
—El móvil no demuestra la muerte —continuó Elena—. Demuestra por qué Marta tenía algo concreto que perder si Laura formalizaba lo que había encontrado.
—Carrera, dinero y operación.
—Sí.
—Eso ya es bastante.
—Es bastante para una hipótesis principal.
Mireia asintió.
—Eso te iba a preguntar.
Elena dejó la hoja sobre la mesa.
Marta conocía la red. Había explicado desde el principio que E-3 estaba cerrada. El parte que entregó no encajaba con la física. Tenía acceso posible al espacio donde seguía almacenado el carbofurano y, ahora, un beneficio económico documentado ligado a D-17.
Ninguna de esas piezas, por sí sola, era suficiente.
Juntas dejaban poco espacio para la comodidad de la duda.
Pero poco espacio no era lo mismo que ninguno.
—Sí —dijo Elena—. Marta es ahora la hipótesis principal.
Mireia no sonrió.
—Bien.
—No he dicho que el caso esté cerrado.
—Ya lo sé.
—Quiero dejarlo claro.
—Lo has dejado.
Elena volvió a la documentación.
—¿Cómo estaba estructurado el beneficio?
Mireia le explicó lo mínimo.
Marta había aportado capital mediante un acuerdo privado que la vinculaba al resultado de la compra. Si Riberes del Sud conseguía cerrar el paquete de parcelas en condiciones ventajosas y el conjunto se revalorizaba después, ella participaría del beneficio pactado.
No era propietaria visible.
No aparecía en la cara pública de la operación.
Eso explicaba por qué Laura había escrito las iniciales y no una afirmación completa. Había visto una conexión y todavía la estaba trabajando.
—¿La compra estaba cerca de cerrarse? —preguntó Elena.
—Sí.
—¿Y el estado de D-17 influía en la valoración?
—Hay documentación que refleja problemas de salinidad, drenaje y pérdida de productividad.
Elena sintió una incomodidad distinta.
No sorpresa.
Reconocimiento.
Los mismos síntomas que había medido en campo habían entrado en papeles económicos.
La degradación no terminaba en el suelo.
Llegaba al precio.
—¿Se había rebajado ya? —preguntó.
—Había una negociación a la baja apoyada, entre otras cosas, en el deterioro de la parcela.
—¿Está documentado?
—Sí.
Elena miró la hoja.
Eso cerraba otra distancia. Ya no necesitaba imaginar que alguien pudiera ganar dinero con una finca peor; el beneficio había empezado a tomar forma en documentos antes de que ella llegara al Delta.
—¿Y normalizar el agua después? —preguntó.
Mireia negó.
—Eso no aparece escrito, obviamente.
—Bien.
—Pero tú dices que el deterioro es reversible en parte si cambia el régimen.
—Digo que una parcela dañada por mala renovación intermitente puede mejorar si dejas de someterla a esas condiciones. Otra cosa es cuánto y en cuánto tiempo.
—Suficiente para que el valor no tenga por qué quedarse donde está ahora.
—Eso sí.
Mireia cerró una hoja.
—Entonces el esquema es bastante simple.
—No lo simplifiques demasiado.
—Déjame intentarlo.
Elena esperó.
—D-17 empeora, baja su valor, Riberes compra mejor y Marta participa en el beneficio. Después el agua vuelve a funcionar como debe.
Elena negó con la cabeza.
—La última parte todavía no ha ocurrido.
—Pero sería posible.
—Sí.
—Y Laura detecta que el deterioro no es natural.
—Sí.
—Y relaciona a Marta con Riberes.
—Sí.
—Ahí está el motivo.
Elena miró la hoja.
—Ahí está un motivo verificable para querer impedir que Laura formalizara lo que había encontrado.
Mireia aceptó la corrección.
—Vale.
Era suficiente.
No necesitaban saber todavía qué palabras exactas se dijeron en Bomba 4, cómo escaló la conversación ni en qué segundo dejó de ser una discusión técnica.
Eso vendría después, si podían reconstruirlo.
Por ahora, el motivo existía sin necesidad de imaginarlo.
Mireia sacó otra copia.
—Hay una cosa más que te puede interesar.
Elena no dijo nada.
—La secuencia temporal.
—¿De la inversión?
—Sí.
La aportación de Marta precedía a las ventanas de degradación de D-17.
Elena cogió la hoja.
Eso era importante.
Si el interés económico hubiera aparecido después, podía ser oportunismo.
Así no.
El dinero ya estaba comprometido cuando comenzaron las alteraciones.
—¿Cuánto antes?
—Antes de la primera ventana que tú has marcado como parte del patrón.
Elena respiró despacio.
No anotó todavía.
Miró las cuatro ventanas que había identificado, una detrás de otra.
No eran accidentes aislados ni la consecuencia casual de una finca ya deteriorada. Y ahora tampoco podían interpretarse simplemente como una situación que Marta hubiera aprovechado una vez ocurrida.
Su interés existía antes.
—Eso sí cambia la interpretación —dijo.
—Mucho.
Elena escribió:
«Interés económico previo al patrón de degradación».
Después añadió:
«Laura detecta patrón y conexión societaria antes de desaparecer».
Mireia miró la segunda frase.
—Eso nos acerca.
—Sí.
—¿A qué?
Elena cerró el cuaderno.
—A una hipótesis que explica por qué.
Mireia esperó algo más, pero Elena no se lo dio.
El porqué no bastaba.
Todavía necesitaba demostrar el cómo de una forma que no dependiera de acumular sospechas.
—Mañana quiero volver a Bomba 4 —dijo.
—¿Mañana?
—Esta tarde, si podemos.
Mireia miró la hora.
—¿Para qué?
—Para preparar una reconstrucción limpia.
—Ya hemos reconstruido bastante.
—Hemos reconstruido por partes.
Elena señaló las hojas.
—Quiero reducirlo a los hechos que no necesiten interpretación: hora del bombeo, estado necesario de E-3, orden de la conductividad, lado de la rejilla donde apareció el teléfono y presencia de Laura a las 21:05.
—¿Y Marta?
—Todavía no.
Mireia comprendió.
—Quieres que la física llegue al nombre sin empezar por el nombre.
—Exacto.
Mireia guardó parte de la documentación.
—Eso me gusta más.
—No tiene que gustarte.
—Ya, ya.
Elena sonrió apenas.
Fue un gesto breve.
La presión de la mañana seguía ahí, pero ya no tenía la misma forma.
Antes faltaba una razón humana.
Ahora la tenía.
Lo que no quería era permitir que esa razón contaminara la prueba que había construido desde el agua.
Recogió la copia de la nota de Laura:
MR / Riberes.
Por primera vez, no necesitaba colocar mentalmente un signo de interrogación junto a las iniciales.
Marta Rius.
Riberes del Sud.
D-17.
La investigación policial había llegado al mismo nombre siguiendo el dinero.
Elena había llegado por compuertas, niveles, salinidad y un teléfono atrapado antes de una rejilla.
Eran dos caminos distintos que terminaban en el mismo lugar.
Eso era más sólido que una intuición compartida.
Mireia cerró la carpeta gris.
—Entonces, ¿qué tenemos?
Elena guardó su cuaderno.
—Una hipótesis principal con motivo.
—¿Y qué falta?
Elena se levantó.
—Que la versión de Marta deje de ser solo improbable.
—¿Y pase a ser?
Elena cogió el plano de Bomba 4.
—Físicamente imposible.