Capítulo 32
A las nueve de la mañana, Irene ya tenía dos llamadas pendientes y una tercera persona esperando respuesta.
Elena lo supo antes de que se lo dijera.
Sobre la mesa de reuniones había una carpeta con el membrete del CADS, varios correos impresos y una hoja en la que alguien había subrayado tres veces la palabra «carbofurano».
—Necesito saber qué puedo decir —dijo Irene.
Elena dejó su cuaderno junto al ordenador.
—¿A quién?
—A demasiada gente.
Irene empezó a contar con los dedos.
—Responsables del consorcio, dos explotaciones afectadas, gente de fauna y, desde esta mañana, prensa.
Elena miró la hoja subrayada.
—¿Qué saben?
—Que se ha confirmado carbofurano. Que había material almacenado de forma irregular en la esfera de Cerdà. Y que la policía lleva días trabajando con Ramón.
—Eso no es lo mismo que decir que Ramón contaminó Gola Blanca.
—Ya.
—¿Lo saben ellos?
Irene se apoyó en el respaldo.
—Quieren una frase.
—Las frases suelen ser el problema.
—No les puedo mandar treinta páginas de metodología.
—Tampoco hace falta.
Irene giró el portátil hacia ella. Había un borrador de nota interna.
Elena leyó el primer párrafo:
«La mortandad de flamencos registrada en Gola Blanca se relaciona con una exposición a carbofurano procedente de un almacenamiento irregular detectado en una empresa de servicios agrícolas de la zona».
Dejó de leer.
—No.
Irene cerró los ojos un instante.
—Sabía que ibas a decir eso.
—No puedes poner «procedente».
—El formulado estaba allí.
—Un formulado compatible estaba allí.
—El mismo compuesto.
—El compuesto, sí. El trayecto, no.
Irene señaló la pantalla.
—Entonces dime cómo lo escribo.
Elena acercó la silla.
—«La intoxicación es compatible con una exposición a carbofurano. Se ha localizado un formulado con esa sustancia en un almacenamiento irregular vinculado a una empresa de servicios agrícolas. La relación material entre ambos extremos está siendo investigada».
Irene la miró.
—Eso no dice nada.
—Dice exactamente lo que sabemos.
—Dice que tenemos carbofurano en los flamencos y carbofurano en un almacén, pero no que una cosa salga de la otra.
—Porque todavía no puedo demostrar que una cosa salga de la otra.
Irene dejó caer las manos sobre la mesa.
—Elena, no te estoy pidiendo una acusación.
—La frase que has escrito sí la hace.
—No nombra a Ramón.
—No hace falta nombrarlo si todo el mundo sabe de qué empresa hablamos.
Irene no respondió.
Elena volvió a leer el párrafo. La estructura era sencilla, demasiado sencilla: producto, almacén, responsable, cierre.
Era lo que había parecido el caso durante varios días.
Y era casi todo verdad.
Ahí estaba el peligro.
—Hay otra parte —dijo Elena.
—¿Cuál?
—El episodio de Gola Blanca ocurre después de que Laura desaparezca.
Irene bajó la mirada.
—Eso no se puede comunicar.
—No he dicho que lo comuniques.
—Entonces, ¿para qué me lo recuerdas?
—Porque afecta a cómo redactamos el informe.
Irene se quedó quieta.
Elena abrió la carpeta de trabajo. La noche anterior había preparado una hoja nueva dividida en tres columnas:
Hecho. Inferencia. No demostrado.
La empujó hacia Irene.
—Quiero dejar esto limpio antes de escribir una conclusión.
Irene empezó por la primera columna.
Allí figuraban el carbofurano confirmado en las muestras relevantes; el patrón de exposición aguda compatible con el episodio de Gola Blanca; el formulado con carbofurano localizado en un almacenamiento irregular de Cerdà Servicios; la manipulación intermitente del régimen hídrico de D-17 durante semanas; la ventana 01:05–02:20 como compatible con el desplazamiento del teléfono; la necesidad de una conexión efectiva entre Estacada y Bomba 4, y la incompatibilidad del parte que declaraba E-3 aislada con los datos observados.
Después pasó a la segunda columna.
Origen material probable del formulado: esfera de Cerdà.
Episodio posterior compatible con una función de encubrimiento.
Relación entre manipulación previa de D-17 y desaparición de Laura: hipótesis fuerte.
En la tercera quedaban las preguntas que todavía no podía responder:
Quién utilizó el carbofurano.
Quién ejecutó la maniobra nocturna.
Quién abrió o dejó abierta E-3.
Quién condujo el coche a la estación.
Motivo humano completo.
Responsabilidad por la desaparición de Laura.
Irene leyó la última línea dos veces.
—Esto es lo que te preocupa.
—Sí.
—Que nos falte el motivo.
—No solo.
Elena señaló la tercera columna.
—Nos falta autoría.
—Pero Marta...
Elena levantó la vista.
Irene se detuvo.
—Vale —dijo—. No he dicho nada.
—Marta conocía la red, redactó el parte, tenía acceso profesional al espacio de Cerdà y ese parte no coincide con lo que hizo el agua.
—Sí.
—Todo eso aumenta su interés.
—Bastante.
—Pero todavía no convierte una suma de posibilidades en una demostración.
Irene se levantó y fue hasta la ventana. Desde allí miró el aparcamiento.
—¿Y Ramón?
Elena tardó menos en responder.
—Ramón tiene una relación material más clara con el producto.
—Y mintió.
—Sí.
—Y Laura le pidió documentación.
—Sí.
—Y escondía almacenamiento irregular.
—Sí.
Irene se volvió.
—Entiendes por qué todo el mundo quiere cerrar por ahí.
—Perfectamente.
—A veces no lo parece.
Elena cerró la carpeta.
—Precisamente porque lo entiendo.
Irene regresó a la mesa.
—Explícamelo.
Elena buscó una forma que no sonara a lección.
—Ramón nos da una historia completa sin obligarnos a pensar demasiado.
—Eso es injusto.
—No digo que sea falsa.
—Entonces...
—Digo que es incompleta.
Irene frunció el ceño.
—El producto estaba en su empresa.
—Sí.
—Laura lo estaba molestando con documentación.
—Sí.
—El carbofurano llega a Gola Blanca.
—Sí.
—¿Qué falta?
Elena señaló la hoja.
—El agua.
Irene no dijo nada.
—Ramón puede explicar de dónde salió materialmente un producto —continuó Elena—, pero no por qué E-3 tuvo que estar conectada durante la madrugada. Tampoco explica el parte incorrecto ni que el teléfono se mueva después de que el coche esté en la estación.
—Podría haber hecho la maniobra.
—Podría.
—Entonces no está fuera.
—No.
—Pero tampoco está dentro.
—Exacto.
Irene soltó aire.
—Qué cómodo.
—No lo es.
Elena respondió demasiado rápido.
Irene la miró.
Elena bajó la vista al cuaderno.
No estaba molesta con ella, sino con la sensación que llevaba desde el día anterior. La investigación había avanzado tanto que todo empezaba a empujar hacia una persona.
Y ese era precisamente el momento en que más fácil resultaba equivocarse.
Había visto demasiados informes deteriorarse por una frase escrita antes de tiempo. No porque los datos fueran malos, sino porque alguien había querido convertir una dirección probable en un destino seguro.
—¿Qué pasa? —preguntó Irene.
—Nada.
—No.
Elena levantó la mirada.
Irene señaló la hoja.
—Llevas una semana diciéndonos que no hay que correr. Hoy pareces enfadada porque te estamos pidiendo exactamente lo que contratamos.
Elena apoyó las manos en la mesa.
—Porque ahora el coste de equivocarme es mayor.
—¿Mayor que al principio?
—Sí.
—¿Por qué?
—Al principio, si me equivocaba sobre el origen de la mortandad, corregía una hipótesis ambiental. Ahora cualquier palabra que escriba puede acabar sosteniendo una acusación contra una persona.
Irene no respondió.
Elena continuó.
—Y mi trabajo no es ayudar a que una historia cierre. Es decir qué demuestra el territorio y dónde deja de demostrar.
Irene se sentó despacio.
—Eso sí lo puedo explicar al consejo.
—Explícales también que una conclusión prudente no es una conclusión débil.
—No prometo que les guste.
—No hace falta.
Irene sonrió apenas.
—A ti desde luego no te preocupa gustar.
—Me preocupa bastante más de lo que parece.
—No se nota.
—Mejor.
La tensión bajó un poco.
Elena abrió de nuevo el borrador.
—Cambia «procedente» por «compatible con».
—Eso va a hacer que me llamen.
—Te van a llamar igual.
—Cierto.
Irene empezó a corregir y Elena la dejó trabajar.
Mientras esperaba, volvió mentalmente a las personas que habían ido quedando alrededor del caso.
Ramón tenía acceso al producto, motivos para ocultar irregularidades y razones para no querer a Laura revisando su documentación. Sin embargo, ninguna pieza lo colocaba en la operación hidráulica de aquella madrugada.
Jordi sabía mover agua, pero su maniobra no servía para explicar lo ocurrido.
Pau había mentido, aunque Laura seguía viva cuando él se marchó.
Clara había alterado documentos, pero su mentira pertenecía a otra historia.
Y luego estaba Marta.
El nombre apareció sin que Elena quisiera escribirlo.
Conocía la red, había redactado el parte incompatible con los datos, podía acceder al almacenamiento de Cerdà y tenía capacidad para entender exactamente qué efecto produciría una configuración concreta.
Todo encajaba demasiado bien.
Y aun así faltaba algo.
Elena abrió una página nueva y escribió:
«¿Qué tendría que ser cierto para que no fuera Marta?»
Irene levantó la cabeza.
—¿Qué has puesto?
—Una pregunta.
—¿Sobre Marta?
Elena giró el cuaderno.
Irene leyó.
—¿De verdad sigues buscando cómo sacarla de ahí?
—Busco una alternativa capaz de explicar los mismos hechos.
—¿Aunque no la haya?
—Precisamente para saber si no la hay.
Irene dejó el teclado.
—Vale. ¿Qué alternativa?
Elena fue enumerando.
—Otra persona con acceso a E-3 y Bomba 4.
—La hay.
—Otra persona que supiera del material en Cerdà.
—También.
—Otra persona capaz de mover el coche o conseguir que pareciera una salida voluntaria.
—Eso ya es policial.
—Y otra persona con una razón para intervenir D-17 durante semanas.
Irene se quedó callada.
Ahí estaba el hueco.
No era técnico.
Era humano.
—No tenemos esa razón —dijo.
—No.
—Ni para Ramón.
—No.
—Ni para Marta.
Elena tardó un instante en responder.
—Todavía no una que podamos sostener.
Irene miró la hora.
—Mireia viene a mediodía.
Elena levantó la vista.
—¿Por qué?
—Dijo que tenía documentación que quería revisar contigo.
Elena notó una resistencia inmediata.
No curiosidad.
Resistencia.
No quería que la siguiente pieza fuera una confirmación diseñada para satisfacer la hipótesis que ya tenían.
—¿Te dijo de qué?
—No.
Elena cerró el cuaderno.
—Bien.
Irene la miró con sorpresa.
—¿Bien?
—Mejor.
—Pensé que ibas a decir que la llamáramos ahora.
—No.
—Milagro número dos de esta semana.
Elena recogió las hojas.
—Antes quiero cerrar el borrador ambiental.
—¿Sin saber lo que trae Mireia?
—Precisamente.
Irene la observó.
—Para no contaminarlo.
—Para no reescribir lo que sé en función de lo que descubra después.
Irene asintió despacio.
Elena volvió a la tabla de tres columnas. No cambió nada en «hechos» ni en «inferencias».
Tampoco tocó «no demostrado».
La última línea siguió donde estaba:
Motivo humano completo.
Después abrió el informe preliminar y empezó a redactar.
Carbofurano confirmado.
Origen material probable, no autoría.
Manipulación hidráulica demostrada.
Parte incompatible con la física observada.
Episodio posterior compatible con encubrimiento.
Responsable, pendiente de atribución.
Irene leyó por encima.
—Van a decir que con todo lo que tenemos sigues sin mojarte.
Elena siguió escribiendo.
—Que lo digan.
—¿No te preocupa que parezca que no sabes?
Elena levantó la vista.
—Sé exactamente qué no sé.
Irene no respondió.
Elena volvió al documento.
Durante los siguientes veinte minutos no hablaron. Afuera, el CADS siguió funcionando como cualquier mañana: teléfonos, pasos, una impresora, alguien arrastrando una caja por el pasillo.
Elena terminó el párrafo y lo leyó una vez más.
No era brillante ni contundente.
Era correcto.
Eso bastaba.
Guardó el archivo.
Después escribió en el cuaderno:
«No cerrar con una verdad incompleta».
Debajo añadió:
«Falta motivo verificable».
Y cerró la tapa.
A mediodía escucharía lo que Mireia hubiera encontrado.
Hasta entonces, no iba a permitir que una explicación sencilla ocupara el lugar de una demostración.