Capítulo 30
El agua no hacía trampas.
El problema era que, a veces, permitía demasiadas explicaciones.
Nada en aquel momento se parecía a la madrugada que intentaba reconstruir.
—Empezamos por lo más fácil —dijo.
Berta miró la compuerta E-3.
—¿La filtración?
—La filtración.
No pretendían reproducir la noche crítica.
Las condiciones habían cambiado y una maniobra experimental sobre la red no habría permitido recrearla con exactitud.
Elena solo quería comprobar geometría, cotas y posibles caminos alternativos que explicaran la secuencia sin necesidad de asumir que E-3 había estado abierta.
Caminaron hasta la compuerta.
Elena observó las juntas, el asiento, los laterales y el canal inmediato.
Había pequeñas pérdidas.
Nada inesperado.
Una compuerta cerrada no convertía un canal en una pared estanca.
—Pasa agua —dijo Berta.
—Sí.
—Entonces Marta podría tener razón.
—Podría.
Elena midió el comportamiento aguas abajo y comparó la cota con la del ramal.
La fuga era real, pero pequeña. Podía explicar una variación local o mantener humedad en un tramo, no una entrada sostenida capaz de reproducir durante más de una hora la respuesta de niveles que habían observado.
—Para mover el teléfono...
—No basta —terminó Elena.
—¿Seguro?
—Con esta sección y estas cotas, sí. Y durante la noche crítica el nivel registrado no mejora la explicación.
Berta miró la ranura por la que pasaba el agua.
—Parece más cuando lo tienes delante.
—Por eso conviene medirlo.
Elena anotó:
«Filtración E-3: existente. Insuficiente para secuencia observada».
No escribió «descartada».
Prefería reservar esa palabra para cuando hubiera terminado.
Siguieron hacia el ramal.
La segunda alternativa era una conexión secundaria.
En los planos aparecían dos derivaciones antiguas y una conducción de servicio que, sobre el papel, no debía intervenir en aquel ciclo. Una de las derivaciones estaba cegada desde hacía años. La otra conservaba estructura, pero no continuidad hidráulica útil con la toma.
La conducción de servicio sí merecía más tiempo.
Elena recorrió su trazado con Berta.
—¿Podría traer agua desde atrás? —preguntó Berta.
—Podría modificar un nivel local.
—¿Y la conductividad?
—Depende de qué agua entre y cuánto.
Llegaron al punto donde esa conducción descargaba.
La cota no favorecía una circulación capaz de alimentar Bomba 4 en la dirección necesaria durante el bombeo. Con la bomba en marcha, el efecto sería más bien el contrario: tendería a vaciar el entorno de la toma, no a crear una señal que apareciera primero en Estacada y después allí.
Elena volvió al mapa.
—No sirve.
—¿Nada?
—No para las tres cosas a la vez.
—¿Qué tres?
—El descenso de nivel en Estacada, el orden de la conductividad y el movimiento del teléfono.
Berta asintió.
Elena llevaba dos días repitiéndose la misma regla: una explicación alternativa no tenía que resolver una sola pieza, sino todas sin romper otra.
Caminaron hasta el punto de control aguas abajo.
La tercera posibilidad era una circulación inversa, un retorno capaz de hacer retroceder agua por el sistema y simular la secuencia.
No le gustaba desde el principio, pero eso no le permitía descartarla por intuición.
Berta abrió el histórico de niveles en la tableta.
—Aquí.
Elena comparó.
Durante la ventana 01:05–02:20, el gradiente no favorecía un avance desde Gola Blanca hacia Bomba 4. Además, la conductividad había cambiado primero en Estacada.
Si el pulso hubiera nacido aguas abajo, el orden debería haberse invertido o, como mínimo, mezclado de otra manera.
—¿Y si el sensor de Estacada va adelantado? —preguntó Berta.
—La marca horaria es local. Ya lo comprobamos.
—Pero puede responder antes.
—Sí. Por eso no uso minutos exactos como si fueran un cronómetro.
Elena colocó las curvas una sobre otra.
—Aunque permitamos margen, el orden general se mantiene.
—Estacada primero.
—Sí.
—Bomba 4 después.
—Sí.
—Y Gola Blanca al final.
—Sí.
Berta cerró la tableta.
—Entonces el agua no venía de abajo.
—No encuentro una forma razonable de sostenerlo.
Elena anotó:
«Retorno / circulación inversa: no compatible con gradiente ni orden de señal».
La marea exigía más cuidado.
El Delta no permitía despreciarla solo porque la instalación estuviera tierra adentro. Elena había pedido las referencias de nivel disponibles y las comparó con la madrugada.
Había influencia, pero no suficiente.
La oscilación podía modificar el comportamiento general del drenaje, ralentizar o favorecer determinadas salidas, pero no creaba por sí sola una conexión entre Estacada y la toma si E-3 estaba realmente aislada.
—Puede ayudar a que algo se mueva —dijo Berta.
—Sí.
—Pero no decide por dónde.
—Exacto.
Elena guardó la gráfica.
La marea podía cambiar cuánto.
No cambiaba el camino.
A las doce y media habían recorrido suficiente terreno para que la hipótesis empezara a quedarse sin salidas sencillas.
Elena no estaba satisfecha.
Y precisamente eso era lo que la inquietaba.
Cuando una conclusión empezaba a gustarle demasiado, buscaba otra forma de romperla.
—Jordi —dijo.
Berta la miró.
—¿Qué pasa con Jordi?
—Su maniobra.
—Ya vimos que no movía el teléfono hacia aquí.
—La vimos para su parcela. Quiero comprobar si puede contaminar la lectura de conductividad.
Berta abrió de nuevo la carpeta.
La maniobra irregular de Jordi había ocurrido en otra franja y con agua entrando en su parcela.
Después podía haberse producido drenaje, pero los tiempos no coincidían con la ventana crítica y, sobre todo, el sentido de aquella intervención no generaba la secuencia Estacada → Bomba 4 → Gola Blanca durante la madrugada posterior a la desaparición.
—No llega —dijo Berta.
—No.
Elena revisó también un pulso anterior. Había una variación pequeña de conductividad horas antes que podía haber dejado una señal residual, pero no explicaba por qué, durante 01:05–02:20, el cambio volvía a aparecer siguiendo el orden espacial de la red.
Se sentó un momento en el borde de una estructura de hormigón.
No estaba cansada.
Estaba intentando ver qué quedaba.
El error de sensor había perdido fuerza. No había averías registradas ni desfases de transmisión capaces de invertir el orden. Podía existir un error de valor absoluto, pero no uno que inventara el mismo sentido de circulación en varios puntos independientes.
La conexión secundaria tampoco servía. El retorno no era compatible con el gradiente. La marea influía, pero no creaba el camino. La maniobra de Jordi quedaba fuera de tiempo y dirección. El pulso previo era insuficiente. La filtración con E-3 cerrada era demasiado pequeña.
Berta se quedó a su lado.
—¿Qué falta?
Elena miró la compuerta a lo lejos.
—Que me equivoque en cómo funciona el sector cuando Bomba 4 entra en carga.
—¿Eso no lo sabes ya?
—Lo sé por planos y registros. Quiero que alguien que lo opere me diga si existe una configuración que no esté viendo.
Berta tardó un segundo.
—Marta.
—Marta.
La llamaron desde allí.
Elena no le habló de falsedad ni de acusaciones. Le planteó un problema técnico.
—Supón E-3 cerrada —dijo cuando Marta respondió—. Bomba 4 entra en ciclo. ¿Hay alguna configuración ordinaria en la que Estacada pueda mostrar una bajada sostenida de nivel y una señal que después aparezca junto a la toma?
Marta guardó silencio un instante.
—¿Cuánta bajada?
Elena le dio el rango.
—¿Duración?
—Más de una hora.
Otra pausa.
—Por filtración no.
—Eso también me sale.
—Podrías tener una conexión secundaria.
—He revisado las dos antiguas y la de servicio.
—¿La de servicio está completamente libre?
—Sí.
—Entonces no.
Elena miró a Berta.
Marta continuó:
—Si E-3 está cerrada de verdad, Estacada puede responder algo por cambios generales de nivel, pero no debería alimentar la toma de forma sostenida.
—¿Ni con marea?
—La marea te cambia condiciones de contorno. No te abre una compuerta.
Elena anotó la idea sin intención de citarla literalmente.
—¿Un retorno desde aguas abajo?
—Con la bomba funcionando así, lo veo difícil. Tendría que ver niveles.
—Los niveles no favorecen retorno.
—Entonces más difícil todavía.
Elena esperó.
—¿Qué estás intentando explicar? —preguntó Marta.
—Una secuencia de niveles y conductividad.
—¿De la noche crítica?
Elena no respondió enseguida.
—Sí.
—¿Y te sale Estacada primero?
—Sí.
Hubo un silencio breve.
—Entonces revisa el estado real de E-3 —dijo Marta.
La frase se colocó sola junto al parte.
Elena no cambió el tono.
—El estado registrado es cerrado.
—He dicho el estado real.
Berta levantó la vista.
Elena siguió mirando el agua.
—¿Puede existir diferencia entre ambos?
—Puede existir un error de parte, un sensor de posición mal leído, una maniobra no volcada. Alguien puede dejarla parcialmente abierta y escribir cerrada si después la corrige.
—¿Eso sería rutinario?
—No.
—¿Y aceptable?
—Tampoco.
—¿Suficiente para generar arrastre?
—Depende de cuánto abierta y de niveles.
—¿Y una apertura efectiva durante más de una hora?
Marta tardó algo más.
—Eso ya no es una diferencia menor.
Elena dejó la respuesta donde estaba.
—Gracias.
—Elena.
—¿Sí?
—¿Qué has encontrado exactamente?
—Todavía estoy comprobándolo.
—Si vas a decir que mi parte está mal, prefiero verlo antes.
La frase era razonable.
También inevitable.
—Cuando tenga una conclusión que pueda sostener, la verás por el cauce que corresponda.
Marta no respondió enseguida.
—Vale.
La llamada terminó.
Berta soltó el aire.
—Te ha dicho que mires el estado real.
—Sí.
—Y el estado real, según tus datos...
Elena cerró el móvil.
—Según mis datos, E-3 tuvo que permitir una conexión hidráulica efectiva durante el ciclo.
—O sea, abierta.
—Abierta al menos en un grado suficiente para conectar Estacada con la toma.
—Eso es abierta.
—No necesariamente al cien por cien.
Berta sonrió.
—Sabía que ibas a decir eso.
Elena se levantó.
Volvieron hasta E-3.
Esta vez no miró primero las juntas, sino el conjunto: la cota, la sección, la distancia a Bomba 4 y el camino que habría seguido la funda.
Después abrió la carpeta y repasó las piezas una última vez.
El teléfono había quedado retenido antes de la rejilla.
Su movimiento solo era compatible con la ventana 01:05–02:20.
Durante ese intervalo descendió el nivel en Estacada y la conductividad cambió primero allí, luego junto a Bomba 4 y, por último, hacia Gola Blanca.
La filtración resultaba insuficiente; no había una conexión secundaria útil ni un retorno compatible; la marea no podía crear el camino; la maniobra de Jordi quedaba fuera de tiempo y dirección, y no existía un fallo de sensor capaz de invertir la secuencia.
La explicación que quedaba era más sencilla que todas las demás.
E-3 no había estado hidráulicamente aislada.
Elena abrió el cuaderno y escribió:
«E-3 cerrada: incompatible con teléfono + niveles + secuencia de conductividad».
Debajo añadió:
«Configuración necesaria: conexión efectiva Estacada → Bomba 4 durante 01:05–02:20».
Berta leyó por encima.
—¿Y ahora sí?
Elena tardó unos segundos.
Pasó a la página siguiente y escribió una sola frase:
«El parte es incorrecto en un punto decisivo».
No puso el nombre de Marta.
El documento lo había entregado ella y también lo había explicado. Eso era un hecho.
Pero un parte incorrecto no era todavía un homicidio.
Tampoco demostraba quién había tocado la compuerta ni por qué.
Berta señaló la hoja.
—¿No vas a escribir «falso»?
Elena cerró el cuaderno.
—Incorrecto basta para lo que puedo demostrar.
—¿Y si alguien lo hizo a propósito?
—Entonces habrá que demostrar también eso.
Se quedaron unos segundos junto al ramal.
El agua avanzaba despacio, sin dramatismo.
La misma red que durante días había admitido excusas distintas acababa de quedarse casi sin ellas.
Elena miró una última vez E-3.
Ya no tenía una sospecha difusa, sino una incompatibilidad que había sobrevivido a las alternativas razonables.
Eso no le decía todavía quién había hecho daño a Laura.
Pero sí algo que podía defender sin bajar la voz:
aquella madrugada, el agua no había pasado como estaba escrito.