Capítulo 29
A las nueve y cuarto, Elena ya había cambiado tres veces el orden de las gráficas.
No porque los datos fueran distintos, sino porque el orden importaba.
Irene entró en la sala con una carpeta bajo el brazo y se quedó mirando la mesa.
—¿Qué estás haciendo?
Elena no levantó la vista.
—Colocando los sensores como están en el terreno.
—¿No estaban ya ordenados?
—Por código.
—¿Y ahora?
—Por posición.
Irene dejó la carpeta.
Sobre la mesa había impresiones de conductividad, niveles y funcionamiento de Bomba 4. Elena había dibujado sobre un plano una secuencia sencilla:
Estacada. Bomba 4. Colector. Entrada a Gola Blanca.
No necesitaba más.
La noche anterior había demostrado que el teléfono solo pudo desplazarse de forma razonable entre la 01:05 y las 02:20. Ahora quería saber qué había hecho el agua durante esa misma ventana.
—¿Tienes todas las lecturas? —preguntó Irene.
—Las que existen.
—Eso ha sonado poco tranquilizador.
—Hay huecos pequeños, pero no en los puntos que necesito comparar.
Irene se sentó.
Elena abrió la primera serie.
—Este sensor está en Estacada, antes de la conexión con Bomba 4.
Señaló una subida.
—Aquí cambia la conductividad.
—¿A qué hora?
—Poco después de empezar el ciclo.
Irene acercó la hoja.
—No parece enorme.
—No tiene que ser enorme.
Elena pasó a la siguiente.
—Este está junto a la zona de Bomba 4.
La subida aparecía después. No mucho después, pero sí después.
—¿Y el tercero? —preguntó Irene.
Elena le enseñó la serie de la entrada de Gola Blanca.
La variación llegaba más tarde.
Irene miró las tres hojas.
—Estacada primero.
—Sí.
—Bomba 4 después.
—Sí.
—Y la laguna al final.
—Sí.
Elena no añadió nada.
Irene esperó.
—¿Eso es lo que buscabas?
—Es una parte.
Elena colocó las gráficas una debajo de otra. La secuencia se veía mejor así.
No era una coincidencia de valores exactos, sino un cambio que aparecía primero en un punto, después en el siguiente y, finalmente, aguas abajo.
La salinidad no era el tóxico.
Elena no pretendía utilizarla como sustituto del carbofurano. Era otra cosa: un marcador físico de circulación.
—¿Puede ser el mismo pulso? —preguntó Irene.
—Puede.
—¿Y crees que lo es?
Elena señaló las formas.
—El inicio se desplaza en el orden correcto y los tiempos son compatibles con la distancia y la circulación durante el ciclo.
—Eso suena a sí.
—Suena a que la hipótesis merece que intente romperla.
Irene dejó caer la espalda contra la silla.
—Claro.
Elena cogió el parte de Marta. Lo había leído tantas veces que ya sabía dónde estaba la línea.
E-3: cerrada. Aislada durante el ciclo.
Lo colocó junto al mapa.
—Si esto es cierto —dijo—, Estacada no debería alimentar de forma sostenida la toma de Bomba 4 durante esa ventana.
—Eso ya lo explicó Marta.
—Sí.
—Y tú también.
—Sí.
—Entonces, ¿cómo llega el cambio de Estacada a Bomba 4?
Elena levantó la vista.
—Esa es la pregunta.
Irene frunció el ceño.
—¿Puede llegar por otro sitio?
—Eso es lo que tengo que revisar.
—Pero de entrada...
Elena no respondió.
No quería convertir una contradicción fuerte en una conclusión definitiva antes de probar las salidas posibles.
Abrió los niveles.
La curva de Estacada descendía durante el bombeo y la correspondiente a la zona de toma respondía después. No era una fotografía perfecta del flujo; los niveles en una red de drenaje podían reaccionar a más de una cosa.
Pero coincidían con lo que había utilizado para fijar la ventana del teléfono.
Ahora la conductividad añadía dirección.
Primero Estacada. Después Bomba 4. Después Gola Blanca.
Elena dibujó tres flechas:
Estacada → Bomba 4 → colector → Gola Blanca.
Irene señaló E-3 en el mapa.
—Con esa compuerta cerrada, esa flecha no existe.
—No de esa forma.
—¿Y si estaba medio cerrada?
Elena miró el plano.
—Depende de la geometría real y del estado.
—¿Puede pasar agua?
—Una filtración, sí. Una conexión suficiente para explicar toda la respuesta, eso hay que comprobarlo.
Irene cruzó los brazos.
—Pero ya te parece raro.
—Me parece incompatible con la versión simple del parte.
La frase hizo que Irene se quedara quieta.
—¿Simple?
—«E-3 cerrada, Estacada aislada, Bomba 4 funcionando sobre otro sector». Si eso ocurrió tal como está escrito, no espero ver este orden.
Irene se inclinó otra vez.
—¿Podría estar mal un sensor?
—Sí.
—¿Uno solo?
—Sí.
—¿Los tres?
—También, en teoría.
Irene la miró como si esperara una sonrisa.
No llegó.
—Hoy voy a revisar eso en campo —dijo Elena—. Posición, desfases, calibración, tiempos de respuesta y cualquier conexión secundaria que pueda explicar la secuencia.
—¿Hoy?
Irene miró la hora.
—Aún no son las diez.
—Exacto.
Elena volvió a las gráficas.
No quería salir todavía.
Había una diferencia entre descubrir una anomalía y entenderla lo suficiente como para saber qué tenía que comprobar fuera.
Abrió los datos brutos, no solo los gráficos: valores, horas, intervalos de lectura y estado de cada sensor.
La primera subida de Estacada no era un punto aislado. Se mantenía. Después aparecía la respuesta junto a Bomba 4 y, más tarde, la de Gola Blanca.
—¿Berta está? —preguntó.
—En campo. Vuelve en media hora.
—Necesito que me confirme cuándo se revisaron estos sensores por última vez.
—Te busco el mantenimiento.
Irene salió.
Elena se quedó sola y amplió las series.
La conductividad de Estacada empezó a subir poco después del inicio de la ventana. No de manera brusca, sino con un ascenso suficiente para distinguirse del ruido habitual. La señal próxima a Bomba 4 aparecía más tarde y con una forma ligeramente amortiguada. En Gola Blanca llegaba después todavía.
Eso tenía sentido.
Un pulso se mezclaba, se diluía y perdía forma.
Lo importante era que no aparecía primero aguas abajo.
No parecía un cambio generado junto a la laguna y propagado hacia atrás, ni una alteración simultánea de toda la red.
Tenía una dirección.
Elena volvió al teléfono.
No físicamente, sino a su posición.
Antes de la rejilla.
Si el agua había circulado desde Estacada hacia la toma durante la misma ventana en la que la funda se desplazó, la secuencia de conductividad y el teléfono estaban contando algo compatible desde dos tipos de evidencia distintos.
Uno era una curva.
El otro, un objeto.
Elena escribió:
«Misma dirección».
Luego tachó la frase.
Demasiado pronto.
La sustituyó por:
«Dirección compatible entre secuencia y desplazamiento del teléfono».
Irene regresó con otra carpeta.
—Mantenimiento.
La dejó abierta.
Elena revisó las fechas. Los tres sensores habían pasado controles en periodos razonables. Uno tenía una observación por deriva leve en una lectura anterior, ya corregida.
—¿Eso te estropea algo? —preguntó Irene.
—No lo sé todavía.
—¿Por qué?
—Porque una deriva puede alterar el valor absoluto y no necesariamente el momento en que aparece un cambio.
Irene señaló la anotación.
—Entonces no te cambia el orden.
—Probablemente no.
—¿Probablemente?
—Lo comprobaré.
Elena pasó otra página.
No había averías registradas durante la noche crítica.
—¿Y retrasos de transmisión? —preguntó.
—Hay registros locales y volcados posteriores.
—Necesito saber si la hora que vemos es hora de medición o de envío.
Irene se quedó pensando.
—Buena pregunta.
—Es una pregunta necesaria.
—Te lo consigo.
Elena asintió.
Ese tipo de detalle podía destruir una reconstrucción si se daba por supuesto. Si un sensor hubiera medido a la una y transmitido a la una y diez, comparar marcas de pantalla sin corregirlo sería inútil.
No iba a cometer ese error.
Mientras Irene hacía una llamada, Elena revisó de nuevo el parte de Marta.
El documento seguía pareciendo limpio, y eso era lo inquietante. No tenía una corrección absurda, una hora escrita a mano encima de otra ni el aspecto de un parte en el que alguien hubiera cometido un error evidente.
Decía que E-3 estaba cerrada.
Hasta entonces, la mayoría de los datos podían convivir con esa afirmación si se miraban por separado: bomba activa, niveles, teléfono, conductividad.
Cada pieza admitía explicaciones.
Juntas empezaban a exigir una geometría concreta.
Irene terminó la llamada.
—La hora de las series es hora de adquisición local. El sistema puede volcar después, pero conserva la marca original.
Elena levantó la vista.
—¿En los tres?
—Sí.
—¿Sin corrección manual?
—Según sistemas, no en ese tramo de datos.
Elena anotó.
Otro problema posible perdía fuerza. No desaparecía del todo, pero perdía fuerza.
A media mañana llegó Berta.
Entró con una gorra en la mano y se quedó frente a la mesa.
—¿Qué ha pasado?
—Nada todavía —dijo Elena.
Berta miró las tres gráficas.
—Eso no parece nada.
Irene le cedió su silla.
Elena señaló el mapa.
—Dime dónde está cada sensor.
No le enseñó los nombres, solo los códigos.
Berta fue colocándolos.
—Este, Estacada.
—Sí.
—Este, cerca de la toma de Bomba 4.
—Sí.
—Este, en la entrada que acaba afectando a Gola Blanca.
—Sí.
Elena giró las gráficas.
—Ahora dime qué ves.
Berta tardó unos segundos.
—El cambio va bajando.
—¿Bajando cómo?
—Primero arriba, luego aquí y luego abajo.
Irene sonrió.
—Yo lo he dicho mejor.
—Seguro.
Elena no intervino.
Berta miró las horas.
—¿Es la noche del teléfono?
—Sí.
—Entonces...
Se detuvo.
—¿E-3 no estaba cerrada?
—Eso dice el parte.
Berta volvió al mapa.
—Pues no entiendo cómo pasa de Estacada a la toma.
—Yo tampoco con la configuración escrita.
Berta levantó la vista.
—¿Puede filtrarse?
—Algo puede.
—¿Lo suficiente?
—Eso es lo que hay que medir o modelar con los datos que tengamos.
Irene apoyó una mano en la mesa.
—Por fin alguien hace la misma pregunta que yo.
Elena empezó a recoger parte de las hojas.
—No quiero que salgamos de aquí diciendo que E-3 estaba abierta.
Berta frunció el ceño.
—Pero...
—Quiero que salgamos diciendo que la secuencia observada no encaja con E-3 aislada como describe el parte.
Berta asintió despacio.
—Vale.
—No es lo mismo.
—Ya.
Elena guardó el parte de Marta en la carpeta.
No quería volver a preguntarle todavía.
Anteriormente, Marta le había dado una regla útil para D-17: si un patrón se repetía sin justificación externa, dejaba de parecer una incidencia.
Ahora el problema era distinto.
No repetición.
Dirección.
Y la dirección no obedecía al texto del parte.
—¿Puede un cambio en Gola Blanca llegar hacia atrás? —preguntó Berta.
—Con esta configuración y Bomba 4 funcionando, no es la primera explicación que esperaría.
—¿Marea?
Elena miró los niveles.
—Hay que revisarla.
—¿Algún retorno?
—También.
Irene señaló a Elena.
—Eso es el capítulo de hoy: todo «también».
Elena cerró la carpeta.
—Porque, si sigo teniendo la misma secuencia después de intentar romperla, entonces ya no será «también».
Berta cogió las hojas de campo.
—¿Vamos a Estacada?
—Primero a Bomba 4.
—¿Ahora?
—Sí.
Elena se levantó.
Antes de salir, volvió a mirar las tres gráficas.
La contradicción era sencilla.
Si el parte era correcto, Estacada estaba aislada. Y, si Estacada estaba aislada, el cambio no debía aparecer primero allí y avanzar después hacia Bomba 4 y Gola Blanca durante el mismo ciclo que había movido el teléfono.
Una de las dos cosas no podía ser verdad tal como estaba escrita.
Elena abrió el cuaderno y anotó:
«Secuencia observada: Estacada → Bomba 4 → Gola Blanca.
Parte: E-3 cerrada / Estacada aislada.
Incompatibles con los datos actuales».
No escribió «parte falso».
Todavía no.
Cerró el cuaderno.
Aquel día no necesitaba saber quién había abierto una compuerta.
Le bastaba con haber encontrado el punto exacto donde el agua dejaba de obedecer al papel.