Donde mueren los flamencos (Las huellas de la tierra 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

Elena no encendió la televisión.

No el parte de Marta ni el resumen del CADS. Tampoco las hojas que había ido recibiendo por separado.

Todo.

Abrió el cuaderno.

En la página anterior seguían las tres marcas:

«20:25 · Laura viva con Pau. 21:05 · Laura en Bomba 4. 23:34 · coche entra en estación. Conductor no identificado».

Debajo había dejado un hueco.

Aquella noche no pretendía llenarlo entero. Solo una parte.

La del teléfono.

Abrió primero el registro de Bomba 4. Había varias activaciones en el periodo que estaba revisando, algunas breves y otras más largas. A simple vista, cualquiera podía parecer suficiente si se miraba únicamente la columna de «bomba activa».

Pero eso ya lo había aprendido.

Que la bomba estuviera funcionando no significaba que el Ramal de la Estacada tuviera arrastre hacia la toma.

Necesitaba cruzar cada ciclo con los niveles del ramal y con la configuración disponible.

Abrió una segunda ventana en la pantalla.

21:42.

Un ciclo corto. Los niveles apenas respondían en Estacada.

Lo descartó.

22:18.

Otra activación. Tampoco servía. Había variación en la instalación, pero no una caída de nivel capaz de indicar una llamada sostenida de agua desde el ramal hacia la toma.

23:06.

Esta duraba más.

Elena se detuvo y comparó ambas series. El nivel de Estacada se movía, sí, pero la respuesta era pequeña y el sentido no se mantenía durante toda la ventana.

Sacó las notas que había preparado durante la inspección del ramal.

La funda no necesitaba una corriente espectacular. Necesitaba algo más sencillo: suficiente movimiento durante un tiempo razonable para superar zonas de retención, avanzar por el cauce y terminar contra la rejilla.

Una corriente demasiado breve podía desplazarla unos metros y volver a dejarla atrapada.

Eso no bastaba para fijar una ventana única.

Elena marcó 23:06 con un interrogante y continuó.

23:47. 00:16. 00:38.

Pequeñas maniobras y cambios locales. Ninguna reunía a la vez duración, respuesta de nivel y una dirección sostenida.

A la una de la madrugada apareció algo distinto.

01:05.

Bomba 4 entraba en funcionamiento.

Elena acercó la silla.

La curva de nivel de Estacada descendía de forma clara después del arranque, no de golpe, sino progresivamente. Era el tipo de respuesta que esperaba si el ramal empezaba a entregar agua hacia la toma.

La bomba seguía activa.

A la 01:20 el ajuste continuaba. Lo mismo a la 01:35 y a la 01:50. No era una oscilación breve, sino una respuesta mantenida.

Elena abrió la serie correspondiente a la zona inmediata a la rejilla. Allí el cambio aparecía después. No todavía como una pista de salinidad —eso lo revisaría al día siguiente—, sino como comportamiento hidráulico.

Agua moviéndose.

Anotó:

«01:05 · comienza ventana con arrastre plausible».

Siguió avanzando en el registro.

A las 02:03 la bomba continuaba activa. Hacia las 02:12, la respuesta empezaba a estabilizarse, y a las 02:20 terminaba el ciclo útil. Después, el ramal perdía gradiente y recuperaba una circulación mucho más débil.

Elena dejó el bolígrafo y miró la secuencia entera.

01:05–02:20.

Setenta y cinco minutos.

No era solo el ciclo más largo. Eso, por sí mismo, no habría significado gran cosa.

Era el único de aquella noche en el que la combinación de funcionamiento y respuesta de nivel indicaba una corriente sostenida desde Estacada hacia la zona de toma durante un tiempo suficiente para que una funda estanca con un teléfono pudiera avanzar a pesar de las retenciones intermedias.

Volvió atrás.

Revisó de nuevo las 23:06 porque prefería equivocarse antes de decidir. La respuesta de Estacada era demasiado débil y demasiado irregular. A las 22:18 lo era todavía más, y la maniobra de las 00:38 no duraba lo necesario.

Sacó una hoja y escribió cuatro columnas:

Hora. Duración. Respuesta Estacada. Capacidad de arrastre.

Fue completándolas una a una.

No necesitaba fórmulas. Solo comparar.

Cuando terminó, había una única fila que no exigía añadir excusas.

01:05–02:20.

Elena se levantó y fue hasta la ventana. Fuera apenas se veía nada. Una luz amarilla del aparcamiento iluminaba parte del camino y el resto se perdía en la oscuridad.

Volvió a la mesa.

La conclusión tenía una consecuencia temporal sencilla. El teléfono no había llegado a la rejilla cuando Laura estuvo en Bomba 4 a las 21:05.

Eso no significaba que siguiera necesariamente con ella a esa hora. Podía haber caído al agua unos minutos después, quedar atrapado entre raíces o vegetación y permanecer allí durante horas.

Lo que sí podía sostener era que no avanzó hasta la rejilla hasta bastante más tarde.

Abrió el cuaderno y escribió:

«El teléfono pudo entrar antes. Se movió después».

Debajo añadió:

«Ventana compatible: 01:05–02:20».

Se quedó mirando la frase.

No decía quién había activado la bomba, quién había configurado la red ni qué había ocurrido con Laura entre las nueve y la una.

Pero separaba dos momentos que hasta entonces podían confundirse: la entrada del teléfono en el agua y su desplazamiento.

Elena volvió al mapa de Bomba 4 y recordó las raíces, los estrechamientos y los puntos de retención.

La funda podía haber caído cerca de la instalación y permanecer inmóvil durante horas.

Después, cuando el ramal adquirió corriente suficiente, habría avanzado quizá de una vez o quizá deteniéndose y liberándose varias veces.

Hasta la rejilla.

La posición donde lo encontraron no tenía por qué ser el lugar donde había entrado en el agua.

Eso ya lo sabía.

Ahora tenía una ventana para saber cuándo pudo terminar el recorrido.

Abrió la carpeta con el parte nocturno de Marta.

E-3 cerrada.

No necesitaba resolver esa cuestión todavía.

Los datos de aquella noche le permitían fijar movimiento, pero no explicar aún por completo la configuración de la red.

Eso vendría después.

Elena cerró el documento. No quería utilizar una conclusión para demostrar otra antes de tiempo.

Volvió a la hoja de ciclos y repitió la revisión desde el principio: 21:42, 22:18, 23:06, 23:47, 00:16, 00:38 y, por último, 01:05–02:20.

A cada ventana le hizo la misma pregunta: si podía explicar un movimiento sostenido hacia la rejilla.

Solo una sobrevivió.

Abrió una nota nueva en el ordenador y tituló:

«Reconstrucción provisional del desplazamiento del terminal».

Empezó a escribir despacio:

«La posición final de la funda estanca, retenida aguas arriba de la rejilla de toma de Bomba 4, requiere un episodio de circulación suficiente desde el Ramal de la Estacada hacia la toma».

Paró.

No quería decir más de lo que podía defender.

Continuó:

«De las ventanas registradas durante la noche posterior a la desaparición de Laura Beltrán, únicamente el intervalo comprendido aproximadamente entre las 01:05 y las 02:20 presenta duración y respuesta de nivel compatibles con un arrastre sostenido capaz de desplazar el objeto hasta su posición de hallazgo».

Leyó la frase y añadió:

«Esta conclusión no determina el momento en que el teléfono entró en el agua. El aparato pudo permanecer retenido previamente en el ramal y desplazarse solo cuando aumentó la circulación».

Eso era lo importante.

Mireia necesitaba una hora.

Elena necesitaba que no se confundiera con otra.

La entrada del teléfono en el agua seguía abierta.

La llegada a la rejilla, mucho menos.

Cogió el móvil y dudó antes de llamar. Eran casi las diez y media.

Mireia respondió al segundo tono.

—Dime.

—Tengo una ventana.

—¿Del teléfono?

—Sí.

Hubo un cambio pequeño en la voz.

—¿Cuál?

—De la una y cinco a las dos y veinte.

—¿Seguro?

—Es la única de la noche con arrastre razonable hacia la rejilla durante tiempo suficiente.

—¿Eso significa que el teléfono cayó entonces?

—No.

—Vale.

Elena agradeció que lo entendiera a la primera.

—Puede haber caído antes y quedar retenido. Lo que puedo defender es que se desplazó durante esa ventana.

—¿Antes de la una no pudo llegar?

—No con los ciclos y niveles que tenemos.

—¿Y después de las dos y veinte?

—Si el modelo es correcto, para entonces ya habría llegado a la rejilla. Las ventanas posteriores no son necesarias para explicar la posición.

Mireia guardó silencio.

—Entonces el teléfono se movió cuando Laura ya llevaba horas sin dar señales.

—Sí.

—Y después de que su coche entrara en la estación.

Elena miró la cronología.

23:34.

01:05.

—Sí.

La diferencia importaba.

El coche ya estaba en la estación cuando el ramal adquirió la corriente capaz de llevar el teléfono hasta la rejilla.

—Eso separa dos cosas —dijo Mireia.

—Otra vez.

—Alguien puede haber movido el coche y luego alguien activa la red.

Elena la frenó.

—Eso todavía no.

—Ya.

—Solo sabemos que son momentos distintos.

—Vale.

—Y que el teléfono sigue vinculado físicamente a Bomba 4 después de que el coche aparece en la estación.

Mireia tardó un segundo.

—Eso sí.

—Sí.

—¿Me mandas la nota?

—Ahora.

—¿Y E-3?

Elena miró el parte de Marta cerrado en la pantalla.

—Mañana.

—¿Por qué mañana?

—Porque hoy solo he demostrado cuándo pudo moverse el teléfono.

—Pero para que se moviera...

—Mañana, Mireia.

Hubo una pausa.

—Vale.

No sonó a resignación, sino a confianza en el límite.

Elena colgó y envió la nota.

Después abrió de nuevo el gráfico de niveles. No porque dudara de la ventana, sino porque la pregunta siguiente estaba ya delante.

Si Estacada había entregado agua hacia Bomba 4 entre la 01:05 y las 02:20, la red tuvo que estar configurada de una forma compatible con ese movimiento.

Marta había dejado por escrito que E-3 estaba aislada.

Las dos cosas todavía podían parecer compatibles si faltaba alguna pieza: una lectura defectuosa, un retorno local, una conexión secundaria o algún comportamiento de la red que Elena aún no hubiera incluido.

No iba a cerrar esa puerta desde una habitación y a las once de la noche.

Al día siguiente ordenaría los sensores por posición y comprobaría no solo los niveles, sino también la conductividad antes y después de cada punto: Estacada, Bomba 4 y la entrada de Gola Blanca.

Entonces podría comprobar si el agua había dejado una secuencia.

Elena cerró el ordenador, aunque no recogió las hojas.

En el cuaderno, la madrugada ocupaba ya más espacio que las horas anteriores:

20:25. 21:05. 23:34. 01:05–02:20.

La última franja no decía dónde estaba Laura.

Decía algo distinto.

Horas después de su desaparición, el lugar donde había estado seguía cambiando.