Capítulo 27
Ramón no parecía más cómodo que la primera vez. La diferencia era que ahora ya no podía fingir que todo se reducía a papeles mal cerrados.
Mireia había organizado la conversación en una dependencia policial y no en Cerdà Servicios. Sobre la mesa había un resumen de la actuación oficial, varias referencias de lotes y un esquema sencillo del espacio auxiliar donde se había localizado el formulado con carbofurano.
Elena estaba allí porque una parte de lo que iban a tratar afectaba directamente a la reconstrucción ambiental, no para interrogar ni para decidir responsabilidades penales.
Ramón se sentó frente a Mireia y dejó el móvil boca abajo.
—Ya os he dado todo lo que tenía.
—No —dijo Mireia—. Nos has dado todo lo que decidiste dar al principio.
Ramón la miró, pero no respondió.
Mireia abrió la carpeta.
—El formulado estaba en un espacio utilizado por tu empresa.
—Sí.
—No figuraba correctamente en el inventario.
—No.
—Y parte de la documentación de movimientos estaba alterada o incompleta.
Ramón apoyó los antebrazos en la mesa.
—Eso ya lo sabéis.
—Ahora queremos saber quién podía entrar allí y quién sabía que ese material seguía existiendo.
Ramón miró a Elena.
—¿Ella también necesita saber eso?
—Necesito saber si la existencia del producto en tu empresa permite atribuirte su uso —respondió Elena.
Ramón soltó una risa corta.
—Pues espero que la respuesta sea que no.
—Eso es lo que estamos comprobando.
Mireia deslizó hacia él una copia del plano.
—El espacio auxiliar. ¿Quién tenía llave?
Ramón no la cogió.
—No funcionaba así.
—¿Cómo funcionaba?
—Había una llave en administración y otra de servicio.
—¿Quién podía cogerlas?
—Personal autorizado.
—Nombres.
Ramón respiró hondo.
—Encargados. Yo. Mi hijo cuando estaba trabajando. Algún técnico si venía a coordinar un servicio.
—¿«Algún técnico» quién?
—Depende.
Mireia esperó.
Ramón acabó inclinándose hacia el plano.
—No era un almacén secreto.
—Eso no te he preguntado.
—Pero parece que queréis convertirlo en uno.
—Era un espacio con un producto que no debería estar allí y cuya trazabilidad no puedes cerrar.
—Sí.
—Entonces dime quién entraba.
Ramón se pasó una mano por la mandíbula.
—Responsables de cuadrilla. Gente de mantenimiento. Técnicos que coordinaban trabajos con nosotros. Algún cliente, si había que revisar material o maquinaria.
Elena anotó las categorías, no los nombres.
Todavía.
—¿Se firmaba el acceso? —preguntó.
Ramón negó.
—No siempre.
—¿Había registro de apertura?
—No.
—¿Cámara?
—Fuera, no dentro.
Mireia miró una hoja.
—La cámara exterior no cubre bien la puerta lateral.
Ramón se encogió de hombros.
—Nunca hizo falta.
Elena observó el esquema.
Durante días, la existencia del producto había parecido una línea casi directa hacia Ramón. Ahora empezaba a adquirir otra forma: la de un origen material, no la de una autoría.
—¿El formulado estaba en un envase original? —preguntó.
Ramón dudó.
—Sí y no.
Mireia levantó la vista.
—Explícalo.
—Había envases antiguos. Algunos completos, otros no. Material pendiente de retirada, restos que deberían haberse gestionado antes.
—¿Ese formulado concreto?
—Estaba en su envase de origen.
—¿Precintado?
Ramón negó.
—No.
—¿Sabes quién lo abrió?
—No.
—¿Cuándo?
—No.
Elena dejó el bolígrafo.
—¿Sabías que seguía allí?
Ramón tardó.
—Sabía que había material viejo.
—No te pregunto eso.
—No llevaba un inventario de memoria.
—¿Sabías que había carbofurano?
Ramón apretó la boca.
—Sí.
La respuesta no sorprendió a nadie.
Mireia pasó una página.
—Y aun así no estaba correctamente declarado.
—Ya he dicho que había cosas mal hechas.
—No es lo mismo que decir cuáles.
Ramón la miró con cansancio.
—Vale. Sí. Sabía que había un producto que teníamos que haber retirado y no se retiró.
—¿Por qué?
—Porque se fue quedando.
Mireia no reaccionó.
Ramón añadió:
—Una campaña, otra, cambios de nave, gente que deja cosas donde no toca. Luego tienes veinte problemas más urgentes.
—Eso explica desorden —dijo Elena—. No explica por qué Laura te pidió documentación sobre ese tipo de material.
Ramón se giró hacia ella.
—Laura pidió documentación de muchas cosas.
—¿Te preguntó específicamente por productos antiguos?
—Sí.
—¿Por carbofurano?
Ramón dudó.
—No recuerdo que usara esa palabra.
Elena anotó la precisión.
—¿Qué dijo?
—Que había referencias que no cuadraban con los trabajos declarados. Quería saber qué material seguía almacenado y qué había salido realmente.
—¿Le enseñaste el espacio auxiliar?
—No.
—¿Por qué?
Ramón dejó escapar aire.
—Porque sabía que había cosas que no quería que viera.
Esta vez no adornó la frase.
Elena dejó pasar unos segundos.
—Eso sí explica que le mintieras.
—Sí.
—No explica que usaras el producto.
Ramón la miró.
—Exacto.
Mireia intervino.
—Tampoco te exculpa de lo demás.
—Ya lo sé.
El tono de Ramón era distinto. No menos defensivo, pero sí más resignado. La parte que había intentado esconder ya estaba fuera, y eso cambiaba la conversación.
Mireia sacó una lista.
—Vamos con accesos concretos.
Ramón leyó los primeros nombres. Elena no conocía a varios: encargados, un trabajador de mantenimiento, dos responsables de cuadrilla.
Después apareció una categoría:
Coordinación técnica externa.
Mireia señaló la línea.
—¿Quién entra aquí?
Ramón respondió con más rapidez.
—Técnicos que coordinan trabajos de agua, aplicaciones, maquinaria o servicios asociados.
—Nombres habituales.
Ramón dio dos.
Después un tercero.
Mireia anotó.
—¿Marta Rius?
Ramón levantó la cabeza.
—Sí.
Elena no movió el bolígrafo.
—¿Entraba en ese espacio? —preguntó Mireia.
—Alguna vez.
—¿Para qué?
—Coordinar material de trabajos vinculados a la red. No sé cuántas veces.
—¿Sabía que había producto antiguo?
Ramón se quedó quieto.
—Probablemente.
—No quiero «probablemente».
—Entonces no lo sé.
Mireia esperó.
Ramón frunció el ceño.
—Marta conocía cómo trabajábamos. Había visto el espacio. Sabía que guardábamos material antiguo pendiente de retirar.
Elena anotó exactamente eso.
No más.
—¿Sabía que había carbofurano? —preguntó.
Ramón se encogió ligeramente.
—No puedo demostrarlo.
—¿Se lo dijiste alguna vez?
—No lo recuerdo.
—¿Podía verlo si entraba?
—Sí.
Mireia no continuó por esa línea y Elena agradeció que no lo hiciera. Una posibilidad de acceso no era una prueba de uso.
Y Marta no era la única.
—¿Quién más podía verlo? —preguntó Elena.
Ramón señaló la lista.
—Cualquiera de los que entraba allí.
—¿Cuántos?
—No sé. Seis, ocho personas con cierta regularidad. Más si cuentas accesos puntuales.
—¿Y durante las semanas anteriores a la desaparición de Laura?
—Parecido.
Elena miró la hoja.
La información no estrechaba tanto como parecía.
Ampliaba.
Ramón era responsable de conservar el material, pero no monopolizaba ni el conocimiento ni el acceso.
—¿Había control de cantidades? —preguntó.
Ramón negó.
—No fiable.
—¿Puedes decir si faltaba producto?
—No con precisión.
—¿Ni después de la actuación oficial?
—Puedo decir que el envase no estaba lleno. No puedo decir cuánto había antes.
—¿Por qué?
—Porque nadie lo pesaba ni registraba.
Mireia lo miró.
—Ese es parte del problema.
—Ya.
Elena volvió al esquema del espacio.
—Entonces, técnicamente, podemos sostener tres cosas.
Ramón la miró con recelo.
—A ver.
—El formulado con carbofurano estaba almacenado de forma irregular en tu esfera empresarial. Tú sabías que había material antiguo que debía haberse retirado y el acceso profesional al espacio no estaba limitado a ti.
Ramón asintió.
—Eso llevo diciendo.
—No. Al principio dijiste que aquí no trabajabais en la laguna.
Él bajó la mirada.
Elena continuó.
—Una cosa no lleva automáticamente a la otra.
Mireia cerró una de las carpetas.
—Para la investigación penal seguiremos revisando accesos, movimientos y declaraciones. Para Elena, creo que ya está clara la parte que necesita.
Elena asintió.
—Sí.
Ramón no pareció aliviado.
—¿Entonces ya no soy vuestro sospechoso?
Mireia respondió antes que Elena.
—No voy a clasificarte delante de ti.
Ramón soltó una risa amarga.
—Muy útil.
—Tienes responsabilidades propias que se están investigando —dijo Mireia—. Eso no ha cambiado.
Elena abrió el cuaderno.
—Y para la causa ambiental tampoco ha desaparecido tu relación con el producto.
—Pero no podéis decir que fui yo quien lo echó.
—Yo no puedo decirlo.
Ramón se reclinó.
—Por fin.
Elena levantó la vista.
—Eso tampoco es una absolución. Es un límite.
La satisfacción se le borró.
Ramón no contestó.
Mireia pasó a otro asunto de documentación: dos lotes sin cierre, una salida interna que nunca llegó a regularizarse y un albarán rehecho.
Ramón fue admitiendo cada punto con distintos grados de resistencia.
Elena dejó de tomar notas cuando la conversación entró en detalles que no afectaban a su peritación. No necesitaba conocer cada infracción, solo que el desorden era real y que había permitido que un producto peligroso permaneciera accesible fuera de un control adecuado.
Cuando terminaron, Ramón se levantó despacio.
Antes de salir, miró a Elena.
—Laura también pensaba que si algo no estaba bien apuntado era porque escondía algo enorme.
—No.
Ramón frunció el ceño.
—¿No?
—Por lo que he visto, Laura pensaba que, si algo no estaba bien apuntado, había que saber por qué.
Ramón no respondió.
Se marchó.
Mireia esperó a que la puerta se cerrara.
—¿Qué te llevas?
Elena giró el cuaderno hacia ella. Había escrito dos líneas:
«Origen material posible: Cerdà. Autoría de la descarga: abierta».
Mireia las leyó.
—Eso ya lo sabías.
—Lo intuía.
—¿Y ahora?
—Ahora tengo una razón documental y operativa para separarlo.
Mireia se sentó otra vez.
—Marta entra en la lista de personas con acceso.
—Sí.
—Y sabía que había material antiguo.
—Sí.
—¿No te llama la atención?
Elena guardó silencio unos instantes.
—Me llama la atención que no fuera la única.
Mireia asintió.
—Bien.
—Si mañana descubriéramos que otra persona de esa lista tuvo acceso la misma semana, el dato de hoy seguiría siendo verdad.
—Eso te gusta.
—Me gusta que una conclusión sobreviva a información nueva.
Mireia miró la puerta por la que había salido Ramón.
—Él va a seguir teniendo problemas.
—Los tiene.
—Y eso hace que sea fácil dejar de mirar más allá.
Elena cerró el cuaderno.
—Sí.
Eso era exactamente lo peligroso.
Ramón había mentido, había almacenado material que no debía conservar y había permitido una trazabilidad deficiente. Laura le había pedido explicaciones y el mismo compuesto había aparecido en los flamencos.
Todo era verdad.
Pero ninguna de esas verdades respondía todavía a la pregunta que importaba: quién había ejecutado la maniobra.
Al salir de Mossos, Elena se quedó unos segundos junto al coche. El sol bajaba y el aire tenía esa claridad seca del final de la tarde.
Abrió el cuaderno una vez más y escribió:
«Producto: origen material probable en esfera de Cerdà. Agua: autoría aún no demostrada».
Separó ambas frases con una línea. La falsa solución no se había derrumbado de golpe. Se había descompuesto.
Y cada pieza seguía siendo verdadera.