Donde mueren los flamencos (Las huellas de la tierra 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

—Las veintitrés treinta y cuatro.

Mireia dejó la fotografía sobre la mesa.

Elena miró primero la hora impresa en el margen y después el coche.

La imagen no era buena. Una cámara situada en uno de los accesos al aparcamiento de la estación había captado el vehículo de Laura entrando bajo una luz amarillenta. El parabrisas devolvía reflejos y la cabeza de quien conducía era poco más que una forma oscura detrás del cristal.

—¿Seguro que es su coche? —preguntó Elena.

—Matrícula, modelo y otros detalles coinciden. Eso sí está claro.

—¿Y quien conduce?

—No.

Mireia se sentó frente a ella.

—Hemos mejorado la imagen todo lo que permite el original. No hay una identificación facial fiable. No voy a convertir una silueta en una persona porque nos convenga.

Elena asintió. Era la clase de respuesta que esperaba de ella.

Sobre la mesa había tres grupos de documentos: a la izquierda, la cronología de Pau; en el centro, las copias recuperadas del trabajo de Laura; a la derecha, la información policial sobre el coche.

Mireia señaló la primera hoja.

—Vamos a ordenar lo que sí sabemos.

Elena abrió el cuaderno.

—Veinte veinticinco.

—Pau se marcha —dijo Mireia—. Su hora se apoya en lo que declaró y en comprobaciones que encajan razonablemente con su llamada posterior. No necesito que tú uses el detalle de esas diligencias.

—Me basta con la franja.

Escribió:

«20:25 · Pau se marcha. Laura viva».

Mireia desplazó hacia ella la copia de la fotografía de Bomba 4.

—Veintiuna cero cinco.

La imagen mostraba la instalación desde el ángulo que Elena ya conocía.

—Archivo de Laura —dijo Mireia—. Sincronizado. Hora contrastada.

Elena añadió:

«21:05 · Laura en Bomba 4».

Dejó un espacio.

Mireia colocó después la fotografía de la estación.

—Veintitrés treinta y cuatro.

Elena anotó:

«23:34 · coche de Laura entra en aparcamiento de la estación».

No añadió quién lo llevaba.

—¿La cámara recoge la salida del conductor? —preguntó.

—No de forma útil. Hay cámaras parciales en el entorno, pero ninguna imagen nos permite afirmar quién baja del coche.

—¿Se ve cuántas personas van dentro?

—Tampoco con fiabilidad.

Elena levantó la vista.

—Entonces no sabemos si Laura iba en el coche.

—No.

La respuesta quedó limpia.

Mireia recogió otra hoja.

—Y tampoco sabemos que no fuera.

—Exacto.

Durante varios días, el coche en la estación había servido para sostener una explicación sencilla. Laura podía haber terminado lo que estuviera haciendo, conducir hasta allí y marcharse.

Después apareció el barro.

Luego la fotografía de Bomba 4.

Ahora había una hora.

La explicación seguía siendo físicamente posible, pero necesitaba cada vez más elementos que todavía no podían demostrar.

—¿Qué sabemos de la ruta del coche antes de la estación? —preguntó Mireia.

Elena sacó de su carpeta de trabajo la nota correspondiente.

—Por los restos ambientales, estuvo en un entorno compatible con Estacada y D-17.

—Sin punto exacto.

—Sin punto exacto.

—Y sin hora.

—Sin hora.

Mireia asintió.

—Pero Laura estaba en Bomba 4 a las nueve y cinco.

—Sí.

—Y Bomba 4 forma parte de ese mismo sector.

—Sí.

Elena miró el mapa.

No necesitaba convertir una asociación ambiental en una localización exacta para reconocer que las piezas se acercaban. Laura había estado en la instalación. Su coche había circulado por un entorno compatible con esa zona y, horas después, aparecía en una estación.

Su teléfono, en cambio, había terminado en el ramal de Bomba 4.

—La pregunta es si el coche sale de la zona con Laura dentro —dijo Mireia.

Elena negó.

—Esa es vuestra pregunta.

Mireia la miró.

—¿Y la tuya?

Elena señaló la hoja correspondiente al teléfono.

—Cuándo deja de estar unido a ella.

Mireia tardó un segundo en seguirla.

—El teléfono.

—Sí.

—Sabemos dónde apareció, no cuándo se separó de Laura.

—Exacto.

Elena pasó una página del cuaderno.

—A las 21:05 Laura tiene todavía el teléfono o, como mínimo, el archivo de la fotografía llega desde su dispositivo o su espacio de trabajo en esa franja.

—La sincronización se produce desde su teléfono —dijo Mireia—. Eso sí podemos sostenerlo.

Elena corrigió la nota:

«21:05 · Laura en Bomba 4. Teléfono activo / sincroniza».

—Después no tenemos actividad útil —añadió Mireia.

—¿Nada?

—Nada que pueda situarla.

Elena no preguntó por mensajes privados, llamadas o contenido que no necesitaba.

—Entonces, entre las 21:05 y las 23:34 ocurren al menos dos cosas que todavía no sabemos ordenar del todo.

—A ver.

—El teléfono acaba en el agua de Bomba 4.

—En algún momento.

—Y el coche acaba en la estación.

—Sí.

—No sabemos quién mueve el coche ni cuándo entra el teléfono en el ramal.

—No.

Elena dejó el bolígrafo.

—Eso es bastante.

Mireia sonrió sin alegría.

—A mí me parece que es poco.

—Es poco para una persona. Es mucho para una cronología.

Mireia acercó el mapa.

—Si Laura hubiera conducido ella misma hasta la estación, ¿qué hacemos con el teléfono?

—Podría haberlo perdido antes.

—En Bomba 4.

—Sí.

—Y marcharse sin él.

—Es posible.

—¿Probable?

Elena pensó antes de responder.

—Cada vez menos.

—¿Por qué?

—Porque ya no tenemos una sola rareza.

Señaló los documentos uno por uno.

—Laura dice que va a Bomba 4. Sabemos que llega. Su teléfono termina en el agua de allí. Su coche lleva restos compatibles con el sector y aparece más tarde en una estación.

Mireia esperó.

—Pero ninguna de esas cosas, por separado, demuestra que otra persona condujera.

—No.

—Ni que Laura estuviera muerta.

Elena levantó la mirada.

—No.

Aquella palabra importaba. La desaparición tenía ya una forma inquietante, pero todavía no una certificación.

Mireia apoyó los codos en la mesa.

—La familia cree que estamos tardando demasiado en decir lo evidente.

Elena cerró la carpeta.

—Lo evidente cambia mucho según lo que sabes después.

—Eso no se lo puedes decir a una hermana que lleva días esperando.

—No.

—Y tampoco puedo decirle lo que todavía no tengo.

—No.

Mireia se recostó.

—A veces eres muy útil para conversar.

—Me lo dicen mucho.

Esta vez sí sonrieron las dos.

Duró poco.

Mireia sacó una hoja con un esquema del aparcamiento.

—Hay otro detalle. La cámara no capta el coche estacionándose en la plaza exacta donde lo encontramos. Lo registra entrando en el aparcamiento a las 23:34. La posición final se documentó después.

—¿Cuánto después?

—Lo suficiente para no poder fijar el minuto de estacionamiento con esa imagen.

—Entonces la hora corresponde a la entrada, no necesariamente a cuando queda aparcado.

—Correcto.

Elena tachó una palabra y reescribió:

«23:34 · coche entra en aparcamiento de la estación».

—Mejor.

—Mucho.

Mireia negó con la cabeza.

—Empiezo a entender por qué tus informes son tan incómodos.

—Porque las preposiciones importan.

—Eso debería estar en una taza.

Elena no respondió.

Miró de nuevo la fotografía.

El coche era reconocible.

La persona al volante, no.

Era una prueba limpia en un sentido y casi inútil en otro: fijaba un objeto en un lugar y una hora, pero no fijaba a Laura.

—¿Habéis encontrado algún dato de transporte posterior? —preguntó Elena.

—Estamos revisándolo.

—¿Billete, validación, cámara de andén?

Mireia levantó una mano.

—Cuando tenga algo sólido que puedas conocer, te lo diré.

Elena asintió.

Había preguntado más de lo necesario.

—Vale.

—Lo que sí puedo decirte es que, de momento, no tenemos una cadena sencilla que coloque a Laura subiendo a un tren.

—Eso debilita la salida voluntaria.

—Sí.

—Pero no la elimina.

—No.

Elena volvió a la fotografía de las 21:05.

Entre aquella imagen y la entrada del coche en la estación había dos horas y veintinueve minutos.

No escribió la resta.

No necesitaba convertir el hueco en un número dramático.

Lo importante era que existía.

—¿Tenemos algún punto intermedio del coche? —preguntó.

—No confirmado.

—Entonces no sabemos si salió de Bomba 4 a las nueve y diez, a las diez o más tarde; tampoco si estuvo parado en otro sitio ni si quien lo llevó a la estación salió directamente desde allí.

—No sabemos nada de eso.

Mireia la observó.

—Te gusta mucho una cronología llena de «no».

—Me gusta saber dónde están.

Elena dibujó una línea sencilla:

20:25 — 21:05 — 23:34

Debajo escribió:

Pau / Bomba 4 / coche-estación.

Después dejó vacío el espacio entre las dos últimas marcas.

Mireia miró el dibujo.

—Eso es lo que tenemos.

—Sí.

—¿Y qué haces con el vacío?

—No rellenarlo.

Mireia se quedó un momento callada.

—Policialmente tengo que intentar rellenarlo.

—Claro.

—Tú no.

—Yo necesito saber qué puede aportar el agua dentro de ese hueco.

La frase cambió el foco.

Mireia señaló el teléfono.

—Volvemos a la rejilla.

—Sí.

Elena sacó las hojas de funcionamiento de Bomba 4, aunque no las abrió todavía.

Lo ocurrido aquella mañana con D-17 le había recordado que las series recortadas alrededor de un dato llamativo podían engañar. Para el teléfono necesitaba aplicar el mismo criterio: mirar toda la noche, no solo el ciclo que ya conocían.

—Quiero llevarme la cronología limpia —dijo.

—Te doy copia.

—Y necesito los registros completos de Bomba 4 desde antes de las nueve hasta la mañana siguiente.

—¿No los tienes ya?

—Tengo partes, resúmenes y varias series. Quiero comprobar que no me falta ninguna ventana.

Mireia asintió.

—Te los pido otra vez en el paquete completo.

—Gracias.

—¿Qué buscas exactamente?

Elena miró el espacio vacío entre las 21:05 y las 23:34.

—No el coche.

—¿El teléfono?

—Sí.

—La hora en que llega a la rejilla.

—La hora en que pudo moverse.

Mireia recogió las fotografías.

—Eso no va a decirnos quién condujo hasta la estación.

—No.

—Pero puede decirnos si el teléfono se movió antes o después.

—Eso espero.

Mireia cerró la carpeta.

—Entonces hoy tenemos una cronología y mañana quizá tengamos otra.

—No otra.

Elena señaló la línea.

—La misma, con menos huecos.

Al salir de la sala, guardó la copia de la fotografía de la estación junto a la de Bomba 4.

Una fijaba a Laura en un lugar a las 21:05.

La otra fijaba su coche en otro a las 23:34.

No eran equivalentes.

Esa diferencia era precisamente lo que impedía cerrar la historia.

Antes de marcharse, Elena abrió el cuaderno una vez más y escribió:

«20:25 · Laura viva con Pau. 21:05 · Laura en Bomba 4. 23:34 · coche entra en estación. Conductor no identificado».

Debajo dejó una línea en blanco.

No sabía qué había ocurrido en esas dos horas y media.

Solo sabía ya dónde empezaba el vacío y dónde terminaba.