Capítulo 25
A las ocho y media, Elena ya tenía tres semanas de la red extendidas sobre la mesa del CADS.
No había nadie más en la sala pequeña. Fuera, el edificio empezaba a llenarse de voces, puertas y pasos; dentro, solo se oía el ventilador del ordenador y el roce de las hojas cada vez que cambiaba una serie por otra.
Había pedido más datos el día anterior. No resúmenes, sino históricos completos: niveles, estados de compuertas, horas de bombeo, códigos de turno, incidencias y las mediciones de conductividad que Laura había ido guardando en paralelo.
El problema ya no era encontrar una anomalía. Tenía varias.
Lo que necesitaba saber era si pertenecían a un patrón.
Colocó la primera serie de D-17 en el centro. Había tres picos claros de conductividad y otros dos más pequeños, separados por recuperaciones parciales. A la derecha puso los niveles de drenaje; debajo, las ventanas de Bomba 4, y en una cuarta hoja, los estados declarados de E-3.
La primera coincidencia no le interesó demasiado. Podía ser casual.
La segunda hizo que se detuviera.
La tercera la obligó a buscar hacia atrás.
Abrió una serie más antigua.
D-17 volvía a empeorar durante una franja nocturna. No era la misma hora exacta, pero sí el mismo tipo de ventana: poca actividad ordinaria, cambios de nivel y una maniobra que alteraba durante un tiempo la relación entre el sector de la parcela y el drenaje principal.
Elena marcó la fecha con lápiz.
Después encontró otra.
Cinco semanas atrás, el esquema se repetía.
No siempre aparecía el mismo parte ni figuraba la misma incidencia, y eso era importante. Si hubiera encontrado una avería repetida con nombre propio, el patrón tendría una explicación sencilla.
No era eso lo que veía.
Lo que se repetía era otra cosa: D-17 quedaba con peor renovación durante determinadas ventanas nocturnas, recuperaba después y, días más tarde, volvía a ocurrir.
Elena apartó la silla y se levantó. Necesitaba distancia.
Desde el otro lado de la mesa, las curvas se entendían mejor que los números. La serie de D-17 parecía una sucesión irregular de dientes. Las parcelas de control también tenían picos, variaciones y problemas, pero no repetían la misma relación entre peor drenaje y aumento posterior de salinidad.
Eso reducía la explicación estacional.
No la eliminaba, pero la reducía.
Irene apareció en la puerta con dos cafés.
—Te he visto llegar.
Dejó uno junto a Elena.
—Sin azúcar.
—Gracias.
Irene miró la mesa.
—¿Esto es todo D-17?
—D-17 y controles.
—Parece una investigación fiscal.
Elena señaló una silla.
—Siéntate un momento.
Irene dejó el café.
—¿Qué has encontrado?
—Todavía estoy viendo si lo he encontrado.
—Eso es muy tuyo.
Elena le pasó una hoja.
—Mira estas fechas.
Irene recorrió las marcas.
—¿Qué tienen?
—Picos de conductividad en D-17. Ahora mira los niveles.
Irene cogió la segunda hoja.
—Baja renovación.
—En esas mismas ventanas.
—No exactamente todas.
—No.
Elena señaló dos de ellas.
—Estas sí tienen una incidencia declarada que puede explicar parte del comportamiento.
—¿Y las otras?
—No.
Irene acercó las hojas.
—¿Bomba 4?
—A veces entra en la secuencia. Otras veces lo importante es la configuración previa.
—¿E-3?
—En los partes figura de distintas maneras según la noche.
Irene la miró.
—Eso no ayuda.
—Ayuda mucho.
—¿Por qué?
—Porque significa que no estoy buscando una única combinación copiada cinco veces. Estoy buscando el efecto sobre D-17.
Elena señaló la serie.
—Lo que se repite es que, durante ciertas ventanas nocturnas, la parcela queda peor renovada de lo que cabría esperar por el comportamiento del entorno.
Irene bebió un sorbo.
—¿Y después sube la sal?
—Sí. No de forma inmediata, como si alguien vertiera sal. Aumenta después, cuando el agua se renueva peor y la parcela retiene una carga mayor.
—Entonces alguien la está estropeando.
Elena no respondió.
Irene la miró.
—Has oído lo que he dicho.
—Sí.
—¿Y?
—Que todavía necesito separar «alguien la está estropeando» de «la operación de la red la perjudica repetidamente».
—¿No es casi lo mismo?
—No.
Elena cogió una de las hojas.
—Podría haber una práctica operativa mal diseñada. Una prioridad que siempre perjudique a esta parcela. Un criterio de turno que nadie haya revisado.
—Pero Marta dijo que, si se repetía una configuración perjudicial sin razón externa...
—Sería difícil explicarlo como incidencia.
Irene dejó el vaso.
—Entonces, ¿qué te falta?
—La razón externa.
—¿Cuál?
—Cualquiera.
Elena fue enumerando sobre la mesa.
—Niveles aguas abajo. Necesidad de aliviar otra zona. Mantenimiento. Conflictos de demanda. Un problema real en otra parcela que obligue a cambiar prioridades.
—¿Y aparece?
—No en varias de las ventanas.
Irene se quedó callada.
Elena volvió a sentarse.
—Eso sí cambia el peso.
—¿Cuánto?
—Bastante.
Irene miró las fechas.
—¿Cuántas noches?
—Suficientes.
—Eso no es un número.
—Todavía no quiero convertirlo en uno hasta depurar dos registros dudosos.
—Vale.
Irene señaló la carpeta.
—¿Y Laura?
Elena sacó las copias de sus mediciones.
—Dos de estas desviaciones las detectó ella.
—¿Las mismas?
—Sí.
—Entonces estaba viendo esto.
—Parte.
Elena colocó al lado la nota con «D-17 / B4 / E-3 / MR? / Riberes».
—Y estaba buscando la operación que había detrás.
Irene leyó las abreviaturas sin decir nada.
—¿Sigues pensando que MR puede no ser Marta?
—Sigo pensando que dos letras no son una identificación.
—Pero...
—No.
Irene levantó las manos.
—Vale.
Elena volvió al ordenador. Había descargado los registros en una tabla sencilla para poder ordenarlos por fecha y hora. No buscaba una fórmula sofisticada, solo superponer datos.
La primera noche marcada por Laura mostraba una caída del nivel operativo de un ramal, una respuesta tardía en D-17 y una recuperación posterior que no aparecía de la misma manera en las parcelas próximas.
La segunda repetía el esquema, aunque con distinta intensidad.
La tercera no figuraba en las notas de Laura, pero apareció cuando Elena amplió la serie.
Eso fue lo que más le interesó.
Si el patrón solo existía donde Laura lo había señalado, podía estar siguiendo su lectura. Encontrarlo fuera de sus anotaciones era distinto: significaba que la serie tenía coherencia propia.
Elena marcó otra fecha.
—Aquí.
Irene se acercó.
—¿Qué?
—Laura no había señalado esta noche.
—¿Y pasa lo mismo?
—Lo suficiente.
—Entonces no estás siguiendo sus pasos.
—No solo.
Elena amplió la tabla.
La configuración declarada de E-3 no era idéntica en todas las noches. En algunas aparecía como una operación parcial; en otras, como un ajuste breve. En dos, la descripción era tan genérica que apenas explicaba el efecto aguas abajo.
Los niveles, en cambio, sí mostraban el cambio.
El agua hacía algo que los resúmenes no terminaban de contar.
La frase de Eva volvió a su cabeza: horas de agua que no existen.
Ahora la entendía mejor.
No eran horas sin agua.
Eran horas en las que el agua había hecho algo que el parte no describía de forma suficiente.
—¿Qué pasa si quitas las mediciones de Laura? —preguntó Irene.
Elena la miró.
Era una buena pregunta.
Apartó esa hoja y se quedó solo con niveles, operación y controles.
—Sigue apareciendo.
—Entonces...
—Entonces el patrón no depende de que Laura lo interpretara así.
Irene soltó aire.
—Eso ya suena más serio.
Elena asintió por primera vez aquella mañana.
—Sí.
No era una prueba de autoría, pero ya podía dejar de tratar D-17 como una parcela con mala suerte.
Abrió un documento nuevo y escribió un título provisional:
«D-17 · Secuencia histórica de alteraciones».
No añadió «deliberadas».
Todavía no.
Empezó a listar las ventanas: fecha, franja, comportamiento de D-17, respuesta de controles, operación declarada e incidencia justificada o no.
En algunas, la explicación era suficiente.
Las dejó fuera.
En otras, era parcial.
Las marcó como dudosas.
Y en cuatro, la misma secuencia se repetía sin una causa externa documentada que justificara el perjuicio específico sobre D-17.
Elena volvió a contarlas.
Cuatro.
Separadas por semanas.
Ahora sí tenía un número que podía sostener.
Irene seguía de pie.
—¿Cuatro?
—Cuatro ventanas limpias.
—¿Limpias?
—Con un patrón comparable y sin una causa operativa externa documentada que lo explique.
—¿Noches?
—Sí.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Varias semanas.
Irene miró las hojas.
—¿Y siempre D-17 sale perdiendo?
—Sí.
—Eso no puede ser casual.
Elena bebió el café, ya frío.
—Puede serlo. Pero la probabilidad baja mucho.
—Eso es una forma muy elegante de decir que no.
—Es una forma exacta de decir que todavía no necesito exagerarlo.
Irene negó con una sonrisa.
—A veces pienso que podrías encontrar a alguien con una garrafa en la mano y escribir «presencia compatible con transporte de líquido».
Elena la miró.
—Dependería de la garrafa.
Irene soltó una risa.
La sala recuperó el silencio.
Elena siguió trabajando.
En la quinta semana hacia atrás apareció una noche que no encajaba. D-17 empeoraba, pero también lo hacían dos parcelas próximas y había una incidencia real en el drenaje principal.
La separó.
No le servía.
Precisamente por eso reforzaba las otras. Un patrón creíble no tenía que absorberlo todo.
Algunas anomalías tenían una explicación normal.
Las cuatro ventanas elegidas no.
A media mañana llegó Berta con una carpeta.
—Me han dicho que estabas enterrada aquí.
—Irene exagera.
—No mucho.
Berta dejó los papeles.
—He encontrado los códigos de turno que faltaban.
Elena los revisó.
No había un único operario repetido ni tampoco un mismo equipo. Una noche figuraba un código general de sector; otra, un responsable distinto. Dos compartían supervisión técnica.
Elena no siguió ese dato.
Todavía no.
—¿Nada? —preguntó Berta.
—Nada que pueda usar para una persona.
—¿Y para la parcela?
Elena le mostró las cuatro ventanas.
Berta las recorrió despacio.
—Esto sí.
—Sí.
—Todas de noche.
—Sí.
—¿Por qué de noche?
Elena negó.
—Esa es una pregunta distinta.
—¿Pero no es raro?
—Puede ser operativo. Puede coincidir con menos demanda. Puede responder a una decisión de turnos. No quiero inventar un motivo por la hora.
Berta señaló una de las series.
—Aquí la parcela recupera al día siguiente.
—Parcialmente.
—Y luego vuelve a empeorar unos días después.
—Exacto.
—Como si la fueran castigando a ratos.
Elena no anotó la frase. Era demasiado humana para un patrón hidráulico.
—Como si el régimen que la perjudica apareciera y desapareciera —corrigió.
Berta asintió.
—Eso.
Elena puso delante de ella los controles.
—Y no aparece igual fuera.
Berta comparó ambos grupos.
—Entonces ya puedes decir que está manipulado.
Elena tardó en responder.
La palabra llevaba varios días rondando el caso.
Manipulación.
Hasta entonces había preferido «régimen anómalo» u «operación no declarada». Ahora tenía repetición, selección espacial, ventanas concretas, ausencia de justificación externa en varios episodios y un efecto acumulado coherente.
—Puedo decir que hay una manipulación del régimen —dijo.
Berta levantó la vista.
Elena añadió enseguida:
—No quién la hace, ni con qué finalidad, ni si cada una de las cuatro ventanas responde exactamente a la misma decisión.
—Elena.
—¿Qué?
—He dicho ya.
Elena cerró la carpeta.
No sonrió, pero estuvo cerca.
Irene volvió a entrar.
—¿Tenemos algo que pueda usar?
Elena giró la hoja con las cuatro ventanas.
—Sí.
Irene se sentó.
—Dime la frase.
Elena pensó un momento.
—D-17 presenta una secuencia repetida de alteraciones nocturnas de su régimen de renovación y drenaje, no reproducida de forma equivalente en las parcelas de control y no explicada por incidencias externas documentadas en varias de las ventanas.
Irene la miró.
—Eso es una frase de informe.
—Me la has pedido.
—¿Y en castellano?
Elena señaló la tabla.
—No es un deterioro uniforme. Alguien o alguna decisión operativa ha cambiado el régimen de D-17 varias veces durante semanas.
Irene arqueó una ceja.
—Has dicho «alguien».
Elena corrigió:
—Una intervención humana.
—Peor.
—Más exacto.
—¿Deliberada?
Elena miró las cuatro ventanas.
Ese era el límite.
La repetición permitía sostener la intervención. La selección sobre D-17 hacía muy difícil pensar en pura casualidad, pero la intención de depreciar la finca aún no estaba en sus manos.
—Deliberada en el sentido de que las maniobras no son un proceso natural —dijo—. No puedo sostener todavía el motivo.
Irene asintió.
—Eso sí lo entiendo.
Elena escribió una última línea en su cuaderno:
«Manipulación de D-17: patrón demostrado».
Debajo añadió:
«Autor / motivo: no demostrados».
Dejó el bolígrafo.
Las hojas seguían siendo las mismas. No había aparecido una fotografía nueva, nadie había confesado y ninguna curva era espectacular por separado.
Pero, superpuestas, cuatro noches habían dejado de parecer cuatro incidentes.
Eso era suficiente para cambiar la investigación.