Donde mueren los flamencos (Las huellas de la tierra 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

Mireia cerró el coche y se acercó con una carpeta fina bajo el brazo.

—¿Por dónde empezamos?

Elena miró la instalación. La plataforma de hormigón, la rejilla de toma, el ramal que llegaba con poca corriente y el acceso técnico formaban un conjunto sencillo si se veía desde arriba.

A ras de suelo, en cambio, la vegetación cortaba las líneas de visión y convertía unos pocos metros en espacios separados.

—Por donde habría llegado Laura —dijo.

No añadió «si llegó». Pau no había podido confirmarlo; solo había dicho que ese era el destino que Laura anunció cuando se separaron.

Caminaron desde el acceso principal. El terreno estaba seco en las zonas altas y blando junto a los márgenes. El sol aún no calentaba con fuerza, pero la humedad ya se pegaba a la ropa. Cerca de la toma, los insectos formaban una nube fina que cambiaba de sitio con cada movimiento de aire.

Elena se detuvo antes de subir a la plataforma.

—Desde aquí se ve el coche.

Mireia miró hacia el aparcamiento informal junto al camino.

—Si está en la zona habitual, sí.

—Y desde el coche se ve parte de la plataforma.

—Parte.

Elena avanzó dos pasos. La caseta técnica ocultaba un sector y un murete bajo tapaba otro. Más allá, el ramal de servicio desaparecía detrás de las cañas y la vegetación alta.

—Desde aquí ya no.

Mireia siguió la dirección de su mirada.

—¿Quieres saber si alguien podía quedar fuera de vista?

—Quiero saber qué se veía y qué no.

No era exactamente lo mismo.

Subieron a la plataforma. El metal de la barandilla estaba frío todavía. Elena pasó la vista por los bordes, las uniones, el acceso a la toma y la zona de mantenimiento, sin tocar nada que no necesitara tocar.

—¿Esto estaba igual el día que encontraste el teléfono? —preguntó Mireia.

—En lo esencial, sí.

—¿Vegetación?

—Parecida.

Elena abrió una fotografía tomada el primer día. Las cañas llegaban entonces casi a la misma altura. En algunos puntos estaban algo más inclinadas ahora, pero la estructura visual no había cambiado lo suficiente para alterar la reconstrucción.

Se colocó junto a la rejilla.

—El teléfono apareció ahí abajo.

Mireia se acercó.

—Antes de la rejilla.

—Sí.

—Y no pudo venir desde el otro lado.

—No con un funcionamiento normal.

Elena señaló el agua.

—Si hubiera llegado desde el colector de salida, tendría que haber atravesado la bomba o moverse en sentido inverso a una configuración que no lo permite.

—Eso ya lo tengo. Lo que no tengo es dónde cayó.

Elena asintió. Tampoco ella.

Bajó de la plataforma y siguió el Ramal de la Estacada unos metros aguas arriba. La corriente era débil. En una zona estrecha se acumulaban hojas, fragmentos de caña y pequeños plásticos atrapados en las raíces; más adelante, el cauce se abría y volvía a estrecharse.

—Si la funda cayó aquí —dijo Mireia—, podía quedarse enganchada.

—Sí.

—Y soltarse después.

—Sí.

—Entonces no podemos calcular distancia solo por el punto donde apareció.

—No.

Mireia miró el agua.

—¿Cuánto puede desplazarse en un bombeo?

—Depende del nivel, de la configuración, de cuánto tiempo esté conectada esta rama y de dónde empiece.

—Otra respuesta tuya favorita.

—Es la respuesta correcta.

Mireia sonrió y Elena siguió caminando.

Había vuelto a aquel lugar varias veces, pero siempre había atendido al agua.

Aquella mañana añadió otra escala a la observación: distancias de paso, ángulos desde el camino, qué partes podían verse desde un coche, cuáles quedaban cubiertas por la caseta, dónde terminaba la plataforma y dónde empezaba la vegetación.

Se detuvo junto a un ramal corto que se separaba del principal.

—¿Esto tiene nombre?

Mireia consultó el plano.

—Aquí figura como ramal de servicio.

Elena observó la entrada. Era estrecha y poco atractiva para cualquiera que no tuviera una razón concreta para acercarse. La vegetación invadía los laterales y, a pocos metros, el trazado dejaba de verse con claridad.

—¿Sigue activo?

—Parcialmente. No es una conducción principal.

Elena se agachó junto al borde. El agua apenas se movía.

—¿Conecta de nuevo?

—Según el plano, tiene una derivación muerta.

Elena levantó la vista.

—¿Revisada?

Mireia tardó un instante en responder.

—En las primeras búsquedas se revisaron accesos, caminos, márgenes abiertos y puntos de agua más evidentes. No tengo ahora mismo el detalle de cada metro de vegetación retirada.

Elena asintió. No era suficiente para sacar ninguna conclusión, y tampoco era su función decidir qué debería haberse registrado durante una búsqueda de personas.

—No estoy diciendo que haya nada ahí.

—Ya lo sé.

Mireia miró el ramal.

—Pero quieres que me fije.

—Quiero entender el lugar completo.

Siguieron el borde hasta donde la vegetación permitía avanzar sin abrir paso. A partir de cierto punto, las cañas cerraban el acceso. Había zonas húmedas, otras con suelo firme y una depresión lateral donde el agua quedaba casi inmóvil.

Elena no entró. No tenía motivo técnico para destruir vegetación ni alterar un área que, si acababa siendo relevante, tendría que revisar quien correspondiera.

—Desde la plataforma no se ve esto —dijo Mireia.

Elena giró. La caseta y las cañas ocultaban casi todo el ramal.

—No.

—Y desde el camino, menos.

—No.

Mireia abrió la carpeta.

—Pau dijo que Laura iba a Bomba 4. El coche tiene restos compatibles con esta zona. Su teléfono apareció en el agua. ¿Cuánto te falta para decir que estuvo aquí?

—Una prueba de que estuvo aquí.

—Te pregunto cuánto te falta a ti.

Elena observó la plataforma.

—Menos que ayer.

Mireia aceptó la respuesta.

Volvieron hacia la toma. Elena se detuvo en una zona donde el hormigón descendía hacia el agua mediante dos escalones técnicos. Había una esquina metálica en una estructura auxiliar, barandilla en un lado y espacio libre en otro.

No se acercó demasiado. La zona no tenía nada excepcional y, precisamente por eso, podía permitir muchas cosas sin demostrar ninguna.

Una caída podía producirse por un resbalón, un tropiezo o un mal paso durante una maniobra.

También durante una discusión, pero esa última posibilidad no pertenecía al terreno.

Todavía no.

—¿Qué miras? —preguntó Mireia.

—El desnivel.

—¿Es peligroso?

—No especialmente.

—Eso no responde.

Elena se inclinó para calcular la diferencia de altura.

—Es suficiente para hacerse daño si caes mal.

Mireia miró el borde.

—¿Mucho?

—Depende de dónde golpees.

—¿Hay algo que te haga pensar que alguien cayó?

—No.

La respuesta fue inmediata.

Elena se incorporó.

—Solo quiero saber qué permite físicamente el lugar.

—Vale.

—Si empezamos a buscar una escena que todavía no tenemos, encontraremos una en cualquier esquina.

Mireia cerró la carpeta.

—Bien.

Elena agradeció que no insistiera.

Siguieron alrededor de la instalación. En el lado opuesto, el acceso era más limpio y abierto. Desde allí se veía mejor el camino y cualquier vehículo que llegara.

—Si alguien quisiera encontrarse con otra persona aquí sin llamar demasiado la atención —dijo Mireia—, ¿qué lado escogería?

Elena la miró.

—Eso ya es tu pregunta.

—Sí.

—Y no la puedo responder por el agua.

—Pero puedes decirme qué lado se ve menos.

Elena señaló hacia el sector del ramal de servicio.

—Ese.

—Gracias.

—No significa que se usara.

—También lo sé.

Mireia sonó casi cansada de repetir límites.

Elena abrió el plano sobre el capó y dibujó la plataforma, la toma, Estacada, el ramal de servicio y el acceso.

—Quiero probar varias entradas posibles del teléfono.

—¿Sin tirarlo?

—Sin tirar nada.

Marcó un primer punto.

—Si cae aguas arriba en Estacada, necesita una ventana de arrastre suficiente para superar zonas de retención y llegar a la rejilla.

Después señaló un segundo.

—Si cae cerca de la toma, necesita menos desplazamiento.

Y un tercero.

—Si entra desde un ramal lateral conectado al principal, primero tiene que alcanzar Estacada y después moverse hacia la rejilla.

Mireia señaló el ramal de servicio.

—¿Desde ahí?

Elena miró la conexión.

—No directamente, si la parte muerta está aislada. Pero hay sectores próximos al principal donde una funda podría acabar en el agua activa.

—¿Por accidente?

—Por cualquier causa.

Mireia apoyó un dedo sobre el plano.

—Entonces el teléfono pudo caer bastante cerca de Bomba 4.

—Sí.

—Y después desplazarse solo el tramo final durante un bombeo.

—Sí.

—Eso hace más probable que Laura estuviera aquí.

Elena negó.

—Hace físicamente posible una secuencia en la que el teléfono entra en el agua aquí o cerca de aquí.

—No es lo mismo.

—No.

Mireia guardó silencio mientras Elena trazaba una flecha corta hacia la rejilla.

La posición del teléfono no le decía quién lo llevaba cuando cayó, ni si se perdió durante un trabajo normal, una discusión, un accidente o cualquier otra situación. Sin embargo, la geometría sí reducía el número de recorridos plausibles.

—Quiero comprobar una cosa —dijo.

Volvió al acceso y Mireia la siguió.

Elena se colocó donde habría aparcado un coche sin bloquear el paso técnico. Desde allí veía la parte alta de la plataforma, la caseta y un tramo del ramal. Después caminó hacia el lateral. A los pocos metros, la caseta ocultó el coche y, un poco más allá, la vegetación ocultó también el camino.

—Desde aquí puedes estar junto al agua sin que alguien que pase por la pista te vea bien —dijo Mireia.

—Sí.

—Y un segundo vehículo podría estar fuera de la vista desde la plataforma si se coloca más atrás.

Elena giró.

—Eso depende de dónde.

—Lo compruebo.

Mireia caminó hasta el acceso y volvió.

—Sí. Hay un punto muerto.

Elena no lo anotó como un hallazgo criminal. Escribió:

«Visibilidad parcial desde acceso. Ramal de servicio oculto por caseta + vegetación».

La diferencia importaba. Un lugar discreto no era prueba de una reunión; solo era un lugar discreto.

—¿Se oye un coche desde aquí? —preguntó Mireia.

Elena escuchó. Un motor pasó por una pista lejana, audible pero sin la claridad suficiente para distinguir de dónde venía.

—Dependerá del viento y de lo que haya funcionando.

—¿La bomba mete mucho ruido?

—Sí.

—¿Lo bastante para tapar voces?

—No lo sé.

—¿Podemos comprobarlo otro día con un ciclo?

—Eso sí tendría sentido, si la cronología lo necesita.

Mireia asintió. No pidieron activar nada.

Elena volvió al ramal. La vegetación cerrada del brazo de servicio le llamó otra vez la atención, no porque pareciera ocultar una respuesta, sino porque había estado allí desde el principio y ella apenas la había mirado.

La primera vez, su pregunta era qué agua llegaba a la Gola Blanca. Después quiso saber cómo había llegado un teléfono a la rejilla. Ahora sabía que Laura había dicho que iba a Bomba 4.

El lugar no había cambiado.

La pregunta sí.

—¿Quieres que amplíe la revisión de esta zona? —preguntó Mireia.

Elena tardó en responder.

—No por una impresión.

—No te he preguntado por una impresión.

—Si la cronología y los registros nos llevan aquí, sí. Pero todavía no.

Mireia la observó.

—Tienes delante un sitio que te inquieta y prefieres esperar.

—Tengo delante un sitio que no entiendo completo.

—Eso era un sí.

Elena cerró el cuaderno.

—Era un no todavía.

Caminaron una última vez desde el ramal hasta la rejilla. Elena fue marcando mentalmente los puntos donde una funda podía quedar retenida: raíces, vegetación, estrechamientos, cambios de sección. Después calculó la distancia final.

Con la corriente ordinaria de aquella mañana, el teléfono podía quedarse casi en cualquiera de esos puntos. Con una ventana de bombeo adecuada, algunos dejarían de ser obstáculos.

Seguía faltando saber cuál.

—Entonces —dijo Mireia—, ¿qué puedes afirmar hoy?

Elena respondió sin mirar el cuaderno.

—Que el teléfono pudo entrar en el Ramal de la Estacada o en una zona muy próxima a Bomba 4.

Que no tuvo que caer donde apareció. Que para llegar hasta la rejilla necesitó una circulación suficiente hacia la toma.

Y que la geometría de este lugar permite que parte de lo que ocurra junto al ramal de servicio quede fuera de vista desde el acceso normal.

—¿Y Laura?

Elena miró la plataforma.

—Ahora me parece más probable que estuviera aquí esa noche.

—¿Porque Pau lo dijo?

—Porque Pau dijo que venía aquí, su teléfono apareció aquí y su coche tiene restos compatibles con este sector.

—Tres cosas.

—Tres cosas que todavía no son la misma prueba.

Mireia asintió y recogieron los planos.

Antes de marcharse, Elena volvió la cabeza hacia el ramal de servicio. Las cañas cerraban el paso pocos metros después de la derivación. No vio nada y tampoco esperaba verlo.

Subió al coche con una idea más precisa que al llegar. Bomba 4 ya no era simplemente un punto en el mapa, sino un espacio con entradas, zonas ciegas y un recorrido posible hasta la rejilla.

Lo demás todavía tenía que demostrarlo.