Capítulo 20
Eva no quiso entrar en el café.
Dijo que tenía diez minutos y se quedó de pie junto a la puerta, a la sombra estrecha de un toldo. Eran más de las siete de la tarde y el calor seguía retenido entre las fachadas de Amposta.
Elena había ido a verla porque una frase de la conversación con Clara no dejaba de molestarle.
Laura guardaba copias.
También había vuelto a ver a Pau.
Dos cosas que, por separado, podían no significar nada. Pero Pau le había dicho que la última vez que se habían visto había sido tres o cuatro semanas antes de la desaparición.
Eva había sido menos concreta.
—El otro día me dijiste que seguían en contacto —dijo Elena.
—Sí.
—Pau me dijo que apenas se veían.
Eva la miró.
—Eso no es verdad.
Elena esperó.
—¿Cuánto se veían?
—No lo sé. No estaba pendiente.
—¿Pero más de una vez en las últimas semanas?
—Sí.
—¿Lo sabes porque Laura te lo contó?
Eva asintió.
—Alguna vez. No muchas.
—¿Sabías que Pau tenía pareja?
—Sí.
—¿Y que esa pareja no sabía que seguía viendo a Laura?
Eva frunció el ceño.
—Eso no lo sabía.
Elena sacó el cuaderno, pero no lo abrió todavía.
—Necesito separar una cosa. No te estoy preguntando por su relación. Necesito saber si la versión que Pau me dio sobre cuándo vio a Laura puede ser falsa.
Eva miró hacia la calle.
—Puede.
—¿Lo viste tú con ella?
—No.
—¿Laura te dijo cuándo habían quedado por última vez?
Eva tardó un momento.
—No con una fecha.
Elena no dijo nada.
—Pero la semana que desapareció seguían hablando —añadió Eva—. Eso sí.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Laura lo mencionó.
—¿Qué dijo?
—Que Pau estaba enfadado con ella.
Elena abrió el cuaderno.
—¿Por qué?
Eva negó.
—No me lo contó. Algo personal. Yo no insistí.
—¿Dijo que tuviera miedo?
—No.
—¿Que él la hubiera amenazado?
—No.
La respuesta fue inmediata.
—¿Dijo que fueran a verse?
Eva volvió a mirar a la calle.
—No recuerdo que me lo dijera así.
Elena cerró el cuaderno.
No tenía un dato para situar a Pau aquella noche.
Tenía algo distinto: una versión de Pau que ya no encajaba con lo que Eva sabía de las últimas semanas.
—Gracias.
Eva hizo ademán de marcharse, pero se detuvo.
—¿Crees que fue él?
—No lo sé.
—Pero vas a hablar con él.
—Sí.
—Entonces dile que deje de pensar en cómo queda él.
Elena la miró.
Eva apretó los labios.
—Laura está desaparecida.
—Se lo diré de otra manera.
—Claro.
Eva se marchó.
Elena se quedó un momento junto al café.
No podía presentarse ante Pau diciendo que sabía más de lo que sabía. Tampoco necesitaba hacerlo.
Él había mentido.
Eso ya era suficiente para volver a preguntar.
Mireia consiguió localizarlo poco después. Pau terminaba una salida con dos clientes cerca de una zona de observación al sur de Amposta y aceptó hablar cuando se fueran.
Elena llegó antes.
El cielo empezaba a perder color y sobre las zonas encharcadas se acumulaban grupos pequeños de aves. Pau apareció por el camino con los prismáticos colgados al pecho y la gorra en una mano.
Al verla, redujo el paso.
—Otra vez tú.
—Otra vez yo.
—Mireia me ha dicho que querías hablar.
—Sí.
Pau miró alrededor.
—¿Aquí?
—Me da igual.
Él señaló un banco de madera apartado de la pasarela.
Se sentaron.
Durante unos segundos ninguno habló.
Pau fue el primero.
—¿Es por el coche?
Elena lo miró.
—¿Qué sabes del coche?
—Lo mismo que todo el mundo. Que apareció en la estación.
—Entonces no es por el coche.
Pau se frotó una palma con el pulgar.
—¿Por qué es?
—Porque la última vez me dijiste que apenas veías a Laura.
—Y era verdad.
—No.
Él dejó de mover la mano.
—Eva sabe que os habíais vuelto a ver.
Pau bajó la vista.
—Eso no significa...
—No he terminado.
Elena mantuvo el tono.
—Me dijiste que la última vez que la viste fue tres o cuatro semanas antes de que desapareciera.
—Más o menos.
—También me dijiste que no la viste el día de la desaparición.
Pau levantó la cabeza.
—No.
La negación salió demasiado deprisa.
Elena lo observó.
—Pau, no te estoy preguntando si discutíais. Ni si tu pareja sabe que hablabas con Laura. Te estoy preguntando por la última franja en la que sabemos que ella estaba bien.
—Ya te contesté.
—Y sé que parte de lo que me contestaste era falso.
Él respiró por la nariz.
—Porque Eva diga que nos vimos alguna vez...
—No. Porque dijiste que apenas había contacto y no era verdad.
Pau se levantó.
Dio dos pasos y se quedó mirando el agua.
Elena no lo siguió.
—Mireia debería estar aquí —dijo él.
—Si quieres hacer una declaración formal, sí. Yo no voy a tomártela.
—Entonces ¿qué haces?
—Intento saber si Laura pasó por Bomba 4 aquella noche.
Pau se volvió.
La reacción fue mínima, pero suficiente.
No sorpresa.
Reconocimiento.
Elena no añadió nada.
Pau la miró unos segundos y después regresó al banco.
—¿Por qué Bomba 4?
—Porque su teléfono apareció allí.
—Eso ya lo sé.
—Y porque el coche presenta restos compatibles con la zona de Estacada y D-17.
Pau cerró los ojos un instante.
—Joder.
Elena esperó.
—Yo no le hice nada.
—No he dicho que lo hicieras.
—Pero es lo que vais a pensar.
—Ahora mismo estoy pensando que me mentiste.
Pau apretó la gorra entre las manos.
—No quería meterme en esto.
—Ya estabas dentro desde el momento en que fuiste una de las últimas personas en verla.
Él levantó la vista.
Elena no corrigió la frase.
Pau la había entendido.
—La vi —dijo.
Elena abrió el cuaderno.
—¿Cuándo?
—Ese día.
—Hora.
—No sé la hora exacta.
—Aproximada.
Pau miró el teléfono que llevaba en el bolsillo, como si la pantalla pudiera devolverle una tarde de cuatro días atrás.
—Quedamos sobre las siete y veinte.
Elena escribió.
19:20.
—¿Dónde?
Pau indicó una zona de aparcamiento junto a un acceso que ambos conocían por las rutas de observación. No era Bomba 4.
—¿Ella llegó en su coche?
—Sí.
—¿Tú?
—También.
—¿Cuánto estuvisteis juntos?
Pau se pasó la mano por el pelo.
—Una hora. Algo más.
—¿Hasta?
—Las ocho y veinte. O las ocho y media.
—Necesito que intentes acercarte.
Pau pensó.
—Me fui a las ocho y veinticinco. Creo.
—¿Por qué lo recuerdas?
—Porque tenía que llamar a mi pareja antes de las nueve y miré la hora al subir al coche.
Elena anotó.
20:25.
No era una comprobación externa, pero sí una referencia explicable.
—¿Laura estaba viva y bien cuando te fuiste?
Pau la miró con irritación.
—Sí.
—Necesito que lo digas.
—Estaba viva. Estaba bien.
—¿Habíais discutido?
Pau dejó caer las manos.
—Sí.
—¿Fuerte?
—No.
—¿Qué significa no fuerte?
—Que discutimos. Hablamos mal. Nos reprochamos cosas. No hubo golpes. No la agarré. No la amenacé.
Elena no había preguntado por golpes, pero dejó que terminara.
—¿De qué discutisteis?
Pau se quedó callado.
—Personal.
—Eso ya lo sé.
—Yo quería saber qué estábamos haciendo.
—¿Con qué?
—Con nosotros.
La palabra pareció incomodarle.
—Nos veíamos otra vez. A veces. Ella decía que no significaba nada. Yo decía que entonces no tenía sentido seguir quedando.
—¿Tu pareja sabía que la veías?
Pau negó.
—No.
—¿Por eso mentiste?
—Por eso y porque cuando desapareció pensé que si decía que había estado con ella esa noche me iban a poner el foco encima.
—¿Mireia te preguntó?
—Sí.
—¿Y mentiste también?
Pau bajó la cabeza.
—Sí.
Elena no hizo ningún comentario.
La mentira de Pau había retrasado una franja horaria crítica.
Eso tendría consecuencias en la investigación, pero no le correspondía administrarlas.
—¿Laura se fue enfadada?
—Sí. Más que yo.
—¿Llorando?
—No.
—¿Asustada?
—No.
—¿Con prisa?
Pau pensó.
—Con la cabeza en otra cosa.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque en mitad de la discusión miró el móvil varias veces.
—¿Te dijo por qué?
—Trabajo.
Elena esperó.
Pau volvió a apretar la gorra.
—Dijo que todavía tenía que comprobar una cosa.
—¿Dónde?
Él tardó.
—En una bomba.
Elena no movió el bolígrafo.
—¿Qué bomba?
Pau miró hacia el agua.
—Bomba 4.
El nombre cambió la escena.
Hasta ese momento Bomba 4 era el lugar donde había aparecido el teléfono.
Ahora también era el lugar al que Laura decía que iba después de la última franja en la que alguien admitía haberla visto viva.
—¿Estás seguro? —preguntó Elena.
—Sí.
—¿Dijo “Bomba 4”?
—Sí.
—¿Algo más?
—Que quería comprobar un horario o una maniobra. No sé. Yo estaba cabreado y no le presté atención.
—¿Mencionó E-3?
—No lo recuerdo.
—¿D-17?
Pau negó.
—¿Marta?
—No.
—¿Ramón?
—No.
—¿Dijo con quién iba a verse?
—No.
Elena dejó de preguntar nombres.
No quería sembrarlos en su recuerdo.
—¿La acompañaste?
—No.
—¿La seguiste?
—No.
—¿Volviste a verla después?
—No.
—¿Hablasteis por teléfono?
Pau negó otra vez.
—Le mandé un mensaje más tarde.
—¿A qué hora?
—No sé.
—Eso lo podrá comprobar Mireia.
Pau asintió.
—Sí.
—¿Te respondió?
—No.
La voz se le quebró apenas.
Elena no interpretó más.
—¿Dónde la dejaste exactamente?
Pau explicó el punto aproximado. Laura había subido a su coche. Él la vio arrancar y tomar la salida que podía llevar hacia varios accesos del Delta, entre ellos el circuito de Bomba 4.
—¿Viste hacia qué camino entró después?
—No. Yo salí en otra dirección.
—Entonces no puedes decir que llegó a Bomba 4.
—No.
—Solo que dijo que iba.
—Sí.
Elena escribió esa diferencia.
Pau la miró.
—¿Eso sirve de algo?
—Mucho.
—Y me deja como un cabrón.
Elena cerró el cuaderno.
—Eso es otra cuestión.
—He perdido cuatro días.
—Sí.
Pau bajó la cabeza.
—Pensé que volvería.
Elena no respondió.
No había nada útil que decir.
Al cabo de unos segundos, Pau levantó la vista.
—¿Tengo que llamar a Mireia?
—Sí.
—¿Ahora?
—Ahora.
Él sacó el teléfono.
Elena se levantó y se alejó unos metros mientras Pau llamaba.
No escuchó la conversación.
Miró hacia el humedal.
La luz ya era baja y las aves parecían puntos oscuros sobre el agua. En otro momento habría distinguido especies por la forma de moverse o por la distancia entre grupos. Aquella tarde no estaba allí para eso.
Abrió el cuaderno.
19:20: Laura se reúne con Pau.
20:25: Pau se marcha.
Laura está viva.
Dice que va a Bomba 4 a comprobar una maniobra / horario.
No confirmado que llegara.
Elena subrayó solo la última línea.
No confirmado.
Pau había transformado una mentira íntima en un dato útil.
No lo convertía en aliado.
Tampoco borraba lo que había ocultado.
Pero cambiaba la ruta de Laura.
El teléfono estaba antes de la rejilla de Bomba 4.
El coche había pasado por un entorno compatible con Estacada/D-17.
Y ahora, por primera vez, alguien situaba la intención de Laura en ese mismo lugar la noche de su desaparición.
Elena cerró el cuaderno. Bomba 4 ya no era solo donde había aparecido una pertenencia.