Donde mueren los flamencos (Las huellas de la tierra 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

Mireia había pedido que fuera a la comisaría después de comer.

No dijo por teléfono qué tenían.

Solo que necesitaba enseñarle algo relacionado con el coche de Laura.

Elena llegó poco antes de las cuatro. El calor seguía pegado a las fachadas y el asfalto devolvía una luz blanca que obligaba a entrecerrar los ojos. Dentro, el aire acondicionado parecía demasiado frío.

Mireia la esperaba en una sala pequeña, con una carpeta y varias fotografías impresas sobre la mesa.

—No has registrado el coche —dijo antes de que Elena se sentara.

—No.

—Ni lo vas a hacer.

—Eso también lo sé.

Mireia empujó una de las fotografías hacia ella.

Era un detalle del paso de rueda delantero. Había barro seco adherido a la parte interior y restos vegetales muy pequeños atrapados en una junta.

—Policía científica ha hecho el examen —dijo Mireia—. Yo te enseño lo que podemos compartir y tú me dices si las comparaciones ambientales tienen sentido.

Elena se acercó la fotografía.

—¿Tenéis muestras separadas por rueda?

—Sí.

—¿Y del bajo?

—También.

—¿Cadena de custodia?

Mireia la miró.

—Sí, Elena.

—Bien.

—No hacía falta que me examinaras.

—No era a ti.

Mireia sonrió apenas.

Elena siguió mirando las imágenes.

No había nada espectacular.

Ninguna planta entera, ninguna masa de barro de un color único, ninguna huella perfecta de un lugar. Solo material que, fuera de contexto, podía pertenecer a muchos caminos del Delta.

—¿Qué han encontrado?

Mireia abrió la carpeta.

—Barro fino con fracción salina alta en varias zonas del vehículo, microrestos de vegetación de borde de drenaje y una mezcla que no encaja bien con un aparcamiento asfaltado ni con el entorno inmediato de la estación.

—Eso último es evidente.

—Lo sé. No hemos venido hasta aquí para demostrar que en el aparcamiento no hay arrozales.

Elena levantó una de las fotos.

—¿Cuándo se tomaron estas muestras?

—Después de localizar el coche y antes de moverlo más de lo imprescindible.

—¿Llovió entre la desaparición y el hallazgo?

—No de forma significativa.

Elena asintió.

Eso reducía una variable, no la eliminaba.

—¿Qué queréis comparar?

Mireia sacó otra hoja.

—Las muestras de referencia que tú has ido tomando en Estacada y en los accesos cercanos a D-17.

Elena dejó la foto.

—No son muestras forenses del coche.

—No.

—Y mis muestras no se tomaron para identificar un vehículo.

—También lo sé.

—Entonces solo podemos hablar de compatibilidad ambiental.

—Eso es exactamente lo que quiero.

Elena abrió su carpeta.

Durante los últimos días había tomado referencias de suelo y agua en distintos puntos de la red dentro de su peritación.

No con el objetivo de encontrar un coche, sino para entender el territorio: textura del barro, conductividad, materia vegetal, grado de salinidad y diferencias entre caminos de servicio.

Buscó las fichas de Estacada y de las proximidades de D-17.

—Aquí.

Mireia acercó su silla.

Elena colocó las hojas en paralelo.

—En Estacada tenemos sedimento fino, con bastante material orgánico y una conductividad alta en la fracción húmeda. En el acceso de D-17 hay algo parecido, aunque cambia según el borde y la profundidad.

—¿Se parece a lo del coche?

—“Se parece” es demasiado amplio.

—Vale.

—La combinación es compatible.

Mireia esperó.

—¿Con Estacada?

—Con un entorno como Estacada y D-17.

—¿Y con otros sitios?

Elena apoyó el dedo sobre una de las tablas.

—Sí.

—¿Muchos?

—No puedo darte un número.

—¿Podría ser cualquier camino agrícola del Delta?

—No cualquier camino.

—Pero tampoco solo ese.

—Exacto.

Mireia soltó aire.

—Qué maravilla trabajar contigo.

—Te ahorra problemas después.

—Eso espero.

Elena volvió a mirar las fotografías.

En una de ellas, un fragmento vegetal fino estaba adherido a una zona protegida del paso de rueda.

—¿Esto se ha identificado?

—A nivel general. Restos compatibles con vegetación de margen húmedo y acequia. Nada que permita decir “esta planta estaba a tres metros de Bomba 4”.

—Mejor.

—¿Mejor?

—Sí. Si alguien te promete eso con este material, desconfía.

Mireia pasó otra hoja.

—También hay un patrón de sales en el barro que policía científica quiere que valores con tus referencias.

Elena leyó el resumen.

No era una firma única. Era una combinación.

—La salinidad es coherente con zonas de drenaje cercanas a D-17 y Estacada —dijo—. Pero necesito ver si han comparado con controles de otros caminos.

—Lo han hecho en varios puntos.

—¿Resultados?

Mireia señaló una tabla.

Elena la revisó.

Las diferencias no eran absolutas, pero sí suficientes para que algunos entornos fueran menos probables.

—Esto mejora la comparación.

—¿Cuánto?

Elena tardó en responder.

—Lo bastante para decir que el coche estuvo en un entorno compatible con Estacada/D-17 antes de llegar a la estación.

—Eso ya es algo.

—Sí.

—¿Puedes afinar más?

—No.

Mireia se recostó.

—¿Ni siquiera a Estacada frente a D-17?

—No con esto.

—¿Por qué?

—Porque comparten condiciones ambientales próximas. Agua de drenaje, barro fino, salinidad variable, vegetación parecida. No puedo situar una rueda en un metro cuadrado exacto solo por esos restos.

Mireia asintió.

—Entonces la frase sería...

—El vehículo presenta restos ambientales compatibles con el entorno Estacada/D-17.

—¿“Compatible” otra vez?

—Sí.

—Empiezo a odiar esa palabra.

—Es una palabra útil.

Elena miró las fotos de nuevo.

El coche había aparecido en la estación.

Durante varios días, ese dato había permitido mantener abierta una explicación sencilla: Laura podía haber conducido hasta allí, dejar el vehículo y marcharse.

La presencia de barro de la zona no eliminaba esa posibilidad por sí sola.

Pero cambiaba el recorrido.

—¿Sabemos cuánto tiempo estuvo el coche en la estación? —preguntó.

—No todavía con la precisión que me gustaría.

—¿Y la llegada?

Mireia cerró la carpeta un poco.

—Eso lo estamos trabajando.

Elena entendió el límite.

—Bien.

No preguntó por cámaras.

Todavía no correspondía.

Mireia la observó.

—Estás haciendo un esfuerzo enorme por no preguntarme.

—Sí.

—Lo agradezco.

—Yo también agradezco que no me cuentes cosas que no puedo usar.

Hubo un silencio corto.

Después Mireia señaló una de las fotografías.

—Hay algo más.

Elena esperó.

—Los restos no parecen proceder de un único contacto reciente. Hay zonas con material más seco y otras con depósito más fresco.

Elena acercó la imagen.

—¿Eso está bien documentado?

—Sí.

—¿Qué interpretación hacen?

—Que el coche había pasado por caminos agrícolas más de una vez en días recientes.

—Eso no nos sirve mucho. Laura trabajaba en campo.

—Exacto.

—Entonces no lo conviertas en otra cosa.

—No pensaba hacerlo.

Elena siguió revisando.

Una parte del barro en el paso de rueda tenía una textura muy fina, casi pastosa antes de secarse. En el borde de D-17 había visto algo semejante donde el terreno retenía agua salobre después de determinados movimientos.

—¿Habéis comparado granulometría básica?

—Sí.

—¿Y materia vegetal?

—También.

—¿Coinciden?

—Dentro de los márgenes, sí.

Elena dejó la hoja.

—Entonces la asociación es razonable.

Mireia no sonrió.

—¿Razonable cuánto?

—Lo suficiente para revisar la hipótesis de la estación.

—Eso quería oír.

—No he dicho que Laura no se marchara voluntariamente.

—Ya.

—He dicho que el coche estuvo antes en una zona que forma parte de lo que ella estaba investigando.

Mireia juntó las manos.

—Y después aparece en una estación.

—Sí.

—Sin el teléfono.

—Sí.

La palabra quedó allí.

Elena pensó en la funda atrapada antes de la rejilla.

Un objeto de Laura en el agua.

Su coche, con restos compatibles con Estacada/D-17, en una estación.

Dos piezas que podían formar una secuencia.

O no.

Todavía no tenía el orden completo.

—¿El interior del coche aporta algo ambiental? —preguntó.

—Nada que puedas usar de momento.

—Perfecto.

Mireia arqueó una ceja.

—Eres la única persona que dice “perfecto” cuando no le doy información.

—Menos posibilidades de contaminarme la cabeza.

—Qué tranquilidad.

Elena sonrió.

Luego volvió al mapa que había llevado.

Marcó la estación.

Después Estacada.

Después D-17.

—Si el coche estuvo aquí —dijo, señalando la zona de campo— y después acabó aquí...

Movió el dedo hasta la estación.

—La estación ya no puede leerse como origen de la ruta.

—Solo como un punto posterior.

—Exacto.

—¿Eso debilita la marcha voluntaria?

Elena pensó.

—Debilita la versión simple.

—¿Cuál?

—Que Laura terminó su trabajo, condujo directamente a la estación y se fue.

Mireia asintió.

—Porque antes estuvo en la zona de Estacada/D-17.

—Eso es lo que la evidencia hace más probable.

—¿Y si estuvo allí por trabajo y luego se fue?

—Sigue siendo posible.

—Pero...

—Pero ya no es una explicación autosuficiente.

Mireia la miró unos segundos.

—Eso sí te lo compro.

Elena recogió una de sus fichas.

—Quiero dejar por escrito exactamente qué muestras de referencia he usado.

—Hazlo.

—Y que conste que la comparación analítica del coche corresponde a policía científica.

—También.

—Yo solo aporto contexto ambiental.

—También.

Elena empezó a redactar una nota breve.

No quería que dentro de una semana una frase simplificada acabara convertida en algo que no había dicho.

Escribió:

Las características del sedimento y microrestos observados en el vehículo resultan compatibles con ambientes de drenaje y caminos de servicio del sector Estacada/D-17, de acuerdo con las muestras de referencia disponibles.

Debajo añadió:

La comparación no permite individualizar un punto exacto ni identificar quién conducía el vehículo.

Mireia leyó por encima.

—Te falta decir que eso ocurrió antes de la estación.

Elena negó.

—Eso no lo dice el barro.

—El coche estaba en la estación cuando lo encontramos.

—Sí, pero la secuencia temporal del desplazamiento del vehículo la establecéis vosotros con otros datos. Mi parte solo dice que esos restos estaban en el coche.

Mireia sonrió.

—Vale. Me has pillado.

—No intentabas engañarme.

—No. Pero quería una frase más útil.

—Ya tienes una útil.

Elena firmó la nota.

Mireia la guardó en la carpeta.

—Hay algo que empieza a cambiar.

—¿Qué?

—Hasta ahora, la estación parecía una salida.

Elena miró el mapa.

—Ahora parece más un lugar donde alguien quiso que terminara la historia.

La frase salió antes de que pudiera medirla.

Mireia no respondió enseguida.

Elena bajó la vista.

—Retiro la forma.

—¿La idea también?

Elena pensó un instante.

—No.

—Entonces déjala.

Elena señaló el mapa.

—Solo como hipótesis.

—Como todo lo demás.

—No todo.

Mireia recogió las fotografías.

—Voy a pedir que se amplíe la comparación de controles.

—Bien.

—Y tú...

—Yo seguiré con el agua.

—Siempre vuelves ahí.

—Porque sigue faltando.

Al salir de la comisaría, la luz había cambiado.

El calor seguía fuerte, pero el sol caía más bajo y las sombras de los coches se alargaban sobre el aparcamiento.

Elena abrió el cuaderno antes de arrancar.

Escribió:

Coche: restos compatibles con Estacada/D-17.

No individualizan punto.

No identifican conductor.

Debajo:

La estación ya no explica el recorrido.

Cerró el cuaderno.

No sabía todavía quién había llevado el coche hasta allí.

Pero, por primera vez, el vehículo dejaba de sostener por sí solo la posibilidad de una desaparición voluntaria.

El territorio había entrado también en el coche.