Capítulo 18
El despacho de Clara Borràs estaba en la primera planta de un edificio nuevo, encima de una gestoría y una clínica dental.
Elena llegó poco después del mediodía.
El contraste con los lugares que había recorrido durante los últimos días era inmediato. Aire acondicionado, suelo claro, dos plantas en macetas idénticas y una pared con certificados enmarcados. No había botas junto a la puerta ni olor a barro o agua estancada.
Clara abrió antes de que Elena llamara por segunda vez.
—Perdona. Estaba terminando una llamada.
Tenía el cabello rubio oscuro recogido detrás de las orejas, gafas finas y una camisa blanca que parecía demasiado limpia para haber pasado la mañana cerca de una acequia.
—Elena Sánchez.
—Sí. Pasa.
El despacho principal era pequeño pero ordenado. Clara retiró una carpeta de una silla y la dejó sobre una mesa auxiliar.
—Mireia me dijo que querías hablar de Laura.
—También de unos documentos.
Clara tardó apenas un instante.
—Claro.
No preguntó cuáles.
Elena se sentó.
—Trabajasteis juntas en varios informes.
—En algunos. No éramos socias.
—No he dicho que lo fuerais.
—Ya. Es por dejarlo claro.
Elena abrió el cuaderno.
Clara miró el gesto y después apartó la vista.
—¿Desde cuándo colaborabais?
—Años. De forma puntual. Laura tenía sus clientes y yo los míos. Si un encargo necesitaba dos personas, o una de las dos iba mal de tiempo, nos apoyábamos.
—¿Funcionaba bien?
—Casi siempre.
—¿Y últimamente?
Clara se quitó las gafas, limpió un cristal con el borde de la camisa y volvió a ponérselas.
—Tuvimos una diferencia profesional.
—¿Sobre qué?
—Un expediente.
—¿Qué expediente?
—Uno anterior. No tiene relación con los flamencos.
—Eso todavía no lo sé.
Clara apretó los labios.
—No quería decir que tú no pudieras revisarlo. Quiero decir que era otra cosa.
—Entonces cuéntame esa otra cosa.
Clara apoyó las manos sobre la mesa.
—Hubo varias versiones de un documento.
—¿Cuántas?
—No sabría decirte ahora.
—¿Dos? ¿Cinco? ¿Veinte?
—Tres o cuatro, probablemente.
—¿Y qué cambiaba entre ellas?
Clara se inclinó hacia atrás.
—Correcciones. Referencias. Fechas de entrega. Cosas así.
—“Cosas así” no me sirve.
La voz de Elena no cambió.
Clara miró hacia la estantería.
—Había incidencias que se fueron corrigiendo según avanzaba el expediente.
—¿Incidencias de contenido?
—Administrativas.
—¿Qué tipo de administrativas?
—Fechas que no estaban bien reflejadas. Una referencia que se arrastró de otro documento. Una versión enviada antes de incorporar una corrección.
Elena dejó que terminara.
—¿Laura estaba de acuerdo con esas correcciones?
—Con corregir errores, sí.
—No te he preguntado eso.
Clara volvió a quitarse las gafas.
Esta vez no las limpió.
—Laura pensaba que algunas cosas debían dejarse registradas de otra forma.
—¿De qué forma?
—Con más detalle.
—¿Y tú?
—Yo pensaba que no hacía falta convertir un error de gestión en una declaración de guerra.
Elena anotó la frase.
Clara la vio escribir.
—Eso no lo pongas como si fuera literal.
—Es literal.
—Ya, pero...
Se detuvo.
—¿Ves? —dijo Elena.
Clara la miró.
—¿Qué?
—Te preocupa cómo queda escrito.
Durante unos segundos no hubo respuesta.
—A cualquiera le preocupa.
—A ti especialmente.
Clara bajó la vista.
—Trabajo con contratos. Una frase mal puesta puede costar dinero.
—¿Y una fecha mal puesta?
La pregunta llegó sin énfasis.
Clara se quedó inmóvil.
Elena esperó.
—Depende de la fecha —dijo al final.
—¿Cambiaste alguna?
—Hubo fechas corregidas.
—No es lo mismo.
—Elena...
—¿Cambiaste alguna fecha después de que el documento ya estuviera en circulación?
Clara se levantó.
Fue hasta un archivador, lo abrió y sacó una carpeta gris.
—Esto es lo que tengo aquí.
La dejó sobre la mesa.
No era una respuesta.
Elena no abrió la carpeta hasta que Clara volvió a sentarse.
—¿Puedo revisarla?
—Sí. Pero no quiero que te lleves originales.
—No necesito originales si puedo documentar lo que corresponda.
La carpeta contenía impresiones, correos y varias versiones de un mismo informe. Las primeras páginas parecían iguales salvo por pequeños cambios de formato.
Elena no empezó por el contenido.
Miró fechas, nombres de archivo impresos al pie de algunos correos y referencias de versión.
—Aquí falta una —dijo.
Clara frunció el ceño.
—¿Cuál?
—Pasas de V2 a V4.
—La V3 fue interna.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—¿No la conservas?
—Puede estar en otro equipo.
—¿Laura la tenía?
Clara movió la boca antes de responder.
—Es posible.
Elena siguió.
En una impresión, una fecha aparecía en el encabezado del documento. En un correo posterior, el archivo adjunto mantenía el mismo nombre, pero el texto citado por el remitente hacía referencia a una versión con otra fecha.
—Esta fecha cambia.
—Se corrigió.
—¿Por qué?
—Porque estaba mal.
—¿Cuál de las dos estaba mal?
Clara se quedó callada.
Elena levantó la vista.
—No te estoy preguntando quién mató a Laura.
Clara pestañeó.
—No he pensado eso.
—Bien.
—Pero todo parece que va hacia ahí.
—No necesariamente.
Elena señaló los papeles.
—Ahora mismo quiero saber si Laura desconfiaba de documentación que tú habías corregido.
Clara juntó las manos.
—Sí.
La respuesta fue tan baja que Elena no tuvo que pedir que la repitiera.
—¿Por qué?
—Porque decía que una corrección debía dejar rastro.
—¿Y no lo dejó?
—No siempre.
—¿Por decisión tuya?
Clara tardó.
—En parte.
Elena no escribió de inmediato.
—¿Qué significa “en parte”?
—Que yo gestionaba esa entrega.
—¿Y cambiaste fechas?
—Corregí fechas.
—Volvemos a lo mismo.
Clara cerró los ojos un instante.
—Sí. Cambié alguna fecha.
Elena anotó exactamente eso.
Clara se inclinó hacia delante.
—No para inventar un trabajo que no existía.
—No he dicho que lo hicieras.
—Ni para cobrar algo que no hubiéramos hecho.
—Tampoco he dicho eso.
—Entonces no quiero que parezca...
Volvió a detenerse.
Elena entendió el patrón.
Clara no estaba intentando ocultar una escena violenta ni una amenaza. Estaba intentando controlar el lenguaje de su responsabilidad.
—¿Qué intentabas evitar? —preguntó.
—Una reclamación.
—¿Contractual?
Clara asintió.
—Había un error de gestión. Si la cronología quedaba como estaba, parecía que habíamos incumplido una parte del encargo.
—¿Y la habíais incumplido?
—Habíamos entregado tarde una corrección.
—Entonces sí.
—No exactamente.
—Clara.
—Vale.
Apoyó las manos sobre la mesa.
—Sí. Había una parte que podía interpretarse así.
—¿Y cambiaste la documentación para que no lo pareciera?
Clara miró hacia la ventana.
—Ajusté fechas y referencias para que el expediente reflejara el trabajo completo.
Elena dejó el bolígrafo.
—Eso sigue siendo una forma de decirlo.
—Es la que considero correcta.
—Laura no.
—Laura quería dejar una nota de corrección.
—¿Qué habría implicado?
—Reconocer formalmente que una versión anterior no era correcta.
—¿Y eso podía activar la reclamación?
—Podía.
—¿Perjudicaros?
—Sí.
—¿A las dos?
Clara asintió.
—El encargo era compartido.
Elena miró de nuevo las versiones.
Ahora el conflicto tenía forma.
No era una discusión abstracta sobre métodos de trabajo. Había dinero, reputación profesional y una alteración que Laura quería dejar documentada.
—¿Cuándo discutisteis por esto?
—Hace... unos días.
—Necesito algo mejor.
Clara se levantó otra vez y buscó el teléfono.
Revisó el calendario.
—Cinco días antes de que desapareciera.
Coincidía con lo que Elena esperaba encontrar, pero no lo mostró.
—¿Dónde?
—Aquí.
—¿Fue una discusión fuerte?
Clara apretó la boca.
—Fue desagradable.
—¿Gritos?
—No.
—¿Amenazas?
—No.
—¿Le pediste que no corrigiera el expediente?
—Le pedí que esperara.
—¿A qué?
—A que yo encontrara una forma de resolverlo sin hundir el contrato.
—¿Y ella?
Clara sonrió sin alegría.
—Laura no tenía mucha paciencia cuando creía que algo estaba mal.
Eso también coincidía con lo que Eva, Jordi y Ramón habían descrito.
Personas distintas podían tener motivos distintos para sentirse presionadas por la misma cualidad.
—¿Qué iba a hacer? —preguntó Elena.
—No lo sé.
—¿Iba a informar al cliente?
—Dijo que no podía dejarlo como estaba.
—¿Eso es todo?
—Sí.
Elena no insistió todavía.
Pasó varias hojas.
En dos correos aparecía Laura pidiendo que le enviaran “la versión anterior” y que no se sustituyera ningún archivo sin conservar copia.
—Esto me interesa.
Clara bajó la mirada.
—Sí.
—¿Cuándo empezó a hacer eso?
—No solo por mí.
—No he dicho que fuera por ti.
Clara se quedó callada.
—¿Guardaba duplicados?
—Laura guardaba de todo.
—Eso ya lo sé.
—Copias separadas. Carpetas fuera del expediente principal. Correos a sí misma. A veces duplicaba archivos antes de trabajar con una nueva versión.
—¿Desde cuándo?
—Últimamente, más.
—¿Por el problema de este contrato?
—En parte.
—¿Y por qué más?
Clara movió la cabeza.
—No lo sé.
Elena la observó.
—Eso ha sonado distinto.
—Porque no lo sé.
—Pero sospechas algo.
—Sé que estaba revisando otras cosas.
—¿Qué cosas?
—Agua. Partes. Registros.
—¿De dónde?
Clara se ajustó las gafas.
—No quiero decirte algo que no recuerde bien.
—No te pido que adivines.
—Laura me enseñó algunas notas una vez.
—¿Qué notas?
—Horas. Referencias. Abreviaturas.
Elena esperó.
Clara no añadió nada.
—¿Las tienes?
—No sé.
—¿Te las envió?
—Puede que alguna.
—¿Puedes comprobarlo?
—Ahora no.
—¿Por qué?
Clara volvió a mirar la carpeta gris.
—Porque primero quiero revisar qué es mío y qué era de Laura.
—Eso no cambia quién escribió un archivo.
—Cambia lo que puedo entregar.
Elena no discutió la frontera jurídica. Si había material relevante para la desaparición, Mireia decidiría cómo obtenerlo si Clara no lo facilitaba voluntariamente.
—¿Se lo has dicho a Mossos?
—Les dije que habíamos trabajado juntas.
—No te he preguntado eso.
Clara dejó escapar aire.
—No les he explicado todo esto.
—¿Por qué?
—Porque no creí que tuviera relación con que Laura desapareciera.
—¿Y ahora?
—Ahora estás tú aquí preguntándome.
No era una respuesta, pero bastaba.
—¿Sabías que Laura llevaba copias fuera de sus expedientes principales?
—Sí.
—¿Sabes dónde?
—No exactamente.
—¿Alguna carpeta compartida?
Clara dudó.
—Teníamos espacios compartidos para algunos trabajos.
—¿Siguen activos?
—Sí.
—¿Has borrado algo desde que Laura desapareció?
Clara levantó la cabeza de golpe.
—No.
La respuesta fue inmediata.
—¿Has sustituido archivos?
—No.
—¿Has cambiado nombres?
—No.
—¿Has movido versiones?
—No.
Elena la miró unos segundos.
Aquellas negativas habían salido con mucha más claridad que sus explicaciones sobre el expediente.
Las anotó.
—Quiero que no modifiques nada.
—No pienso hacerlo.
—Y que informes a Mireia de estos espacios compartidos.
Clara bajó la vista.
—Sí.
—Hoy.
—Sí.
Elena cerró la carpeta gris.
—¿Puedo fotografiar las referencias de versión y los correos que acabamos de revisar?
Clara pensó un momento.
—Solo los que se refieren al expediente compartido.
—De acuerdo.
Elena documentó las páginas autorizadas.
No necesitaba más para saber que la explicación de Clara no era completa.
Había cambiado fechas y referencias después de un error de gestión.
Laura quería dejar rastro de la corrección.
Existía un motivo profesional real para que Clara temiera lo que Laura pudiera hacer.
Y Clara sabía que Laura estaba guardando copias separadas de otros trabajos.
—¿Cuándo fue la última vez que hablaste con ella? —preguntó Elena.
Clara miró el calendario otra vez.
—Después de la discusión intercambiamos mensajes.
—¿Normales?
—De trabajo.
—¿Os visteis?
—No.
—¿Te dijo que tuviera miedo de alguien?
—No.
—¿Que la estuvieran presionando?
Clara negó.
—No con esas palabras.
Elena notó la precisión.
—¿Con otras?
—Decía que había gente que esperaba que los registros acabaran diciendo lo que convenía.
La frase no contenía un nombre.
—¿Quién?
—No me lo dijo.
—¿Estás segura?
—Sí.
Elena no podía saber todavía si aquella seguridad era real o una nueva forma de proteger algo.
Guardó el cuaderno.
Clara la acompañó hasta la puerta.
Antes de que Elena saliera, habló.
—Yo quiero que aparezca.
Elena se volvió.
Clara había perdido por primera vez el tono cuidadoso.
—Lo sé.
—No, no lo sabes.
—Sé que una alteración administrativa y preocuparte por Laura pueden ser verdad al mismo tiempo.
Clara bajó la mirada.
—Sí.
—También pueden ser verdad otras cosas a la vez.
Elena abrió la puerta.
—Habla con Mireia sobre los archivos compartidos.
—Lo haré.
En el coche, no arrancó enseguida.
Abrió el cuaderno por una página limpia.
Escribió:
Clara: conflicto real con Laura.
Fechas y referencias modificadas.
Motivo profesional para ocultarlo.
Laura guardaba copias separadas.
Debajo dejó un espacio.
No sabía todavía cuánto había cambiado Clara.
Tampoco qué contenían las copias que aún no había enseñado.
Y no sabía si ese secreto explicaba solo un contrato mal gestionado o algo más de lo que Laura estaba siguiendo.
Cerró el cuaderno.
Por primera vez desde que había llegado al Delta, una pista importante no venía del agua.
Venía de una versión guardada.