Capítulo 17
Jordi Albiol estaba junto a una compuerta pequeña cuando Elena llegó a la parcela.
No levantó la mano ni hizo gesto de bienvenida. Esperó a que ella cerrara el coche y se acercara por el camino estrecho entre dos cuadros de arroz.
—Has vuelto —dijo.
—Sí.
—Eso suele significar que algo no te ha cuadrado.
Elena miró la lámina de agua de la parcela. A primera hora de la mañana apenas corría aire y la superficie reflejaba un cielo blanco, todavía sin fuerza. En el borde más próximo, algunas plantas mostraban el tono desigual que ya había visto en su visita anterior.
—Tus partes no cuadran con los niveles.
Jordi no respondió.
Elena sacó el cuaderno.
—Necesito que me enseñes otra vez por dónde entra y por dónde sale el agua de esta parcela.
—Ya te lo enseñé.
—Hazlo otra vez.
Jordi resopló, pero empezó a caminar.
Elena lo siguió.
La primera vez que había estado allí, Jordi había hablado mucho de la salinidad y poco de los procedimientos. Había explicado que cualquier demora podía echar a perder una parcela en pocos días y que desde un despacho era fácil exigir que todo se hiciera como estaba escrito.
Elena había entendido la urgencia.
No la había confundido con una autorización.
Llegaron a una toma lateral protegida por una estructura baja de hormigón.
—Entrada —dijo Jordi.
—¿La habitual?
—Sí.
—¿Y la secundaria?
Él la miró.
—No hay secundaria.
Elena abrió una carpeta.
—Entonces explícame esto.
Le mostró una tabla de niveles.
No eran números espectaculares. Precisamente por eso le interesaban. En una de las series aparecía una subida breve en la parcela de Jordi que no se correspondía con la toma declarada. Al mismo tiempo, el nivel en el ramal inmediato mostraba una variación de signo contrario.
Jordi leyó la hoja.
—Eso puede ser cualquier cosa.
—Puede.
—Un sensor.
—Puede.
—Una lectura mal corregida.
—También.
—Entonces no sé qué quieres que te diga.
Elena pasó a otra hoja.
—Que me expliques por qué la conductividad de la parcela baja después de esa variación.
Jordi dejó de mirar el papel.
—La conductividad cambia.
—Sí.
—Con temperatura, con mezcla, con muchas cosas.
—Sí.
Él frunció el ceño.
—Siempre dices que sí y luego resulta que no.
—Digo que sí cuando tienes razón.
Jordi se volvió hacia la compuerta.
—Laura hacía lo mismo.
Elena no siguió ese camino.
Todavía no.
Sacó otra copia.
—El parte de tu explotación dice que no hubo ninguna maniobra fuera de programa.
—Correcto.
—Pero el nivel sube desde un punto que no corresponde a la entrada declarada y, después, la conductividad cae.
—Eso no prueba nada.
—Solo con eso, no.
Elena señaló el borde de la parcela.
—Por eso estamos aquí.
Caminaron unos cincuenta metros.
En el extremo opuesto había una zanja estrecha casi oculta por vegetación baja. No formaba parte de la entrada principal que Jordi le había mostrado la primera vez. En apariencia era un drenaje más.
Elena se agachó.
La tierra de uno de los márgenes mostraba una marca horizontal antigua, a distinta altura de la lámina actual. No era reciente, pero encajaba con una subida puntual.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Una marca de nivel.
—Eso ya lo veo.
—Pues ya está.
—¿Cuándo llegó el agua ahí?
Jordi cruzó los brazos.
—No llevo un calendario de barro.
Elena observó la estructura.
Había una pieza metálica lateral y un cierre que podía abrirse manualmente. No necesitaba tocarlo para entender su función.
—¿Este paso comunica con el otro ramal?
Jordi tardó en responder.
—A veces.
—¿A veces?
—Depende del nivel.
—¿Y de si se abre?
Él la miró directamente.
—No deberías tocar eso.
—No lo estoy tocando.
Elena se incorporó.
—Estoy preguntando.
Jordi dio dos pasos hacia el borde y apartó con la bota una mata seca.
—Es una conexión vieja.
—¿Operativa?
—A ratos.
—¿La usas?
—No.
Elena abrió el cuaderno.
—Entonces tenemos un problema.
—Tú siempre tienes uno.
—El nivel de tu parcela sube en una franja en la que la toma principal no explica la entrada. La conductividad baja justo después. Y esta conexión permite introducir agua desde otro tramo.
Jordi no dijo nada.
—Además —continuó Elena—, el descenso en el ramal vecino coincide con esa subida.
—Coincide.
—Sí.
—Eso tampoco significa que una cosa cause la otra.
—No siempre.
Jordi apartó la mirada.
Elena esperó.
No necesitaba presionarlo con una acusación. Los datos ya estaban haciendo ese trabajo.
—¿Quieres saber lo que creo? —preguntó.
—Ya me lo vas a decir.
—Creo que abriste esta conexión para meter agua menos salina en la parcela cuando viste que la conductividad estaba subiendo. Después lo cerraste y dejaste en el parte solo la maniobra autorizada.
Jordi apretó la mandíbula.
—¿Y eso qué tiene que ver con los flamencos?
—Eso es lo que quiero saber.
—Nada.
—Entonces será fácil comprobarlo.
La respuesta le molestó más que una acusación.
—No tienes ni idea de lo que cuesta perder una parcela así.
—Puede ser.
—No, no puede ser. No la tienes.
Elena no discutió.
Jordi señaló el arroz.
—Tú ves un número. Yo veo una campaña entera. Ves una línea de conductividad y dices que hay que esperar. Yo espero dos días y luego nadie me paga lo perdido.
—No te estoy preguntando por qué te preocupaba la salinidad.
—Pues parece que sí.
—Te estoy preguntando si abriste esa conexión.
Jordi respiró hondo.
—No.
Elena cerró la carpeta.
—De acuerdo.
Se volvió hacia el coche.
Dio cuatro pasos.
—Espera.
Elena se detuvo.
Jordi seguía junto al borde.
—No fue como lo estás poniendo.
Ella volvió despacio.
—Todavía no lo he puesto de ninguna forma.
—Abrí un rato.
Elena no sacó el bolígrafo inmediatamente.
—¿Esta conexión?
—Sí.
—¿Sin autorización?
Jordi miró la parcela.
—No iba a esperar una respuesta que llegaría cuando ya no sirviera de nada.
—¿Cuánto tiempo?
—Lo suficiente para bajar la salinidad.
—Necesito algo mejor que eso.
—Menos de una hora.
Elena lo anotó.
—¿Qué día?
Jordi le dio la referencia de la jornada que figuraba en las series que ella había llevado.
No añadió una hora exacta. Recordaba la franja, no el minuto.
Elena comparó las hojas.
Encajaba.
—¿Y luego?
—Cerré.
—¿Modificaste el parte?
—No puse la maniobra.
—Eso es modificar el parte por omisión.
—Llámalo como quieras.
—¿Alguien más lo sabía?
—No.
Elena levantó la vista.
Jordi corrigió.
—Uno de los míos vio que estaba abierta.
—¿Nombre?
—Eso ya lo hablaré si me lo piden oficialmente.
Elena no insistió.
—¿Laura lo sabía?
Jordi se pasó una mano por la cara.
—Lo sospechaba.
—¿Por eso discutisteis?
—Por eso y porque no sabía dejar una cosa para mañana.
—¿Te preguntó directamente?
—Sí.
—¿Qué le dijiste?
Jordi soltó una risa seca.
—Lo mismo que a ti la primera vez.
—Que no habías hecho nada fuera de procedimiento.
—Sí.
—¿Y ella te creyó?
—No.
Elena miró la conexión.
La mentira era real.
También el motivo.
Jordi había alterado el régimen de agua para proteger su explotación y había ocultado la maniobra.
Eso explicaba su hostilidad, el conflicto con Laura y parte de las diferencias que Elena había visto en los registros.
Pero todavía faltaba lo más importante.
—Vamos a reconstruirlo —dijo.
—Ya te lo he contado.
—Contarlo no es reconstruirlo.
Jordi cerró los ojos un instante, resignado.
Elena le pidió que señalara el sentido del agua durante la apertura. Él indicó el ramal del que había tomado el aporte y la entrada hacia su parcela.
—Aquí entraba —dijo.
—¿Y la salida?
—La mantuve cerrada al principio.
—¿Para retener agua menos salina?
—Sí.
—Después abriste drenaje.
—Cuando mezclé suficiente.
Elena siguió la dirección con el mapa.
El movimiento era local.
El agua entraba hacia la parcela de Jordi, no desde ella hacia la red que conducía a Gola Blanca. Cuando después restablecía el drenaje, la secuencia de niveles mostraba un retorno limitado y en otra dirección distinta de la que necesitaba para explicar el teléfono.
—¿Cuándo hiciste la descarga de salida? —preguntó.
—Más tarde.
—¿En la misma franja?
—No. Esperé.
Elena comprobó las series.
La respuesta coincidía con el segundo pequeño cambio de nivel.
No necesitaba una precisión mayor para lo que quería resolver.
—La maniobra puede explicar este descenso de conductividad —dijo.
—Eso llevo diciéndote.
—No. Llevas diciéndome que no hiciste ninguna maniobra.
Jordi no contestó.
Elena señaló el mapa.
—Y también puede explicar un cambio local en el ramal. Pero no la corriente que necesito hacia Bomba 4.
Jordi se encogió de hombros.
—Mejor.
—Para ti, sí.
—¿Entonces ya no tengo nada que ver con los flamencos?
Elena guardó unos segundos antes de responder.
—No he dicho eso.
—Acabas de decir que el agua no va hacia allí.
—He dicho que esta maniobra, con este horario y esta dirección, no explica el transporte del teléfono ni el pulso que llegó a Gola Blanca.
Jordi la miró.
—Eso suena bastante a que no fui yo.
—En esa parte, pierde fuerza.
—Qué generosa.
Elena ignoró el tono.
—Pero la maniobra existió. Y la ocultaste.
—Para no perder la parcela.
—Ese es el motivo. No borra lo que hiciste.
Jordi recogió una piedra pequeña y la lanzó al borde de la zanja.
—¿Me vas a denunciar?
—Mi informe reflejará lo que afecta a la reconstrucción ambiental. Las consecuencias administrativas no las decido yo.
—Laura habría hecho un informe de diez páginas.
—No soy Laura.
Él la miró de lado.
—Ya.
Elena cerró el cuaderno.
Durante unos segundos ninguno habló.
Una garza pasó baja sobre el arrozal y siguió hacia otra parcela. Jordi la vio, pero no comentó nada.
—¿Sabes lo que más me cabreaba de ella? —dijo al final.
Elena esperó.
—Que cuando encontraba algo, ya no había manera de que lo dejara estar.
—Eso ya me lo han dicho.
—Pues sería verdad.
—Probablemente.
Jordi se volvió hacia la parcela.
—Yo no le hice nada.
Elena no reaccionó a la frase.
No había llegado allí para obtener una negación de homicidio. Tampoco iba a convertir una admisión administrativa en absolución personal.
—Hoy solo estoy reconstruyendo agua —dijo.
—Siempre vuelves a lo mismo.
—Sí.
Recorrieron de nuevo el borde.
Elena tomó dos referencias de nivel y fotografió, dentro de su encargo, la marca del margen y la conexión lateral. No necesitaba más muestras. La maniobra se sostenía mejor por las series, la geometría y la propia admisión de Jordi que por cualquier análisis añadido a destiempo.
Al llegar al coche, abrió el cuaderno por la página de la visita anterior.
Junto al nombre de Jordi había escrito que su versión era comprobable.
Ahora añadió:
Maniobra irregular confirmada.
Parte incompleto.
Objetivo: proteger parcela frente a salinidad.
Debajo trazó una línea.
Horario y dirección incompatibles con teléfono / pulso Gola Blanca.
Leyó la última frase.
No significaba que Jordi fuera honesto.
No lo era.
No significaba que su conducta careciera de consecuencias.
Tampoco.
Significaba únicamente que una mentira concreta acababa de encontrar su explicación.
Elena cerró el cuaderno.
Jordi seguía junto a la compuerta cuando ella arrancó.
La primera vez había parecido sospechoso porque ocultaba algo.
Seguía ocultándolo hasta esa mañana.
Solo que no era lo mismo que Elena estaba buscando.