Capítulo 16
Irene llamó cuando Elena ya estaba en el coche.
La luz había empezado a perder fuerza sobre los arrozales y el aire seguía caliente, aunque el día se estaba cerrando. Elena tenía la ventanilla un poco bajada. Entraba olor a agua estancada, tierra húmeda y rastrojo.
—Necesito una nota esta noche —dijo Irene.
Elena no arrancó.
—¿Para quién?
—Dirección del consorcio. Y puede que llegue más arriba.
—¿Qué quieren exactamente?
—Algo que podamos enviar sin esperar al informe completo. Carbofurano, origen probable, riesgo actual, medidas.
Elena apoyó la frente un momento en el respaldo.
—Puedo darte carbofurano confirmado en muestras relevantes. Puedo darte exposición aguda compatible con la mortandad. Puedo darte existencia de un formulado no autorizado en un espacio vinculado a Cerdà Servicios.
—Eso es lo que necesito.
—No exactamente.
Irene guardó silencio.
—¿Qué parte no?
—“Origen probable”, si con eso quieren decir que Ramón realizó la descarga.
—No he dicho Ramón.
—No hace falta.
Del otro lado llegó un suspiro.
—Hay mucha presión, Elena.
—Lo sé.
—Los flamencos muertos, la desaparición de Laura, un producto prohibido en una empresa de la zona... La gente va a unirlo aunque nosotros no lo hagamos.
—Precisamente por eso nosotros no deberíamos hacerlo antes de tiempo.
Irene tardó unos segundos en responder.
—Escribe lo que puedas sostener.
—Eso haré.
—Pero necesito algo útil.
—Lo útil no tiene por qué ser más rotundo.
La respuesta no pareció gustarle, aunque tampoco discutió.
—Mándamelo antes de las diez.
—Sí.
La llamada terminó.
Elena dejó el teléfono sobre el asiento del acompañante y arrancó.
No pensó en Ramón durante los primeros minutos. Pensó en las palabras que tendría que elegir.
En un informe, un verbo podía arrastrar más que una corriente.
“Procede de” no era lo mismo que “es compatible con”.
“Responsable” no era lo mismo que “vinculado”.
“Origen” podía parecer una dirección física o una atribución humana, según quién leyera.
La carretera hacia el alojamiento estaba casi vacía.
Cuando llegó, había dos coches más en el aparcamiento y una bicicleta apoyada contra una pared. La casa rural era sencilla, con habitaciones abiertas a un pequeño patio interior. Elena entró sin hablar con nadie, dejó la mochila en una silla y abrió el ordenador.
La nota ocupó menos de una página.
La escribió despacio.
Confirmó el carbofurano como compuesto identificado en las muestras analizadas y su compatibilidad con un episodio de intoxicación aguda en las aves afectadas.
Añadió que la distribución espacial seguía siendo coherente con una entrada localizada al sistema.
Incluyó la información facilitada por Mossos sobre la localización de un formulado no autorizado con carbofurano en un espacio relacionado con Cerdà Servicios.
Después se detuvo.
Había llegado a la frase que Irene quería.
El posible origen.
Escribió:
La coincidencia entre el compuesto identificado y el material localizado establece una fuente material compatible que debe ser investigada.
Leyó la frase dos veces.
No escribió que aquel producto fuera el mismo que había entrado en el agua.
No escribió que Ramón lo hubiera utilizado.
No escribió que la descarga hubiera partido de sus instalaciones.
Debajo añadió:
La información disponible no permite atribuir todavía la introducción del compuesto en la red de drenaje a una persona concreta.
Aquello sí podía defenderlo.
Envió la nota.
El mensaje de Irene llegó casi de inmediato.
“Recibido. Gracias.”
Nada más.
Elena cerró el ordenador.
Se quedó sentada.
Había pasado demasiado tiempo trabajando para interpretar un “gracias” como aprobación, reproche o resignación. Podía ser cualquiera de las tres cosas.
Se levantó, abrió la ventana y dejó entrar aire.
Desde la habitación no se veía la Gola Blanca. Solo una línea oscura de vegetación, campos planos y, más lejos, alguna luz aislada.
El teléfono sonó otra vez.
Esta vez era Mercedes.
Elena miró la pantalla antes de responder.
—Hola, mamá.
—¿Te pillo trabajando?
Elena miró el ordenador cerrado.
—No.
—Eso ha sonado bastante poco convincente.
—Acabo de terminar.
—Entonces te pillo terminando de trabajar.
—Puede ser.
Mercedes no preguntó por el caso.
Nunca lo hacía de la manera en que otros preguntaban, buscando una historia, un culpable o una escena interesante.
—¿Has cenado?
Elena miró la bolsa que había dejado por la mañana junto a la cafetera.
—Todavía no.
—Pues eso no cuenta como terminar de trabajar.
—Voy ahora.
—¿Vas a comer algo que necesite plato?
Elena sonrió.
—Probablemente.
—“Probablemente” tampoco cuenta.
—Tengo pan, tomate y queso.
—Eso ya parece una cena.
—Gracias por la aprobación.
—De nada.
Hubo un silencio cómodo.
—¿Hace mucho calor allí?
—Todavía bastante.
—Aquí ha refrescado algo esta tarde.
Mercedes empezó a contarle que una vecina había confundido el día de una cita médica y había aparecido veinticuatro horas antes. La historia no tenía ninguna utilidad. Elena agradeció precisamente eso.
Escuchó cómo su madre reconstruía una conversación en una sala de espera, quién había dicho qué y cómo al final habían acabado tomándose un café porque ya que estaban allí no iban a volver directamente a casa.
—¿Y tú? —preguntó Mercedes cuando terminó—. ¿Cuándo vuelves?
—No lo sé todavía.
—Eso sí ha sonado a trabajo.
Elena miró las hojas extendidas sobre la mesa.
—Quedan cosas.
—Siempre quedan cosas.
—Sí.
—Pero hoy has acabado.
No era una pregunta.
Elena se apoyó contra el marco de la ventana.
—Por hoy, sí.
Mercedes tardó un instante.
—Vale.
No añadió que descansara. No le dijo que desconectara. No intentó convencerla de que dejara de pensar en lo que estaba haciendo.
—Llámame cuando vuelvas a Madrid.
—Te llamo.
—Y cena.
—Sí.
—Con plato.
—Sí.
Se despidieron.
Elena dejó el móvil boca abajo.
Durante unos minutos cumplió.
Cortó tomate, abrió el queso, se sentó a comer sin documentos delante y miró hacia el patio. Alguien cerró una puerta en la habitación contigua. Se oyó una televisión muy baja y después una cisterna.
Vida normal.
Cuando terminó, llevó el plato al fregadero.
No volvió al ordenador.
Volvió al papel.
Sacó el cuaderno de campo y varias hojas en blanco. Apartó los informes, las copias y las notas del CADS. No necesitaba más datos. Necesitaba ver la estructura sin las palabras de nadie.
Dibujó la Gola Blanca en un extremo.
Después el circuito de drenaje, el Ramal de la Estacada, E-3 y Bomba 4.
No buscó precisión cartográfica. Para eso tenía los planos.
Quería relaciones.
Escribió “carbofurano” junto a Gola Blanca.
Trazó una línea hacia atrás.
Se detuvo.
La química podía decirle qué había llegado al agua.
No le decía cómo.
Escribió en el margen:
QUÉ PRODUCTO.
Debajo, en otra parte de la hoja:
QUIÉN HIZO CIRCULAR EL AGUA.
Miró ambas frases.
Hasta entonces, casi todos alrededor del caso parecían estar acercándolas.
Carbofurano.
Cerdà.
Ramón.
Era una secuencia comprensible.
Y podía ser correcta en una parte.
Eso era lo peligroso.
Una evidencia falsa se podía descartar cuando aparecía una contradicción.
Una evidencia verdadera costaba más dejarla en su sitio.
Elena volvió a dibujar el tramo de Estacada.
El teléfono estaba antes de la rejilla.
Eso no había cambiado.
Había necesitado una condición de arrastre distinta de la que ella había observado en condiciones ordinarias.
El parte de Marta decía que E-3 estaba cerrada en el ciclo nocturno revisado.
También eso seguía en pie.
El carbofurano no resolvía ninguna de esas dos cosas.
Escribió:
Producto encontrado ≠ maniobra demostrada.
Después tachó el símbolo.
No le gustaba convertir el caso en una fórmula.
Lo sustituyó por una frase.
Encontrar el producto no demuestra quién movió el agua.
La dejó.
Era más larga y menos elegante.
También era exacta.
Elena apoyó el bolígrafo.
Repasó lo que sabía de Ramón.
Irregularidades de documentación.
Almacenamiento no autorizado.
Deudas.
Miedo a una inspección.
Un formulado con carbofurano.
Todo eso podía ser verdad al mismo tiempo.
Y aun así, la pregunta hidráulica seguir sin respuesta.
Volvió a mirar el esquema.
Si alguien había introducido el compuesto en la red, el agua había tenido que transportarlo hasta el sector donde aparecieron las aves afectadas.
Si el teléfono se había desplazado por el mismo sistema, también necesitaba una secuencia física.
Podía tratarse del mismo episodio.
Podían ser dos.
Todavía no lo sabía.
Abrió el correo y comprobó si habían llegado los registros de niveles y conductividad que seguían pendientes.
Nada nuevo.
Cerró la bandeja.
No tenía sentido llenar el hueco con una hipótesis.
Al día siguiente revisaría las parcelas de Jordi y las maniobras que él había negado. Después seguiría con los demás datos según llegaran.
Elena dejó el cuaderno abierto y fue al baño.
Cuando volvió, la hoja seguía sobre la mesa.
Gola Blanca.
Estacada.
E-3.
Bomba 4.
Carbofurano.
Y dos preguntas separadas.
Apagó la luz principal y dejó encendida solo la lámpara pequeña junto a la cama.
No recogió el esquema.