Donde mueren los flamencos (Las huellas de la tierra 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Oriol llamó cuando Elena estaba terminando de ordenar las hojas del día.

No tuvo que preguntar si había resultados. Bastó con el tono.

—Ya tenemos identificación química.

Elena dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Dime.

—Carbofurano.

Durante un instante, la palabra quedó sola.

Elena conocía el compuesto, pero no necesitaba reconstruir de memoria una ficha técnica completa. Lo importante era lo que el laboratorio podía sostener en ese momento.

—¿Confirmado?

—Detectado en muestras adecuadas y compatible con el cuadro de las aves. No es una conjetura.

—¿Y la inhibición de colinesterasa?

—Encaja. Bastante bien.

Elena abrió el cuaderno.

—¿Agua?

—Hay señal en muestras ambientales, pero no quiero que uses eso como un reloj. Ya sabes cómo cambia la concentración con el tiempo y las condiciones.

—No pensaba hacerlo.

—Bien.

Oriol guardó silencio un segundo.

—Esto explica mejor la intoxicación.

—Explica qué las intoxicó.

—Eso también.

Elena anotó la diferencia.

Carbofurano.

Debajo escribió:

Causa material probable del episodio.

No añadió ningún nombre.

—¿Puedes mandarme el informe preliminar? —preguntó.

—Sí. Con las cautelas.

—Las prefiero.

—Eso dices ahora.

—Lo digo siempre.

Oriol se rio.

—Te lo envío en unos minutos.

La llamada terminó.

Elena se quedó mirando la palabra.

Hasta ese momento tenían una familia funcional: un anticolinesterásico. Ahora había un compuesto concreto.

Era un avance importante.

También podía convertirse en una trampa.

Irene entró en la sala con dos carpetas bajo el brazo.

—¿Buenas noticias?

—Depende de lo que llamemos buenas.

—Eso suena a que sí hay algo.

—Carbofurano.

Irene se detuvo.

—¿Seguro?

—Confirmado en las muestras que ha validado el laboratorio.

Dejó las carpetas sobre una silla.

—Entonces ya sabemos qué ha matado a los flamencos.

Elena corrigió sin dureza.

—Sabemos qué es compatible con la intoxicación y qué compuesto aparece en las muestras relevantes. Para la causa ambiental, es mucho más de lo que teníamos ayer.

Irene asintió.

—Vale. Mucho más.

—Sí.

—¿Y de dónde salió?

Elena miró hacia la puerta.

—Eso todavía no.

Como si la pregunta hubiera llamado a alguien, el teléfono de Irene vibró.

Contestó. Escuchó durante unos segundos y después miró a Elena.

—Es Mireia.

Le tendió el móvil.

—Quiere hablar contigo.

Elena se lo llevó al oído.

—Dime.

—¿Estás con Irene?

—Sí.

—Voy para allá.

—¿Tiene que ver con Ramón?

Esta vez el silencio fue suficiente.

—Sí.

Mireia no añadió más.

Llegó poco después.

Traía una expresión distinta a la de los días anteriores. No de satisfacción. De avance.

Irene cerró la puerta de la sala.

Mireia dejó una carpeta delgada sobre la mesa, pero no la abrió.

—Ha habido una actuación oficial relacionada con espacios y material vinculados a Cerdà Servicios Agrícolas.

Elena esperó.

—Se ha localizado almacenamiento irregular de productos no autorizados.

Irene cruzó los brazos.

—¿Entre ellos carbofurano?

Mireia la miró.

—Sí.

La coincidencia cayó con una facilidad peligrosa.

Elena no dijo nada.

Mireia continuó.

—Hay un formulado que contiene carbofurano y que no debería estar allí. Se ha documentado y se están haciendo las actuaciones correspondientes.

—¿Dónde estaba? —preguntó Elena.

—En un espacio auxiliar utilizado por la empresa durante trabajos y almacenamiento.

—¿Dentro de la nave que visité?

—No voy a darte más detalle de lo que puedes usar ahora mismo.

Elena asintió.

—Bien.

Irene miró de una a otra.

—Entonces tenemos el producto y tenemos a quien lo almacenaba.

Elena apoyó las manos sobre la mesa.

—Tenemos un producto del mismo compuesto y un almacenamiento irregular vinculado a Ramón.

—Que ya ocultaba documentación —añadió Irene.

—Sí.

—Y Laura había ido a pedirle papeles.

—Sí.

Irene no necesitó terminar.

La historia se construía sola.

Ramón almacenaba un producto no autorizado.

Laura había detectado irregularidades.

Los flamencos habían muerto por una exposición compatible con ese compuesto.

Ramón tenía deudas y motivos para temer una inspección.

Todo encajaba demasiado deprisa.

Mireia pareció verlo en la cara de Elena.

—No estás convencida.

—Estoy convencida de varias cosas.

—A ver.

Elena giró el cuaderno hacia ellas.

—Uno: el laboratorio ha identificado carbofurano en muestras relevantes y es compatible con la intoxicación de las aves.

Escribió una línea.

—Dos: existe un formulado con carbofurano almacenado de forma irregular en la esfera de Cerdà Servicios.

Segunda línea.

—Tres: Ramón ya había dado explicaciones incompletas sobre trazabilidad y existencias.

Tercera línea.

Irene señaló el papel.

—Eso parece bastante.

—Lo es.

—Entonces ¿qué falta?

Elena levantó la vista.

—La descarga.

Mireia no dijo nada.

—Que Ramón tuviera el producto no demuestra que él lo introdujera en el agua —continuó Elena—. Ni cuándo. Ni por qué recorrido llegó a Gola Blanca.

Irene frunció el ceño.

—Pero alguien tuvo que usarlo.

—Claro.

—Y estaba allí.

—Sí.

—No veo qué parte te molesta.

—No me molesta. Me falta.

Elena abrió el mapa de la red.

—Seguimos sin tener resuelta la ventana de circulación que llevó el teléfono hasta la rejilla. Y seguimos sin tener cerrada la ruta exacta del pulso tóxico.

Mireia se acercó al mapa.

—¿No puedes usar las concentraciones para seguirlo?

—Como apoyo espacial, sí. Como hora exacta, no. Oriol lo acaba de repetir. La señal química cambia con el tiempo, la luz, el agua y otras condiciones. No puedo mirar una concentración de hoy y convertirla en una hora de vertido fiable.

—Entonces ¿qué necesitas?

—Lo mismo que ayer. Registros completos, niveles, configuración y secuencia de conductividad.

Irene soltó aire despacio.

—Pero para el informe ambiental ya podemos decir que el origen más probable es Cerdà.

Elena tardó un momento.

—Podemos decir que se ha localizado una fuente material compatible.

—¿No es lo mismo?

—No.

Irene la miró con cansancio.

—Fuera de esta sala nadie va a entender esa diferencia.

—Entonces habrá que explicarla bien.

Mireia intervino.

—La diferencia importa.

Irene se volvió hacia ella.

—¿También para vosotros?

—Mucho.

Mireia apoyó un dedo sobre la carpeta.

—Si el producto aparece en un espacio ligado a Ramón, eso nos da una línea fuerte. Si queremos atribuirle una acción concreta, necesitamos algo más que la existencia del material.

Elena la miró.

No era una defensa de Ramón. Era procedimiento.

—¿Habéis hablado con él? —preguntó.

—Sí.

—¿Qué dice?

—No voy a entrar en el contenido de una declaración.

—No te lo estoy pidiendo.

Mireia asintió.

—Lo que sí puedo decirte es que el almacenamiento irregular existe y que la trazabilidad no está cerrada.

Aquello reforzaba exactamente lo que Elena había visto.

Irene se sentó.

—Entonces Laura tenía razón en desconfiar.

Elena no contestó.

Laura podía haber tenido razón sobre Ramón y estar investigando otra cosa al mismo tiempo. También podía haber pedido aquella documentación por razones que aún no conocían.

—¿El formulado encontrado coincide exactamente con lo que aparece en las aves? —preguntó Mireia.

Elena negó.

—La palabra “exactamente” es demasiado fuerte. Tenemos el mismo compuesto relevante. Eso lo hace materialmente compatible.

—¿Se puede distinguir un origen por impurezas, formulación o algo parecido?

—Habría que preguntarlo al laboratorio y ver qué muestras existen. Pero incluso si hubiera una coincidencia muy estrecha, seguiríamos teniendo que separar propiedad o almacenamiento de uso.

Irene apoyó los codos en la mesa.

—Otra vez lo mismo.

—Sí.

—Parece que cada vez que encontramos algo, abre otra pregunta.

—Eso es mejor que una respuesta falsa.

No hubo reproche en la frase.

Mireia abrió por fin la carpeta y sacó una hoja.

—Esto sí puedes verlo. Es un resumen de lo que podemos compartir con la peritación ambiental.

Elena leyó.

No había detalles innecesarios. Solo la localización de un formulado no autorizado dentro de un espacio vinculado a Cerdà Servicios, la presencia de carbofurano y la necesidad de ampliar trazabilidad.

Lo suficiente.

—¿Se sabe cuánto tiempo llevaba almacenado?

—No de forma fiable.

—¿Quién tenía acceso?

—Se está comprobando.

Elena dejó la hoja.

No preguntó nombres.

Eso pertenecía a la investigación policial.

Irene miró el mapa de la Gola Blanca.

—Si esto llega a los responsables del consorcio, van a querer cerrar el origen hoy.

—Podrán cerrar parte de la causa —dijo Elena.

—¿Qué parte?

—Que la mortandad es compatible con una exposición aguda a carbofurano y que existe una fuente material irregular vinculada a Cerdà Servicios que debe investigarse.

—Suena a Ramón.

—Suena a una fuente.

—Elena...

—No voy a escribir que Ramón vertió nada si no puedo demostrarlo.

La frase salió más firme de lo que había hablado hasta entonces.

Irene se quedó callada.

Mireia bajó la mirada a la hoja, casi como si no quisiera intervenir.

Elena continuó con un tono más normal.

—Puede acabar siendo él. No estoy descartándolo. Pero ahora mismo tenemos una respuesta química y una coincidencia material. La ruta sigue sin estar cerrada.

Irene se levantó.

—Voy a necesitar algo que pueda enviar hoy.

—Te prepararé una nota preliminar.

—¿Con el nombre de Cerdà?

—Con la referencia a la actuación oficial y exactamente lo que se puede sostener.

Irene asintió, aunque no parecía del todo satisfecha.

Antes de salir, señaló la palabra escrita en el cuaderno.

—Carbofurano.

—Sí.

—Por lo menos eso ya no cambia.

—Eso no.

Cuando se quedaron solas, Mireia se sentó frente a Elena.

—¿Qué te preocupa de la ruta?

—El teléfono.

—Otra vez.

—Sí.

Elena abrió el plano.

—Si el mismo episodio que transportó el tóxico generó también arrastre en Estacada, tenemos que poder reconstruirlo. Si son episodios distintos, también.

—¿Y Ramón?

—Ramón puede tener un almacén irregular y aun así no explicar la circulación.

Mireia apoyó la espalda en la silla.

—Para mucha gente, encontrar ese producto en su esfera será suficiente.

—Para sospechar, sí.

—Y para prensa, probablemente también.

—Yo no escribo para prensa.

Mireia sonrió apenas.

—Ya me había dado cuenta.

Elena volvió a las hojas.

—Necesito que, cuando sea posible, me digáis si el material encontrado puede relacionarse con alguna salida, servicio o espacio concreto de la red.

—Si entra dentro de lo que podamos compartir, sí.

—Y no necesito saber quién declaró qué.

—Mejor.

Mireia recogió la carpeta.

—¿Vas a volver a ver a Ramón?

—No de momento.

—Bien.

—¿Por qué?

—Porque ahora mismo cualquier conversación con él puede mezclarse con diligencias nuestras.

—Entonces no iré.

No había nada heroico en respetar una frontera. Solo era la forma correcta de no estropear trabajo ajeno.

Mireia se marchó.

Elena se quedó sola.

Durante un rato leyó el informe preliminar de Oriol. Después comparó el resultado con el esquema de muestras de Gola Blanca y el colector.

El carbofurano explicaba mucho.

Explicaba por qué la hipótesis de intoxicación anticolinesterásica había ganado peso.

Explicaba el cuadro de las aves.

Hacía plausible una fuente material concreta.

Pero no decía quién había abierto una compuerta.

No decía quién había provocado la circulación.

No decía por qué el teléfono de Laura estaba antes de la rejilla.

Y tampoco decía qué le había ocurrido a Laura.

Elena abrió una página nueva.

Escribió dos columnas.

HECHO

Carbofurano confirmado.

Formulado irregular vinculado a Cerdà.

INFERENCIA

Ramón pudo ser origen material.

Se detuvo.

No escribió “autor”.

Dejó un espacio debajo.

Después abrió el mapa de la red y trazó con el dedo el recorrido desde Estacada hasta Bomba 4 y, desde allí, hacia la Gola Blanca.

La química acababa de darles una respuesta verdadera.

La dirección del agua seguía sin dársela.