Donde mueren los flamencos (Las huellas de la tierra 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Marta llegó al CADS con una carpeta azul y una explicación preparada antes de que Elena le hiciera la primera pregunta.

—He traído los partes del turno y la hoja de incidencias —dijo.

Irene les había dejado la sala pequeña del fondo, donde una mesa rectangular ocupaba casi todo el espacio.

Sobre una de las paredes había un mapa general de la red de drenaje.

Elena ya conocía de memoria los nombres que importaban, pero seguía consultándolo para no convertir el esquema de su cuaderno en una realidad simplificada.

Marta dejó la carpeta sobre la mesa.

—El ciclo de Bomba 4 está aquí.

Elena abrió el documento.

Era más completo que el resumen que había recibido el día anterior. Horas de arranque y parada, anotaciones de nivel, observaciones sobre la maniobra y una referencia expresa a la configuración de E-3.

Cerrada.

Elena leyó dos veces la línea.

No porque dudara. Porque era justo el dato que necesitaba fijar.

—¿Este parte lo completaste tú? —preguntó.

—Sí.

—¿El mismo día?

—A primera hora de la mañana.

—¿Después del ciclo nocturno?

—Sí.

Elena anotó la respuesta.

Marta se sentó frente a ella.

—¿Qué buscas exactamente?

—Saber si el funcionamiento registrado puede explicar el movimiento en el Ramal de la Estacada.

—Ya te dije que no, si E-3 estaba aislada.

—Quiero comprobarlo con los partes.

—Claro.

No hubo tensión en la respuesta.

Elena repasó la secuencia.

La bomba había funcionado durante un intervalo suficiente para justificar una corrección de nivel en el sector que Marta había explicado. La hoja de incidencias no señalaba averías. Tampoco había cambios anotados en E-3.

—Aquí pone “sin incidencia” —dijo Elena.

—Porque no la hubo.

—¿Y la compuerta no se tocó durante ese ciclo?

—No.

—¿Ni antes?

Marta pensó un momento.

—No en una franja que afectara a esa maniobra.

Elena levantó la vista.

—¿Qué significa “que afectara”?

—Que pudo haber ajustes ordinarios en otros momentos del día, pero el ciclo que estás mirando se hizo con E-3 cerrada.

La precisión tenía sentido.

Elena volvió al parte.

—¿Quién tenía acceso a esa configuración?

—Personal autorizado de la comunidad y responsables técnicos.

—¿Tú incluida?

—Claro.

—¿Y queda registro automático?

—Del funcionamiento general, sí. De algunas posiciones, depende del elemento y de cómo se haya actuado.

—¿E-3?

—Tiene registro operativo, pero no un histórico perfecto de cada movimiento mecánico.

Elena dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Entonces el parte es importante.

—Por eso se hace.

Marta hablaba sin defensividad. Su tono era el de alguien acostumbrado a explicar procedimientos que consideraba evidentes.

Elena señaló el mapa.

—Si E-3 estaba cerrada, el Ramal de la Estacada quedaba fuera del arrastre principal hacia Bomba 4 durante ese ciclo.

—Correcto.

—¿Aunque la bomba estuviera funcionando?

—Correcto.

—¿Y el agua del ramal podía moverse de forma local?

—Claro. Siempre puede haber pequeñas variaciones, retornos mínimos, viento, diferencias de nivel. Pero no una corriente sostenida hacia la toma por efecto de ese bombeo.

Era exactamente la distinción que Elena había hecho con Berta.

Bomba activa.

Ramal con arrastre.

No era lo mismo.

—¿Qué tendría que ocurrir para que sí hubiera arrastre? —preguntó.

Marta se levantó y se acercó al mapa.

—Conectar hidráulicamente este tramo.

Señaló E-3 y luego Bomba 4.

—Si E-3 estuviera abierta y los niveles fueran adecuados, la bomba podría generar una depresión suficiente para mover agua desde Estacada hacia la toma.

—¿Cuánto movimiento?

—Depende del nivel inicial, del tiempo de bombeo y de lo que esté ocurriendo en los ramales secundarios.

—¿Suficiente para mover una funda con un teléfono?

Marta se volvió hacia Elena.

—No puedo responder sin saber dónde estaba al principio.

—Eso ya lo sé.

—Si estaba cerca, sí podría. Si estaba muy arriba, habría que verlo.

Elena anotó la respuesta.

Era prudente.

No intentaba negar lo físicamente posible. Solo defendía que esa posibilidad no correspondía al ciclo registrado.

—¿Hubo algún otro bombeo relevante en los días anteriores?

—Varios.

—¿Con E-3 abierta?

—Tendría que mirar el detalle.

Elena deslizó hacia ella una copia de la tabla que había preparado.

—Estos son los ciclos que tenemos identificados.

Marta la revisó.

—Este de aquí fue de mantenimiento de nivel. Este otro afectó más al sector oeste. Y este...

Se detuvo.

—Este tendría que comprobarlo.

—¿Por qué?

—Porque la anotación es demasiado genérica.

—¿Quién la hizo?

Marta miró el código del operario.

—No fui yo.

Elena no preguntó por el nombre.

—¿Eso significa que puede haber otra ventana de arrastre?

—Significa que no te voy a decir que no sin comprobarlo.

La respuesta volvió a gustarle por el mismo motivo que le incomodaba que otros quisieran cerrar hipótesis demasiado deprisa.

Marta podía estar equivocada.

Pero no parecía improvisar.

—¿Laura revisaba estos partes? —preguntó Elena.

Marta tardó algo menos de un segundo en responder.

—Algunos.

—¿Los de Bomba 4?

—Supongo que sí. Había trabajado con varias series de la zona.

—¿Te preguntó por este ciclo?

—No recuerdo que me preguntara por este en concreto.

—¿Por E-3?

Marta apoyó una mano sobre el respaldo de la silla.

—Laura preguntaba por muchas compuertas.

—¿Tuvisteis algún desacuerdo sobre registros?

—Técnico, sí. Personal, no.

Elena esperó.

Marta entendió la pregunta sin necesidad de que la reformulara.

—Laura era muy estricta con las series. Si una medición no coincidía con el parte, quería encontrar la razón. A veces la razón era simple: desfase de lectura, sensor, ajuste posterior.

—¿Y otras veces?

—Una maniobra mal documentada.

—¿O no documentada?

—También puede pasar.

Elena recordó la frase de Eva.

Horas de agua que no existen.

—¿Te habló de eso?

Marta frunció ligeramente el ceño.

—¿De qué?

—De horas de agua que no existían.

—No con esas palabras.

—¿Sabes a qué podría referirse?

—A cualquier diferencia entre un registro continuo y un parte manual.

—¿Es frecuente?

—No diría frecuente. Pero tampoco extraordinario.

Marta regresó a la mesa.

—Un sensor registra una curva. Un parte resume una operación. Si comparas ambos como si fueran lo mismo, vas a encontrar diferencias.

—Laura sabía eso.

—Por supuesto.

La respuesta fue inmediata.

—Entonces si insistía...

—Tendría algo concreto.

Marta dijo la frase con naturalidad.

Elena levantó la vista.

—¿Sabes qué?

—No.

No había vacilación.

Elena escribió una nota breve.

La conversación avanzó durante casi una hora.

Revisaron los niveles disponibles, las anotaciones del ciclo y varios cambios de configuración. Marta explicó qué parte del sistema podía considerarse aislada en cada caso y qué variaciones seguían siendo posibles aunque una compuerta estuviera cerrada.

Elena no encontró una contradicción evidente.

Al contrario.

El parte nocturno encajaba con la explicación que Marta le había dado desde el principio.

Bomba 4 había funcionado.

E-3 constaba cerrada.

El ramal, según esa configuración, no debía haber recibido un arrastre importante hacia la toma.

La posición del teléfono seguía siendo difícil de encajar en ese ciclo.

Eso no convertía el parte en falso.

Podía significar simplemente que el teléfono se había desplazado durante otra maniobra.

—Entonces tu hipótesis es que estoy mirando la ventana equivocada —dijo Elena.

Marta se encogió de hombros.

—No es una hipótesis. Es una posibilidad.

—Bien.

Marta sonrió.

—Nos vamos entendiendo.

Elena devolvió la sonrisa solo un poco.

—No te acostumbres.

Irene apareció en la puerta.

—¿Os queda mucho?

—Cinco minutos —dijo Elena.

Marta cerró la carpeta azul.

—Te dejaré copia de los partes.

—Gracias.

—Y pediré el detalle de ese ciclo que está peor anotado.

—También.

Irene volvió a marcharse.

Elena reunió sus hojas.

—Una cosa más.

Marta esperó.

—Si encontramos una ventana con E-3 abierta y movimiento suficiente en Estacada, eso solo dirá cuándo pudo desplazarse el teléfono.

—Exacto.

—No quién lo perdió.

—Exacto.

—Ni por qué.

—Exacto.

Elena asintió.

Necesitaba oírlo también en boca de quien conocía la red.

Demasiadas piezas empezaban a acercarse entre sí: Laura, los registros, el teléfono, la intoxicación. El peligro era construir una sola historia antes de tener derecho a hacerlo.

Marta recogió su bolso.

—¿Has averiguado ya qué les pasó a los flamencos?

—Exposición tóxica probable.

—¿Producto?

—Todavía no.

—¿Origen?

—Tampoco.

Marta hizo un gesto de aprobación.

—Entonces aún queda trabajo.

—Sí.

Se despidieron.

Cuando la puerta se cerró, Elena volvió a abrir el parte nocturno.

Cerrada.

La palabra seguía allí junto a E-3.

El documento no parecía improvisado. No contenía tachones llamativos, horas imposibles ni correcciones que pidieran a gritos una explicación. Encajaba con la lógica hidráulica que Marta había expuesto y con los registros parciales disponibles.

Elena escribió en su cuaderno:

Parte nocturno: coherente con datos actuales.

Después añadió:

No explica posición del teléfono.

Separó ambas frases con una línea.

Eso era todo lo que podía sostener.

De momento.