Donde mueren los flamencos (Las huellas de la tierra 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

Cerdà Servicios Agrícolas ocupaba una nave baja al borde de una carretera secundaria, rodeada de maquinaria, remolques y una explanada de grava castigada por el paso de vehículos pesados.

Elena aparcó junto a dos furgonetas con el nombre de la empresa en las puertas.

No había ido allí a buscar un producto concreto. Todavía no lo conocía.

Sabía, por los resultados preliminares de Oriol Valls, que la intoxicación de los flamencos era compatible con un anticolinesterásico.

Sabía también que el episodio parecía localizado y que el agua había transportado algo hacia la Gola Blanca.

Eso estrechaba la causa ambiental, pero no convertía a cualquier empresa que almacenara productos agrícolas en responsable de la mortandad.

Ramón Cerdà salió de la nave antes de que Elena llegara a la oficina.

Era corpulento, llevaba el pelo gris muy corto y vestía un polo con el logotipo de la empresa, pantalón de trabajo y botas. Se movía con la calma de quien no veía ninguna ventaja en hacer algo deprisa.

—Elena Sánchez.

—Ramón Cerdà.

Esta vez sí hubo un apretón de manos.

—Me han dicho que está revisando lo de los flamencos.

—Entre otras cosas.

—Aquí no trabajamos en la laguna.

—No he dicho que trabajen allí.

Ramón la observó un segundo y señaló la puerta de la oficina.

—Mejor dentro.

El despacho era pequeño en comparación con el resto de la nave. Había archivadores, una mesa amplia y una estantería llena de carpetas rotuladas por años. Sobre una silla descansaban varios albaranes sujetos con una pinza metálica.

Ramón ocupó su sitio detrás de la mesa.

—¿Qué necesita?

—Información sobre servicios realizados en parcelas conectadas con la red de drenaje de la Gola Blanca. Productos utilizados, entregas, movimientos de material y fechas.

—Eso son muchas cosas.

—Por eso prefiero empezar por lo que ya había pedido Laura Beltrán.

El cambio fue mínimo. Ramón apoyó los antebrazos sobre la mesa y dejó de mover un bolígrafo que tenía entre los dedos.

—Laura pedía papeles a todo el mundo.

—¿También a usted?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hace unos días.

Elena sacó el cuaderno.

—¿Cuántos?

Ramón se encogió de hombros.

—Una semana. Diez días. No llevo la cuenta.

—¿Qué quería?

—Albaranes, partes de servicio, referencias de productos. Lo habitual.

—¿Habitual para qué?

—Para justificar trabajos.

—¿De qué parcelas?

Ramón soltó el bolígrafo.

—De varias.

—¿Puede decirme cuáles?

—Tendría que mirarlo.

—Mírelo.

No hubo enfrentamiento en la respuesta. Solo una pausa más larga de lo necesario.

Ramón abrió un cajón, sacó una carpeta y empezó a revisar hojas.

Elena esperó.

No tenía autorización para registrar nada y tampoco pretendía hacerlo.

Si Ramón quería enseñarle documentación relacionada con los servicios que ella estaba peritando, podía revisarla dentro de ese marco.

Si se negaba o aparecía alguna razón para una actuación formal, correspondería a otros decidir cómo obtenerla.

Ramón dejó tres hojas sobre la mesa.

—Esto es parte de lo que pidió.

Elena se inclinó.

Había referencias a tratamientos, mantenimiento y entregas en diferentes fechas. Algunas líneas contenían número de albarán; otras remitían a órdenes internas. En dos casos faltaba una referencia que permitiera unir la salida de material con un servicio concreto.

—Aquí falta el albarán de entrega.

—Estará en otra carpeta.

—¿Y aquí?

Ramón miró la línea.

—Eso no fue una entrega. Fue material que quedó pendiente de asignar.

Elena levantó la vista.

—¿Pendiente de asignar después de salir del almacén?

—No necesariamente salió.

—La hoja marca una salida.

—Una salida interna.

—¿Qué significa?

Ramón juntó las manos.

—Que se prepara material para un trabajo y luego el trabajo puede cambiar. A veces vuelve. A veces se usa en otro servicio. No todo acaba con un papel perfecto el mismo día.

Elena anotó la explicación.

—¿Cómo se refleja después?

—Se regulariza.

—¿Dónde?

—En administración.

—¿Puedo ver la regularización de estas dos partidas?

Ramón no respondió enseguida.

—Si la encuentro.

—¿Laura se lo preguntó también?

—Laura preguntaba por todo.

—Eso no responde.

Ramón se reclinó en la silla.

—Sí. Se fijó en algunas referencias.

—¿Qué le dijo usted?

—Que estaban pendientes de cerrar.

—¿Le creyó?

—Pregúnteselo a ella.

La frase quedó en el despacho con más peso del que probablemente Ramón pretendía.

Elena no cambió de tono.

—No puedo.

Él apartó la mirada hacia la ventana.

—Ya.

Durante unos segundos solo se oyó el zumbido del aire acondicionado y el ruido apagado de una máquina en la explanada.

Elena volvió a las hojas.

—¿Qué clase de productos almacena habitualmente?

—Los que necesitan nuestros trabajos.

—Eso tampoco es una categoría.

—Fitosanitarios autorizados, material de tratamiento, productos auxiliares. Depende de la campaña.

—¿Conservan existencias antiguas?

Ramón la miró.

—¿Qué entiende por antiguas?

—Material que ya no se utilice de forma habitual, restos de campañas anteriores, envases pendientes de retirada o partidas que hayan quedado fuera del circuito normal.

Ramón cogió otra vez el bolígrafo.

—Tenemos material pendiente de gestión, como cualquier empresa que lleva años trabajando.

—¿Está inventariado?

—Lo que tiene que estarlo.

Elena dejó pasar un segundo.

—¿Y lo que no?

Ramón sonrió sin humor.

—Usted pregunta como Laura.

—Eso no me dice si está inventariado.

—Le dice que una empresa real no funciona como una hoja de cálculo.

Elena apoyó el cuaderno sobre la mesa.

—Una empresa real puede tener errores. Lo que necesito distinguir es un error de trazabilidad de una existencia que no figura donde debería.

Ramón dejó el bolígrafo.

—¿Me está acusando de tener productos ilegales?

—No.

—Pues es lo que parece.

—Le estoy preguntando por documentación incompleta porque tengo delante documentación incompleta.

Ramón sostuvo la mirada.

Su frialdad no parecía teatral. Era la forma de alguien acostumbrado a negociar facturas, plazos y reclamaciones sin regalar información.

—Si cada vez que una referencia tarda dos días en cerrarse llamamos a inspección, cerramos todos —dijo.

—Yo no he hablado de dos días.

—Laura sí.

—¿Qué encontró Laura?

Ramón se quedó quieto.

—No sé lo que encontró.

—¿Qué le preocupaba que encontrara?

Por primera vez, la pausa fue suficiente para que Elena tuviera que evitar interpretarla más de la cuenta.

—Una inspección ahora nos haría mucho daño —dijo él.

—¿Por qué?

—Porque estamos en campaña. Porque tengo material, máquinas y personal entrando y saliendo. Porque si alguien decide inmovilizar una parte de la actividad hasta revisar papeles, pierdo contratos.

—¿Solo por eso?

Ramón apretó los labios.

—Tengo pagos pendientes. Como mucha gente.

No añadió cifras.

Elena tampoco las pidió.

—¿Deudas?

—Sí.

—¿Importantes?

—Importantes para mí.

Eso bastaba para entender el incentivo. Una irregularidad documental podía dejar de ser un defecto administrativo cuando el negocio no podía soportar una inspección larga o la inmovilización de material.

—¿Laura sabía esto?

—Laura sabía demasiadas cosas que no eran asunto suyo.

—Si estaba revisando trazabilidad de trabajos, sí podía ser asunto suyo.

Ramón movió la cabeza.

—Ese era el problema. Para ella todo se convertía en una línea que había que seguir hasta el final.

La frase le recordó a Eva.

—¿Discutieron?

—No.

—¿Está seguro?

—Tuvimos una conversación desagradable. No es lo mismo.

—¿Sobre qué?

—Sobre albaranes.

—¿Estos?

—Esos y otros.

—¿Le pidió acceso al almacén?

Ramón miró hacia la puerta que comunicaba con la zona de trabajo.

—Quería comprobar existencias.

—¿Entró?

—No.

Elena anotó la respuesta.

—¿Por qué?

—Porque no tenía por qué entrar sin más.

—Eso es correcto.

Ramón pareció sorprenderse.

—¿Correcto?

—Si no tenía autorización, no podía exigir acceso.

—Pues por lo menos una cosa la vemos igual.

—Otra cuestión es que la documentación justificara pedir una inspección por la vía adecuada.

La expresión de Ramón se cerró otra vez.

—Y ahí volvemos a lo mismo.

Elena miró las tres hojas.

—¿Tiene las referencias completas de lo que Laura solicitó?

—Parte.

—¿Y el resto?

—Tendré que buscarlo.

—¿Cuánto tiempo necesita?

—No trabajo para usted.

—No. Pero su empresa aparece en servicios realizados dentro de la zona que estoy reconstruyendo y Laura ya había detectado problemas en esas referencias. Si quiere que su documentación descarte a Cerdà Servicios como posible origen de una irregularidad, le interesa que esté completa.

Ramón soltó una risa breve.

—Eso suena bastante a amenaza.

—No lo es.

—Suena a “o me da los papeles o sospecho”.

—Yo ya sé que faltan papeles. Lo que no sé es por qué.

Él no contestó.

Elena recorrió con la vista el despacho. Archivadores. Carpetas. Una impresora con varias hojas en la bandeja. Nada de eso era una prueba de nada.

Detrás de la pared estaba el almacén.

No se levantó para acercarse.

—¿Puedo ver el inventario que usted quiera facilitarme voluntariamente? —preguntó.

Ramón negó.

—Hoy no.

—De acuerdo.

La facilidad con que Elena aceptó pareció desconcertarlo más que una discusión.

—¿Ya está?

—Sí.

—¿No va a insistir?

—Le he preguntado. Ha dicho que no.

—¿Y ahora?

—Ahora anoto que no he podido contrastar las existencias con la documentación que me ha enseñado.

Ramón la observó.

—Laura hacía eso.

—¿Qué?

—Convertía una negativa en otra casilla.

—Una negativa es un dato. No una culpabilidad.

Elena recogió las hojas con la mirada, sin llevárselas.

—¿Puedo fotografiar estos documentos?

—No.

—Entonces tomaré las referencias.

Copió los números visibles y las fechas que Ramón había puesto sobre la mesa. Él no intentó impedírselo.

—Quiero preguntarle otra cosa —dijo Elena mientras escribía—. ¿Ha trabajado su empresa para Jordi Albiol?

—Muchas veces.

—¿Recientemente?

—Sí.

—¿En las parcelas que tuvieron problemas de salinidad?

Ramón se acomodó en la silla.

—Hemos trabajado en varias zonas de Albiol.

—¿Tratamientos?

—Servicios agrícolas.

—¿Qué tipo?

—Maquinaria, apoyo, material. Lo que contrata.

Elena dejó de escribir.

—No le estoy preguntando por todos sus contratos. Solo por trabajos que puedan tener relación con productos capaces de entrar en drenajes.

—Y yo le digo que no puedo revisar de memoria cada servicio.

—Entonces lo hará con documentación.

Ramón exhaló lentamente.

—Se la prepararé.

No sonó a concesión voluntaria.

—¿También ha trabajado con la comunidad técnica donde está Marta Rius?

—Hemos hecho trabajos para mucha gente.

—¿Eso incluye a esa comunidad?

—Sí.

—¿Y Laura le preguntó por esas relaciones?

Ramón frunció el ceño.

—Laura preguntó por entregas y servicios. No por mis amistades.

—No he hablado de amistades.

Él se dio cuenta y apartó el bolígrafo.

Elena anotó la frase sin atribuirle un significado que no podía sostener.

La visita llevaba casi una hora cuando Ramón se levantó.

—Tengo gente esperando.

Era una forma educada de terminar.

Elena cerró el cuaderno.

—Necesitaré que conserve la documentación relacionada con lo que le pidió Laura y con los servicios de la zona.

—¿Me lo está ordenando?

—No. Le estoy diciendo lo que necesitaré para mi peritación. Si la investigación requiere preservación formal, se lo pedirán quienes tengan competencia para hacerlo.

Ramón la acompañó hasta la puerta del despacho.

Al pasar junto al acceso interior a la nave, Elena vio estanterías y zonas de almacenamiento, pero no se detuvo. Desde allí no podía identificar existencias ni saber si lo visible correspondía a material actual, antiguo o simplemente a envases vacíos.

No iba a inventarse una inspección con los ojos desde un pasillo.

En la explanada, Ramón señaló las furgonetas.

—Todo esto vive de moverse rápido. Material, máquinas, gente. Los papeles van detrás.

—Ese argumento explica retrasos.

—Es la realidad.

—No explica cualquier cosa.

Ramón bajó la voz todavía más.

—Laura tampoco entendía la diferencia entre un problema de empresa y un delito.

Elena se volvió hacia él.

—¿Y usted sí?

Él sostuvo la mirada.

—Llevo treinta años pagando nóminas.

No era una respuesta.

Pero decía bastante sobre la forma en que Ramón medía los problemas.

Elena abrió el coche y dejó la mochila en el asiento.

—Cuando tenga la documentación, avise al CADS.

—Ya veremos.

—No. Veremos qué documentación existe.

Ramón no contestó.

Elena se marchó sin mirar de nuevo hacia la nave.

Durante los primeros kilómetros repasó la visita sin permitirse ordenar a Ramón dentro de una historia más grande de la que podía demostrar.

Había albaranes incompletos.

Había partidas cuya trazabilidad no había podido cerrar.

Había resistencia a enseñar inventarios y existencias antiguas.

Había deudas y un temor explícito a una inspección que pudiera inmovilizar actividad.

Y Laura había estado preguntando precisamente por eso antes de desaparecer.

Era suficiente para que Cerdà Servicios mereciera atención oficial.

No era suficiente para afirmar que de allí hubiera salido la sustancia que había afectado a los flamencos.

Mucho menos para explicar lo que le había ocurrido a Laura.

Al detenerse en un cruce, Elena abrió el cuaderno sobre el asiento del acompañante.

Debajo del nombre de Ramón escribió:

Acceso material posible.

Trazabilidad incompleta.

Motivo para ocultar irregularidades.

Luego añadió una línea separada.

Origen del tóxico: no demostrado.

Cerró el cuaderno cuando el coche de detrás tocó el claxon.

La sospecha, al menos, tenía ahora una forma concreta.

Y también un límite.