Donde mueren los flamencos (Las huellas de la tierra 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

A última hora de la tarde, el Ramal de la Estacada parecía menos importante de lo que Elena sabía que era.

Berta dejó la mochila junto al camino.

—Hoy corre menos que el otro día.

Elena miró el cauce.

—Sí.

Se agachó cerca del borde y dejó caer una pequeña ramita seca en el agua. No era una prueba formal, solo una referencia visual. La ramita avanzó unos centímetros, giró junto a una mata y quedó atrapada.

Berta siguió el recorrido.

—Con esto no llega ni a la siguiente curva.

—No.

Elena se incorporó.

Habían vuelto porque ya tenían una pregunta concreta. Hasta ese momento, el teléfono era un objeto encontrado en un lugar extraño. Ahora necesitaba saber si su posición podía explicarse con el funcionamiento ordinario del ramal o si exigía otra condición.

Caminó hacia Bomba 4.

El sol empezaba a bajar, pero el calor seguía acumulado en el terreno.

A cada paso, la luz cambiaba sobre las láminas de agua y hacía más difícil calcular la profundidad de algunos márgenes.

Elena recordó la primera vez que había llegado allí, siguiendo el recorrido desde la laguna. Entonces el teléfono no era de nadie.

Ahora pertenecía a una mujer desaparecida.

Eso no modificaba la física.

Pero sí el peso de equivocarse.

Berta abrió el plano sobre el capó del coche.

—He traído los horarios de funcionamiento que nos pasó Irene.

Elena se acercó.

Había varios ciclos registrados en los últimos días. Algunos breves, otros más prolongados. No todos correspondían a la misma configuración de la red.

—Quiero separar una cosa —dijo Elena—. Que la bomba estuviera encendida no significa, por sí solo, que este ramal tuviera corriente suficiente hacia la toma.

Berta señaló el plano.

—Depende de E-3.

—Y de los niveles.

—Sí.

Marta había explicado la relación con claridad.

Con E-3 aislada, el Ramal de la Estacada quedaba fuera de la alimentación efectiva de Bomba 4 durante el ciclo que ella había descrito.

La bomba podía funcionar y, aun así, el agua de aquel tramo no tenía por qué desplazarse hacia la rejilla de la forma necesaria.

Elena anotó dos columnas en el cuaderno.

Bomba activa.

Ramal con arrastre.

No eran lo mismo.

—¿Quieres medir ahora? —preguntó Berta.

—Primero quiero ver hasta dónde llega el movimiento ordinario.

Volvieron al punto donde habían empezado.

Elena observó residuos vegetales flotando, pequeñas semillas y un trozo de plástico muy ligero enganchado a un tallo. Algunos se desplazaban de manera casi imperceptible. Otros no.

—La funda era más grande que cualquiera de estos restos —dijo Berta.

—Y más pesada.

—Entonces con esta corriente...

—No me basta con decir que no.

Berta la miró.

—Ya.

Elena sacó una cinta métrica y tomó algunas referencias simples del tramo: anchura aproximada, distancia hasta la zona de toma, puntos donde la vegetación estrechaba el paso.

No intentaba construir un modelo hidráulico completo en el campo.

Solo quería descartar la idea de que un objeto de aquel tamaño pudiera recorrer una distancia apreciable con cualquier movimiento mínimo del agua.

—¿Sabemos dónde cayó? —preguntó Berta.

—No.

—Entonces tampoco sabemos cuánto tuvo que desplazarse.

—Exacto.

Elena marcó en el plano la rejilla y varios puntos posibles aguas arriba.

—Pero aunque hubiera caído cerca, tuvo que llegar hasta aquí y quedar atrapado en el lado del ramal.

Berta observó la línea.

—Podría haberlo tirado alguien justo delante de la rejilla.

Elena asintió.

—Podría.

No descartó la posibilidad.

La presencia del teléfono no demostraba que hubiera viajado mucho. Tampoco que hubiera caído al agua por accidente. Lo único que podían estudiar sin inventar una historia era la relación entre su posición y el movimiento del agua.

Siguieron hasta la toma.

La rejilla estaba limpia salvo por restos recientes de vegetación. La zona donde había aparecido la funda ya había sido documentada y el teléfono estaba bajo custodia policial. Elena se detuvo a cierta distancia.

—Si un objeto llega desde este lado —dijo—, la rejilla lo retiene antes de la bomba.

—Sí.

—Si viniera del colector de salida, tendría que atravesar el sistema al revés.

Berta miró hacia la instalación.

—Eso no puede pasar con funcionamiento normal.

—No.

Elena anotó la observación.

La dirección importaba más que la distancia.

Volvieron al ramal.

Berta encendió el equipo de campo y tomó una lectura de nivel de referencia. Elena la comparó con la serie parcial de los días anteriores.

—Hoy está estable —dijo Berta.

—Y sin una maniobra activa que tire de este tramo.

—¿Quieres esperar a un bombeo?

Elena miró el horario.

—No hay ninguno previsto aquí antes de que anochezca.

—Podemos pedir una prueba.

Elena negó.

—No todavía.

No quería modificar la red únicamente para ver qué ocurría sin tener claro qué condición necesitaba reproducir. Además, una prueba operativa requería coordinación y no debía improvisarse al final del día.

—Primero los datos —dijo.

Berta guardó el equipo.

—Entonces volvemos al papel.

—Al papel y al terreno.

Elena caminó despacio junto al agua.

Lo que le interesaba ahora era una diferencia sencilla. En condiciones ordinarias, el ramal apenas movía objetos pequeños. Durante determinados ciclos de Bomba 4, si la configuración conectaba Estacada con la toma, el gradiente podía cambiar y aumentar la corriente.

La pregunta era cuánto.

Y cuándo.

—¿Tenemos registros de velocidad? —preguntó.

—No de este tramo.

—¿Caudal?

—Parcial. Niveles sí hay más.

Elena asintió.

—Con niveles, funcionamiento de bomba y configuración de compuertas podemos reconstruir bastante.

—Siempre que los registros estén completos.

La frase de Berta hizo que Elena pensara en Laura.

Horas de agua que no existen.

No la repitió.

Aún no sabía si aquella contradicción tenía relación con el teléfono ni con la mortandad. Sería fácil unirlo todo porque las piezas parecían querer acercarse. También sería una forma rápida de equivocarse.

—Quiero todos los ciclos posteriores a la última vez que el teléfono pudo estar en manos de Laura —dijo.

Berta se quedó quieta.

—Eso depende de cuándo sepamos que lo perdió.

—Sí.

—Y no lo sabemos.

—Por eso necesitamos trabajar con intervalos.

Elena abrió el cuaderno.

—Tenemos una fecha límite por el hallazgo. El teléfono estaba ya en la rejilla cuando lo encontramos. Hacia atrás, necesitamos revisar qué ventanas pudieron generar arrastre en este ramal.

—¿Todas?

—Todas las que encajen.

Berta señaló el plano.

—Aunque fueran anteriores a la desaparición.

—Mientras no podamos excluirlas, sí.

No quería que la desaparición dictara la hidrología.

Caminaron hacia una pequeña curva donde el ramal ensanchaba. Allí la corriente era aún más débil.

Elena se agachó y observó un grupo de hojas acumuladas contra la vegetación.

—Esto también sirve.

—¿El qué?

—Los puntos de retención.

Berta se acercó.

—Un objeto no se mueve de forma continua.

—Exacto.

Aunque hubiera corriente suficiente durante un episodio, la funda podía quedar atrapada, liberarse después o avanzar por tramos. No podían tratar el desplazamiento como si hubiera recorrido una tubería lisa.

—Entonces todavía menos podemos calcular una hora.

—Una hora exacta, no.

—¿Pero una ventana?

Elena miró hacia Bomba 4.

—Eso sí puede ser posible.

La frase quedó entre ambas sin necesidad de darle más importancia.

Berta volvió a mirar los horarios.

—Hay varios ciclos.

—Y aún nos faltan niveles completos y la secuencia de conductividad.

—¿La conductividad para qué?

—Para ver si un cambio de agua aparece antes en un punto que en otro.

Berta asintió.

—Como una dirección.

—Como una secuencia.

Elena no añadió más.

La salinidad no iba a funcionar como una etiqueta pegada al agua. Pero si los sensores mostraban cambios ordenados entre distintos puntos, podían ayudar a reconstruir por dónde había pasado un pulso y en qué sentido.

Eso sería más útil que cualquier intuición sobre el teléfono.

Se sentaron un momento en el borde de hormigón de una pequeña estructura de paso.

Berta bebió agua.

—¿Tú crees que Laura lo perdió mientras trabajaba?

Elena tardó en responder.

—No lo sé.

—Podría.

—Sí.

—También podría haberlo tirado alguien.

—También.

—O podría llevar días ahí.

—También.

Berta sonrió con cansancio.

—Eres desesperante.

—Es pronto.

—Eso no lo mejora.

Elena cerró el cuaderno.

—El problema es que todas esas historias son posibles si no sabemos cómo se movía el agua.

Berta miró el ramal.

—Y si sabemos cómo se movía...

—Podemos eliminar algunas.

No necesitaban acertar de golpe.

Necesitaban reducir el número de explicaciones que podían ser ciertas.

Antes de marcharse, Elena volvió a la toma y recorrió con la vista la distancia entre la rejilla y el primer tramo visible del Ramal de la Estacada.

La corriente de aquella tarde no bastaba.

Eso sí podía decirlo.

No demostraba que el teléfono hubiera recorrido cientos de metros. No demostraba que Laura hubiera estado allí. No demostraba que la bomba tuviera relación con su desaparición.

Pero demostraba algo más pequeño y más útil: la posición del teléfono no se explicaba por el movimiento ordinario que estaban viendo.

Hacía falta una condición distinta.

Elena abrió el cuaderno por una página limpia.

Escribió:

¿Qué ciclos pudieron generar arrastre hacia la rejilla?

Debajo añadió tres datos que necesitaba cruzar:

Funcionamiento de Bomba 4.

Configuración de compuertas.

Niveles y conductividad.

Berta leyó por encima de su hombro.

—¿Mañana?

Elena guardó el bolígrafo.

—Mañana empezamos por los registros.

Volvieron al coche mientras el sol bajaba sobre los arrozales. El teléfono ya no era solo un punto en el mapa.

También podía contener tiempo.