Capítulo 11
Elena regresó al CADS a media tarde con una pregunta menos y varias nuevas.
Ninguna de aquellas piezas explicaba todavía por qué habían muerto los flamencos.
Irene estaba en la sala de reuniones cuando Elena entró. Había apartado unas carpetas hacia un extremo de la mesa y dejado el portátil abierto.
—Te estaba buscando.
—Eso casi nunca trae buenas noticias.
—Depende de lo que consideres bueno.
Irene giró la pantalla. Había una llamada pendiente.
—Oriol Valls. Dice que tiene resultados preliminares.
Elena dejó el cuaderno sobre la mesa.
—¿Preliminares de verdad o preliminares de los que luego alguien convierte en definitivos?
Irene sonrió.
—Conociéndolo, de los primeros.
La videollamada conectó pocos segundos después.
Oriol Valls apareció en pantalla con una bata abierta sobre la camisa y unas gafas apoyadas casi en la punta de la nariz.
Elena había hablado con él por teléfono durante la coordinación de las muestras, pero aún no se habían visto.
Su voz coincidía con lo que ya había percibido: precisa, sin adornos.
—Buenas tardes.
—Buenas.
—Antes de nada —dijo Oriol—, esto no es un resultado final.
Irene miró a Elena.
—Te lo dije.
Oriol no pareció darse por aludido.
—Tenemos necropsias iniciales y una primera batería de determinaciones. La hipótesis de enfermedad infecciosa pierde fuerza.
Elena se sentó.
—¿Por qué?
—Porque lo que estamos viendo es más compatible con una exposición tóxica. Hay signos clínicos descritos en los animales que llegaron vivos y, en varios ejemplares, resultados compatibles con inhibición de colinesterasa.
Elena no escribió todavía.
—¿Compatible cuánto?
Oriol asintió, como si hubiera esperado esa pregunta.
—Lo suficiente para trabajar con una intoxicación anticolinesterásica como hipótesis principal. No para identificar el compuesto.
Irene frunció el ceño.
—Tradúcelo.
—Hay productos tóxicos que interfieren con una enzima necesaria para que el sistema nervioso funcione con normalidad. Cuando esa enzima queda inhibida de forma importante, aparecen signos neurológicos y otros problemas que pueden acabar siendo mortales.
—¿Eso es lo que les ha pasado a los flamencos? —preguntó Irene.
—Es lo más probable con lo que tenemos ahora. Pero no quiero que mañana aparezca en un informe que ya hemos identificado el veneno porque no es verdad.
Elena abrió el cuaderno.
—¿Hablas de una familia de sustancias, no de una sustancia concreta?
—Exacto. Hay varios compuestos capaces de producir ese efecto. Y además la actividad enzimática, por sí sola, no basta. Tiene que interpretarse junto con la clínica, la necropsia y el análisis químico.
—¿Ya tenéis química específica?
—En marcha.
—¿Cuándo?
—Cuando esté.
Irene se apoyó en el respaldo.
—Eres muy tranquilizador.
—Es una de mis virtudes.
Elena anotó tres palabras: exposición tóxica probable.
No añadió ninguna más.
—¿Qué os hace alejaros de una enfermedad? —preguntó.
Oriol explicó que no habían encontrado, de momento, un patrón lesional que justificara la mortalidad por una causa infecciosa común y que la combinación de signos observados en aves debilitadas y los resultados preliminares encajaba mejor con una exposición aguda.
Insistió dos veces en que “mejor” no significaba “demostrado”.
Elena lo dejó terminar.
—¿La distribución espacial os aporta algo?
—A mí, poco sin tus datos.
—Los afectados se concentran en un sector de alimentación conectado a un aporte concreto. No vemos una afectación uniforme de toda la laguna.
—Eso es compatible con una exposición localizada.
—¿Compatible o indicativo?
—Compatible.
Elena casi sonrió.
Oriol no regalaba verbos.
—¿Y un episodio puntual? —preguntó ella.
—También podría encajar. Si hubo una entrada limitada en el tiempo y los animales se expusieron en esa zona, sí. Pero eso ya depende de cómo se movió el agua, de cuánto tiempo permaneció disponible el tóxico y de qué compuesto sea.
—No podemos usar la concentración actual del agua como reloj.
—Ni se te ocurra.
Irene miró de uno a otro.
—¿Por qué?
Elena dejó que respondiera Oriol.
—Porque la concentración cambia. Se diluye, se degrada, se adsorbe a sedimentos, puede transformarse.
Y todo eso depende del producto y de las condiciones del medio.
Si alguien me trae una muestra tomada días después y me dice que con ese dato quiere calcular a qué hora exacta ocurrió la exposición, le pediré que empiece de nuevo.
—Queda claro —dijo Irene.
Elena miró las posiciones marcadas en el plano que tenía a un lado.
—Entonces lo que sí podemos decir es que enfermedad pierde peso y que una exposición tóxica gana peso.
—Sí.
—Y que el patrón de aves no contradice una entrada localizada.
—Sí.
—Pero todavía no sabemos qué sustancia.
—Correcto.
—Ni de dónde salió.
—Correcto.
—Ni quién la introdujo.
Oriol se quitó las gafas.
—Eso ya ni siquiera es una pregunta para mí.
Elena anotó la frase sin necesidad de copiarla literalmente. Era justo el límite que quería mantener.
Irene se inclinó hacia la pantalla.
—¿Puede ser algo usado en agricultura?
Oriol tardó un segundo.
—Puede ser muchas cosas. No voy a hacer una lista de productos antes de tener una identificación. Sería una buena forma de que todo el mundo empezara a buscar el producto que más le convenga a su teoría.
Elena levantó la vista del cuaderno.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Ya.
La llamada continuó unos minutos más. Oriol confirmó que las muestras de tejidos y contenido digestivo seguían en análisis y que el laboratorio estaba procesando también las muestras ambientales remitidas por la vía correspondiente.
No prometió resultados para esa misma tarde ni para primera hora del día siguiente.
Cuando terminaron, Irene cerró el portátil.
—Así que ya sabemos que fue un tóxico.
Elena la miró.
—Sabemos que hay una intoxicación probable.
—Acaba de decirlo.
—Ha dicho que los resultados preliminares son compatibles con exposición anticolinesterásica y que la enfermedad pierde fuerza.
—Que para una persona normal significa que fue un tóxico.
—Para un titular, quizá.
Irene resopló.
—No necesito un titular.
—Entonces mejor.
Elena acercó el plano.
La distribución de los flamencos volvía a importar de otra manera.
Hasta ese momento, el patrón desigual había servido para preferir un pulso localizado frente a una alteración uniforme, pero todavía convivía con causas naturales.
Con los resultados preliminares de Oriol, una parte de ese abanico se estrechaba.
No desaparecía por completo.
Una hipótesis técnica no se volvía cierta porque encajara bien con otra.
—Mira esto —dijo Elena.
Irene se acercó.
Elena señaló el sector donde se concentraban los animales afectados y después los puntos de muestreo que habían remontado hacia el colector.
—Si el problema fuera una enfermedad que estuviera circulando entre las aves, esperaría que el patrón espacial tuviera que explicarse sobre todo por comportamiento, contacto o uso compartido del humedal.
—Y ahora no.
—Ahora tenemos una razón adicional para preguntar qué entró en este sector y cómo llegó.
Irene siguió con la mirada la línea dibujada.
—Hasta Bomba 4.
—Hasta donde nos lleven los datos.
—El teléfono también estaba allí.
Elena cerró un momento el bolígrafo entre los dedos.
—No mezclemos las dos cosas todavía.
—Pero están en el mismo circuito.
—Eso sí.
—Y Laura estaba investigando registros de agua.
—También.
—Empieza a ser mucha coincidencia.
Elena no respondió enseguida.
Era tentador. Demasiado, incluso.
Una técnica desaparecida investigaba irregularidades de agua. Su teléfono aparecía en una instalación del mismo circuito donde una contaminación probable había terminado afectando a la fauna. Parecía pedir una sola historia.
El problema era que todavía podían ser dos.
—Lo que tenemos —dijo— es una conexión espacial. La causa común habrá que demostrarla.
Irene asintió, aunque sin entusiasmo.
—¿Qué necesitas ahora?
Elena volvió al plano.
—Separar dos preguntas.
Escribió en una hoja.
QUÉ AFECTÓ A LAS AVES.
CÓMO LLEGÓ HASTA LA GOLA BLANCA.
Debajo dejó espacio.
—La primera depende ahora del laboratorio —dijo—. La segunda sigue dependiendo de nosotros.
—¿Y Laura?
Elena añadió una tercera línea, pero no la completó.
—Laura depende de que no forcemos una relación que todavía no podemos probar.
Irene recogió la carpeta que había traído.
—Mireia querrá saber lo de Oriol.
—Que se lo comunique por la vía oficial. Y que quede claro que es preliminar.
—Se lo diré.
Cuando Irene salió, Elena se quedó en la sala.
Abrió de nuevo las notas de campo del primer día. Recuento de aves. Posiciones. Primer ejemplar debilitado. Entrada del colector. Valores de campo. Después pasó a la hoja donde había anotado las cuatro posibilidades iniciales.
Enfermedad.
Alteración natural.
Exposición difusa.
Pulso localizado.
Trazó una línea fina sobre las dos primeras, sin tacharlas del todo.
La tercera tampoco explicaba bien la concentración de los animales.
Quedaba la cuarta con más peso que antes.
No era una respuesta. Solo una hipótesis que había sobrevivido mejor a los primeros datos.
Sacó las hojas con los ciclos de Bomba 4.
Si un episodio tóxico había llegado por aquel circuito, la siguiente tarea no consistía en adivinar el producto.
Consistía en entender qué movimiento del agua podía haberlo llevado hasta allí.