Capítulo 10
La zona de observación quedaba al final de una pista estrecha, junto a una extensión de agua poco profunda donde las aves se repartían entre manchas de carrizo y pequeños claros de barro.
Pau Noguera había llegado antes que Elena.
Estaba apoyado en la barandilla de madera con unos prismáticos colgados del cuello y una gorra descolorida. Delgado, moreno, con la piel marcada por el sol, parecía más cómodo allí que en cualquier despacho. Cuando la vio acercarse, guardó el móvil en un bolsillo del pantalón.
—Elena Sánchez.
—Pau.
Se dieron la mano.
Mireia había hablado con él antes y le había explicado el motivo de la conversación.
Elena no iba a interrogarlo sobre la desaparición.
Necesitaba saber qué rutas utilizaba Laura, qué lugares frecuentaba por trabajo y si el punto donde había aparecido el teléfono tenía sentido dentro de sus recorridos habituales.
—Gracias por venir —dijo Elena.
—No tenía grupo esta mañana.
La respuesta salió deprisa, como si justificarse fuera necesario.
Elena señaló la pasarela.
—¿Podemos andar un poco?
—Claro.
Empezaron a recorrerla despacio.
A la izquierda, varios flamencos buscaban alimento en una zona somera. Pau los miró apenas un segundo antes de señalar hacia un grupo más pequeño.
—Esos dos jóvenes de allí llegaron ayer por la tarde.
Elena siguió la dirección de su mano.
—¿Trabajas mucho por esta zona?
—Bastante. Hago rutas de aves, fotografía, grupos pequeños. Depende de la época.
—¿Conoces bien Gola Blanca?
—Sí.
—¿Y el Ramal de la Estacada?
Pau dejó de mirar las aves.
—Lo conozco. No es precisamente un sitio turístico.
—No te lo pregunto como guía.
—Ya.
Elena esperó.
—Paso cerca a veces —añadió—. Hay caminos que enlazan varias zonas de observación.
—¿Laura también los utilizaba?
La respuesta tardó un poco más.
—Laura se movía por todo el Delta.
—Eso me dijo su hermana.
Pau se ajustó la correa de los prismáticos.
—Entonces ya sabes cómo era.
—Sé algunas cosas. Quiero entender cuáles de sus desplazamientos eran normales por trabajo.
—Casi cualquiera podía ser normal. Si estaba con un informe, aparecía donde hiciera falta.
—¿También al final de la tarde?
—Sí.
—¿De noche?
Pau pensó antes de responder.
—No por gusto. Pero si tenía que comprobar algo, podía alargar.
La respuesta coincidía con lo que Eva había contado.
Elena no necesitaba más sobre ese punto.
—¿Solía venir aquí?
—Alguna vez.
—¿Contigo?
Pau sonrió sin entusiasmo.
—Hace tiempo.
Siguieron andando.
Su forma de hablar cambiaba cuando el tema eran rutas, aves o puntos de observación.
Entonces las respuestas llegaban completas y concretas.
Sabía dónde se formaban concentraciones al bajar el nivel, qué caminos quedaban peor después de una lluvia y qué zonas utilizaban los grupos para no molestar a las aves.
Al hablar de Laura, en cambio, las frases se acortaban.
Elena tomó nota de la diferencia. Nada más.
Los nervios no demostraban nada.
—Eva me dijo que estuvisteis juntos varios años.
Pau miró hacia el agua.
—Cuatro.
—Y que lo dejasteis hace más de un año.
—Sí.
—¿Seguíais en contacto?
—Muy poco.
—¿Qué significa muy poco?
Pau tardó.
—Algún mensaje. Coincidíamos con gente. A veces por trabajo.
—¿Con qué frecuencia?
—No lo sé.
—¿Una vez al mes? ¿Una vez a la semana?
—Menos.
Elena cerró el cuaderno sobre un dedo.
—No necesito una cifra exacta. Necesito saber si era normal que os vierais.
—Normal... no sé.
—¿Os veíais?
—Alguna vez.
La respuesta había cambiado de «muy poco» a «alguna vez» sin aportar realmente más información.
—¿Cuándo fue la última?
Pau se detuvo junto a uno de los paneles informativos de la pasarela.
—Hace semanas.
—¿Cuántas?
—No me acuerdo.
—¿Dos? ¿Cinco?
—Tres, quizá. Cuatro.
Elena anotó el margen que él mismo había dado.
—¿Y hablasteis después?
—Algún mensaje.
—¿En los días previos a su desaparición?
Pau se pasó una mano por la nuca.
—No especialmente.
Aquello no era una respuesta verificable.
—¿La viste la noche en que desapareció?
Pau levantó la vista.
—No.
La palabra salió rápida.
Demasiado rápida no significaba falsa. Elena se obligó a no convertir el ritmo de una respuesta en una prueba.
—¿Ese día?
—No.
—¿Hablaste con ella?
—No recuerdo.
—Antes has dicho que intercambiasteis algún mensaje.
—He dicho en los días anteriores. No sé si justo ese día.
Elena asintió.
—Vale.
Pau pareció desconcertado por no recibir una réplica.
Reanudaron el paseo.
Un grupo de charranes cruzó sobre la lámina de agua y Pau los siguió de manera automática con la mirada. Cuando habló de nuevo, su voz sonó más natural.
—Laura no era de desaparecer sin avisar.
Elena lo miró.
—Eva dice que a veces avisaba tarde de dónde estaba.
—Tarde, sí. Pero avisaba.
—No es exactamente lo mismo.
—No.
—¿Sabes si tenía algún motivo para marcharse?
Pau negó.
—Que yo sepa, no.
—Su coche apareció en la estación.
—Ya me lo han dicho.
—¿Usaba esa estación?
—Alguna vez. Como cualquiera.
—¿Para viajes de trabajo?
—Puede ser.
—¿Tú lo sabes o lo supones?
Pau apretó los labios.
—Lo supongo.
—Gracias.
Él la miró de lado.
—Hablas como ella.
—¿En qué?
—En eso de separar lo que uno sabe de lo que cree.
Elena no comentó la coincidencia.
—¿Laura te habló de problemas con los registros de agua?
—Algo.
—¿Qué te dijo?
—Que estaba revisando cosas.
—¿Qué cosas?
—No lo sé. Yo trabajo con aves, no con compuertas.
—No te pregunto si las entendías. Te pregunto qué dijo.
Pau se quedó callado unos segundos.
—Que había gente que apuntaba una cosa y luego hacía otra.
Elena abrió el cuaderno.
—¿Dijo quién?
—No.
—¿Mencionó una instalación?
—No que recuerde.
—¿Bomba 4?
Pau negó.
—No.
—¿E-3?
—Ni idea.
—¿D-17?
—Tampoco.
Elena anotó las negativas.
Pau miró hacia el cuaderno.
—Parece que esperas que te dé un nombre.
—Espero que me digas lo que sabes.
—Eso hago.
—Bien.
La tensión apareció por primera vez de forma clara. No en su postura ni en una mirada, sino en la necesidad de defender una respuesta que Elena no había acusado de falsa.
Continuaron hasta el final de la pasarela.
Desde allí se veía una de las pistas que bordeaban la zona húmeda. Pau señaló varios accesos y explicó cuáles utilizaban los guías para evitar grupos grandes, cuáles se embarraban con facilidad y cuáles quedaban casi vacíos fuera de temporada.
Elena escuchó con atención.
En ese terreno, Pau era preciso.
—Si Laura quisiera ir desde Amposta hacia la zona de Estacada por trabajo, ¿qué acceso usaría?
Pau describió dos alternativas. Una era más directa; la otra permitía enlazar con otros puntos de control sin retroceder. Habló de ellas con naturalidad y explicó por qué alguien acostumbrado a moverse por el Delta podía elegir una u otra según la hora.
—¿Y Bomba 4?
Pau indicó por dónde se llegaba, sin vacilar.
—No hay misterio. Cualquiera que trabaje por allí conoce el acceso.
—No he dicho que lo haya.
—Ya.
Elena dejó el bolígrafo quieto.
Volvía a ocurrir.
Cuando hablaban del terreno, Pau no necesitaba medir cada frase. En cuanto Laura entraba en la conversación, parecía revisar las palabras antes de soltarlas.
Podía significar muchas cosas: pena, culpa por una ruptura, miedo a que se malinterpretara una relación pasada, cansancio de repetir lo mismo ante la policía.
No tenía derecho a escoger una explicación sin comprobarla.
—¿Cómo acabasteis? —preguntó.
Pau soltó una risa breve.
—Eso sí que no tiene nada que ver con el agua.
—No.
—Entonces, ¿por qué preguntas?
—Porque has dicho que apenas teníais contacto y después has reconocido que os veíais alguna vez. Necesito saber si tu relación con Laura puede afectar a la fiabilidad de lo que me cuentas sobre sus rutinas.
Pau dejó pasar unos segundos.
—Lo dejamos porque juntos nos cansábamos demasiado el uno del otro.
—Eso puede significar casi cualquier cosa.
—Pues significa eso. Discutíamos. Luego se nos pasaba. Volvíamos a discutir.
—¿Malos términos?
—No.
—¿Seguías enfadado con ella?
—A veces.
La respuesta fue sorprendentemente franca.
—¿Y ella contigo?
—También.
—¿Celos?
Pau miró a Elena por primera vez con una irritación abierta.
—¿Esto te lo ha pedido Mireia?
—No.
—Entonces volvemos a estar fuera de tu parte.
—Sí.
Elena cerró el cuaderno.
—Y por eso no voy a seguir por ahí.
Pau pareció no saber qué hacer con la retirada.
—Solo quería entender por qué cambias cuando hablamos de ella.
—Porque está desaparecida.
—Es una razón suficiente.
—Pues ya está.
Elena asintió.
Se quedaron unos momentos mirando el agua.
Un flamenco joven avanzaba con movimientos torpes entre otros dos ejemplares.
Elena recordó el primer día en Gola Blanca y la concentración de aves afectadas.
Aquella línea seguía pendiente. No podía permitir que una mentira personal, si es que Pau estaba mintiendo, desplazara el problema ambiental solo porque resultara más fácil imaginar un conflicto de pareja que reconstruir una red de drenaje.
—Una última pregunta —dijo.
Pau respiró hondo.
—Vale.
—Si Laura hubiera encontrado algo importante en un trabajo, algo que quisiera comprobar antes de afirmarlo, ¿te lo habría contado?
Pau pensó bastante más que en las preguntas anteriores.
—Antes sí.
—¿Y últimamente?
—No lo sé.
—¿Porque apenas hablabais?
Él miró hacia la pista.
—Porque ya no era asunto mío.
Elena esperó.
Pau añadió:
—Y ella se encargaba de recordármelo.
La frase no aclaraba cuándo se habían visto ni cuánto contacto mantenían. Pero contenía algo más verdadero que varias de sus respuestas anteriores: una relación que seguía teniendo bordes.
Elena guardó el cuaderno.
—Gracias por tu tiempo.
—¿Ya está?
—Por mi parte, sí.
Pau pareció aliviado y molesto al mismo tiempo.
Empezaron a regresar por la pasarela.
A mitad de camino, él habló sin mirarla.
—Si hubiera sabido algo útil, lo habría dicho.
Elena siguió caminando.
—No te he preguntado eso.
Pau tardó unos pasos en responder.
—Ya.
No añadió nada más.
Al llegar al aparcamiento, se despidieron sin estrecharse de nuevo la mano.
Elena se quedó junto al coche mientras Pau se alejaba por la pista.
Tenía una versión: contacto escaso, última vez hacía tres o cuatro semanas, ningún encuentro el día de la desaparición.
Era concreta en lo suficiente para poder contrastarla.
También había una diferencia evidente entre el Pau que hablaba de aves y caminos y el que hablaba de Laura. Eso no demostraba una mentira, mucho menos un delito.
Pero sí justificaba una pregunta pendiente.
Abrió el cuaderno una vez más y escribió junto al nombre de Pau:
«Dice que no la vio ese día.»
No subrayó la frase.
Ya habría tiempo de comprobarla.