Donde mueren los flamencos (Las huellas de la tierra 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

A primera hora de la mañana, el arrozal todavía guardaba algo del frescor de la noche.

Duró poco.

Cuando Elena llegó a Arrossars Albiol, el sol ya empezaba a endurecer los caminos y a sacar del agua un olor tibio, vegetal.

Había parcelas en distintos estados de maduración y máquinas preparadas para entrar en cuanto las condiciones lo permitieran.

El final de campaña estaba cerca y se notaba en el ritmo de trabajo: menos margen para esperar, más gente pendiente del cielo, de los niveles y de cualquier decisión que pudiera retrasar la cosecha.

Jordi Albiol la esperaba junto a una nave abierta por uno de los laterales.

Elena lo reconoció por la descripción de Irene antes de que él se presentara. Era ancho de hombros, llevaba una camisa de manga corta muy clara y tenía la piel de la cara y los antebrazos castigada por años de sol. Las manos, en cambio, estaban sorprendentemente cuidadas.

—Sánchez.

No fue una pregunta.

—Elena Sánchez.

—Ya sé quién es.

No le tendió la mano. Tampoco parecía necesario.

—Me han dicho que quiere mirar mis parcelas.

—Quiero revisar algunos puntos de referencia y preguntarle por las maniobras de agua de los últimos días.

Jordi soltó una risa sin humor.

—Claro. El agua. Todo acaba siendo el agua cuando viene alguien de fuera.

Elena no respondió a eso.

Habían acordado la visita dentro del marco de su peritación. No necesitaba caerle bien.

—¿Empezamos?

Jordi la miró un momento más y echó a andar.

—Por aquí.

La explotación era mayor de lo que parecía desde el acceso. Varias parcelas se extendían separadas por canales y caminos elevados. En algunas, el arroz estaba ya muy avanzado; en otras se veían diferencias de altura y color que Elena no quiso interpretar antes de preguntar.

Jordi señalaba cada zona con la familiaridad de quien llevaba años midiendo el terreno sin necesidad de mapas.

—Aquella se cosechará primero. Esa otra va más retrasada. Y esta es la que nos dio problemas.

Elena se detuvo.

—¿Qué problemas?

—Salinidad.

La respuesta fue inmediata.

—¿Cuándo?

—Hace unas semanas. Tuvimos un episodio malo y hubo que estar muy encima de los niveles.

—¿Cuánto duró?

—Lo suficiente.

Elena abrió el cuaderno.

Jordi la miró.

—¿Va a apuntar también eso?

—Sí.

—Pues ponga que aquí, cuando el agua entra mal, no podemos esperar a que una mesa de despacho decida si tenemos razón.

—Puedo poner lo que me diga. Otra cosa es lo que pueda demostrar.

Jordi se volvió hacia ella.

—Ya empezamos.

—No hemos empezado nada.

Durante un segundo pareció que iba a responder. Al final continuó caminando.

Elena observó la parcela desde el borde.

No necesitaba hacer una valoración agronómica completa; no era ese su encargo.

Buscaba referencias que pudieran ayudar a entender la circulación reciente y, sobre todo, quería comprobar si el problema de salinidad del que hablaba Jordi era real o una excusa construida después.

No parecía una excusa.

Había diferencias visibles en el vigor de parte del cultivo y marcas compatibles con una gestión complicada del agua durante las semanas anteriores. Eso no le decía quién había abierto o cerrado qué, pero explicaba por qué un propietario podía preocuparse de verdad por cada maniobra.

—¿Laura Beltrán vino aquí por esto? —preguntó.

Jordi se paró.

—Laura vino aquí muchas veces.

—¿Por esta parcela?

—También.

—¿Discutieron?

Jordi la miró de frente.

—Sí.

Sin evasivas.

Elena agradeció la falta de teatro.

—¿Por qué?

—Porque escribió un informe que podía costarme dinero.

—¿Cuánto?

—Bastante.

—Eso no es una cifra.

—Tampoco es asunto suyo.

—Si el motivo del conflicto era económico, sí es asunto mío hasta cierto punto.

Jordi resopló.

—Inspecciones. Correcciones. Retrasos. Si alguien pone por escrito que has gestionado mal el agua, luego todo lo demás se complica.

—¿Ella dijo que usted la hubiera gestionado mal?

—Dijo que había irregularidades.

Elena esperó.

—¿Y las había?

Jordi giró la cabeza hacia la parcela.

—Había decisiones que no le gustaban.

—No le he preguntado eso.

—Ya lo sé.

Elena dejó el bolígrafo quieto.

La hostilidad de Jordi era sencilla. No parecía estar intentando parecer tranquilo. Eso, por sí solo, no significaba nada.

—¿Qué decisiones?

—Ajustes de riego.

—¿Autorizados?

Jordi volvió a mirarla.

—Todo lo que hice estaba dentro de lo que se hace aquí.

No era exactamente una respuesta.

Elena lo anotó sin señalarlo.

—¿Eso quiere decir dentro del procedimiento?

—Quiere decir que no hice nada que no haga cualquier explotación cuando tiene una entrada de salinidad.

—No es lo mismo.

—Para ustedes nunca es lo mismo.

—¿Quiénes somos “ustedes”?

—Los que llegan después y miran un parte como si el arroz creciera dentro del papel.

Elena cerró el cuaderno un instante.

—No he venido a explicarle cómo cultivar arroz.

—Menos mal.

—He venido porque varios flamencos han muerto y porque necesito reconstruir por dónde circuló el agua.

Jordi se quedó callado.

—Su explotación está dentro de esa red —continuó Elena—. Si aquí hubo maniobras recientes, necesito conocerlas. No para convertirle en culpable de nada, sino para no atribuir a un episodio una causa que pertenece a otro.

La expresión de Jordi cambió muy poco, pero dejó de caminar.

—Laura decía algo parecido.

—¿Qué decía?

—Que quería separar lo que había pasado de lo que nosotros decíamos que había pasado.

Elena sintió un interés inmediato, pero no lo mostró.

—¿Cuándo se lo dijo?

—La última vez que discutimos.

—¿Hace cuánto?

Jordi dio una fecha aproximada anterior a la desaparición.

Elena la anotó.

—¿Fue aquí?

—En la nave.

—¿Había alguien más?

—Gente trabajando. No sé quién escuchó qué.

—¿La discusión fue pública?

—Si quiere llamarlo así.

—¿Alzó la voz?

Jordi sonrió por primera vez.

—Yo siempre alzo la voz.

No era del todo cierto. En aquel momento hablaba con un volumen normal.

—¿Y Laura?

—No necesitaba gritar para tocarte las narices.

—¿Le amenazó usted?

La sonrisa desapareció.

—No.

—¿Ella le amenazó con denunciarle?

—Dijo que si los partes no coincidían con lo que había medido, lo pondría por escrito.

—¿Qué partes?

—Los de agua.

—¿De su explotación?

Jordi tardó una fracción de segundo.

—Entre otros.

Elena no tuvo forma de saber si esa pausa significaba algo o simplemente que estaba cansándose de responder.

—¿Le enseñó algún dato concreto?

—No.

—¿Le habló de “horas de agua que no existen”?

Jordi frunció el ceño.

—¿Qué?

—Es una frase que utilizó.

—Conmigo no.

La respuesta parecía auténticamente desconcertada.

Elena no insistió.

Siguieron hasta una arqueta de reparto cercana.

Jordi explicó cómo entraba el agua en las parcelas y qué cambios podían hacer para proteger el cultivo cuando subía la salinidad.

Su lenguaje se volvió más preciso en cuanto dejó de hablar de Laura.

No simplificaba el terreno y tampoco esperaba que Elena lo hiciera.

Ella escuchó.

—Aquí una diferencia pequeña de nivel puede cambiarte el reparto —dijo él—. Y si esperas demasiado, luego no arreglas nada con abrir más.

—¿Qué hace entonces?

—Mover cuando toca.

—¿Quién decide?

—Depende de la toma, del turno y de la zona.

—¿Y usted puede actuar por su cuenta?

Jordi volvió a tensarse.

—Puedo hacer lo que me corresponde.

Otra respuesta que no cerraba nada.

Elena se agachó junto al borde y tomó una medición de referencia. Después anotó la posición.

—¿Eso para qué es?

—Para comparar condiciones entre puntos.

—¿Cree que salió algo de aquí hacia la Gola Blanca?

—No.

—¿Por qué está tan seguro?

—Porque mis problemas eran los contrarios. Yo quería sacar sal de mis parcelas, no echar veneno en una laguna.

Elena levantó la vista.

—Yo no he hablado de veneno.

Jordi apretó la boca.

—Se están muriendo aves. La gente habla.

Tenía sentido. El episodio ya no era un secreto.

—Todavía no sabemos la causa.

—Pues averígüenla antes de venir a señalar a los agricultores.

—No le estoy señalando.

—Laura tampoco, según ella.

Elena se incorporó.

—Pero usted se sintió señalado.

—Porque si un informe suyo salía como estaba, me caía una inspección encima en plena campaña.

—Eso es un motivo real para estar enfadado.

Jordi la sostuvo la mirada.

—Claro que estaba enfadado.

No intentó rebajarlo.

—¿La vio después de esa discusión?

—No.

La respuesta llegó demasiado limpia como para que Elena pudiera extraer nada de ella.

—¿Hablaron por teléfono?

—No que yo recuerde.

—¿Mensajes?

—Puede ser alguno de trabajo. No lo sé.

Elena no preguntó por el contenido. Si la policía necesitaba los dispositivos o registros, no era competencia suya.

Se desplazaron hasta otro punto de la explotación.

Jordi seguía explicando las condiciones del final de campaña, ahora con una irritación más práctica que personal. Una parcela con agua inadecuada durante unos días podía perder rendimiento. Una maniobra tardía podía estropear semanas de trabajo. La urgencia no era inventada.

Elena tomó otra referencia.

—¿Estas condiciones eran peores cuando vino Laura?

—Sí.

—¿Mucho?

—Lo suficiente para que yo no quisiera experimentos.

—¿Qué entiende por experimento?

—Que alguien me diga que espere mientras se revisa un papel.

—¿Laura le pidió que esperara?

Jordi evitó contestar de forma directa.

—Laura quería que todo quedara registrado antes de tocar nada.

Elena miró la superficie de la parcela.

Aquello acercaba la conversación al punto que buscaba sin demostrarlo todavía.

—¿Y usted qué quería?

—Salvar la cosecha.

—¿Hizo alguna maniobra que Laura considerara incorrecta?

—Ya le he dicho que no hice nada fuera de lo que se hace aquí.

—No es lo que le he preguntado.

Jordi se quedó quieto.

El sonido de una máquina llegó desde otra parcela. Durante unos segundos ninguno habló.

—Si quiere acusarme de algo, hágalo —dijo al fin.

—No tengo nada de lo que acusarle.

—Pues parece que lo está buscando.

—Estoy buscando una secuencia de agua.

—Y yo le estoy diciendo que mi explotación no ha matado esos flamencos.

Elena guardó la sonda.

—Eso no lo sé todavía.

Jordi soltó una palabra entre dientes que Elena decidió no pedirle que repitiera.

Volvieron hacia la nave.

La visita había sido útil precisamente porque no había resuelto nada.

Jordi tenía un conflicto real con Laura. Un informe suyo podía costarle dinero y complicarle la campaña. Conocía el funcionamiento práctico de la red y había tenido un problema auténtico de salinidad que justificaba decisiones urgentes.

También insistía en una formulación demasiado cómoda: no había hecho nada que no se hiciera normalmente.

Elena no necesitaba decidir qué escondía detrás de esa frase.

Solo comprobarla.

Antes de despedirse, Jordi se apoyó en el marco de la nave.

—¿Va a volver?

—Probablemente.

—Avise antes.

—Lo haré.

—Y si quiere entender el agua de aquí, no se quede solo con los partes.

Elena guardó el cuaderno en la mochila.

—No pensaba hacerlo.

Jordi la miró como si no supiera si aquello era una respuesta a su favor.

—Laura tampoco —dijo.

Elena esperó, pero él no añadió nada.

Subió al coche y, antes de arrancar, abrió el cuaderno por la página de aquella mañana.

Jordi había dejado una versión concreta: sus decisiones habían sido normales y estaban justificadas por un episodio de salinidad.

Eso podía comprobarse. Era más útil que su enfado.