Donde mueren los flamencos (Las huellas de la tierra 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Cuando Elena volvió al CADS, el calor de la tarde se había quedado pegado a las paredes.

Dentro, el aire acondicionado funcionaba con una desgana constante. No enfriaba del todo, pero al menos quitaba humedad. Irene había dejado libre una mesa lateral para que Elena pudiera extender mapas, hojas de campo y copias de los primeros datos sin ocupar la sala de reuniones.

Elena colocó el cuaderno junto al portátil y abrió el plano que había preparado con Berta.

La conversación con Eva seguía demasiado reciente como para convertirla en una conclusión. Horas de agua que no existen. Era una frase útil porque nacía de Laura, pero todavía no sabía a qué serie, parte o instalación se refería.

Trazó con lápiz los puntos de muestreo del día anterior.

Gola Blanca.

Colector.

Confluencia lateral.

Ramal de la Estacada.

Bomba 4.

Después repasó los datos de campo. No buscaba una respuesta química. A esas alturas, los resultados de laboratorio aún tardarían y tampoco esperaba que una muestra aislada resolviera la secuencia. Lo que sí podía hacer era dejar ordenado qué se había medido, dónde y en qué condiciones.

Irene se acercó con una carpeta.

—Te han pasado una parte de los registros que pediste.

Elena levantó la vista.

—¿Cuáles?

—Niveles y algunas maniobras de los últimos días. Lo demás sigue pendiente.

—¿Conductividad histórica?

—Todavía no.

—¿Partes completos?

—Tampoco.

Irene dejó la carpeta sobre la mesa.

—No me mires así. Yo también los quiero.

—No te estoy mirando de ninguna manera.

—Eso dices tú.

Elena abrió la carpeta.

Había impresiones de series horarias, partes resumidos y un par de listados con anotaciones operativas. No eran suficientes para reconstruir el circuito, pero sí para empezar a comparar lo que había dicho Marta con los registros que iban apareciendo.

—¿Esto incluye el ciclo nocturno de Bomba 4?

—El consumo general, sí. El detalle de configuración aún no.

Elena buscó la hoja correspondiente.

El funcionamiento de la bomba aparecía registrado. Eso no era una sorpresa: Marta ya lo había mencionado. La pregunta seguía siendo qué agua había podido llegar a la toma durante aquel intervalo.

—Necesitaré la configuración de E-3 —dijo.

—Está pedida.

—Y cualquier incidencia de ese turno.

Irene señaló otra hoja.

—Ahí tienes un resumen.

Elena lo leyó.

Nada destacaba de forma evidente. Una maniobra ordinaria, una corrección de nivel, anotaciones breves. Podía ser exactamente lo que parecía.

Guardó la hoja bajo el mapa.

No tenía sentido buscar contradicciones por obligación.

Irene se disponía a marcharse cuando el teléfono de Elena vibró sobre la mesa.

Era Mireia.

Contestó.

—Dime.

—¿Sigues en el CADS?

—Sí.

—Voy para allá.

—¿Ha pasado algo?

Hubo una pausa breve.

—Hemos localizado el coche de Laura.

Elena se quedó con la vista fija en el mapa.

—¿Dónde?

—En el aparcamiento de la estación de l’Aldea-Amposta-Tortosa.

Irene seguía a pocos pasos y debió de notar el cambio en su expresión, porque no se movió.

—¿Desde cuándo estaba allí? —preguntó Elena.

—Eso es una de las cosas que estamos comprobando. Te cuento cuando llegue.

La llamada terminó.

Irene esperó.

—¿Laura?

Elena dejó el teléfono.

—Han encontrado su coche.

—¿Dónde?

—En la estación.

Irene tardó un momento en reaccionar.

—Entonces pudo irse.

—Pudo.

La respuesta salió más seca de lo que pretendía.

Irene se apoyó en el borde de la mesa.

—No lo digo por quitar importancia al teléfono.

—Ya.

—Pero si dejó el coche allí...

—No sabemos todavía quién lo dejó.

Irene levantó las manos.

—Vale.

Elena volvió la atención al plano.

Aquello era justo lo que necesitaba evitar: convertir cada dato nuevo en una explicación completa. El coche en una estación podía sostener una salida voluntaria. También podía no hacerlo. Hasta que Mireia no explicara qué sabían, solo era una localización.

Pero la imagen tenía fuerza.

Una mujer desaparecida.

Su coche en una estación.

Su teléfono lejos de allí, atrapado en una rejilla de bombeo.

Dos direcciones distintas.

Mireia llegó veinte minutos después.

No llevaba uniforme. Entró con una carpeta fina bajo el brazo y saludó a Irene antes de acercarse a la mesa.

—¿Podemos hablar aquí?

Irene asintió.

—Si necesitáis la sala...

—No hace falta.

Mireia miró el mapa extendido.

—Veo que no has parado.

—Eso intento.

—El coche está efectivamente en la estación. Aparcado. Cerrado.

Elena no preguntó por el interior.

—¿Hay alguna indicación de que Laura tomara un tren?

—Lo estamos comprobando.

—¿Cámaras?

—También.

—Entonces todavía no sabéis si llegó allí sola.

Mireia la miró.

—Todavía no.

La respuesta fue suficiente.

Elena apoyó ambas manos sobre la mesa.

—¿Cuándo lo encontraron?

—Esta tarde, a raíz de las comprobaciones que se estaban haciendo con el vehículo. Llevaba allí tiempo suficiente para que no pareciera algo de hoy.

—¿Podéis precisar cuánto?

—Aún no voy a darte una hora.

Elena asintió.

Era la respuesta correcta.

—¿Eva lo sabe?

—Sí.

Mireia abrió la carpeta, pero no sacó nada.

—Y antes de que preguntes: el vehículo lo procesa policía científica. Tú no vas a revisarlo.

—No pensaba hacerlo.

—Bien.

—Pero si más adelante necesitáis comparar barro, restos vegetales o cualquier material con puntos de referencia de la zona, puedo aportar muestras y contexto.

—Eso sí.

Irene había permanecido en silencio. Ahora preguntó:

—¿El coche cambia algo en la desaparición?

Mireia la miró.

—Cambia las hipótesis. No las cierra.

Elena agradeció la precisión.

—La estación hace plausible que se marchara —dijo Irene.

—Sí —respondió Mireia—. Es una posibilidad que tenemos que comprobar.

Elena volvió a mirar el plano.

—Y el teléfono hace plausible que estuviera antes cerca de Bomba 4.

Mireia negó ligeramente.

—Cuidado.

Elena la miró.

—He dicho que lo hace plausible.

—El teléfono estaba en ese circuito. No sabemos aún cuándo llegó.

—Exacto.

Mireia apoyó una mano sobre la carpeta.

—Eso es lo que quiero evitar. Ahora mismo tenemos un coche en una estación y un teléfono en una rejilla. Si empezamos a rellenar lo que hay entre medias, nos fabricamos la historia nosotros.

Elena apartó una hoja.

—No voy a rellenarlo. Quiero saber si el teléfono pudo desplazarse por el agua después de que Laura dejara el coche en la estación.

—¿O antes?

—O antes.

Irene se acercó al mapa.

—¿Se puede saber?

—No con lo que tenemos ahora.

Elena señaló Bomba 4.

—Sabemos que hubo un ciclo nocturno. Marta dice que E-3 estaba aislada y que el bombeo fue rutinario. Si esa configuración es correcta, tengo que comprobar qué movimiento era posible en el ramal y qué no.

—¿Eso permitiría fechar el teléfono? —preguntó Mireia.

—No con una hora exacta. Pero quizá podamos limitar qué episodios de circulación podían llevar una funda de ese tamaño hasta la rejilla.

—Sin tocar el teléfono.

—Sin tocarlo. La posición ya está documentada.

Mireia asintió.

—Eso me interesa.

Elena cogió el cuaderno.

—Necesito los registros de funcionamiento y niveles con la mayor resolución disponible. Y la configuración real de las compuertas durante cada ciclo relevante, no solo el resumen del parte.

Irene señaló la carpeta recién entregada.

—Parte de eso ya ha empezado a llegar.

—Entonces mañana lo ordenamos por ventanas.

Mireia miró las hojas.

—¿Crees que el coche y el teléfono pueden pertenecer a momentos distintos?

—Tienen que pertenecer a momentos distintos. La cuestión es en qué orden.

La frase quedó unos segundos en el aire.

Elena corrigió enseguida:

—Distintos en el sentido de que el coche fue aparcado en un momento y el teléfono llegó a la rejilla en otro. No sabemos cuál ocurrió primero.

—Eso sí —dijo Mireia.

Elena escribió dos líneas en el cuaderno.

COCHE: estación.

TELÉFONO: antes de rejilla Bomba 4.

Debajo trazó una flecha de doble sentido.

No era una hipótesis. Era justamente lo contrario: una forma de no escogerla todavía.

Mireia se sentó en una de las sillas libres.

—Hay otra cosa.

Elena esperó.

—Que aparezca el coche así puede hacer que la familia piense que Laura se fue por voluntad propia.

—¿Y vosotros?

—Nosotros comprobamos.

—Bien.

Mireia la observó un instante.

—Eva me ha dicho que has hablado con ella de los registros de agua.

Elena asintió.

—Me contó una frase que Laura había repetido: “horas de agua que no existen”.

—¿Te sirve?

—Todavía no sé qué significa. Pero encaja con que estuviera revisando discordancias entre mediciones y partes.

—¿Y con Marta?

Elena no respondió de inmediato.

—Marta me ha dado una explicación técnica coherente. Hasta que los datos la contradigan, es una explicación válida.

Mireia pareció satisfecha.

—Eso quería oír.

—No trabajo para darte respuestas tranquilizadoras.

—Ni yo te las he pedido.

Irene disimuló una sonrisa mientras recogía unas hojas de otra mesa.

Elena volvió al mapa.

El coche en la estación tiraba de la historia en una dirección sencilla. Laura podía haber aparcado allí, tomar un tren y marcharse sin querer ser localizada. El teléfono, perdido o abandonado durante una inspección anterior, podía no tener relación con esa decisión.

Era posible.

También era posible que el teléfono hubiera llegado a la rejilla después.

O antes.

Sin una secuencia, cualquier explicación servía demasiado bien.

—¿Sabéis si Laura solía usar esa estación? —preguntó Elena.

—Lo estamos preguntando —dijo Mireia.

—Entonces no hace falta que lo haga yo.

—No.

La conversación terminó sin más.

Mireia se marchó poco después. Irene regresó a sus tareas y Elena se quedó sola con el plano y los primeros registros.

Durante unos minutos no hizo nada.

Miró las dos líneas escritas en el cuaderno.

El hallazgo del coche no acercaba necesariamente la desaparición al circuito de agua. Podía hacer justo lo contrario. Eso era lo incómodo y también lo útil.

Había una explicación humana razonable que apartaba a Laura del Delta.

Y una posición física, la del teléfono, que la mantenía dentro de él.

Elena abrió una hoja nueva y empezó a ordenar los ciclos de bombeo conocidos.

No necesitaba decidir todavía cuál de las dos historias era cierta.

Necesitaba saber cuándo podía moverse el agua.