Donde mueren los flamencos (Las huellas de la tierra 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Elena llegó a Amposta poco antes del mediodía.

Pero el teléfono de Laura seguía atrapado antes de la rejilla.

Y Laura seguía sin aparecer.

Mireia había hablado con Eva Beltrán antes de facilitar el encuentro. No era una entrevista policial ni Elena pretendía convertirla en una. Necesitaba entender cómo trabajaba Laura, qué recorridos hacía y qué información podía haber estado revisando antes de desaparecer. Nada más.

Eva la esperaba en una cafetería tranquila, apartada de la zona más concurrida. Se levantó cuando Elena se acercó a la mesa.

—Elena Sánchez.

—Eva.

Se dieron la mano.

Eva tenía treinta y seis años y un parecido con su hermana que Elena solo podía reconstruir a partir de las fotografías que había visto: algo en la forma de los ojos, quizá en el gesto de la boca. No quiso quedarse mirando.

—Gracias por venir —dijo Elena.

—Prefiero hacer algo a quedarme en casa esperando.

La frase salió sin dramatismo. Cansada, más que rota.

Elena se sentó frente a ella.

—Antes de empezar, quiero dejar una cosa clara. Yo no estoy investigando la desaparición de tu hermana. Eso lo llevan los Mossos.

—Lo sé.

—Mi trabajo es averiguar qué ha ocurrido con la mortandad de flamencos y reconstruir la circulación del agua en esa zona. El teléfono de Laura apareció dentro de ese circuito. Mireia me ha autorizado a preguntarte por hábitos de trabajo y por los lugares a los que solía ir.

Eva asintió.

—Pregunta.

El camarero dejó dos vasos de agua. Elena esperó a que se alejara.

—¿Laura te hablaba mucho de sus trabajos?

—Depende. De algunos, nada. De otros, demasiado.

—¿Este era de los segundos?

Eva apoyó las manos alrededor del vaso.

—Últimamente sí.

—¿Qué te contaba?

—Que había cosas que no le salían.

Elena esperó.

Eva hizo un gesto breve de fastidio.

—Ya sé que eso no ayuda mucho.

—Ayuda si me explicas qué quería decir ella.

—Registros. Horarios. Partes de agua. Cosas así.

—¿Usaba esas palabras?

—Más o menos. Yo no entiendo de eso.

Aquello era justo lo que Elena necesitaba conservar: las palabras de Laura, no una interpretación posterior de Eva.

—¿Recuerdas alguna frase concreta?

Eva bajó la vista hacia el vaso.

—Sí. Una vez dijo que había “horas de agua que no existen”.

Elena no escribió inmediatamente.

—¿Exactamente así?

—Sí. Me acuerdo porque le dije que parecía una película mala.

—¿Y qué respondió?

—Que ojalá fuera una película mala.

Eva sonrió un segundo, sin alegría.

Elena abrió el cuaderno.

Horas de agua que no existen.

Lo anotó tal cual.

—¿Te explicó a qué se refería?

—No de una forma que yo entendiera. Que unas mediciones decían una cosa y los papeles otra. Que había movimientos de agua que no aparecían donde deberían.

—¿Dijo “movimientos”?

—Creo que sí. O maniobras. No sabría jurarlo.

Elena puso un signo junto a la palabra.

—No hace falta que estés segura de todo. Si dudas, prefiero que me lo digas.

—Laura también decía eso.

—¿El qué?

—Que una cosa era saber y otra creer que sabías.

Elena levantó la vista.

—Suena a alguien que trabajaba con datos.

—Trabajaba con datos y discutía con cualquiera que quisiera rellenar los huecos a ojo.

La respuesta tenía algo de afecto y algo de irritación antigua.

—¿Era así siempre?

—No. A veces hacía exactamente lo contrario.

—¿En qué sentido?

Eva dejó escapar aire por la nariz.

—Se metía demasiado. Si creía que algo estaba mal, no sabía dejarlo para el día siguiente. Podía estar a las diez de la noche repasando un archivo que nadie le había pedido que revisara otra vez.

Eso encajaba con lo poco que Elena sabía de Laura, pero no quiso convertirlo en una virtud.

—¿Le gustaba trabajar sola?

—Demasiado.

—¿Te avisaba de dónde iba?

—A veces.

—¿Y otras?

—Me mandaba un mensaje cuando ya estaba volviendo.

Elena anotó la respuesta.

—¿Era normal que saliera al campo por la tarde o al anochecer?

—Sí, si se le complicaba el día. No todas las semanas, pero no era raro.

—¿Y que alargara una comprobación sin avisar?

Eva la miró.

—Eso es lo que estáis pensando, ¿no? Que pudo ir a algún sitio y pasarle algo.

—Yo no estoy planteando una explicación sobre su desaparición.

—Pero preguntas por eso.

—Pregunto porque el teléfono apareció en una instalación relacionada con el trabajo que estoy reconstruyendo. Necesito saber si Laura podía haber estado allí por motivos profesionales.

Eva sostuvo la mirada unos segundos y después asintió.

—Sí. Podía.

No añadió nada más.

Elena dejó pasar el silencio.

—¿Guardaba sus datos solo en el teléfono?

—No.

La respuesta fue inmediata.

—¿Dónde más?

—En el portátil, claro. Y tenía copias.

—¿De todo?

—Ni idea. Pero era bastante maniática con perder información.

—¿Nube?

—Sí. Y a veces se mandaba cosas a sí misma. Fotos, notas, documentos. También usaba una carpeta compartida para algunos trabajos.

—¿Sabes con quién?

—No. Dependería del encargo.

Elena no siguió por ahí. El acceso a cuentas, dispositivos o documentación ya no le correspondía a ella.

—¿Llevaba cuaderno de campo?

—Sí.

—¿Siempre?

—Casi siempre. Uno pequeño, de tapas duras. Aunque últimamente hacía muchas fotos y luego añadía notas.

Elena pensó en el teléfono dentro de la funda estanca.

No dijo nada.

—¿Solía guardar copias fuera del expediente principal? —preguntó.

Eva se encogió de hombros.

—Si algo le preocupaba, sí.

—¿Por qué?

—Porque desconfiaba de perderlo. O de que alguien cambiara una versión.

Elena apoyó el bolígrafo sobre el papel.

—¿Te dijo que alguien estuviera cambiando datos?

—No exactamente.

—Entonces no quiero que lo demos por hecho.

—Ya.

Eva bebió un poco de agua.

—Pero estaba enfadada.

—¿Con quién?

—Con varias personas, por lo que entendí.

—¿Nombres?

Eva negó.

—No me daba una lista de enemigos, si es lo que preguntas.

—No es lo que pregunto.

—Perdona.

—No pasa nada.

Elena cerró un momento el cuaderno.

Aquella conversación podía desviarse con facilidad hacia sospechosos, reproches y recuerdos reinterpretados después de una desaparición. No quería que Eva reconstruyera a su hermana para ajustarla a lo que ahora todos temían.

—Háblame de Laura cuando no estaba trabajando —dijo.

Eva pareció sorprendida.

—¿Para qué?

—Porque necesito saber qué era normal en ella y qué no.

La respuesta convenció a Eva más que cualquier explicación técnica.

—Era impuntual para todo menos para trabajar. Dejaba mensajes sin contestar durante horas y luego te llamaba tres veces seguidas. Cocinaba fatal. Se compraba plantas y se olvidaba de regarlas, lo cual siempre me pareció bastante ridículo para alguien que vivía de mirar el medio ambiente.

Elena sonrió.

—Eso sí ayuda.

—¿Lo de las plantas?

—Lo de que no era una ficha profesional.

Eva apoyó la espalda en la silla.

—No lo era. También podía ser agotadora.

—¿Por qué?

—Porque cuando creía que tenía razón no soltaba el tema. Y si se daba cuenta de que se había equivocado, se enfadaba primero consigo misma y después con todos los demás.

Elena anotó menos. Ya no necesitaba cada detalle en el papel.

—¿Estaba especialmente preocupada estos últimos días?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

Eva pensó.

—Una semana, quizá algo más.

—¿Dormía poco?

—Muchísimo menos de lo normal. Me mandó un mensaje a las dos y pico una noche. No era raro que trabajara tarde, pero sí que llevara varios días seguidos así.

—¿Por los registros?

—Supongo.

Elena levantó la mirada.

Eva corrigió enseguida:

—No lo sé. Solo sé que cada vez que hablábamos acababa sacando el tema del agua.

—Eso está mejor.

Eva entendió a qué se refería.

—Ella decía que había horarios que no encajaban. Que si una compuerta estaba de una manera, una medición no podía salir como salía.

Elena sintió que la frase encajaba demasiado bien con la conversación de aquella mañana con Marta, y precisamente por eso evitó precipitarse.

—¿Mencionó alguna instalación concreta?

—No que yo recuerde.

—¿Bomba 4?

Eva frunció el ceño.

—No me suena.

—¿E-3?

—Eso menos.

—¿D-17?

—Tampoco.

Elena anotó tres negativas.

Eran tan útiles como un nombre.

—¿Sabes qué zonas visitaba con frecuencia?

—Las de sus encargos. Por Amposta, por el Delta... iba cambiando.

—¿Tenía rutas fijas?

—No. Bueno, alguna cafetería sí.

Elena esperó.

Eva sonrió por primera vez de verdad.

—Te juro que no estoy intentando hacerme la graciosa. Es que Laura podía recorrer cuarenta kilómetros por trabajo y parar siempre en el mismo sitio a por café.

—No es importante para el agua, pero sí para saber cómo se movía.

—Entonces apunta que era fiel a los cafés y bastante menos fiel a los horarios.

Elena lo dejó pasar sin escribirlo.

—¿Había alguien con quien comentara más el trabajo?

Eva dudó.

—No mucho. Tenía colegas, gente con la que colaboraba.

—¿Y en lo personal?

La expresión de Eva cambió apenas.

—Había tenido una relación con Pau Noguera.

Elena conocía el nombre solo por la documentación básica que Mireia le había permitido consultar.

—¿Seguían juntos?

—No. Lo dejaron hace más de un año.

—¿Bien o mal?

—Como casi todo con Laura: no del todo bien y no del todo mal.

—¿Seguían hablando?

Eva tardó algo más esta vez.

—De vez en cuando. Tenían gente conocida en común y coincidían por trabajo.

—¿Sabes si habían retomado la relación?

—No.

—¿Si se habían visto recientemente?

Eva negó.

—No me lo dijo.

Elena no insistió.

Aquella era una frontera clara. Si había algo más, correspondía a Mireia aclararlo.

—¿Laura tenía miedo?

—No.

La respuesta fue rápida.

—¿Segura?

Eva se quedó pensando.

—Estaba preocupada. Irritable. Cansada. Pero miedo... no. Al menos conmigo no lo parecía.

—¿Te dijo que alguien la estuviera presionando?

—No con esas palabras.

—¿Amenazas?

—No.

—¿Algún problema económico serio?

—No que yo sepa.

Elena cerró el cuaderno.

—Una última cosa. Cuando Laura encontraba una incoherencia, ¿qué hacía primero?

Eva se rio sin ganas.

—Depende de cuánto la cabreara.

—Eso no viene en ningún manual.

—Laura tampoco.

Elena esperó.

—Si era una tontería, preguntaba. Si creía que alguien estaba intentando colársela, revisaba todo otra vez. Y si seguía sin cuadrarle, guardaba copia.

—¿Y después?

—Iba a hablar con la persona que tuviera que hablar.

—¿Esperaba a tenerlo todo cerrado?

Eva negó lentamente.

—No siempre. Ese era uno de sus defectos.

Ahí estaba una persona.

No una desaparecida.

Una mujer competente que podía ser meticulosa con los datos y precipitada con la gente.

Que guardaba copias porque desconfiaba de los documentos únicos.

Que dormía poco cuando una inconsistencia se le quedaba atravesada.

Que discutía. Que cocinaba mal. Que podía no avisar de dónde estaba hasta que ya regresaba.

Elena guardó el bolígrafo.

—Gracias.

Eva miró el cuaderno cerrado.

—¿Te sirve?

—Sí.

—¿Para encontrarla?

Elena no quiso refugiarse en una respuesta técnica.

—Para entender mejor qué estaba haciendo antes de desaparecer. Encontrarla depende de más cosas.

Eva asintió. Parecía haber esperado exactamente esa cautela, aunque no le gustara.

—Si recuerdo algo más...

—Díselo primero a Mireia. Si tiene relación con mi parte del trabajo, me llegará por la vía correcta.

—Vale.

Se levantaron.

Antes de marcharse, Eva la llamó.

—Elena.

Se volvió.

—Lo de las horas de agua... Laura lo repitió dos veces. No fue una frase suelta.

—¿Cuándo?

—En días distintos. La segunda vez dijo que estaba segura de que no era un error.

Elena mantuvo la mano sobre el respaldo de la silla.

—¿Dijo qué era entonces?

—No. Solo que tenía que demostrarlo.

Elena asintió.

—Gracias.

Salió a la calle con el calor del mediodía pegándose de inmediato a la ropa.

Hasta aquella conversación, Laura Beltrán había sido para ella un nombre asociado a un teléfono encontrado en una rejilla.

Ahora sabía algo distinto.

Laura había estado siguiendo una contradicción.

No sabía todavía cuál.

Ni dónde.

Ni si tenía relación con la desaparición.

Pero había una frase que no procedía de un informe ni de una interpretación posterior:

Horas de agua que no existen.

Elena caminó unos metros antes de abrir de nuevo el cuaderno.

Debajo de la frase escribió una sola pregunta.

¿Qué registro dice que no ocurrieron?