Donde mueren los flamencos (Las huellas de la tierra 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

—Elena Sánchez.

—Marta Rius.

El apretón de manos fue breve. Marta debía de medir unos centímetros más que ella, llevaba el cabello oscuro muy corto y vestía sin nada que llamara la atención: pantalón claro, camisa de manga remangada y botas limpias, más de despacho técnico que de jornada de campo.

Hablaba con una precisión que Elena reconoció enseguida.

No parecía alguien que necesitara adornar una explicación para que sonara convincente.

Irene había organizado el encuentro después de que Elena pidiera a alguien capaz de explicarle la red sobre el terreno. Marta, responsable técnica de varias maniobras de compuertas y bombeos, era la persona adecuada.

—Me han dicho que quieres reconstruir los movimientos de agua de estos días —dijo Marta.

—Primero quiero entender qué movimientos eran posibles.

Marta asintió.

—Mejor. Los planos engañan bastante si no conoces las cotas.

A Elena le gustó la respuesta.

No mencionó el teléfono de inmediato. Mireia ya sabía que Elena iba a revisar la hidráulica, e Irene había coordinado el acceso. No necesitaba convertir cada conversación técnica en una extensión de la investigación policial.

Marta abrió la carpeta sobre el capó de su coche. Dentro llevaba una copia simplificada de la red, con las parcelas, desagües y elementos de regulación reducidos a líneas de colores y códigos.

—Estamos aquí —dijo, señalando Bomba 4—. Esto es el Ramal de la Estacada. La parcela D-17 queda al oeste de este tramo. La compuerta E-3 regula la conexión entre esa zona y la toma de la bomba.

Elena siguió el recorrido con el dedo sin tocar el papel.

—¿Regula o corta?

—Las dos cosas, según la posición. Puede dejar la zona aislada o permitir que el agua entre en el circuito de Bomba 4. Pero no funciona como un grifo doméstico. Hay diferencias de nivel, aportes laterales y tiempos de respuesta.

—Eso quería ver.

Marta dobló el plano por una esquina para que no se levantara con el aire.

—Si buscas una línea limpia desde una parcela hasta la laguna, no la vas a encontrar. Hay que pensar en tramos.

Elena miró hacia el ramal. La víspera había recorrido parte de aquel mismo cauce siguiendo el gradiente de campo. Desde allí, la red parecía aún menos ordenada que sobre el plano.

—Enséñame E-3.

Caminaron por una pista de servicio que discurría junto al agua. El calor de media mañana ya se notaba en la grava, aunque una brisa débil recorría los arrozales. Marta avanzaba sin prisa, deteniéndose solo cuando había algo que señalar.

—D-17 evacua por aquí en determinadas condiciones —explicó—. No siempre directamente. Depende de niveles y de qué otras parcelas estén descargando.

—¿Quién decide las maniobras?

—Hay programación ordinaria y ajustes. Parte está automatizado y parte depende de necesidades de nivel, mantenimiento o incidencias.

—¿Y esos ajustes quedan registrados?

—Deberían.

Elena la miró.

Marta no rectificó la palabra.

—¿Deberían?

—El funcionamiento de bomba queda registrado. Algunas posiciones también. Los partes manuales recogen el resto. Pero si quieres una reconstrucción minuto a minuto, vas a tener que cruzar varias fuentes.

Aquello coincidía con lo que Irene le había explicado en el CADS. Sistemas separados, frecuencias distintas, información que no siempre llegaba con la misma resolución temporal.

—Es lo que estoy intentando hacer.

Llegaron a la compuerta.

E-3 no tenía nada de especial a simple vista: una estructura metálica baja, mecanismo de accionamiento y marcas de uso sobre un hormigón envejecido. Elena se acercó lo suficiente para observarla sin manipular nada.

—¿Esta posición qué significa ahora?

—Abierta parcialmente.

—¿Y cerrada del todo?

Marta señaló el recorrido del mecanismo.

—Así quedaría aislado este ramal de la toma. Con la bomba funcionando, el efecto aquí sería mucho menor.

—¿El agua podría seguir moviéndose?

—Claro. No desaparece la hidráulica porque cierres una compuerta. Puede haber circulación local, pérdidas, aportes de otras entradas. Pero no tendrías el mismo arrastre hacia Bomba 4.

Elena anotó la frase.

No porque fuera una revelación, sino porque definía con claridad una condición que después podría comprobar.

—¿Y con E-3 abierta?

—Si Bomba 4 entra en funcionamiento y los niveles acompañan, la corriente aumenta hacia la toma.

Marta cogió una piedra pequeña del margen y la dejó caer al agua, no como prueba, sino para señalar visualmente la dirección general del tramo.

—No lo tomes como un ensayo —añadió—. Hoy no estamos en las condiciones de la noche que quieres revisar.

—No pensaba hacerlo.

Marta sonrió apenas.

—Bien.

Continuaron hasta una bifurcación desde la que se veía, a cierta distancia, parte de la Finca del Salobral. Elena reconoció el código D-17 del plano.

—¿Qué importancia tiene esa parcela en el circuito?

—Hidráulicamente, ninguna excepcional. Está en una zona sensible a cambios de drenaje y salinidad, como muchas otras. Si mantienes determinados niveles durante demasiado tiempo, lo notas antes que en terrenos con mejor renovación.

—¿Ha habido problemas allí?

—Que yo sepa, los propios de la zona.

La respuesta era razonable. Elena no tenía ningún motivo para darle más peso.

Se agachó junto al margen del ramal y observó la altura del agua respecto a una marca oscura en el hormigón. No quiso convertir aquella marca en un dato sin saber cuándo se había formado. La red estaba llena de rastros que podían significar demasiadas cosas.

—Quiero volver al ciclo nocturno —dijo.

Marta esperó a que se incorporara.

—¿El de hace tres madrugadas?

Elena calculó mentalmente. Era posterior a la desaparición de Laura y anterior a la detección clara de la mortalidad de aves.

—Ese.

—La bomba funcionó.

—Eso lo sé. Lo que no tengo completo es la configuración.

Marta abrió de nuevo la carpeta. Sacó una hoja con una tabla resumida.

—Fue una maniobra rutinaria por nivel. Bomba 4 entró durante la madrugada. E-3 estaba aislada.

Elena bajó la vista hacia la tabla.

—¿Aislada significa cerrada?

—En términos prácticos para ese circuito, sí.

—¿Durante todo el ciclo?

—Durante la maniobra que estás revisando.

—¿Y entonces qué agua estaba moviendo la bomba?

Marta señaló otro tramo en el plano.

—Principalmente la del sector de toma por estas entradas. Si E-3 está cerrada, Estacada no alimenta la bomba de forma directa. Puede haber movimientos locales en el ramal, pero no una corriente sostenida desde D-17 hacia la rejilla.

Elena dejó el bolígrafo un instante sobre el cuaderno.

La posición del teléfono estaba precisamente antes de aquella rejilla.

No formuló la conexión en voz alta como si ya fuera una conclusión. Aún no sabía cuándo había llegado el aparato allí. Podía haber caído cerca de la toma.

Podía llevar más tiempo del que parecía. Podía haber sido depositado. Y una compuerta cerrada no convertía el agua en una superficie inmóvil.

—¿Quién completó el parte de esa maniobra?

Marta sostuvo su mirada con normalidad.

—Yo revisé el parte operativo.

—¿Estabas aquí?

—No toda la noche. El sistema no requiere presencia continua.

—Entonces la posición de E-3, ¿la conoces por registro o por el parte?

Marta tardó lo justo para ordenar la respuesta.

—Por la programación de la maniobra y por el parte. Tendrás los documentos completos cuando Irene termine de reunirlos.

—Todavía me faltan algunos.

—No me sorprende. Hay datos repartidos entre más sistemas de los que debería haber.

No sonó a excusa. Más bien a una queja profesional conocida.

Elena escribió: E-3 aislada/cerrada durante ciclo nocturno. Bombeo rutinario por nivel.

Debajo dejó espacio.

—¿Una variación de esa configuración podría dejar una señal en conductividad? —preguntó.

—Podría. Pero no siempre de forma limpia. Depende de qué agua tengas a cada lado, cuánto dure la maniobra y qué haya ocurrido antes.

—¿Y en nivel?

—Más fácil de ver, aunque tampoco basta una curva por sí sola.

Marta se acercó a la estructura y señaló dos referencias físicas sin tocarlas.

—Esto es lo que suele confundirse cuando alguien mira solo el mapa. La bomba no “chupa” de todo lo que está dibujado aguas arriba. Necesita una conexión efectiva. Si E-3 está cerrada, el efecto hacia Estacada se reduce muchísimo.

Elena volvió a mirar el ramal.

La explicación tenía sentido. Mejor aún: era comprobable.

Eso era lo que necesitaba de Marta.

—¿Laura trabajaba con esta red? —preguntó.

Marta no cambió de expresión.

—Sí. Había hecho controles en varias zonas.

—¿Conocía bien Bomba 4?

—Lo suficiente para interpretar datos de campo. No gestionaba la instalación.

—¿Habíais trabajado juntas?

—Coincidimos varias veces. Ella tomaba datos, revisaba series, pedía aclaraciones. Lo normal.

Elena no preguntó más. Mireia había sido clara sobre los límites y, además, aquella conversación no necesitaba convertirse en una entrevista sobre la desaparecida. Su interés seguía siendo otro: saber si el teléfono podía haber llegado hasta la rejilla por el movimiento del agua.

—Si quisiera reconstruir ese ciclo sin dar por bueno el parte —dijo—, ¿qué mirarías primero?

Marta respondió sin pensarlo demasiado.

—Consumo de la bomba, nivel antes y después, posición disponible de compuertas, conductividad si tienes serie suficiente y cualquier incidencia anotada. Después lo compararía con días similares.

—Eso mismo he pedido.

—Entonces vas por buen camino.

La frase no tuvo tono paternalista. Marta parecía limitarse a confirmar un método que compartían.

Regresaron hacia Bomba 4.

En el trayecto, Elena le pidió que le explicara dos entradas menores que en el plano parecían casi equivalentes.

Marta distinguió enseguida cuál respondía peor a cambios de nivel y cuál tendía a acumular vegetación.

Señaló una modificación antigua del margen que alteraba la sección útil del canal y advirtió que una lectura tomada demasiado cerca de una confluencia podía resultar engañosa.

No todo lo que decía favorecía una versión sencilla de la red. Al contrario. Introducía matices y límites.

Eso aumentaba su credibilidad.

Cuando llegaron a la instalación, Elena se detuvo ante la rejilla vacía. El lugar donde había estado la funda del teléfono ya no tenía nada particular. Unos tallos atrapados entre las barras, restos de hojas, agua oscura desplazándose apenas.

—Ayer apareció aquí un objeto —dijo.

Marta miró la zona.

—Me lo comentó Irene.

Elena no precisó cuál.

—Si hubiera entrado desde Estacada durante ese ciclo, ¿qué tendría que haber pasado?

Marta respondió mirando el circuito, no a ella.

—Para un arrastre claro desde Estacada hasta aquí durante ese bombeo, E-3 tendría que haber estado comunicando el ramal con la toma.

—Y dices que no lo estaba.

—No. Estaba aislada.

No hubo vacilación.

Elena lo anotó una segunda vez, esta vez junto a un esquema rápido de la instalación.

No tenía datos para discutirlo.

Tampoco los necesitaba todavía.

Una afirmación técnica valía más cuando podía enfrentarse después a medidas independientes que cuando se discutía sobre el terreno por intuición.

—¿Podemos resumirlo así? —preguntó—. Con E-3 cerrada, Bomba 4 pudo funcionar de forma ordinaria sin generar una corriente sostenida desde D-17 y Estacada hacia la rejilla.

—Sí.

—Y eso es lo que figura para aquella madrugada.

—Sí.

Elena cerró el cuaderno.

Marta había hecho exactamente lo que esperaba de una buena técnica: le había explicado el sistema, había distinguido lo probable de lo posible y había señalado dónde estaban los límites de una reconstrucción. No había ninguna razón profesional para desconfiar de ella.

De momento, el circuito tenía una lógica sencilla.

La bomba había funcionado.

E-3 había permanecido cerrada.

Y, si los partes eran correctos, el Ramal de la Estacada no debía haber alimentado de forma sostenida la toma durante aquella maniobra.

Ahora Elena necesitaba comprobar que el agua se había comportado como decía el papel.