Donde mueren los flamencos (Las huellas de la tierra 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

A la mañana siguiente, el teléfono ya no estaba en la rejilla.

Había dormido poco, aunque no por el hallazgo. O no solo por él. Antes de acostarse había revisado las notas del primer día y había vuelto a la misma pregunta varias veces: cuánto podía decirle la posición de aquel objeto si conseguía reconstruir la circulación del ramal.

No había encontrado una respuesta. Todavía no tenía los registros.

Dejó la mochila en el coche y se acercó al acceso.

Una mujer la esperaba junto a la caseta técnica. Tendría aproximadamente su edad, llevaba ropa de calle bajo un chaleco ligero y sostenía una carpeta fina. Se presentó sin alargar el saludo.

—Mireia Solé. Mossos.

—Elena Sánchez.

—Sé quién eres. Irene Masip me ha pasado los datos de tu encargo.

Elena asintió.

Mireia señaló la toma.

—Quería que me explicaras aquí exactamente dónde estaba el teléfono y por qué consideraste importante no moverlo.

Aquello sí formaba parte de su trabajo.

Caminaron hasta la barandilla. La acumulación de tallos había cambiado ligeramente respecto a la tarde anterior. Elena no intentó comparar de memoria cada fragmento. Sacó el móvil y abrió las fotografías que había tomado antes de que se retirara la funda.

—Lo vi desde aquí —dijo—. Estaba atrapado en este lado de la rejilla, mezclado con restos vegetales. La funda se veía parcialmente. No toqué ni el teléfono ni lo que tenía alrededor.

Amplió una imagen.

—Esta es la primera fotografía general. Y esta, la relación con las barras.

Mireia observó la pantalla sin cogerle el móvil.

—¿Cuando dices “este lado”, qué significa exactamente?

Elena agradeció la pregunta. Era mejor que dar por supuesto que ambas entendían lo mismo.

—El lado de llegada del agua. El ramal trae el agua hasta la toma. La rejilla retiene objetos antes del equipo de bombeo. El teléfono estaba aquí, no después de la rejilla ni en el colector de salida.

—¿Eso significa que llegó arrastrado por el agua?

—No.

Mireia la miró.

—¿No?

—Significa que, cuando yo lo encontré, estaba colocado en una posición compatible con haber llegado desde el ramal. También podría haber caído muy cerca o haber sido dejado allí. Para afirmar un desplazamiento necesito saber cómo circuló el agua y cuándo funcionó la bomba.

—¿Y eso lo puedes averiguar?

—En parte. Irene está reuniendo registros de niveles, compuertas y bombeo. Habrá que ver qué calidad tienen.

Mireia volvió a mirar la toma.

—Vale.

No parecía decepcionada por la cautela. Elena había conocido a personas que, ante un hallazgo así, querían una explicación inmediata. Mireia, al menos de momento, parecía preferir saber dónde terminaba cada certeza.

—La funda estaba cerrada —añadió Elena—. Desde fuera no pude identificar el aparato ni saber cuánto tiempo llevaba ahí.

—Eso ya lo tenemos nosotros.

Elena cerró las fotografías.

Esperó.

Mireia abrió la carpeta que llevaba consigo, aunque no consultó ninguna hoja.

—El teléfono pertenece a Laura Beltrán.

El nombre le resultó familiar antes de que consiguiera situarlo. Laura Beltrán. Había aparecido el día anterior entre la documentación del CADS: técnica ambiental autónoma, trabajos de control de agua en la zona.

—La que había trabajado aquí —dijo Elena.

—Sí.

Mireia hizo una pausa breve.

—Está desaparecida.

Elena mantuvo la vista en ella.

—¿Desde cuándo?

—Cuatro días.

El dato cambió el peso de la rejilla, del ramal y de las fotografías del día anterior sin cambiar ninguno de los hechos físicos.

Un teléfono perdido podía acabar en un drenaje por muchas razones. El teléfono de una persona desaparecida exigía conservar esas razones abiertas con más cuidado, no cerrarlas deprisa.

—¿Sabíais que había trabajado en esta red? —preguntó.

—Sabemos que había hecho trabajos ambientales en la zona. Estamos comprobando sus últimos movimientos y sus encargos.

Mireia no añadió más.

Elena tampoco pidió detalles. El contenido del teléfono, las comunicaciones de Laura o cualquier otra diligencia pertenecían ya a una investigación que no dirigía.

Miró de nuevo la rejilla.

—Entonces os interesa saber si pudo llegar hasta aquí después de que desapareciera.

—Entre otras cosas.

—A mí también.

Mireia ladeó apenas la cabeza.

—Por las aves.

—Por el agua.

Elena señaló el ramal.

—Llegué a esta instalación siguiendo el aporte que alimenta el sector de la Gola Blanca donde se concentran los flamencos afectados. Si el teléfono recorrió ese mismo tramo, necesito saber en qué condiciones pudo hacerlo. Eso no demuestra que Laura tenga relación con la mortandad.

—Pero la acerca.

—La coloca en el mismo circuito. No es lo mismo.

Mireia dejó escapar un sonido que podía ser asentimiento.

—Me habían dicho que eras prudente.

Elena no preguntó quién.

—Intento no tener que corregir frases demasiado grandes en los informes.

Por primera vez, Mireia sonrió.

—Eso nos ahorraría trabajo a todos.

Se apartaron de la barandilla. Un vehículo agrícola pasó por la pista próxima y el ruido se perdió hacia los arrozales. La mañana era más clara que la tarde anterior, con una brisa suave que movía la parte alta del carrizo sin alterar apenas la superficie del ramal.

Elena sacó el cuaderno.

—¿A qué hora se retiró exactamente el teléfono?

Mireia se la dio.

Elena anotó el dato como referencia de su propia inspección, no como parte de la cadena policial.

—¿Necesitas algo más de mí sobre el hallazgo?

—Que no publiques ni compartas las fotografías fuera de tu informe y que, si encuentras cualquier otro objeto que pueda estar relacionado, hagas lo mismo que ayer: no tocar y avisar.

—Eso iba a hacer igualmente.

—Mejor dejarlo dicho.

—Sí.

Mireia cerró la carpeta.

—Y otra cosa. La investigación sobre Laura es nuestra. Si durante tu trabajo aparece alguien que quiera hablarte de ella, puedes escuchar lo que necesites para tu peritación, pero si surge información sobre la desaparición, nos la trasladáis.

Elena no discutió el plural.

—No tengo intención de investigar por mi cuenta qué le ha pasado.

—Perfecto.

La respuesta fue sencilla, sin desconfianza teatral. Elena la prefirió así.

Durante unos segundos ninguna habló. Ella observó el punto donde había estado la funda.

Sin el objeto, la rejilla había recuperado su aspecto ordinario.

Tallos, hojas, pequeñas ramas atrapadas contra el metal.

Si hubiera llegado aquella mañana por primera vez, no habría visto nada que justificara detenerse más de unos minutos.

Sacó una fotografía nueva desde el mismo lugar que el día anterior.

Mireia la miró hacerlo.

—¿Para comparar?

—Para dejar constancia de que el objeto ya no está cuando continúe la inspección. Y porque la acumulación cambia.

—¿Eso puede decirte cuánto llevaba allí?

—No de forma fiable.

Elena guardó el teléfono.

—Los restos se reorganizan con el caudal. Una rama puede quedar retenida antes que otra y moverse después. No voy a convertir la posición de dos hojas en un reloj.

—Bien.

Había algo casi seco en el modo en que Mireia respondía, pero no hostilidad. Probablemente estaba acostumbrada a que cada especialista defendiera el alcance de lo suyo.

Elena abrió el mapa doblado.

—Lo que sí necesito es reconstruir las ventanas de circulación. Si el ramal estuvo prácticamente parado durante determinados periodos, un objeto de ese tamaño no habría recorrido lo mismo que durante un ciclo de bombeo.

Mireia se acercó un poco al plano.

—¿Puedes saber desde dónde salió?

—No con lo que tengo ahora.

—¿Ni siquiera una zona aproximada?

—Primero tengo que saber si se movió. Después, hasta dónde pudo hacerlo. Hacerlo al revés sería dibujar una ruta porque ya conocemos al dueño.

Mireia sostuvo la mirada un instante y después asintió.

—Cuando tengas algo que afecte a la desaparición, llámame.

Le dio una tarjeta.

Elena la guardó en la funda interior del cuaderno.

—Y si necesitamos que expliques formalmente la posición del teléfono, te avisaremos.

—De acuerdo.

Mireia se marchó hacia el vehículo policial. Elena esperó a que saliera por la pista antes de volver a la toma.

La mañana había cambiado el encargo sin sustituirlo.

Seguían muriendo flamencos en la Gola Blanca. Seguía sin saber qué los había afectado. Las muestras estaban pendientes de análisis y la distribución continuaba señalando hacia un aporte concreto. Nada de eso desaparecía porque el objeto encontrado tuviera ahora un nombre detrás.

Laura Beltrán.

Elena recordó la referencia del CADS. Había trabajado en controles de agua.

Aquel dato era conocido desde el día anterior y entonces apenas había merecido una anotación.

Ahora podía convertirse con demasiada facilidad en una historia completa: Laura había encontrado algo, había desaparecido y su teléfono había terminado en el mismo circuito de agua que Elena investigaba.

Demasiadas uniones para tan pocas pruebas.

Se apoyó en la barandilla sin tocarla con el cuaderno.

¿Qué sabía de verdad?

Que Laura llevaba cuatro días desaparecida.

Que su teléfono estaba dentro de una funda estanca cuando Elena lo encontró.

Que había quedado retenido antes de la rejilla de Bomba 4.

Y que Elena había llegado hasta allí siguiendo aguas arriba el aporte asociado a la zona donde se concentraban las aves afectadas.

Nada más.

Ni siquiera sabía si Laura había estado físicamente en aquel lugar.

La tentación era convertir la coincidencia en una conexión. Elena la dejó pasar.

Abrió el cuaderno en la página de la tarde anterior.

“Objeto retenido antes de la rejilla. Determinar ventana posible de llegada.”

Debajo añadió el nombre de Laura y la fecha relativa de su desaparición: cuatro días antes de la llegada de Elena al Delta.

No escribió homicidio. Tampoco accidente, fuga o cualquier otra explicación.

Cerró el cuaderno y recorrió unos metros del borde de la toma. Quería volver a mirar el ramal con una cuestión más precisa. El día anterior le había interesado qué podía hacer el agua en términos generales. Ahora necesitaba acotar tiempos.

Si el teléfono había llegado arrastrado, había tenido que existir una ventana en la que el agua pudiera moverlo hasta allí.

La funda estanca aumentaba el volumen y podía modificar su comportamiento respecto a un teléfono desnudo, pero eso no permitía calcular nada a simple vista. Harían falta la geometría del tramo, la circulación real y, quizá, una reconstrucción más adelante si los datos justificaban intentarla.

No necesitaba precipitar esa fase.

Sacó el móvil y llamó a Irene.

—¿Tienes ya los registros de Bomba 4?

—Estoy terminando de reunirlos. ¿Ha pasado algo?

Elena miró el agua.

—El teléfono es de Laura Beltrán.

Irene tardó un instante en responder.

—¿Laura?

—Sí. Los Mossos me han dicho que está desaparecida desde hace cuatro días.

El silencio al otro lado duró poco.

—No lo sabía.

Elena no intentó interpretar el tono.

—Necesito los datos de bombeo y lo que tengáis de niveles. Los originales que podáis facilitar dentro del encargo, no un resumen nuevo preparado ahora.

—Te los consigo.

—Y, si falta algo, déjalo marcado como falta. No quiero que rellenemos huecos todavía.

—Entendido.

Elena colgó.

El agua seguía llegando despacio a la rejilla. Una pequeña hoja flotante avanzó unos centímetros, se desvió hacia el borde y quedó detenida contra un tallo.

Aquello no demostraba nada sobre lo que había ocurrido cuatro días antes.

Pero le recordó cuál era la pregunta correcta.

No qué le había pasado a Laura.

Todavía no.

Primero necesitaba saber cuándo podía haber llegado su teléfono hasta aquella rejilla.