Capítulo 4
El Ramal de la Estacada era más estrecho de lo que parecía en el mapa.
Elena dejó el coche en una pequeña zona de tierra firme junto al acceso autorizado y recorrió los primeros metros a pie.
El sol había empezado a bajar, pero el calor seguía acumulado sobre los caminos y las láminas de agua.
A un lado, el ramal avanzaba entre vegetación baja y carrizo; al otro, las parcelas se sucedían casi sin relieve.
Llevaba la copia ampliada que Irene le había impreso doblada dentro del cuaderno.
La sacó y comparó el trazado con lo que tenía delante.
Sobre la pantalla del CADS, la red había parecido limpia. Líneas, cruces, símbolos de compuertas. Allí, en cambio, cada tramo tenía anchuras distintas, márgenes mal definidos y pequeñas entradas que desde el camino podían confundirse con simples huecos entre la vegetación.
Eso era precisamente lo que necesitaba ver.
Avanzó despacio, sin intentar interpretar aún las series que Irene estaba reuniendo. Primero quería entender qué podía hacer el agua cuando se movía de verdad por aquel circuito.
El ramal presentaba una circulación débil.
En algunos puntos, los restos vegetales parecían inmóviles; en otros se desplazaban unos centímetros y volvían a quedar detenidos junto al borde.
Elena observó varias incorporaciones menores y anotó cuáles coincidían con el mapa y cuáles no resultaban tan evidentes sobre el terreno.
No había nada que, por sí solo, explicara la mortandad de los flamencos.
Tampoco esperaba encontrarlo allí como quien sigue una mancha hasta un bidón abierto.
Se detuvo ante una estructura de paso que estrechaba el cauce. Un pequeño grupo de hojas secas había quedado retenido contra una esquina. Más adelante, el agua recuperaba su anchura habitual.
Elena siguió con la vista la dirección del ramal.
La Bomba 4 quedaba a poca distancia.
Volvió al coche y continuó por la pista hasta el acceso a la instalación. La autorización del CADS le había llegado al teléfono mientras salía de la sede. Irene había añadido un mensaje breve: el recinto estaba accesible y podían avisarla si surgía cualquier problema.
Elena aparcó fuera del cierre principal.
La estación de bombeo era una instalación pequeña y utilitaria, sin nada que justificara detenerse a mirarla si no se sabía para qué servía.
Hormigón, barandillas metálicas, una caseta técnica y el punto en que el agua se acercaba a la toma.
El sonido mecánico era escaso a esa hora. No parecía estar funcionando.
Comprobó el acceso, guardó en el bolsillo el permiso y entró.
Antes de acercarse al agua, recorrió el perímetro visible.
Le interesaban las alturas relativas, las entradas y salidas y, sobre todo, qué parte de la instalación podía alterar la circulación que había seguido desde la Gola Blanca.
El mapa mostraba una relación sencilla. El terreno la obligaba a pensar en desniveles mínimos, obstáculos y zonas donde el movimiento podía cambiar en función del bombeo.
Sacó varias fotografías generales.
Luego se acercó a la toma.
La rejilla estaba protegida por una barandilla y retenía una acumulación irregular de restos: tallos, hojas, fragmentos de carrizo y pequeños residuos arrastrados por el agua. Elena se apoyó lo justo para observar sin invadir la zona.
Al principio vio solo materia vegetal.
Después distinguió algo que no encajaba con el resto.
Una esquina lisa, oscura, bajo dos tallos secos.
Cambió de posición.
No era una botella ni un trozo de plástico plano. Tenía un borde regular y parecía estar dentro de una funda transparente o translúcida, cubierta de suciedad por una de las caras.
Elena no se acercó más.
Sacó el teléfono y amplió la imagen con la cámara.
Ahora sí.
Dentro de la funda había un móvil.
Bajó el teléfono sin hacer ninguna fotografía todavía.
Durante unos segundos se limitó a mirar la rejilla y el agua que llegaba hasta ella.
El objeto estaba atrapado en el lado de entrada, entre residuos acumulados antes de la barrera metálica.
No se encontraba dentro de la caseta, ni junto a un camino, ni en la parte donde el agua salía después del bombeo.
Había llegado hasta allí desde el ramal o alguien lo había dejado directamente en ese punto.
Eran posibilidades distintas.
Y aún no tenía ningún motivo para elegir entre ellas.
Retrocedió un paso y comenzó a documentar.
Primero una fotografía general de la toma. Después otra en la que se viera la posición de la funda respecto a la rejilla y al borde. Solo entonces tomó imágenes más cercanas utilizando el zoom, sin tocar nada.
Anotó la hora aproximada, el lugar y la condición visible del objeto.
No podía saber cuánto tiempo llevaba allí. Los restos vegetales tampoco ofrecían una respuesta inmediata: podían haberse acumulado en episodios distintos, moverse con cambios de caudal o reorganizarse cada vez que la bomba funcionara.
Elena miró hacia el ramal.
Si el teléfono había viajado con el agua, su posición podía acabar siendo más útil que el aparato.
Pero todavía era un condicional.
Llamó a Irene.
—Estoy en Bomba 4.
—¿Has podido entrar bien?
—Sí. He encontrado un objeto en la rejilla de toma. Parece un teléfono dentro de una funda estanca.
Hubo una pausa breve.
—¿Un teléfono?
—Eso parece. No lo he tocado.
—¿Está dentro del recinto?
—En el agua, antes de la rejilla.
Irene tardó un instante en responder.
—Vale. No hagas nada. Aviso para que se haga cargo quien corresponda.
—Eso iba a pedirte.
—¿Crees que tiene relación con lo de las aves?
Elena volvió a mirar el objeto.
—No lo sé.
—Pero está en el mismo circuito.
—Está en el circuito que estoy revisando. No significa lo mismo.
Irene aceptó la precisión sin discutir.
—Te llamo en cuanto me digan quién va.
Elena colgó.
Se quedó junto a la toma, sin acercarse más.
El hallazgo alteraba el trabajo, pero no de la manera espectacular que podía parecer.
Un teléfono perdido en un canal no era necesariamente una prueba de nada.
En un territorio cruzado por agua, caminos de servicio y actividad agrícola, podían acabar objetos en lugares extraños por descuido, una caída o una limpieza mal hecha.
Lo que no podía hacer era tratarlo como un residuo cualquiera y sacarlo para verlo mejor.
Mientras esperaba, volvió sobre sus fotografías.
La primera mostraba suficiente contexto: ramal, entrada, rejilla y acumulación de restos. En la segunda, la funda quedaba claramente situada antes de las barras. Era justo lo que necesitaba conservar si el objeto era retirado.
Abrió el cuaderno por la página donde había dibujado el circuito en el CADS.
Gola Blanca.
Colector.
Ramal de la Estacada.
Bomba 4.
Marcó una pequeña cruz junto a la toma.
No escribió "teléfono" al lado de ninguna flecha. Solo anotó su posición.
Había demasiada facilidad en convertir el hallazgo en una historia: alguien había perdido un móvil aguas arriba, el agua lo había arrastrado, la bomba lo había detenido. Podía ser exactamente eso. También podía no haber recorrido más de un metro.
Para sostener un desplazamiento necesitaría saber cuándo había funcionado la instalación, con qué caudal, qué configuraciones estaban abiertas y si un objeto de aquel tamaño podía llegar hasta allí sin quedar atrapado antes.
Esas preguntas pertenecían a otro momento.
Por ahora solo tenía un hecho físico.
El teléfono estaba antes de la rejilla.
Elena recorrió visualmente el borde buscando otro objeto parecido, alguna bolsa, restos de una funda rota o cualquier elemento que indicara una acumulación de residuos procedente de una limpieza reciente. No encontró nada que destacara.
Tampoco quiso ampliar la inspección hasta convertirla en una búsqueda improvisada.
Su encargo seguía siendo ambiental. Si aquel objeto adquiría otra relevancia, cambiarían también las reglas sobre quién debía manipularlo y cómo.
El móvil vibró en su mano.
Era Irene.
—Ya está avisado. Van hacia allí.
—Bien.
—¿Necesitas que vuelva?
Elena miró el camino de acceso.
—No. Quédate con los registros. Yo espero.
—Te mando en cuanto pueda el primer paquete de datos.
—Gracias.
Guardó el teléfono.
La tarde empezaba a perder brillo. El agua junto a la toma reflejaba menos el cielo y dejaba ver mejor la acumulación de tallos atrapados en superficie. La funda permanecía inmóvil entre ellos.
Elena se apartó de la barandilla.
No quería alterar nada por estar demasiado cerca.
Aprovechó la espera para recorrer de nuevo la parte autorizada del recinto, esta vez pensando en la secuencia física y no en el mapa.
El Ramal de la Estacada acercaba el agua a la toma.
La rejilla separaba los materiales que podían dañar el equipo.
Más allá quedaba el sistema de bombeo y, después, la salida hacia el circuito que terminaba alimentando el sector de la Gola Blanca.
El objeto no había cruzado esa separación.
Eso sí podía afirmarlo.
Regresó al punto desde el que lo había visto por primera vez.
Un tallo se movió con una pequeña oscilación del agua y dejó expuesta una parte mayor de la funda. La pantalla del teléfono seguía apagada. Elena no distinguía marca, color con precisión ni ningún detalle que permitiera identificar a su propietario.
Mejor así.
No necesitaba saber de quién era para reconocer que la posición merecía conservarse correctamente.
Oyó un vehículo acercarse por la pista.
Elena cerró el cuaderno y se quedó junto al acceso, esperando.
Cuando llegaron las personas que iban a hacerse cargo del hallazgo, explicó únicamente lo que había observado: dónde estaba la funda cuando la vio, desde qué punto la había fotografiado y por qué no la había manipulado.
Enseñó las imágenes generales y señaló la relación con la rejilla sin atribuirle un recorrido que aún no podía demostrar.
Después se apartó.
La retirada del objeto ya no era su trabajo.
Mientras preparaban la intervención, Elena volvió a mirar hacia el Ramal de la Estacada. A esa hora, la superficie apenas mostraba movimiento. Nada en ella permitía reconstruir a simple vista el trayecto que un objeto habría podido hacer horas o días antes.
Para eso necesitaría los registros.
Pero el mapa de la mañana había cambiado otra vez.
Había empezado con una concentración de aves. Luego había reducido la laguna a un aporte. Después, el aporte a un ramal y una estación de bombeo.
Ahora, antes de la rejilla de esa estación, había aparecido un teléfono.
No sabía de quién era.
Tampoco sabía cuándo había llegado allí.
Se guardó esas dos preguntas y evitó añadir una tercera que todavía no tenía base.
Cuando terminó de documentar su propia intervención, recogió la mochila y salió del recinto.
Antes de subir al coche, abrió una vez más el cuaderno.
Junto a la cruz que había marcado en Bomba 4 escribió una sola línea:
"Objeto retenido antes de la rejilla. Determinar ventana posible de llegada."
Cerró el cuaderno.
El resto tendría que esperar a que el agua y los registros dijeran algo más.