Donde mueren los flamencos (Las huellas de la tierra 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

La sede del Consorcio Ambiental Delta Sur ocupaba una construcción baja, más funcional que representativa, junto a una carretera secundaria.

Desde el aparcamiento se veían parcelas de arroz y una línea de carrizo al otro lado de una acequia.

El aire acondicionado del interior recibió a Elena con un frío excesivo después de varias horas al sol.

Berta dejó las neveras con las muestras en la zona destinada a material de campo y señaló un despacho con la puerta abierta.

—Irene está esperando.

La mujer que se levantó detrás de la mesa tendría poco más de cincuenta años. Llevaba una camisa clara con las mangas remangadas y unas gafas que se quitó antes de acercarse.

—Elena Sánchez. Por fin nos conocemos sin teléfono de por medio. Irene Masip.

Se estrecharon la mano.

—Gracias por facilitarme el acceso tan rápido.

—Prefería tenerte aquí antes de que empezáramos a discutir sobre culpables sin saber siquiera qué ha pasado.

La frase le gustó más que cualquier bienvenida larga.

Irene señaló una mesa lateral donde había preparado carpetas, impresiones y un ordenador portátil.

—Esto es lo que tenemos a mano. Si falta algo, lo buscamos.

Elena dejó el cuaderno sobre la mesa y empezó por los planos.

Había un croquis general del humedal, varios esquemas de drenaje agrícola, localizaciones de puntos de control y algunas series de conductividad y nivel.

Nada estaba reunido todavía con el criterio que ella necesitaba.

Cada documento había nacido para una función distinta: seguimiento de fauna, gestión del agua, mantenimiento, incidencias.

Juntos formaban una colección de piezas que aún no encajaban.

—¿Puedo extenderlo todo?

—Para eso está la mesa —dijo Irene.

Berta se acercó con una copia del plano donde habían marcado las posiciones de las aves.

Elena lo colocó junto a sus notas de la mañana. La concentración se veía mejor sobre papel. Los ejemplares muertos y debilitados ocupaban un sector concreto, y los puntos de muestreo que habían recorrido dibujaban una línea de salida hacia el colector.

—Aquí empezamos —dijo.

Irene se inclinó sobre el plano.

—¿Has encontrado algo concluyente?

—No. Y prefiero que siga siendo no hasta que tengamos algo que lo cambie.

Irene asintió sin insistir.

Elena fue señalando los puntos tomados durante el recorrido.

—Las diferencias de campo son pequeñas. No identifican una sustancia y tampoco demuestran por sí mismas que el origen esté aguas arriba. Pero la distribución de las aves y el gradiente justifican seguir este aporte.

—¿Descartas enfermedad?

—No.

—¿Una causa natural?

—Tampoco.

Irene apoyó una mano en el borde de la mesa.

—Entonces, si alguien me pregunta hoy qué sabemos...

—Que la mortalidad no está distribuida de forma uniforme y que hay razones para estudiar un circuito concreto de entrada de agua. Eso sí puedo sostenerlo.

La directora soltó el aire por la nariz, casi una risa.

—Me habían dicho que eras prudente.

—Espero que te lo dijeran como algo bueno.

—Hoy sí.

Elena apartó el plano de fauna y tomó uno de drenajes. Era más detallado, pero los nombres y códigos no coincidían del todo con el croquis que Berta había utilizado en campo.

—¿Este está actualizado?

Irene hizo una mueca.

—En lo esencial, sí. Pero hay modificaciones de mantenimiento que aparecen mejor en el sistema digital.

—Quiero la versión actual y, si es posible, las anteriores.

—¿De cuánto tiempo atrás?

Elena pensó en el primer flamenco debilitado, tres días atrás, y en que una exposición podía haber ocurrido antes de que nadie la detectara.

—De momento, un par de semanas. Si vemos algo raro, ampliaremos.

Irene se sentó ante el portátil y abrió una aplicación de cartografía. Berta ocupó la silla de al lado. Elena permaneció de pie, siguiendo la pantalla.

La red se hizo más comprensible al eliminar capas. El humedal quedó reducido a su contorno, los arrozales a bloques y los drenajes a líneas de distinto grosor.

—La Gola Blanca recibe por aquí —explicó Irene—. Este colector recoge varios ramales secundarios.

Elena reconoció el tramo que habían remontado.

—Este es el nuestro.

—Sí.

Irene amplió la imagen.

La línea se dividía antes de llegar a la zona agrícola. Una de las ramas continuaba hacia el oeste y aparecía identificada como Ramal de la Estacada. Más arriba, el esquema incluía una instalación marcada con un símbolo de bombeo.

—¿Bomba 4 de Ponent? —leyó Elena.

—Exacto.

—¿El agua de la Estacada puede acabar en el colector que entra en la laguna?

Irene movió el cursor entre varios puntos.

—Según la configuración, sí. No siempre circula igual. Hay compuertas y bombeos que modifican el recorrido.

Aquello encajaba con lo que Berta había comentado en el campo: el caudal cambiaba según lo que funcionara aguas arriba.

Elena acercó una silla.

—Enséñame solo el circuito que puede alimentar el sector afectado.

Irene ocultó otras capas.

La maraña se redujo. Gola Blanca. Colector. Ramal de la Estacada. Bomba 4 de Ponent. Otras conexiones que, por el momento, no necesitaba memorizar.

Elena lo copió a mano en el cuaderno.

No porque desconfiara del mapa digital, sino porque dibujarlo la obligaba a decidir qué relaciones importaban.

—¿Tenéis niveles registrados en estos puntos?

—En algunos, continuos. En otros, lecturas periódicas.

—Quiero ambos.

—Te los preparo.

—Conductividad también.

Irene asintió.

—Tenemos series en varios controles.

—¿Y funcionamiento de compuertas y bombas?

Esta vez Irene tardó algo más.

—Sí, aunque no todo está en el mismo sitio. Parte queda en registros automáticos y parte en partes de operación.

Elena levantó la mirada.

—Necesito los dos.

—Te los conseguiremos.

No había resistencia en la respuesta, solo la conciencia de que aquello no iba a salir de una carpeta ya preparada.

Berta había permanecido callada hasta entonces. Señaló el plano de los hallazgos.

—Hay una cosa que conviene dejar clara antes de que aparezca en algún informe como si hubiéramos ignorado tres días de mortalidad.

Irene la miró.

—Adelante.

—El primer aviso fue un solo flamenco debilitado. No varios muertos. Se anotó y se siguió, pero no activamos el protocolo como episodio de mortalidad hasta que aparecieron más.

Elena ya lo sabía, pero dejó que lo explicara con sus palabras.

Irene juntó los labios.

—Ese primer aviso llegó al consorcio, aunque no se revisó como una posible señal de conjunto hasta después.

—¿Hubo otros avisos ambientales esos días? —preguntó Elena.

—Cambios de salinidad, incidencias de agua, cosas habituales por estas fechas. Tendría que revisar cuáles coinciden exactamente.

La respuesta era demasiado amplia para sacar nada de ella.

—No quiero que seleccionéis solo lo que ahora parezca relacionado con los flamencos —dijo Elena—. Prefiero ver los avisos tal como llegaron.

Irene la observó un instante.

—Incluidos los que resulten irrelevantes.

—Sobre todo al principio.

La directora abrió otra carpeta.

—Entonces tendrás trabajo.

—Eso ya lo daba por hecho.

Berta recogió el plano de fauna y añadió una marca que faltaba en uno de los primeros avistamientos.

Elena comparó la posición con el circuito de agua de la pantalla.

El punto seguía dentro de la zona que podía recibir aporte del mismo colector, aunque algo desplazado respecto a la concentración posterior.

No cambiaba la hipótesis. Tampoco la reforzaba lo suficiente como para elevarla de categoría.

Irene pasó varias hojas impresas.

—Estos son controles recientes. Algunos los hizo personal nuestro y otros técnicos externos.

Elena revisó encabezados y fechas sin detenerse en los valores todavía.

—¿Trabajáis siempre con los mismos?

—No. Depende del contrato y del tipo de seguimiento. Hace unas semanas estuvo por aquí Laura Beltrán con unos controles de agua.

El nombre no le resultaba conocido.

—¿Del consorcio?

—Autónoma. Ha trabajado para distintas entidades y explotaciones de la zona.

—¿Sobre este humedal?

Irene miró la documentación antes de responder.

—No exactamente sobre la mortandad. Eran controles de agua en el entorno. Si encuentro algo que afecte a este circuito, te lo incluyo.

—Perfecto.

Elena anotó el nombre solo porque podía ayudar a localizar series o puntos de muestreo anteriores. Nada más.

Continuó con los registros.

Había huecos. No necesariamente sospechosos: distintas frecuencias de medida, archivos que aún no habían cargado, partes que se guardaban en sistemas separados. Lo importante era saber qué existía antes de interpretar lo que faltaba.

—Necesito una relación de las fuentes —dijo—. Qué sensor mide qué, cada cuánto, dónde se almacena el dato y quién completa los partes manuales.

Irene empezó a tomar notas para sí misma.

—¿Todo eso para esta tarde?

Elena miró la hora.

—No. Para esta tarde necesito saber adónde ir.

Volvió al mapa.

El circuito que habían seguido sobre el terreno terminaba, para ellos, en aquella confluencia lateral.

En la pantalla podía continuar mucho más.

El Ramal de la Estacada aparecía como la siguiente pieza física que tenía sentido comprobar, y la Bomba 4 de Ponent era el punto donde la circulación podía cambiar de forma importante.

—¿Se puede acceder a esta instalación con autorización del consorcio?

—Sí. Te preparo el permiso y aviso de que estaréis por allí.

—Prefiero verla antes de estudiar una semana de registros. Si no entiendo físicamente cómo entra y sale el agua, los números me van a contar demasiadas historias posibles.

Berta cerró una de las carpetas.

—Puedo acompañarte.

Elena negó con suavidad.

—Primero termina con las muestras y el plano de fauna. Con eso ya has tenido bastante mañana.

Berta no discutió.

Irene imprimió una vista ampliada del sector.

Elena la colocó junto a su croquis. El dibujo a mano era tosco, pero las relaciones principales coincidían: el aporte de la Gola Blanca podía remontarse por el colector hasta el Ramal de la Estacada, y desde allí la Bomba 4 intervenía en una parte de la circulación.

Eso era todo lo que podía afirmar de momento.

Guardó en una carpeta las copias que Irene le autorizó a llevar y dejó aparte las series que prefería revisar en formato digital.

—Cuando tengas niveles, conductividad, compuertas y bombeos, me avisas —dijo.

—Te mandaré primero lo que esté completo.

—Mándame también lo incompleto, señalando qué falta.

Irene sonrió.

—Definitivamente me habían avisado bien.

Elena se colgó la mochila.

Al abrir la puerta, el calor de la tarde volvió de golpe. Se detuvo un momento bajo el alero para orientar en el mapa la carretera y las pistas agrícolas que acababa de ver en la pantalla.

La mañana había empezado con aves dispersas sobre una laguna. Ahora tenía una ruta.

Guardó el plano doblado en el bolsillo exterior de la mochila y salió hacia el coche.

El siguiente punto era el Ramal de la Estacada y, después, la Bomba 4 de Ponent.