Donde mueren los flamencos (Las huellas de la tierra 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

El agua que llegaba al sector afectado apenas parecía moverse.

Desde la orilla, la entrada se confundía con una franja más oscura entre el carrizo.

No había espuma, residuos flotantes ni una corriente visible que permitiera seguirla a simple vista.

Elena tuvo que acercarse varios metros para distinguir la pequeña diferencia de nivel entre la laguna y el tramo final del colector.

Berta dejó el material sobre una zona seca del camino.

—Este sería el punto más próximo.

Elena negó con la cabeza.

—El más próximo a los flamencos, sí. No necesariamente el más útil.

Sacó el cuaderno y buscó el croquis que había empezado unos minutos antes. La línea que había trazado al final de la inspección anterior terminaba allí, en el aporte que desembocaba en la Gola Blanca. Ahora necesitaba prolongarla en sentido contrario.

Laguna. Entrada. Colector.

Y después, lo que hubiera antes.

—¿Hasta dónde podemos remontarlo sin salir de la zona a la que tenemos acceso?

Berta miró hacia las parcelas.

—Bastante. Luego hay ramificaciones. Algunas pasan junto a fincas privadas.

—De momento no necesito entrar en ninguna.

Elena se agachó junto al borde.

El agua estaba turbia, aunque no más de lo que cabía esperar en un sistema conectado a zonas agrícolas y fondos blandos. Introdujo la sonda y esperó a que las lecturas se estabilizaran. Temperatura. Conductividad. pH. Oxígeno disuelto.

Anotó los resultados sin buscar diferencias donde todavía no sabía si las había.

Una medición aislada era poco más que una fotografía.

—Vamos a repetirlo más arriba.

Berta preparó los recipientes.

—¿Cuántos puntos quieres?

—Los suficientes para saber si esto cambia de forma gradual o de golpe.

—Respuesta de perita.

Elena alzó la vista.

—Respuesta de alguien que todavía no sabe cuántos hacen falta.

Berta sonrió.

Caminaron junto al colector.

El terreno obligaba a avanzar por pistas estrechas, con agua a un lado y parcelas al otro.

A aquella hora, el calor ya había perdido cualquier moderación.

El aire húmedo se pegaba a la piel y la luz caía casi vertical sobre los arrozales.

Algunas plantas empezaban a inclinarse por el peso de las espigas.

A lo lejos se oía maquinaria, pero el sonido llegaba amortiguado y sin una dirección clara.

Elena se detuvo a los pocos minutos.

—Aquí.

Repitieron el procedimiento.

Antes de tomar la muestra, Elena observó la sección del canal, la vegetación de los bordes y cualquier señal que pudiera indicar una entrada lateral. No encontró nada llamativo. El agua seguía pareciendo agua de drenaje sin más.

Anotó los valores.

Los comparó con los anteriores.

—¿Ves algo? —preguntó Berta.

—Diferencias.

—Eso ya lo veo.

—Entonces estamos de acuerdo.

Berta soltó una risa corta.

Elena volvió a guardar la sonda.

Las variaciones existían, pero ninguna permitía decidir qué había ocurrido. La conductividad cambiaba. También lo hacían ligeramente el oxígeno y la temperatura. En un sistema así podían existir diferencias normales entre dos puntos separados por unos cientos de metros.

Lo importante no era que los números fueran distintos.

Era averiguar si seguían algún orden.

Continuaron.

A medida que se alejaban de la laguna, el paisaje parecía repetirse sin ser nunca idéntico. Caminos rectos. Agua contenida entre márgenes bajos. Parcelas inundadas. Pequeñas estructuras de paso. Franjas de carrizo donde el mantenimiento había sido menos reciente.

Elena miró hacia atrás.

Desde allí ya no podía ver los flamencos muertos.

Eso le vino bien.

La imagen de los cadáveres era poderosa y, precisamente por eso, podía resultar engañosa. Las causas no tenían por qué encontrarse donde aparecían las consecuencias.

—Has dicho antes que el primer ejemplar apareció hace tres días —comentó mientras caminaban.

—Sí.

—¿En el mismo sector?

Berta tardó un poco en responder.

—Más o menos.

Elena la miró.

—Ese “más o menos” puede ser importante.

—Lo sé. Por eso no quería darte una posición exacta que no tengo.

—Mejor.

Berta señaló hacia la laguna, aunque ya quedaba oculta por la vegetación y la distancia.

—Estaba algo más al norte que los que encontramos después. No mucho. La persona que lo vio pensó primero que podía estar herido.

—¿Llegaste a verlo tú?

—Un rato después.

—¿Y qué hicisteis?

—Lo vigilamos. No estaba bien, pero tampoco había más aves afectadas alrededor.

Elena esperó.

—¿No activasteis nada?

La pregunta salió sin reproche.

Berta negó.

—No. Con un solo animal no. Avisamos para hacer seguimiento, pero no se trató como un episodio de mortalidad.

—Tiene sentido.

—A posteriori parece que deberíamos haber hecho más.

—A posteriori siempre sabemos qué era importante.

Berta la miró de reojo.

—Eso mismo me dije ayer, pero sonaba a excusa.

—No lo es si el procedimiento era razonable con lo que sabíais entonces.

Elena anotó la ubicación aproximada del primer ejemplar.

No necesitaba convertir un retraso normal en un error para que la historia resultara más interesante.

Llegaron a un tercer punto.

Allí el colector se estrechaba y la vegetación proporcionaba algo de sombra. Elena agradeció el cambio sin decirlo. Se agachó y repitió las mediciones.

Esta vez tardó más en copiar los resultados.

—¿Ahora sí?

Berta estaba pendiente de ella.

Elena colocó las tres series una debajo de otra.

—Ahora tenemos una dirección que merece la pena comprobar.

—¿Por la conductividad?

—Por el conjunto.

No quería otorgar a una sola variable un significado que todavía no tenía. Los valores de campo podían servir para decidir dónde mirar, no para identificar por sí solos lo que había afectado a las aves.

Señaló los recipientes.

—Quiero muestra aquí y otra en el siguiente punto que tenga una entrada lateral clara.

Berta empezó a etiquetar.

Elena comprobó fecha, localización y orden de las muestras antes de continuar. Lo hacía casi sin pensarlo, pero no deprisa. Si el análisis terminaba mostrando algo relevante, las prisas de aquella mañana no serían una explicación aceptable para una etiqueta dudosa.

Siguieron remontando el colector.

Un tractor avanzaba por una pista paralela y levantaba una película de polvo seco sobre un paisaje que, unos metros más allá, estaba lleno de agua.

Esa convivencia entre humedad y sequedad era una de las cosas que más le llamaban la atención del Delta.

El agua estaba por todas partes, pero casi nunca estaba allí por casualidad.

Entraba, salía, se retenía, se derivaba.

Alguien había decidido gran parte de aquellos recorridos.

Elena se detuvo frente a una pequeña incorporación lateral.

No había nada espectacular. Un canal menor desembocaba en el colector formando un ángulo suave. En la unión se acumulaban restos vegetales.

—Este.

Berta dejó la mochila.

—¿Muestreamos antes y después?

Elena observó unos segundos.

—Sí.

Tomaron dos series de mediciones separadas por la confluencia.

La diferencia volvió a aparecer.

Pequeña, pero coherente con las anteriores.

Elena dibujó la bifurcación en el cuaderno.

—¿Qué piensas? —preguntó Berta.

—Que la laguna no es el mejor lugar para buscar el origen.

—Eso ya lo tenías claro.

—Lo sospechaba.

—No es lo mismo.

—No.

Berta cerró uno de los recipientes.

—¿Y un foco aquí?

—Tampoco puedo decir eso.

—Estás empeñada en no decir nada.

—Estoy empeñada en no decirlo antes de tiempo.

Berta no pareció molesta. Levantó el recipiente para comprobar la etiqueta.

—Entonces seguimos.

Elena volvió a mirar la confluencia.

Si la alteración hubiera afectado de manera homogénea a toda la Gola Blanca, esperaba una distribución diferente entre las aves o, al menos, no una concentración tan ligada a aquel sector.

Si el origen hubiera estado dentro de la propia laguna, el patrón también podía adoptar otras formas dependiendo de viento, profundidad o comportamiento de los animales.

Nada de eso estaba descartado.

Pero el aporte concreto ganaba peso.

No porque hubiera encontrado una sustancia.

Porque distintas observaciones independientes empezaban a señalar en la misma dirección.

Continuaron hasta otro punto.

Allí el agua corría algo más deprisa. No mucho, pero suficiente para mover fragmentos pequeños de vegetación en la superficie. Elena se agachó y siguió uno con la vista. El trozo de hoja avanzó, giró cerca del margen y volvió a incorporarse al centro.

—¿El caudal es siempre así?

—No. Cambia bastante según lo que esté funcionando aguas arriba.

Elena levantó la cabeza.

—¿Tenéis registros?

—Sí. No sé con qué detalle de cada tramo, pero hay datos.

—Los pediré.

Anotó la pregunta sin desarrollarla.

Eso pertenecía al paso siguiente.

Por ahora, el agua le estaba dando una estructura espacial. Más tarde necesitaría saber cómo cambiaba con el tiempo.

Tomaron otra muestra.

A esas alturas, Elena había establecido una secuencia suficiente para que el laboratorio no recibiera una colección de recipientes escogidos casi al azar.

Cada uno correspondía a una pregunta: qué había en la zona de las aves, qué cambiaba al remontar el aporte y qué ocurría antes y después de determinadas incorporaciones.

—Podríamos coger más —dijo Berta.

—Podríamos coger cincuenta.

—Y mandar una factura estupenda al laboratorio.

—También.

Elena se incorporó.

—Pero no quiero cincuenta resultados sin saber qué pregunta responde cada uno.

Guardó la sonda y repasó las etiquetas.

No necesitaban cubrir todo el Delta. Necesitaban reducirlo.

Volvieron sobre sus pasos.

El recorrido de regreso parecía distinto aunque no hubiera cambiado nada. Elena ya no veía únicamente un canal que terminaba en una laguna. Ahora distinguía puntos, entradas y tramos separados por las mediciones que acababan de realizar.

Cerca del primer punto, se detuvo para comparar de nuevo el agua del colector con la zona interior de la Gola Blanca.

La diferencia era suficiente para mantener la hipótesis de un pulso localizado por delante de una alteración uniforme, pero no para cerrar las demás.

—¿Te preocupa que cuando lleguen los resultados ya no quede nada en el agua? —preguntó Berta.

—Puede pasar.

—Entonces podríamos no encontrar la causa.

—En el agua, quizá.

Berta esperó una explicación.

Elena señaló la laguna.

—Si hubo una entrada puntual, la concentración puede bajar, dispersarse o cambiar. Por eso no podemos depender solo de lo que salga en una muestra de hoy. Están las aves, la distribución, el recorrido, los tiempos...

Se interrumpió antes de convertirlo en una clase.

—Cada cosa responde a una pregunta distinta.

—Y ahora mismo ¿cuál es la principal?

Elena miró hacia el sector donde habían empezado.

Algunos flamencos seguían alimentándose. Desde esa distancia era imposible distinguir los ejemplares debilitados, pero recordaba bien dónde se concentraban.

—Si esto llegó desde fuera de la laguna, quiero saber por qué camino.

Berta recogió el último recipiente.

—Para eso necesitaremos el mapa bueno.

—Y los datos de cómo circula el agua.

—Eso lo tendrá Irene.

El nombre no le decía todavía nada a Elena.

—Vamos a verla después.

Recogieron el material.

Antes de marcharse, Elena caminó unos metros hasta el punto donde el colector entraba en la Gola Blanca. Se quedó junto al margen, observando el agua avanzar despacio hasta perder cualquier forma reconocible dentro del humedal.

A primera vista no había nada que seguir.

Pero sobre el papel ya era distinto.

Los flamencos afectados no se distribuían al azar. Las mediciones tampoco justificaban tratar toda la laguna como una unidad. Y el gradiente que acababan de construir señalaba hacia un aporte concreto sin explicar aún qué había viajado por él.

Eso bastaba para continuar.

Elena cerró el cuaderno.

La siguiente pregunta ya no estaba en la laguna.

Estaba aguas arriba.