Donde mueren los flamencos (Las huellas de la tierra 1) Capítulo 1
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Donde mueren los flamencos (Las huellas de la tierra 1)

Donde mueren los flamencos (Las huellas de la tierra 1)

Por Lucia Montalban Ruiz

© inepub.com

Capítulo 1

El primer flamenco muerto estaba a menos de veinte metros de la orilla.

Desde donde se encontraba, Elena distinguía el cuello extendido sobre el agua poco profunda y una pata doblada bajo el cuerpo. Más allá había otro. Y después un tercero, medio oculto por una franja de vegetación baja.

No se acercó.

Berta Casals había seguido andando unos pasos y se volvió al advertir que Elena ya no estaba a su lado.

—¿Qué pasa?

—Nada todavía.

Elena dejó la mochila en el suelo y sacó el cuaderno.

El sol llevaba poco tiempo alto, pero el calor ya se acumulaba sobre la llanura.

Apenas había sombras. El agua de la Gola Blanca reflejaba una luz blanca, incómoda, y detrás del humedal los arrozales formaban grandes superficies verdes y amarillentas separadas por caminos, desagües y líneas de vegetación.

Llegaba olor a barro húmedo. También el zumbido insistente de los insectos.

Había visto fotografías antes de viajar. Primeros planos de aves muertas, imágenes de otras con aspecto debilitado, alguna vista general de la laguna. Le habían servido para aceptar el encargo, no para sacar conclusiones.

Las fotografías enseñaban lo que alguien había decidido fotografiar.

El terreno no hacía esa selección.

—¿Desde aquí se ve todo el sector afectado? —preguntó.

Berta regresó hasta ella.

Era más joven que Elena, llevaba el pelo recogido bajo una gorra y las botas manchadas de barro seco por encima de los tobillos. La mañana debía de haber empezado bastante antes de que Elena llegara.

—Casi todo. Por aquel lado queda una entrada pequeña detrás del carrizo, pero los ejemplares que hemos encontrado están sobre todo aquí.

Señaló hacia la derecha.

Elena siguió la dirección de su mano sin moverse.

Un grupo de flamencos vivos se alimentaba bastante más lejos. Hundían el pico, avanzaban unos pasos, removían el fondo. Otros permanecían inmóviles. A simple vista no parecían afectados.

Entre ellos y las aves muertas había una distancia suficiente para que mereciera la pena preguntarse por ella.

—¿Cuántos habéis retirado?

Berta le dio la cifra del recuento acumulado.

Elena la anotó.

—¿Y cuántos enfermos?

—Los que hemos podido identificar con claridad, varios más. Algunos se recuperan y se desplazan. Otros no sabemos si son los mismos que vimos el día anterior.

—Eso complica el recuento.

—Bastante.

Berta parecía molesta por esa imprecisión. A Elena le gustó. Prefería trabajar con alguien a quien le incomodara un dato dudoso antes que con quien rellenaba el hueco para que la tabla quedase bonita.

—¿Cuándo viste el primero?

—Hace tres días. Uno solo.

—¿Muerto?

—No. Estaba débil. Se apartaba del grupo y tenía problemas para mantenerse bien.

Elena levantó la vista del cuaderno.

—¿Y después?

—Al día siguiente encontramos más afectados. Ahí empezamos a vigilar la zona con más atención. Ayer aumentó la mortalidad.

Berta tardó un instante antes de continuar.

—El primer aviso lo traté como algo aislado.

No había tono defensivo. Más bien fastidio consigo misma.

—Con un ejemplar no es una decisión extraña.

—Ya. Pero ahora parece otra cosa.

Elena no respondió. Ahora parecía otra cosa porque tenían tres días de información. Convertir el primer ejemplar en una señal evidente después de conocer los siguientes era fácil y servía de poco.

Volvió a mirar la laguna.

—¿Todos estaban en este lado?

—No exactamente en los mismos metros, pero sí en este sector.

—¿Ninguno allí?

Señaló el grupo más lejano.

—Muerto, no.

—¿Y debilitados?

Berta negó con la cabeza.

—Que hayamos identificado, no.

Elena cerró el cuaderno sobre un dedo.

Aquello le interesaba más que el número total.

Una enfermedad podía distribuirse de forma irregular.

También una exposición alimentaria, una alteración natural localizada o muchas otras cosas.

No había una línea limpia separando aves sanas y enfermas, ni esperaba encontrarla.

Pero la concentración espacial era suficiente para no tratar la Gola Blanca como una sola masa de agua.

—Quiero verlo desde otro punto antes de bajar —dijo.

Berta señaló un pequeño camino elevado.

—Por allí tendrás más altura.

Avanzaron por el borde sin acercarse a los cadáveres.

A cada lado del camino, el paisaje parecía construido para que el agua estuviera presente incluso cuando no se veía: suelo húmedo, cunetas, pequeñas acequias, vegetación que marcaba desniveles mínimos.

En un lugar tan plano, unos centímetros podían decidir por dónde circulaba el agua.

Desde el punto más alto, Elena se detuvo otra vez.

Ahora podía abarcar mejor la laguna.

Los flamencos vivos ocupaban una superficie amplia. No formaban un único grupo. Algunos estaban cerca de la orilla opuesta; otros se repartían por zonas de poca profundidad. Las aves afectadas, en cambio, se acumulaban en una parte concreta del humedal.

Sacó el teléfono y tomó varias fotografías generales.

—¿Tenéis las posiciones de cada hallazgo?

—Coordenadas de casi todos. De los primeros, no con la precisión que me gustaría.

—¿En una tabla?

—Sí.

—Quiero también un plano.

Berta la miró.

—Podemos sacarlo del sistema.

—No me refiero solo a poner puntos sobre una ortofoto. Quiero ver los muertos, los debilitados y, si lo tenéis, dónde se estaban alimentando los grupos esos días.

Berta miró hacia la laguna.

—Eso último será menos preciso.

—Pues que sea menos preciso. Lo marcamos de otra manera.

Elena abrió de nuevo el cuaderno y dibujó un rectángulo sin demasiada fidelidad. No pretendía hacer cartografía allí. Solo necesitaba ordenar preguntas.

—Si ponemos todos los datos en una cifra, perdemos esto.

Trazó un círculo en uno de los lados.

Berta se inclinó un poco para mirar.

—La concentración.

—Sí.

—Ya la habíamos visto.

—Seguro. Pero quiero saber si se mantiene cuando colocamos todo lo demás.

Berta asintió.

No pareció ofendida. Mejor.

Bajaron hacia la zona de trabajo.

El personal que se ocupaba de las aves había delimitado el acceso para reducir molestias y evitar que cada persona que llegara pisara donde no debía.

Elena se puso los guantes cuando correspondía y se mantuvo dentro de la función para la que la habían contratado.

Las aves serían retiradas y examinadas por quienes tenían esa responsabilidad. Ella necesitaba el escenario.

Se agachó cerca de una de las zonas de orilla, sin tocar el cadáver más próximo.

No había nada en su aspecto que le permitiera decidir una causa. Tampoco esperaba encontrarlo. Una fotografía de una postura extraña o de una secreción podía resultar muy convincente hasta que el laboratorio demostraba otra cosa.

Miró el agua.

Poco oleaje. Fondo blando. Vegetación dispersa. Restos orgánicos.

—¿Habéis visto espuma, cambios de color, peces muertos?

—No.

—¿Olor?

—Nada fuera de lo habitual.

Elena acercó la atención al borde sin buscar dramatismo donde no lo había. El agua no presentaba una película evidente ni una coloración llamativa. Si había entrado algo, no tenía por qué anunciarse de forma visible.

—¿Ha cambiado mucho el nivel estos días?

—No de una forma que nos llamara la atención.

—¿Lluvia fuerte?

—No.

Otra anotación.

No era una lista para descartar cosas de inmediato. Era una forma de evitar enamorarse demasiado pronto de la primera explicación cómoda.

Berta esperó mientras Elena observaba otros dos puntos. Después preguntó:

—¿Te parece contaminación?

Elena se incorporó.

—Me parece una posibilidad.

—La que más encaja.

—Todavía no sé qué es lo que tiene que encajar.

Berta sonrió apenas.

—Entendido.

—Si fuese una enfermedad, quiero saber por qué vemos esta distribución. Si fuese un cambio natural, lo mismo. Y si hubiese entrado alguna sustancia, necesitamos saber por dónde, cuándo y si todas estas aves pudieron estar expuestas de la misma manera.

—Entonces sí piensas que viene del agua.

—Pienso que tenemos que comprobarlo.

Siguieron bordeando el sector.

Elena dedicó más tiempo a las aves vivas que a las muertas.

Observó dónde introducían el pico, qué zonas recorrían y cuáles parecían evitar simplemente porque la profundidad no era adecuada.

No intentaba interpretar cada movimiento.

El comportamiento animal podía resultar útil, pero también era fácil atribuir intención a lo que solo respondía a alimento, profundidad o molestias.

A cierta distancia, un flamenco avanzó unos metros con movimientos torpes.

Berta también lo vio.

—Ese es uno de los que estamos siguiendo.

—¿Desde cuándo?

—Esta mañana.

Elena anotó su posición aproximada.

Más cerca de ellos, otras aves continuaron alimentándose con normalidad.

La diferencia seguía allí.

No era absoluta. No era limpia. Pero existía.

—¿Hay algún motivo para que este sector tenga más aves enfermas aunque la causa afecte a toda la laguna? —preguntó.

Berta se tomó unos segundos.

—Por alimentación, podría concentrarse más aquí en determinados momentos. También depende del nivel y de lo que encuentren en el fondo. Pero si me preguntas si siempre se agrupan justo aquí, no.

—Eso quería saber.

—Puedo buscar los recuentos anteriores.

—Hazlo.

Al regresar hacia el camino, Elena se detuvo donde podía ver de nuevo casi toda la extensión.

Había aprendido hacía años a desconfiar de los escenarios que parecían explicarse desde demasiado cerca. Un animal muerto invitaba a mirar el animal. Varios invitaban a contar cadáveres. Pero antes del análisis, antes incluso de las muestras, necesitaba saber dónde terminaba el fenómeno.

Sacó el cuaderno.

En una página limpia escribió cuatro posibilidades, sin ordenarlas por preferencia.

Enfermedad.

Alteración natural.

Exposición difusa.

Pulso localizado.

No añadió ninguna más.

—¿Vertido deliberado no? —preguntó Berta, que había alcanzado a leer por encima de su hombro.

—Eso sería una causa humana. Todavía estoy intentando entender el fenómeno.

—En el consorcio hay quien piensa que alguien ha echado algo.

—Puede que tengan razón.

—No pareces muy convencida.

Elena guardó el bolígrafo.

—No necesito estar convencida hoy.

Berta aceptó la respuesta con un movimiento de cabeza.

A Elena sí le preocupaba otra cosa. Si empezaban por buscar a alguien que hubiera vertido un producto, todas las observaciones posteriores correrían el riesgo de convertirse en argumentos a favor de esa idea. Prefería hacerlo al revés.

Primero, qué había pasado.

Después, cómo.

Y mucho más tarde, si llegaba el caso, quién.

Caminaron hasta una zona donde la orilla cambiaba ligeramente. Allí la vegetación formaba una franja más densa y el agua parecía recibir un aporte lento desde uno de los extremos.

Elena no se acercó todavía.

—¿Ese punto comunica con qué?

Berta siguió su mirada.

—Con parte del drenaje de la zona agrícola. Hay varios tramos antes de llegar aquí.

—¿Tenéis identificados todos?

—Sí. Al menos sobre plano.

—Bien.

Berta miró primero el agua y después a Elena.

—¿Quieres empezar a muestrear ahí?

Elena observó una última vez la distribución de las aves.

Aquel era el paso siguiente, pero no quería convertir una intuición espacial en un resultado antes de comprobarla.

—No en un único punto.

—¿Gradiente?

—Mañana no. Ahora.

Berta consultó la hora.

—Puedo tener preparado el material enseguida.

—Antes quiero que marquemos los hallazgos. Si luego vemos que el patrón cambia, cambiamos el muestreo. No al revés.

Regresaron hacia la zona de trabajo.

Sobre la laguna, varios flamencos levantaron el vuelo casi al mismo tiempo. Elena siguió durante unos segundos el desplazamiento de las aves y volvió después la vista hacia el sector donde habían aparecido los ejemplares afectados.

No necesitaba saber todavía qué había entrado en la Gola Blanca.

Necesitaba averiguar de dónde venía el agua que llegaba hasta ellos.

Abrió el cuaderno por una página nueva y empezó a dibujar el recorrido.