Donde mueren los flamencos (Las huellas de la tierra 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

Clara llegó a Mossos con una memoria USB dentro de una bolsa transparente y una carpeta de cartón bajo el brazo.

Elena ya estaba en la sala con Mireia.

—No he tocado nada desde que hablamos —dijo Clara antes de sentarse.

Mireia señaló la silla.

—Eso es lo que necesitábamos.

Clara dejó la carpeta sobre la mesa, aunque mantuvo la mano encima.

—He traído copias que son mías y otras que Laura había compartido conmigo. Lo demás está en los espacios comunes que os indiqué.

—Bien —dijo Mireia—. Lo que podamos incorporar formalmente se hará por la vía correspondiente.

Elena no intervino.

Había pasado la mañana en Bomba 4 midiendo distancias, visibilidad y recorridos posibles. Ahora tenía delante algo distinto: archivos, versiones y notas. El territorio quedaba fuera de la ventana, pero seguía siendo la única forma que tenía de leer lo que iba a aparecer en aquellas páginas.

Mireia abrió la carpeta.

—Clara, tenemos ya las versiones recuperadas del expediente del que hablaste con Elena.

Clara bajó la vista.

—Sí.

—Incluida la V3.

La mano que mantenía sobre la carpeta se retiró.

Elena no necesitó interpretar el gesto. La frase era suficiente.

Mireia colocó tres hojas impresas una junto a otra.

V2. V3. V4.

—La fecha del encabezado cambia en la V4 —dijo—. Y también una referencia de entrega.

Clara asintió.

—Ya os dije que corregí fechas.

—Dijiste que «ajustaste» algunas cosas —respondió Mireia—. Ahora podemos ver cuáles.

No elevó la voz.

Clara miró a Elena.

—No fue para inventar un trabajo.

—Eso ya lo dijiste —respondió Elena.

—Y es verdad.

—No lo estoy discutiendo.

Mireia señaló una línea.

—La V3 conserva la fecha real de la entrega tardía. La V4 la sustituye por la fecha prevista en el calendario del encargo.

Clara permaneció callada.

—Y esta referencia —continuó Mireia— se cambia para que la corrección parezca incorporada en la entrega anterior.

—Sí.

La admisión llegó sin rodeos esta vez.

—¿Lo hiciste tú?

—Sí.

—¿Laura lo sabía?

Clara tardó un momento.

—Lo descubrió.

Elena recordó la discusión que Clara había descrito en su despacho.

—¿Antes o después de que enviaras la V4? —preguntó.

—Después.

—¿Y quiso corregirlo?

—Quería dejar constancia formal de que la versión anterior tenía fechas cambiadas.

—Lo que habría abierto la reclamación.

Clara asintió.

—Podía abrirla.

Mireia dejó las hojas sobre la mesa.

—Entonces queda claro.

Clara se frotó la yema del pulgar.

—No tiene nada que ver con que Laura desapareciera.

—Eso es lo que estamos comprobando —dijo Mireia.

Elena observó la secuencia de versiones. La mentira de Clara había dejado de ser una sospecha vaga: tenía mecanismo, motivo y documentos. También tenía un tamaño.

Era una irregularidad profesional seria, pero ya no necesitaba crecer para justificar la evasión de Clara. Había protegido un contrato y había evitado que quedara rastro de una entrega tardía. Laura quería corregirlo.

Eso explicaba el conflicto entre ambas.

No explicaba Bomba 4.

Mireia abrió otra bolsa de documentación.

—Ahora vamos a lo que compartió Laura.

Clara se enderezó.

—Hay cosas que no entiendo.

—No hace falta que las entiendas —dijo Elena—. Solo necesito saber de dónde salen.

Mireia sacó varias impresiones.

—Estas son copias facilitadas por Clara y contrastadas con los espacios compartidos que ha autorizado revisar. Algunas estaban sincronizadas antes de la desaparición.

Elena acercó la primera hoja.

No era un informe, sino una página de trabajo exportada o impresa desde una nota digital. Había abreviaturas, horas, referencias cortas y flechas entre líneas.

En la parte superior aparecía:

D-17.

Más abajo:

B4 / E-3.

Y, en otro margen, dos palabras separadas por una barra:

MR / Riberes.

Elena no dijo nada.

Clara sí.

—Eso es lo que te decía. Laura trabajaba así cuando estaba cruzando cosas. Ponía palabras que solo tenían sentido para ella.

Elena leyó de nuevo la hoja.

D-17 ya no era una referencia nueva. El coche había mostrado restos compatibles con aquel sector y el nombre aparecía también en los planos que llevaba días utilizando.

Lo distinto era verlo ahora en una nota de Laura.

—¿Sabes qué significa MR? —preguntó Mireia.

Clara negó.

—No.

—¿Iniciales?

—Podrían serlo.

—¿De quién?

Clara levantó las manos.

—No lo sé.

Elena intervino.

—No empecemos por un nombre.

Mireia la miró.

—No lo estaba haciendo.

—Ya.

Elena señaló el papel.

—También puede ser una abreviatura técnica, un código que usara Laura o cualquier otra referencia. Si lo convertimos en una persona ahora, condicionamos todo lo demás.

Clara pareció aliviada.

—Yo no conozco ninguna clave «MR» en esos expedientes.

—Eso sí es útil —dijo Elena.

Mireia tomó nota.

—¿Y Riberes?

Clara reconoció el nombre.

—Riberes del Sud.

—¿Qué es? —preguntó Elena.

—Una sociedad que aparece en documentación de tierras de la zona. Yo la había visto mencionada, pero no trabajaba para ellos.

—¿En relación con D-17?

Clara frunció el ceño.

—No sé si directamente. Laura tenía una carpeta de referencias de parcelas y operaciones. No me explicó qué estaba siguiendo.

Elena volvió a la nota. No necesitaba más por el momento.

Riberes del Sud existía como nombre dentro del trabajo de Laura.

Nada demostraba todavía qué papel tenía.

Mireia sacó una segunda hoja.

—Esta tiene horas.

Eran apuntes más breves: ventanas de bombeo, B4, D-17. Algunas líneas estaban rodeadas con un círculo; otras tenían signos de interrogación. No formaban una conclusión.

—¿Son registros oficiales? —preguntó Elena.

—No —dijo Mireia—. Son notas de Laura copiadas de su espacio profesional. Las horas tendrán que contrastarse con los registros originales.

—Bien.

Elena no quería que una anotación privada adquiriera una autoridad que no tenía. La hoja mostraba qué estaba mirando Laura, pero todavía no demostraba que tuviera razón.

—Aquí vuelve a aparecer MR —dijo Mireia.

Elena lo había visto.

Junto a una de las referencias de Bomba 4, Laura había escrito:

MR?

El signo de interrogación importaba.

—No lo quites cuando lo transcribas —dijo Elena.

Mireia levantó la vista.

—No pensaba hacerlo.

—Es la diferencia entre que Laura afirmara algo y que se lo preguntara.

Clara respiró hondo.

—Eso era muy de ella.

—¿Qué?

—Cuando no sabía una cosa, dejaba el interrogante. Luego se enfadaba si alguien se lo quitaba en una versión limpia.

Elena miró a Clara.

Por primera vez desde que la conocía, aquella observación sobre Laura no parecía una defensa de sí misma. Solo un recuerdo de trabajo.

Mireia pasó a la siguiente impresión.

—Y esto es una fotografía.

La imagen mostraba parte de la instalación de Bomba 4. No era una fotografía bonita ni pretendía serlo: un sector de la plataforma, una referencia de nivel, parte de la rejilla y el borde de la caseta. En una esquina, la aplicación había conservado fecha y hora.

21:05.

Elena acercó la hoja.

—¿La metainformación se conserva en el original?

—Sí —dijo Mireia—. Esta es solo una copia para trabajar. Policía Científica ha preservado el archivo.

—¿La hora del dispositivo está contrastada?

—Se ha comparado con otros archivos y con la sincronización de la cuenta. No tenemos indicios de que estuviera desajustada.

Elena dejó la fotografía sobre la mesa.

Pau se había marchado aproximadamente a las 20:25. Laura había dicho que todavía tenía que ir a Bomba 4 y, a las 21:05, una fotografía sincronizada desde su espacio profesional mostraba la instalación.

La diferencia entre «dijo que iba» y «llegó» acababa de desaparecer.

—Entonces estuvo allí —dijo Clara.

Elena miró la imagen.

—Sí.

Esta vez no necesitaba «compatible». No era una inferencia basada en barro, vegetación o restos encontrados en el coche.

Era una fotografía tomada por Laura y sincronizada antes de desaparecer.

Mireia sacó otra copia.

—Hay dos imágenes más de esa franja. No aportan mucho más de momento. Una es de un indicador y otra de una zona de paso.

—¿Hora?

—Muy próximas.

Elena no pidió los minutos exactos. Las 21:05 bastaban para fijar lo que importaba.

Laura llegó a Bomba 4 después de separarse de Pau.

—¿Hay algo posterior? —preguntó.

Mireia negó.

—Sincronizado, no.

Elena volvió a mirar la nota con D-17.

—¿Y estas hojas cuándo se guardaron?

—Parte del material es anterior. Hay documentos de varios días. Lo que estamos viendo ahora es el conjunto que Clara tenía compartido o que quedó sincronizado en ese espacio.

—¿Podemos ordenar qué existía antes de la noche y qué se añadió ese día?

—Sí. Lo estamos haciendo.

Elena señaló una línea.

—Necesito eso antes de interpretar las horas de bombeo.

—Lo tendrás.

Clara miró las hojas.

—¿Creéis que Laura había descubierto algo?

Mireia no respondió.

Elena tampoco podía hacerlo como certeza.

—Sabemos que estaba comparando D-17, Bomba 4, E-3 y determinadas horas —dijo—. Y que escribió «MR / Riberes». Eso nos dice en qué estaba trabajando. No qué había demostrado.

Clara asintió despacio.

—Ella me dijo que había registros que acababan diciendo lo que convenía.

Elena recordó la frase.

—Sí.

—Yo pensé que hablaba de lo nuestro.

—Puede que también.

Clara la miró. La respuesta pareció afectarle más que una absolución.

No había una sola mentira alrededor de Laura. Jordi había ocultado una maniobra; Ramón, irregularidades de trazabilidad; Pau, un encuentro; Clara, fechas cambiadas.

Cada uno había dado a Elena una razón para sospechar y cada razón era real.

Ninguna explicaba por sí sola qué había ocurrido después de las 21:05.

Elena tomó la hoja de notas.

—Quiero ver el expediente original de D-17 que pueda compartir el CADS y los registros históricos de esta parcela.

Mireia señaló la carpeta.

—¿Por estas anotaciones?

—Por la combinación.

—¿Qué combinación?

Elena colocó las hojas en orden.

D-17. Horas de bombeo. B4. E-3. MR? Riberes del Sud.

—Laura no estaba mirando solo una maniobra aislada —dijo—. Estaba intentando relacionar una parcela con varias ventanas de agua y con algo o alguien que todavía no sabemos qué es.

—¿Y Riberes?

—También forma parte de su pregunta.

Mireia observó el conjunto.

—¿Quieres ir a D-17?

—Sí.

—¿Hoy?

Elena miró la hora. Era mediodía.

—Esta tarde.

Clara se removió en la silla.

—¿Y yo?

Mireia cerró las carpetas.

—Tú vas a completar lo que falta sobre el expediente alterado y las copias que compartías con Laura. A partir de ahí, ya te diremos.

Clara asintió.

Antes de levantarse, miró a Elena.

—Lo de las fechas...

—Ya sabemos por qué lo hiciste.

—No era por Laura.

—No.

Clara esperó algo más, pero Elena no se lo dio.

Entender el motivo no borraba la alteración.

Sí permitía colocarla donde correspondía.

Cuando Clara salió, Mireia se quedó con la mano sobre la carpeta.

—Una menos.

—Una mentira menos —corrigió Elena.

—Es lo que quería decir.

—No exactamente.

Mireia sonrió.

—Ya sabía que ibas a decir eso.

Elena volvió a la fotografía de las 21:05.

La víspera solo podía afirmar que Laura había anunciado que iba a Bomba 4. Aquella mañana había reconstruido un lugar donde podía haber estado.

Ahora sabía que había llegado.

Aun así, el archivo no le decía con quién se encontró, por qué las anotaciones unían D-17 con aquellas horas ni qué significaban las dos letras junto a Riberes.

Guardó una copia autorizada de la nota en su carpeta de trabajo y escribió en el margen:

D-17. B4 / E-3. Ventanas. MR? Riberes del Sud.

Debajo añadió:

Laura en Bomba 4 · 21:05.

Cerró la carpeta.

Una versión recuperada había explicado la mentira de Clara. Las demás acababan de abrir una línea distinta de investigación.