Donde mueren los cuervos CAPÍTULO 27 LA VERJA
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CAPÍTULO 27 LA VERJA

L a mañana siguiente amaneció sin nieve y con una niebla tan baja que Santa Brígida desaparecía desde el pueblo. Vera regresó con Luján antes de que llegara el resto del equipo. Necesitaban comprobar el exterior de la galería y las pistas forestales mientras el terreno seguía húmedo.

La verja estaba cerrada.

No con el candado municipal que habían utilizado la tarde anterior. Había un segundo candado, nuevo, pasado por la cadena.

El candado nuevo era un modelo corriente y no conservaba huellas útiles. Apenas había sido usado.

—Puede ser alguien queriendo asustarnos —dijo Darío.

—O saber si volvemos de noche —dijo Luján.

—O un idiota —añadió Vera—. Conservemos también esa posibilidad.

Luján no lo tocó.

—Fotografías primero.

Darío llegó veinte minutos después. El empleado municipal aseguró por teléfono que nadie había colocado aquel candado. Adrián negó haber enviado a nadie. La sociedad propietaria tampoco reconoció la marca. Un cerrajero lo abrió en presencia del equipo después de documentarlo.

Dentro no parecía faltar nada. Ese fue el problema.

La puerta de la galería seguía cerrada, las cintas de control estaban intactas y no había señales evidentes de entrada al edificio.

El candado podía ser una gamberrada, una advertencia o el intento de alguien de comprobar cuánto tardaban en regresar.

En el barro exterior encontraron dos huellas parciales de neumático. Demasiado deterioradas para individualizar un vehículo. La anchura era compatible con decenas de modelos. Vera observó el dibujo hasta que Luján le dijo que dejara de buscar una matrícula dentro de una marca que no podía dársela.

Recorrieron la pista hacia el camino del Castañar.

La distancia explicaba cómo alguien podía evitar la carretera principal.

También explicaba por qué Samuel, como guarda, habría conocido cada acceso.

A mitad de camino encontraron un poste de madera con restos de pintura roja.

Darío localizó en un plano forestal antiguo una señal de desvío sanitario instalada cuando el edificio funcionaba como sanatorio.

—Quien conociera el lugar hace veinte años no necesitaba mapas —dijo Vera.

—Eso incluye a demasiada gente.

Al regresar al edificio, un vehículo esperaba junto a la verja. Era el coche de Teresa Montalvo.

Teresa no preguntó qué habían encontrado. Preguntó qué zonas estaban autorizadas.

—¿Conoce la habitación doce? —dijo Luján.

Teresa tardó apenas un instante.

—Sí. Existía.

—En los planos actuales no aparece.

—Cambió la numeración. Era una sala de observación.

—¿Observación de qué?

—De pacientes primero. De menores después. No era una celda, si eso es lo que piensa.

—No le he dicho lo que pienso.

Teresa miró el edificio.

—Todo el pueblo lleva dos días pensándolo por ustedes.

La doctora bajó sin prisa.

—Adrián me ha dicho que han entrado otra vez.

—Tenemos autorización —dijo Vera.

—No he venido a impedirlo.

Teresa miró el candado cortado dentro de una bolsa de evidencia.

—Ese no es nuestro.

—¿Cómo sabe qué candados usan?

—Porque esta finca también es de mi familia.

Luján preguntó cuándo había estado allí por última vez.

—Hace años.

—¿Cuántos?

—Ocho o diez.

—¿Para qué?

—Adrián quería valorar una rehabilitación. No salió adelante.

Vera mencionó la habitación sin número. Teresa frunció el ceño.

—Las habitaciones cambiaron de numeración varias veces.

—¿Existía una doce?

—Claro. En algún momento.

—¿Para qué se utilizaba?

—Dormitorio, creo. Antes pudo ser una sala de observación.

—¿Conoció a Irene Calvo allí?

Teresa la miró durante un segundo más de lo necesario.

—Conocí a Irene en el pueblo.

—No es lo que le he preguntado.

—No recuerdo haberla visto aquí.

No era una negación absoluta. Vera lo anotó mentalmente y después se obligó a no convertirlo en una confesión.

Teresa caminó hasta la verja. Sus ojos se detuvieron en el monte, no en el edificio.

—Cuando cerraron esto, todos querían olvidarlo. Ahora todos querrán recordar cosas que nunca pasaron.

—¿Usted qué quiere recordar? —preguntó Vera.

—Lo que pasó de verdad.

—Entonces ayúdenos.

Teresa sonrió sin alegría.

—No estoy segura de que les guste.

Antes de marcharse, entregó una llave antigua que llevaba en el llavero.

—Es del archivo de arriba. O lo era. Si la cerradura sigue allí, quizá funcione.

Luján la recibió en una bolsa sin tocarla directamente.

—¿Por qué la conserva?

—Porque nadie me la pidió.

La llave abrió una puerta estrecha al final del corredor norte. Detrás había estanterías, polvo y cajas húmedas. La pared del fondo sonaba distinta. El técnico midió desde fuera y desde dentro: faltaban casi dos metros.

—El yeso es posterior al resto —dijo.

No la abrieron. La autorización vigente no permitía demoler el cerramiento sin justificarlo. Luján solicitó una ampliación judicial.

—¿Sabía que estaba ahí? —preguntó Vera.

—Sabía que hubo reformas. No esa.

—¿Quién las hizo?

—Pregúntele a Adrián. O a los muertos. En mi familia las obras siempre las decidía alguien que después dejaba las facturas a otro.

La respuesta dejó a Vera incómoda. Teresa no parecía estar huyendo de la investigación. Se acercaba a ella. Eso podía ser inocencia, seguridad o una manera de controlar qué descubrían y cuándo.

La puerta interior seguía bloqueada. El equipo no intentó forzarla: la autorización vigente no permitía una apertura destructiva. Luján incorporó la puerta y el tabique anómalo a la solicitud de ampliación judicial.

Al salir, vieron tres cuervos posados en el tejado de la capilla. Darío hizo un comentario sobre el nombre que los viejos daban a aquella loma. Vera no respondió. Los pájaros levantaron el vuelo cuando arrancó el coche.

En el camino de regreso, Luján abrió la cronología.

—Sonia identificada. Irene posiblemente vinculada al edificio. Marina vinculada a la furgoneta. Lucía vinculada a la campanilla que aparece con Marina. Santa Brígida aparece en tres líneas distintas.

—Ya no son coincidencias aisladas.

—No. Pero todavía pueden ser conexiones diferentes.

Vera miró la niebla cerrarse detrás de ellos.

—¿Cuándo deja de ser prudencia y empieza a ser miedo a equivocarnos?

Luján tardó en contestar.

—Cuando dejamos de hacer la siguiente comprobación.

El teléfono de Vera sonó antes de entrar en Valdehondo. Era el juzgado. La ampliación para examinar la pared se resolvería esa misma tarde.

Mientras esperaban respuesta, nadie abandonó el edificio sin quedar anotado. Se fotografió la pared y se protegió el acceso.

En una carpeta apareció una relación antigua de habitaciones. El número 12 figuraba como «observación». En una versión posterior desaparecía y la numeración saltaba del 11 al 13.

El teléfono de Luján vibró.

—Nos amplían la entrada. La resolución acaba de llegar.

Vera miró la pared. Al abrirla podían encontrar algo importante o descubrir que habían pasado días persiguiendo yeso. Ambas posibilidades debían pesar lo mismo hasta que cayera el primer ladrillo.

Vera colgó y miró por el retrovisor. Santa Brígida ya no se veía.