Donde mueren los cuervos CAPÍTULO 12 EL HOSPITAL
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CAPÍTULO 12 EL HOSPITAL

E l registro hospitalario llegó a las nueve y ocho.

No era una ficha aislada, sino un conjunto de documentos: admisión, hojas de enfermería, medicación, firma de un médico y dos controles horarios.

Nicas había ingresado tres días antes de la desaparición de Marina por una infección abdominal complicada.

Permaneció hospitalizado nueve días en un centro situado a setenta kilómetros de Valdehondo.

Vera no se conformó con el encabezado. Comprobó fechas, sellos, continuidad de numeración y la existencia de personal que pudiera autenticar el sistema de archivo.

Una coartada de diecisiete años no servía por parecer convincente.

Tenía que resistir el mismo examen que cualquier indicio de culpabilidad.

No demostraba que Nicas estuviera bajo vigilancia permanente, pero hacía incompatible su presencia en el barranco durante la ventana estimada de la muerte.

Vera pidió una segunda comprobación independiente. El centro conservaba un libro de incidencias nocturnas y en él figuraba una llamada al médico de guardia por el empeoramiento de Nicas. La anotación tenía hora, habitación y firma. No dependía del recuerdo de nadie.

Con eso, la vieja sospecha contra Nicas dejaba de ser simplemente débil. Para la franja de muerte establecida en el expediente de Marina, era insostenible.

Darío se sentó frente a Vera.

—Entonces no mató a Marina.

—Eso es lo que podemos sostener.

—Y si la campanilla es la misma…

—No sabemos que sea la misma. Sabemos que Samuel afirma que había una y que una fotografía contiene un objeto compatible. No conviertas dos indicios en una conclusión.

—Pero cambia todo.

—Sí. Eso sí.

Nicas seguía bajo presión por la mochila de Lucía.

Vera solicitó medidas para evitar que el pueblo interpretara la nueva información como una liberación improvisada.

El problema era perverso: cuanto más demostraban que no podía ser responsable del crimen antiguo, más podía parecer que la Guardia Civil buscaba excusas para protegerlo en el actual.

Mateo Roldán llegó al puesto antes de que pudieran llamarlo.

—Me han dicho que vais a soltarlo. Vera lo hizo pasar a una sala.

—No voy a discutir diligencias en el pasillo.

—Su mochila estaba en su casa.

—Sí.

—¿Qué más necesitas?

—Saber cómo llegó allí. Mateo golpeó la mesa con la palma.

—La llevó él.

—Eso es una hipótesis.

—Mi hija está muerta.

—Y precisamente por eso no puedo regalarte un culpable que quizá no lo sea.

Mateo se quedó mirándola con los ojos enrojecidos.

—Tú no tienes hijos. La frase buscaba herir y lo consiguió, aunque no por la razón que él esperaba. Vera no respondió. Mateo bajó la voz.

—Si lo dejáis salir y vuelve a pasar algo…

—Si retengo a alguien sin base suficiente, también destruyo el caso de tu hija. Necesito que entiendas eso, aunque me odies por decirlo.

Julia esperaba fuera. No preguntó si Nicas era inocente. Preguntó otra cosa.

—¿La mochila pudo ponerla alguien? Vera la observó.

—Es una posibilidad.

—Entonces alguien sabía cómo vive.

—Sí.

—Y sabía que todos lo señalaríamos. Vera tardó un segundo.

—También.

Julia apretó los labios.

—Eso significa que nos conoce. Vera no contestó. La conclusión pertenecía a Julia y era correcta sin necesidad de reforzarla.

Por la tarde, Samuel acudió al cuartel por iniciativa propia. Traía una carpeta de plástico y una fotografía antigua del barranco de la Umbría.

—Nicas estaba en el hospital —dijo Vera.

—Lo sé.

—¿Lo sabías entonces? Samuel asintió.

—Lo supe después.

—¿Y no hiciste nada cuando siguieron hablando de él durante años?

—¿Qué querías que hiciera?

—Decir la verdad.

Samuel se apoyó en el respaldo de una silla.

—La verdad no venía sola.

—Nunca viene sola.

—Tú no estabas allí.

—Por eso te estoy preguntando.

El viejo abrió la carpeta. Dentro había una hoja arrancada de uno de sus cuadernos. Vera reconoció la cuadrícula y la tinta azul. Había tres matrículas, dos horas y una nota: LUCES EN CAMINO SANTA brÍGIDA. Una de las matrículas estaba incompleta.

—¿Dónde está la otra hoja?

—No la tengo.

—¿Quién la tiene?

—No lo sé.

—¿Por qué arrancaste esta?

—Porque había un nombre detrás.

Samuel giró la hoja. En el reverso se leía IRENE, 12 AÑOS, NO DECIR. Vera sintió una presión en el pecho. Conocía a Irene Calvo. Había desaparecido durante unas horas cuando era niña y el episodio se había convertido en una historia familiar que nadie mencionaba.

—¿Qué tiene que ver Irene con Marina? —preguntó. Samuel cerró los ojos.

—Eso es lo que creí que estaba protegiendo. A una niña viva.

—¿De quién?

—No lo sabía entonces.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que callar no la protegió de todo.

Vera señaló la anotación.

—Irene desapareció dos años antes de Marina.

—Sí.

—Entonces esto no pertenece a la noche de Marina. Samuel negó.

—Te dije que mis recuerdos estaban mezclados. Las hojas también.

Aquello podía ser deterioro de memoria o una nueva forma de ocultación. Vera no eligió. Guardó la hoja como material aportado, documentó su procedencia y ordenó localizar a Irene Calvo sin alarmarla. Después volvió al expediente de Marina.

Nicas tenía una coartada sólida para un crimen con una campanilla. Si la campanilla de Lucía estaba conectada con aquella, la mochila dejaba de cerrar el caso y empezaba a abrirlo.

A las siete y cuarenta y tres, Vera llamó a la comandancia.

—Necesito ampliar esto —dijo—. Quiero revisión de desapariciones, muertes dudosas y accidentes en la zona durante al menos veinticinco años.

—¿Por qué veinticinco?

—Porque diecisiete ya no me bastan.

La noticia de la coartada de Nicas no debía salir del equipo, pero Valdehondo llevaba días demostrando que las paredes tenían más memoria que discreción.

Antes de las cinco, Amalia Vega llamó desde Madrid.

Se presentó como periodista y preguntó por un ingreso hospitalario ocurrido diecisiete años atrás. Vera no confirmó ni negó.

—Si publica datos médicos de una persona vulnerable sin saber qué significan, se convertirá usted en parte del problema.

—Y si ustedes los esconden, también.

—No confunda no publicar con esconder.

Amalia guardó silencio un instante.

—Hay otra mujer. Cuatro años atrás. Murió en una carretera secundaria después de salir de Valdehondo.

—Envíeme lo que tenga por conducto identificable.

—¿Eso es un sí?

—Eso es exactamente lo que he dicho.

Vera colgó. La llamada era una amenaza y una oportunidad. Alguien fuera del pueblo estaba mirando la misma constelación de hechos desde otro ángulo.

Darío averiguó que el hermano de Amalia había participado años atrás en una plataforma de familias de desaparecidos.

La periodista llevaba tiempo reuniendo casos mal clasificados.

Vera anotó su nombre en una hoja aparte.

No como sospechosa, sino como fuente que debía verificarse con el mismo rigor que cualquier otra.

La protección de Nicas se volvió más urgente cuando apareció una corona de flores frente a su puerta con una tarjeta que decía PARA LA PRÓXIMA.

Nicas no entendió al principio que era una amenaza.

Creyó que alguien había dejado las flores por Lucía.

Vera ordenó retirarlas como indicio y reforzar vigilancia discreta.

—No quiero guardias en mi puerta —protestó Nicas—. Los perros se ponen nerviosos.

—Entonces estarán donde no los veas.

—Yo los veo. Vera casi sonrió.

—Intenta no hacerlo.

Samuel pidió acompañarlo a casa. Vera se negó.

—No puedes seguir entrando y saliendo del caso como padre, testigo y antiguo guarda.

—Solo quiero hablar con él.

—Precisamente.

Samuel aceptó con una docilidad que la inquietó. Antes de marcharse dijo: —Nicas recuerda más de lo que puede contar. No lo fuerces a ordenar el mundo como tú.

—¿Y tú?

—Yo lo ordené demasiado. Ese fue el problema.

Al final del día llegó una ampliación del hospital: durante la noche de la muerte de Marina, Nicas había sufrido fiebre alta y había sido valorado dos veces.

La posibilidad de que hubiese abandonado el centro, recorrido setenta kilómetros, cometido el crimen y regresado sin dejar rastro dejó de ser razonable.

Vera imprimió el documento y lo añadió a la carpeta.

No sintió alivio. Una coartada no eliminaba un asesino; eliminaba un sospechoso. Y en Valdehondo, donde todos parecían haber necesitado a Nicas para explicar algo, dejarlo fuera significaba que el responsable volvía a estar entre los demás.

Ordenó que la conclusión quedara redactada con precisión: la documentación disponible excluía razonablemente a Nicas de la autoría material del homicidio de Marina dentro de la ventana forense aceptada.

No escribió que fuese inocente de todo lo ocurrido aquella semana.

Tampoco que la campanilla uniera ambos crímenes.

Cada afirmación debía ocupar únicamente el espacio que las pruebas permitían.

Luego miró la fotografía de la mochila de Lucía en el cobertizo. El problema ya no era hacer convivir dos sospechas. Era explicar por qué alguien que no podía haber matado a Marina volvía a aparecer, diecisiete años después, exactamente donde un asesino necesitaba que miraran.