Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Cuarenta y Cuatro
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Capítulo Cuarenta y Cuatro

La llave que no era

El Puerto de Santa María.

El teléfono de Harper seguía vibrando sobre la mesa, entre la fotografía del coche todavía proyectada en la pared y la cifra de la cuota de la alarma subrayada en rosa.

Álvaro.

—Dime.

—Señoría, lo tengo. —La voz de Álvaro sonaba agotada, la voz de un hombre que llevaba horas peleándose con una aplicación que no estaba pensada para dar lo que él le estaba pidiendo—.

Me ha costado un mundo, he tenido que llamar al soporte técnico dos veces, pero al final me han explicado dónde estaba el histórico.

Se lo estoy mandando ahora mismo por WhatsApp, capturas de pantalla, todo lo que he podido sacar de los últimos dos meses, porque es el tiempo máximo que se guarda.

—Cuéntame lo que ves mientras me llega.

—Hay desactivaciones, señoría. Muchas más de las que yo hubiera dicho que había, si me lo pregunta a bote pronto.

Casi todas de madrugada, entre la una y las cuatro.

Y hay una cosa que no entiendo, y por eso sabía que tenía que llamarle: cada desactivación tiene asociada una llave.

La mía, la de Claudia, y una tercera que en la aplicación aparece solo como «Llave 4», sin nombre, sin nada.

Nosotros solo teníamos dos llaves activas, señoría.

La mía y la de Claudia. Hay una tercera de las cinco que nos dieron, que se la di a Irene para que entrara en casa cuando viniera si Claudia estaba dormida.

Harper miró a Nya por encima de la mesa, y los dos supieron, sin necesidad de decírselo, que acababan de encontrar exactamente lo que llevaban dos días buscando sin nombrarlo del todo.

—¿Esa llave se ha utilizado solamente fuera de horario? Quiero decir, ¿se ha utilizado sin que Claudia o usted estuvierais en casa? ¿Lo dice la aplicación?

—Sí. Solamente estábamos en casa el día que se la di. Me acuerdo, porque no se aclaraba cómo ponerla y le dije yo cómo. En marzo.

Harper cerró los ojos un segundo. Marzo. El mismo mes en que, según el propio historial médico de Claudia, había empezado a acumular las primeras notas de duda sobre sí misma.

—¿Y usted no se dio cuenta de estas desactivaciones? ¿Ni Claudia se lo comentó nunca, aunque fuera de pasada?

—Nada, señoría. Se lo juro. Si me lo hubiera dicho, yo lo habría recordado, seguro.

Con esas cosas de la casa Claudia era muy suya, muy organizada, me lo contaba todo, hasta las tonterías.

Que si había que cambiar el filtro del agua, que si el técnico venía el jueves.

Esto no me lo dijo nunca. Y ahora no dejo de preguntarme cuántas cosas más no me dijo, sabiendo cómo era ella de hablar de todo.

—No se torture con eso ahora, Álvaro. Ya habrá tiempo.

—Ya. —La voz del hombre se quebró un poco, y se recompuso enseguida, con ese esfuerzo tan suyo de sostenerse entero delante de un instructor al teléfono—. Perdone. ¿Necesita algo más de mí esta noche?

—Una cosa más, ya que está delante de la aplicación. —Harper eligió las palabras con cuidado, sin querer todavía nombrar lo que sospechaba—. ¿Puede mirar cuántas cámaras aparecen dadas de alta en el sistema? Un listado, un menú de dispositivos, algo así.

—Espere, no cuelgue. —Se oyó, de fondo, el ruido de un dedo golpeando torpemente una pantalla, varias veces, con la lentitud de quien no está nada cómodo con aquello—.

Yo sé que hay dos, seguro. Una en el salón y otra en el pasillo de las habitaciones, las puso Claudia cuando nació la niña, ya se lo dije.

Yo casi ni entraba en esta aplicación, si le soy sincero.

Eso lo llevaba ella. Yo trabajaba, dormía cuando podía, y la tecnología nunca ha sido lo mío.

Desde que murió he tenido que aprender a base de golpes, y todavía me pierdo en los menús como un niño.

Se hizo un silencio largo, distinto a todos los anteriores, con solo el ruido lejano de los dedos de Álvaro deslizándose por la pantalla.

—Señoría. —La voz le salió rara, hueca, como si se le hubiera vaciado por dentro de golpe—. Aquí hay cuatro.

—¿Cuatro?

—Cuatro cámaras, señoría. No dos. Hay dos más que yo no sabía que existían.

Una en la cocina. Otra en el cuarto de Vega.

—Álvaro tragó saliva, tan fuerte que se oyó por el teléfono—.

¿Cómo puede ser que yo no supiera esto? He vivido en esta casa todos estos meses, señoría, y no sabía que había cámaras ocultas en mi propia cocina.

—Álvaro, escúcheme. Es importante que no se venga abajo ahora, aunque tenga todo el derecho del mundo a hacerlo. ¿Puede ver si esas dos cámaras tienen grabaciones guardadas? ¿Algún historial, algún vídeo?

Más ruido de dedos, más despacio esta vez, con el cuidado de quien tiene miedo de tocar algo mal y perderlo para siempre.

—Hay grabaciones, sí. Pero solo de un mes, señoría.

El sistema no guarda más de treinta días si no lo descargas tú mismo a otro sitio, aquí lo pone.

Lo más antiguo que tengo es de finales de julio.

—Se detuvo, y Harper pudo notar, incluso a través del teléfono, cómo caía en la cuenta de lo que aquello significaba—.

El día que murió Claudia no está. Ni los días de antes tampoco.

Se han borrado solos, con el tiempo, antes de que a nadie se le ocurriera mirar aquí.

Harper cerró los ojos un segundo, con la doble sensación de haber ganado algo enorme y de haber llegado, otra vez, un paso tarde.

—Está bien, Álvaro. No hace falta que busque más esta noche. Guarde el teléfono, no toque nada más de esas dos cámaras, y mañana a primera hora nos ocupamos de esto con calma, con las garantías que hacen falta.

—Señoría... —La voz de Álvaro sonó, por primera vez en toda la llamada, casi rota del todo—. ¿Quién pone cámaras ocultas en su propia cocina sin decírselo a su marido?

Harper no tuvo una respuesta buena que darle, así que no le dio ninguna.

—Descanse, Álvaro. Hablamos mañana.

Harper le pidió, ya antes de colgar, que le reenviara a él mismo todo lo que había encontrado —el listado de cámaras, cualquier cosa que le permitiera la aplicación exportar—, y que, sobre todo, no tocara nada más ni comentara aquello con nadie.

Ya se encargaría él de gestionarlo, con las garantías necesarias para que todo quedara incorporado al expediente sin fisuras.

—Gracias, Álvaro. Ha hecho un trabajo excelente.

—Entendido, señoría.

Colgaron. Harper se quedó mirando el teléfono un momento, y antes de que pudiera decir nada, Nya ya tenía el portátil abierto de nuevo, buscando algo en la carpeta que llevaban semanas archivando sin terminar de cerrar del todo.

—Espera —dijo ella—. Esto encaja con otra cosa. La sesión que Sergio encontró hace semanas, ¿te acuerdas? Cuando le pediste que revisara si el móvil de Claudia tenía alguna sesión de WhatsApp Web abierta.

—La encontró, sí. Y no le dimos toda la importancia que merecía en su momento, con todo lo demás que estaba saliendo a la vez.

—Léelo otra vez. Aquí. —Nya giró la pantalla hacia él—.

En el volcado del móvil de Claudia aparecen dos sesiones distintas de la aplicación: la suya propia, la del terminal físico, un iPhone, iOS.

Y una sesión de WhatsApp Web activa, vinculada a la misma cuenta, abierta desde un navegador de escritorio.

Un ordenador, Aeris. No un móvil. Un ordenador que no era el de Claudia, porque Claudia tenía iOS y nunca usó WhatsApp Web, según todos los que la conocían.

Nadie llegó a preguntarse de quién era ese ordenador.

—Porque en su momento nadie tenía motivo para preguntárselo.

—Pues ahora sí lo tenemos.

Harper se levantó, con una energía distinta a la de hacía un minuto, y marcó un número sin necesitar mirarlo en la agenda.

—¿A quién llamas?

—A Fidel.

—¿A estas horas? Es domingo por la noche, Aeris.

—Y mañana por la mañana quiero que sepa, antes de que se despierte del todo, que el sobreseimiento de este expediente no se va a firmar. Ni ahora, ni el uno de septiembre, ni nunca, hasta que yo diga que está resuelto.

El teléfono sonó tres veces antes de que Fidel descolgara, con la voz pastosa de quien acababa de despertarse de una siesta larga de domingo.

—Harper. Son las diez de la noche.

—Lo sé, y siento la hora. Pero necesitaba decírtelo ya, no mañana en un pasillo entre dos vistas. El caso Serrano no se archiva.

Se hizo un silencio al otro lado, del tipo que a Harper le sonó a un hombre incorporándose en el sofá.

—Harper, llevamos semanas con esta conversación. Agosto se acaba, y me dijiste...

—Te dije que en septiembre firmaría si no tenía nada nuevo.

Y tengo algo nuevo, Fidel. Tengo una llave magnética utilizada de madrugada, sin conocimiento del marido, con un patrón que no encaja con nada inocente.

Tengo una sesión de mensajería abierta desde un ordenador que no es de la víctima, vinculada a su cuenta personal.

Y tengo ya cursada, esta misma noche, la petición al Grupo de Delitos Telemáticos para que rastreen ese dispositivo y esa IP.

En dos o tres días tendré un nombre y una dirección física.

—¿Y si ese nombre no es el que tú ya tienes en la cabeza?

—Entonces me habré equivocado, y firmaré tu sobreseimiento yo mismo, con mi propia mano, sin que haga falta ni pedirlo.

—La voz de Harper no subió de tono, pero se endureció de una manera que no dejaba ningún resquicio para la negociación—.

Pero no voy a cerrar este expediente a ciegas, Fidel, ni por el calendario, ni porque estemos a finales de agosto y a todo el mundo le venga bien pasar página.

Ponte como te pongas. Este caso no se archiva mientras yo lo instruya.

—Harper, yo tengo mi trabajo también. Puedo pedir que se eleve, puedo insistir ante el decanato si...