Capítulo Cuarenta y Tres
La cuota que nadie vio
El Puerto de Santa María.
La tarde se les fue esperando.
Álvaro no había vuelto a llamar, y Harper sabía que no debía presionarlo —Irene seguía en la casa, según le había dicho antes de colgar, y cualquier prisa mal disimulada podía delatar algo que todavía no estaban en condiciones de delatar—, así que los dos se quedaron en el estudio, con Enemy sonando bajito en su enésima vuelta.
Fue Nya quien lo propuso, poco después de colgar con Álvaro la primera vez.
—Si la foto del coche estaba ahí, en un archivo que llevábamos semanas mirando sin verla del todo, ¿qué más se nos habrá pasado?
—dijo, ya con el portátil abierto sobre las rodillas—.
Quiero revisarlo todo otra vez, Aeris. Papel por papel.
Letra por letra. Cada declaración, cada factura, cada nota, como si no lo hubiéramos leído nunca.
A lo mejor no hay nada más. Pero a lo mejor hay otra foto, otra frase, algo que se nos escapó la primera vez porque no sabíamos todavía qué buscar.
Harper no dudó ni un segundo.
—Empecemos por donde tú quieras.
Así que se repartieron el trabajo sin necesidad de discutirlo: Harper con la pizarra y las declaraciones ya conocidas, repasando cada frase en busca de matices que se le hubieran escapado la primera vez; Nya con todo lo que fuera número, fecha o cifra, empezando por lo único que en toda la instrucción nadie había mirado con verdadera atención, porque con el suicidio dado casi por hecho desde el primer día, a nadie se le había ocurrido que mereciera la pena: los movimientos bancarios de la cuenta común de Claudia y Álvaro, volcados meses atrás por Sergio y archivados sin que nadie los hubiera leído más allá de un vistazo superficial.
Nya los repasaba desde el portátil, mes a mes, con esa paciencia suya de examinar un temario entero buscando la línea que no encajaba, mientras Harper, al otro lado de la mesa, seguía trazando flechas en la pizarra entre lo que ya tenían.
—Aeris.
—Dime.
—¿Puedes mirar esto un momento? —Nya giró la pantalla hacia él, con el dedo señalando una fila concreta de la hoja de movimientos—.
Los recibos de la empresa de la alarma. Salen todos los meses, el día tres, siempre la misma cantidad.
Cuarenta y dos euros con noventa. Enero, febrero, marzo, así hasta junio.
—¿Y julio?
—Julio son setenta y ocho euros con veinte.
Harper se acercó, con el ceño ya empezando a fruncirse de esa manera suya que Nya conocía tan bien.
—Casi el doble.
—Casi el doble. —Nya se recostó en la silla, mirando la cifra como quien mira una pieza de un rompecabezas que de pronto encaja donde no se esperaba—.
¿No te resulta raro? Un recibo fijo, exactamente igual durante meses, y de golpe sube así, justo el mes antes de que muriera.
¿Y si contrató algo más con la empresa de la alarma?
Tiene esa pinta, ¿no? Como cuando amplías una tarifa de teléfono y la cuota sube el mes siguiente.
Harper se quedó mirando la cifra un momento largo, y la cabeza, sin que él se lo propusiera del todo, empezó a construir la pregunta antes incluso de tener con qué contestarla.
—Álvaro dijo que las cámaras las puso Claudia cuando nació Vega.
Eso fue hace poco más de siete meses, y el recibo se mantuvo estable desde entonces hasta junio.
—Cogió el rotulador rosa, casi por instinto, y anotó la cifra en la pizarra, al lado de la fecha del diez de julio—.
Si en junio contrató algo nuevo, algo que le costara treinta y cinco euros más al mes, no fue el sistema original. Fue una ampliación.
—Una cámara más.
—O más de una. —Harper se pasó la mano por la cara—. Y si esa ampliación no salió en la declaración de Álvaro, si él ni siquiera sabía que existía...
—Entonces Claudia contrató algo a espaldas de todo el mundo. —Nya terminó la frase por él, con una certeza que le heló un poco la voz—. Incluso de su propio marido.
Se quedaron los dos en silencio un momento, con la cifra brillando en la pizarra bajo la luz de la tarde que ya empezaba a bajar, y Nya sintió que algo se le revolvía por dentro, una mezcla de admiración y de tristeza que no supo separar del todo: admiración por una mujer que, en sus últimas semanas de vida, todavía había encontrado la manera de investigar por su cuenta, en silencio, sin decírselo a nadie; tristeza por lo sola que había tenido que sentirse para hacerlo así, a escondidas, en vez de poder simplemente confiar en la gente que la rodeaba.
—Habrá que llamar a la empresa —dijo Harper, al fin—. Con la orden judicial correspondiente, para que no se me pueda tachar de nada. Pedir el detalle exacto de qué se contrató ese mes, cuándo se instaló, y sobre todo, dónde.
—¿Crees que Irene lo sabe? Lo de la ampliación, digo.
—No lo sé. —Harper miró la pizarra entera, el mapa que llevaba dos días construyendo pieza a pieza—. Pero si Claudia fue lo bastante cuidadosa como para que ni su propio marido se enterara, dudo mucho que se lo contara a la persona de la que sospechaba.
El teléfono de Harper vibró sobre la mesa. Los dos se giraron a la vez.
Álvaro.