Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Cuarenta y Dos
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Capítulo Cuarenta y Dos

La venda empieza a caer

El Puerto de Santa María.

El teléfono de Harper vibró sobre la mesa del estudio, donde llevaban desde media mañana retomando, ya con la cabeza más despejada después de unas pocas horas de sueño, el trabajo de la noche anterior.

Nya, con las piernas dobladas bajo el cuerpo en la silla, seguía repasando fotografías del anexo IV proyectadas en la pared, buscando algún otro fondo que se le hubiera escapado la noche antes.

Un número desconocido, sin nombre asociado.

Harper descolgó, extrañado, sin saber quién podía estar llamándolo un domingo a esa hora desde un número que no reconocía.

—¿Sí?

—Señoría, soy Álvaro. Álvaro Ortiz.

—Álvaro. —Harper cayó entonces en que nunca había guardado su número; se lo habían intercambiado a mano, en un papel, en la sala de descanso del parque de bomberos, y él mismo no había llegado a añadirlo a la agenda del móvil—. Perdona, no tenía tu número guardado. Por eso no sabía quién era. Dime.

Le había dado su tarjeta hacía apenas un día, con la instrucción sencilla de fijarse en lo pequeño y llamarlo si veía algo que no le cuadrara. No esperaba que la llamada llegara tan pronto.

—Estoy en el jardín. He salido a airearme un poco y... no sé si esto es una tontería, pero usted me dijo que le llamara.

—No es ninguna tontería. Dime.

—Es Irene. —Álvaro bajó todavía más la voz—.

Esta mañana ha empezado a meter cosas de Claudia en bolsas.

Ropa, unos libros, cosas del baño. Sin preguntarme.

Yo he entrado en el dormitorio y me la he encontrado doblando cosas del armario de Claudia, metiéndolas en bolsas de basura, y cuando le he preguntado qué hacía me ha dicho, con esa cara suya tan tranquila, que alguien tenía que hacerlo, que no podíamos vivir para siempre con el armario intacto, que a ella también le dolía muchísimo pero que alguien tenía que ser el fuerte de los dos.

Y yo me he quedado ahí plantado, señoría, sin saber si darle las gracias o decirle que ese armario no era suyo para vaciarlo.

Harper hizo un gesto a Nya, que dejó lo que estaba haciendo y se acercó despacio, atenta.

—Hizo bien en llamarme —dijo Harper—. Siga contándome.

—Es que no sé si hay más que contar, la verdad, es solo que... —Álvaro se detuvo a media frase—. Espere. Espere un segundo.

Se oyó, de fondo, un pitido electrónico breve, y después la voz de Álvaro, ahora dirigida a otro sitio, más relajada de golpe.

—Nada, nada, perdone, es la aplicación de las cámaras, que me ha saltado un aviso de movimiento.

Será Kimba otra vez, el gato de mi suegra, que se ha empeñado en dejárnoslo esta semana y el bicho no para de subirse a los sitios donde salta el sensor.

Cada dos por tres me llega el aviso al móvil como si hubiera entrado alguien.

Harper se quedó callado un segundo, con esa quietud suya de cuando una frase cualquiera, dicha de pasada, se le clavaba en un sitio que todavía no sabía nombrar.

—¿Tienen cámaras en casa?

—Sí, claro. Claudia se empeñó en ponerlas cuando nació Vega. Decía que quería poder ver a la niña desde el móvil si se quedaba con alguien, o comprobar que todo estaba bien de noche sin tener que levantarse. Puso dos, una en el salón y otra en el pasillo de las habitaciones.

Harper miró a Nya, que ya se había sentado frente a él con el cuaderno abierto, siguiendo la conversación con la misma atención que aplicaba a un examen.

—Álvaro, esto es importante. La aplicación de esas cámaras, ¿guarda algún registro de cuándo se activan o se desactivan? ¿Un historial?

—Supongo que sí, nunca lo he mirado. Claudia era la que entendía de esas cosas, yo solo recibo los avisos cuando salta algo.

—Necesito que entre en esa aplicación y busque esa opción.

Un historial, un registro, algo que diga quién ha entrado en el sistema y cuándo, de los últimos meses.

Puede que tenga que buscarlo en los ajustes, o pedirle ayuda a alguien que entienda de esto si no lo encuentra.

Es importante, Álvaro. Más de lo que puedo explicarle ahora mismo por teléfono.

Se hizo un silencio al otro lado, un silencio distinto al de antes, más cargado.

—¿Esto tiene que ver con lo que usted me dijo el otro día? Lo de fijarme en quién decide las cosas de mi casa.

—Tiene que ver, sí .

Otro silencio, más corto esta vez.

—Voy a pelearme con la aplicación esta noche, cuando Irene se vaya. Si encuentro algo, se lo mando. No sé ni por dónde vamos a empezar, pero lo voy a intentar.

—Gracias, Álvaro. De verdad.

Colgaron. Harper se quedó con el teléfono en la mano, y Nya, que llevaba toda la llamada escuchando el lado de Harper con una concentración absoluta, dejó el bolígrafo sobre el cuaderno, despacio.

—¿Cámaras?

—Cámaras. —Harper se recostó en la silla, con la cabeza ya tres pasos por delante de donde estaba un minuto antes—.

Si esas cámaras forman parte del mismo sistema de seguridad que la alarma de la casa, con llave magnética como cualquier alarma doméstica moderna, y si alguien más aparte de Claudia y Álvaro tenía una de esas llaves, tendríamos un registro con marca de tiempo de cada vez que alguien ha desactivado el sistema para entrar en esa casa sin que las cámaras lo grabaran, y de cada vez que lo ha vuelto a activar al salir.

—¿Y quién tendría esa llave?

—Esa es la pregunta que me llevo haciendo desde que Álvaro ha dicho la palabra «cámaras» .

—Harper se pasó la mano por la cara—. Si Irene la tiene, Nya, no es una sospecha lo que tenemos.

Es un mapa completo de cada noche que entró en esa casa después de que Claudia cerrara la puerta con llave y se creyera sola.

Nya se quedó mirando la pizarra, donde la fotografía del coche borroso seguía proyectada, pequeña e insuficiente comparada con lo que Álvaro acababa de poner, sin saberlo, sobre la mesa.

—Es mucho mejor que un coche mal enfocado —dijo, al fin.

—Es infinitamente mejor. —Harper miró el teléfono, todavía en su mano, como si pudiera obligarlo a sonar antes de tiempo con la sola fuerza de la voluntad—. Ahora solo hace falta que Álvaro consiga bajarlo, y que ese historial diga lo que creo que va a decir.

Se quedaron los dos en silencio un momento, con Enemy sonando todavía bajito desde el altavoz de la estantería, en la misma vuelta interminable de la noche anterior, y por primera vez en toda la instrucción, Harper sintió que no estaba esperando una corazonada.

Estaba esperando una prueba.