Capítulo Cuarenta y Uno
Construyendo lo imposible
El Puerto de Santa María.
Harper le acercó el rotulador rosa, sin decir nada más sobre Rafael, y bajó a la cocina a preparar café —solo, negro, sin azúcar, dos tazas— mientras Nya, arriba, iba ordenando sobre la mesa del estudio los folios sueltos que llevaban semanas amontonándose sin criterio: la declaración de Irene por un lado, el anexo IV por otro, el informe de Sergio sobre las claves y las notas propias de Harper apiladas aparte, como quien prepara el terreno antes de una batalla que sabe que va a ser larga.
Cuando Harper volvió con las dos tazas, se quedó un momento en el umbral, mirando aquel pequeño orden que Nya había impuesto sobre el caos de dos meses de instrucción, y en vez de sentarse a repasar los folios uno a uno como habían hecho tantas otras noches, dejó las tazas sobre la mesa y fue hasta el rincón del estudio donde llevaba meses arrinconado, detrás de una estantería, algo que Nya conocía de vista pero nunca había visto encendido: una pizarra blanca y un proyector todavía envuelto en parte del plástico de fábrica.
—¿Qué es esto?
—Lo compré hace un año, para el caso Villalta, y al final no hizo falta usarlo.
—Harper empezó a desenredar el cable, buscando el enchufe detrás de la mesa, con esa concentración suya de cuando algo empezaba a importarle de verdad—.
Dije que lo estrenaría el día que tuviera un caso lo bastante complicado como para necesitar ver las cosas en grande.
—Pues ya lo tienes.
Tardaron casi media hora solo en hacer que el aparato proyectara algo que no fuera un rectángulo azul borroso contra la pared, entre risas breves y algún taco contenido de Harper peleándose con un cable HDMI que se resistía, y cuando por fin consiguieron que la primera fotografía del anexo IV apareciera nítida sobre la pared —la cerradura de siempre, fotografiada cien veces con variaciones mínimas— ya era casi medianoche.
En algún momento, sin que ninguno de los dos lo decidiera del todo, la música empezó a sonar desde el altavoz pequeño de la estantería.
Enemy.
Harper la reconoció a los dos compases y se giró, casi por reflejo, hacia el teléfono, con el dedo ya listo para pasar a otra cosa más tranquila, algo instrumental que no le tirara de la memoria en una dirección concreta.
—Espera. —Nya lo dijo con los ojos cerrados, sin abrirlos siquiera, con una firmeza que no dejaba lugar a dudas—. Déjala.
—¿Esta?
—Esta. Ponla en bucle, si puedes. —Abrió los ojos entonces, y en ellos había algo que Harper reconoció al instante, porque lo sentía él también, aunque nunca se lo hubiera dicho en voz alta con esas palabras—.
Me ayuda a pensar. No sé explicarlo mejor que así.
El silencio absoluto me pone nerviosa, siempre lo ha hecho, pero esta canción concreta...
es distinta. Es como si me diera permiso para mirar de frente lo que no quiero mirar.
Harper se quedó un momento callado, con el pulgar todavía sobre la pantalla, y al final sonrió, pequeño, casi para sí mismo.
—A mí también me ayuda —dijo—. No te lo he dicho nunca, pero cada vez que la pongo, algo en la cabeza se me ordena de una manera que no consigo con nada más. Creo que ya es nuestra, Nya. Sin haberlo decidido.
—Pues que suene, entonces.
La puso en bucle. La voz rota entrando sobre el bajo grave llenó el estudio entero, una y otra vez, con esa cadencia que subía y bajaba como una marea paciente, y bajo esa marea, los dos empezaron, por fin, a trabajar de verdad.
-*.*-
Fueron subiendo folios a la pared uno a uno, sin prisa, comparando fechas, buscando huecos.
La primera hora dio poco. Compararon la declaración de Irene con el listado completo de visitas que Álvaro recordaba, y encontraron dos pequeñas discrepancias de horario que, examinadas con calma, resultaron explicarse solas: un error de una hora que probablemente era solo cansancio, una fecha que Álvaro reconoció haber dado él mismo mal en su momento.
Harper las tachó de la pizarra con el mismo rigor con que las había anotado, sin apego a ninguna teoría que no aguantara la comprobación.
En algún momento, sin decir nada, Harper abrió la ventana lo justo para que corriera un poco de aire nocturno, sacó el paquete que guardaba en el cajón de la mesa y encendió un cigarro, ofreciéndole el segundo a Nya sin que ella tuviera que pedirlo.
Fumaron los dos en silencio un rato, mirando la pizarra desde la distancia, dejando que el humo se les enredara despacio en el aire quieto del estudio mientras la cabeza, sin las manos ocupadas en nada más, seguía dándole vueltas sola a lo mismo.
—Esto es como pescar de noche —dijo Nya, pasada la una de la madrugada, frotándose los ojos y dando una calada larga antes de aplastar la colilla en el cenicero que tenían siempre a mano en el estudio para aquellas noches largas—. Tiras el sedal cien veces y sacas noventa y ocho botas viejas.
—Y dos veces sacas algo. —Harper se sirvió más café, ya frío, sin que le importara—. Esas dos veces son las que importan.
Siguieron. Repasaron el testimonio de Óscar línea a línea, buscando alguna fecha concreta que pudiera cruzarse con algo más, y no encontraron nada nuevo, solo la confirmación, otra vez, de lo que ya sabían.
Repasaron el informe de las claves cambiadas, sin que apareciera ningún dato adicional que no tuvieran ya.
A las dos de la madrugada, Nya bostezó tan fuerte que se le saltaron las lágrimas, y Harper estuvo a punto de proponer dejarlo para el día siguiente.
Fue entonces cuando ella se detuvo en una fotografía concreta.
Era del ocho de julio, tres días antes de la muerte de Claudia. La puerta principal, cerrada, el flash reflejándose en el cristal de la entrada como en tantas otras, y detrás del cristal, borrosa pero presente, la calle.
—Aeris. Espera. —Nya se inclinó hacia la pared, entrecerrando los ojos—. ¿Qué es eso, detrás del cristal?
Harper se acercó también, sin acercarse todavía al portátil.
—Parece un coche.
—Amplía.
Harper volvió a la mesa y aumentó el zoom sobre la imagen proyectada, pixel a pixel, con la lentitud de quien no quiere que la imagen se rompa antes de tiempo.
La calle detrás del cristal se fue haciendo más grande, más granulada, hasta que una forma se distinguió del todo: un coche pequeño, urbano, aparcado justo enfrente de la casa.
—Esa hora... —Nya leyó el metadato en la esquina de la imagen, y algo en su voz cambió—. Las once y cuarto de la noche, Aeris. Esa misma noche, en su declaración, Irene dijo que llevaba dos días sin ver a Claudia. Que tenía gripe. Está en el acta. Lo leímos juntos hace semanas.
Harper no dijo nada enseguida. Se quedó mirando la imagen, calculando, con la misma cautela de siempre, cuánto podía sostener aquello y cuánto no.
—No demuestra que sea el suyo —dijo, al fin, con la honestidad que se aplicaba siempre a sí mismo antes que a nadie—.
No se ve la matrícula. El color podría coincidir con media docena de modelos distintos.
Pero es la primera vez que tenemos una imagen, con fecha y hora fijadas por el propio archivo, que no encaja con algo que Irene juró en un despacho judicial.
Nya se quedó mirando el coche proyectado en la pared, diminuto y borroso, y sintió que algo, después de meses de sospechas sin forma, empezaba por fin a tener un contorno real.
—Es poco —dijo—. Pero es lo primero que no es solo intuición.
—Es lo primero —repitió Harper, y apuntó la fecha y la hora en la pizarra, debajo de todo lo demás, con un rotulador distinto, como si aquel dato mereciera un color propio—.
Mañana llamo a Parra a primera hora. Que Sergio compare esta matrícula, aunque sea a medias, con lo que tengamos del coche de Irene.
Y que revise, ya que está, lo de las sesiones de mensajería que le pedí hace semanas y que todavía no me ha dado.
Miró el reloj. Las dos y media de la madrugada.
—Por hoy, creo que es suficiente —dijo, con la voz ya cargada del cansancio de un día entero—. Hemos encontrado una grieta, Nya. Pequeña. Pero es la primera que tiene fecha y hora propias, y eso, por poco que parezca, es más de lo que teníamos ayer.
Nya asintió, apoyando la cabeza contra su hombro, con Enemy todavía sonando bajito desde el altavoz, en su séptima o su octava vuelta ya, sin que ninguno de los dos hubiera sentido la necesidad de pararla.
—Mañana seguimos —dijo ella, casi dormida ya de pie—. Con lo que traiga Parra.
—Mañana seguimos.