Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Cuarenta
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Capítulo Cuarenta

El hombre muerto

El Puerto de Santa María.

Habían cenado rápido, casi sin saborearlo, con la cabeza ya puesta en lo que venía después, y en cuanto recogieron la cocina subieron juntos al estudio: Harper con la carpeta de Claudia Serrano abierta de par en par sobre la mesa, Nya con un cuaderno en blanco y ese gesto suyo de estudiante aplicada que sacaba siempre que un problema merecía la pena resolverse bien.

Habían decidido, sin necesidad de decírselo en voz alta, que aquella noche era para empezar a construir de verdad la teoría de Irene: fechas, patrones, la lista completa de quién había hablado con quién y cuándo.

Llevaban veinte minutos con las primeras anotaciones —el círculo de Irene en el centro de un folio, las flechas hacia cada testigo, la fecha del diez de julio subrayada dos veces— cuando el móvil de Nya vibró sobre la mesa.

Carmen.

Nya lo cogió sin pensarlo, con la costumbre de quien contesta a su mejor amiga sin necesitar preparación.

—Dime.

—Nya. —La voz de Carmen sonaba rara, apresurada, con esa cadencia de quien lleva un rato dándole vueltas a cómo decir algo y ha decidido, al final, decirlo sin más rodeos—. Tengo que contarte una cosa, y no sé cómo hacerlo con calma, así que te lo voy a decir tal cual. Rafael Palacios está vivo.

El estudio, la carpeta, el rotulador rosa de Harper todavía en el aire: todo desapareció durante un segundo entero.

—¿Qué?

—Vive en una residencia cerca de Arcos. Llevo semanas mirando lo del accidente, sin decirte nada, porque no quería darte una alegría o un susto que después no pudiera sostener con nada sólido.

Y lo he encontrado, Nya. Está vivo. El accidente de la carretera de la sierra fue real, pero él sobrevivió.

Antonio lo dio por muerto, o dejó que todo el mundo lo diera por muerto, y nunca dijo ni una palabra en contra.

Nya sintió que el corazón le daba un vuelco tan fuerte que por un momento no pudo ni respirar del todo, esa clase de sacudida física que no distingue entre alegría y terror y los entrega juntos, revueltos, sin previo aviso.

Rafael. Su tío. El único que la había llamado «su niña» .

El que le enseñó las cuatro notas que todavía tocaba de memoria en el piano del estudio, dos metros a su espalda en ese mismo momento.

Vivo.

Y sin embargo, con la misma rapidez con que le subió aquella oleada, Nya sintió algo más, debajo, casi vergonzoso de reconocer: que no podía.

Que en ese momento, con la carpeta de Irene abierta sobre la mesa y una niña de siete meses durmiendo esa misma noche bajo el mismo techo que su asesina, no tenía sitio en la cabeza para procesar una resurrección entera.

—Carmen. —Le costó encontrar la voz, y cuando la encontró, sonó más firme de lo que se sentía—.

Necesito... necesito un poco de tiempo. No es que no me importe, ojalá supieras cuánto me importa, pero ahora mismo estoy en medio de otra cosa muy gorda, y no puedo con las dos a la vez.

¿Puedo llamarte mañana? Vamos juntas a Arcos, como me dijiste en la playa. Mañana. Te lo prometo.

—Claro que sí. —La voz de Carmen no tuvo ni un gramo de reproche, solo la comprensión tranquila de quien conoce a su amiga lo suficiente como para no necesitar explicaciones—.

Rafael lleva catorce años vivo sin que nadie te lo dijera.

Puede esperar una noche más a que tú estés lista para ir a verlo. Descansa, Nya. Mañana hablamos.

Colgaron. Nya se quedó con el teléfono en la mano, mirando la pantalla apagada, y notó que Harper la observaba desde el otro lado de la mesa con una atención que había dejado a un lado, por completo, el rotulador rosa.

—¿Qué pasa?

—Rafael está vivo. —Lo dijo casi sin creérselo ella misma, en voz alta, como si decirlo la ayudara a que fuera verdad—.

Mi tío. El que me enseñó lo poco que sé de piano.

El que Antonio me dijo que había muerto en un accidente cuando yo tenía diez años.

Está vivo, Aeris. Vive en una residencia cerca de Arcos.

Antonio también me mintió en esto. Otra mentira más, encima de todas las demás.

Harper dejó el rotulador sobre la mesa, despacio, y la miró con una ternura que no necesitó palabras para hacerse notar.

—Nya. El caso puede esperar a mañana. Esto no.

—No .

—Nya…

—No, Aeris. —Ella negó con la cabeza, con una firmeza que no dejaba espacio para la discusión, aunque la voz le temblara un poco al pronunciarla—.

Rafael ha esperado catorce años a que alguien lo encontrara.

Puede esperar una noche más a que yo vaya a verlo con la cabeza entera, no hecha pedazos entre dos cosas a la vez.

Pero Vega no puede esperar. Esa niña está esta misma noche bajo el mismo techo que la mujer que probablemente mató a su madre, y cada día que pasa sin que nosotros encontremos el cómo es un día más que esa mujer tiene para terminar de instalarse en su vida hasta que nadie, ni siquiera Álvaro, pueda ya sacarla de ahí.

El tiempo corre, Harper. Y tenemos que encontrar algo.

Harper la miró un momento largo, con una mezcla de orgullo y de algo parecido a la preocupación, y al final asintió, despacio, sin discutir más.

—De acuerdo —dijo—. Pero mañana vamos a Arcos. Juntos, si quieres que te acompañe, o yo me quedo fuera si prefieres ir sola con Carmen. Pero vamos. Eso no es negociable, y no te lo estoy preguntando como instructor. Te lo estoy pidiendo como quien te quiere.

Nya asintió, con los ojos ya un poco húmedos, y se permitió, solo un segundo, dejar que la noticia de Rafael se asentara del todo dentro de ella antes de devolver la vista al folio con el círculo de Irene en el centro.

—Mañana —dijo—. Te lo prometo. Pero esta noche, esto.

Harper le acercó el rotulador rosa, sin decir nada más, y los dos volvieron a inclinarse sobre la mesa, sobre las fechas, sobre las flechas que todavía no terminaban de converger del todo en una prueba, mientras en un rincón del estudio, la sábana que ya no cubría el piano dejaba ver la madera oscura brillando débilmente bajo la luz de la lámpara, guardando, paciente, la promesa de un hombre al que Nya, por fin, después de catorce años, y sin que jamás hubiera pensado que llegaría a ocurrir, iba a poder volver a llamar tío.