Capítulo Treinta y Nueve
La semilla
Parque de Bomberos de Jerez de la Frontera.
Harper había llamado a Álvaro esa misma mañana, con la excusa fácil de un par de preguntas más de rutina, y Álvaro le había dicho, sin extrañeza ninguna, que si quería podían tomar un café en su descanso de la tarde, antes de que empezara el turno de verdad.
«Aquí en el parque, si le viene bien. A Irene no le gusta que hable del caso delante de la niña, y los sábados suele quedarse con Vega toda la tarde.
» Harper había aceptado sin comentar nada sobre aquella frase, aunque la hubiera anotado, como anotaba todo, en el mismo cajón mental donde llevaba meses guardando los detalles que no encajaban del todo.
El parque olía a goma de manguera y a metal caliente, un olor que se le pegaba a la ropa desde el aparcamiento, y Álvaro lo recibió en la puerta de la sala de descanso con el uniforme de faena a medio desabrochar y dos cafés de máquina ya servidos, uno para cada uno, sin haber preguntado cómo lo tomaba.
—Solo y sin azúcar, ¿verdad? Se lo vi tomar así en mi casa.
—Buena memoria.
—Es lo único que me queda entero estos días.
—Álvaro sonrió, cansado, y se sentó frente a él en una de las mesas de plástico atornilladas al suelo, con un parque de bomberos entero visible al fondo, camiones rojos alineados y algún compañero cruzando el patio hacia los vestuarios—. Usted dirá, señoría.
Harper dejó pasar un par de preguntas de trámite —si necesitaba algo más para los trámites del seguro, si la madre de Claudia se había instalado ya en su nueva rutina de visitas a Vega— antes de llegar a lo que de verdad había ido a hacer, y lo hizo con la misma cautela con la que se acerca uno a un animal herido que todavía no sabe si va a morder.
—Álvaro, quiero preguntarle algo, y quiero que lo piense con calma antes de contestar. No hace falta que me diga nada ahora mismo, si no lo tiene claro.
—Dígame.
—Tengo un testigo que me dijo que Claudia, en los últimos meses, sentía que no podía respirar en su propia casa.
Con esas palabras. Y he estado dándole vueltas a qué puede significar eso, exactamente, en una casa donde vivían tres personas.
—Harper lo dijo despacio, midiendo cada palabra—.
¿Alguna vez tuvo usted la sensación de que Claudia quería hablarle de algo, a solas, y que siempre había algo, o alguien, entre los dos, justo cuando parecía que por fin iba a poder hacerlo?
Álvaro se quedó con el vaso de café a medio camino de la boca, y Harper vio, con la atención de siempre, cómo algo se movía detrás de sus ojos, despacio, como una piedra que empieza a rodar cuesta abajo sin que nadie la haya empujado del todo.
—Qué pregunta tan rara.
—Puede que lo sea. Contésteme de todas formas.
Álvaro dejó el vaso en la mesa, sin beber, y se quedó mirando un punto indefinido de la pared, con la misma lentitud con la que había repasado el anexo de las notas semanas atrás.
—Sí —dijo, al fin, despacio, como si la palabra le costara un esfuerzo físico—.
Ahora que lo dice, sí. Ella quería hablar conmigo de algo, más de una vez, se le notaba en la cara, en cómo me sentaba en el sofá y me cogía de la mano de una manera distinta.
Y siempre pasaba algo. Un imprevisto. Una llamada.
Irene apareciendo con cualquier excusa, siempre con la mejor de las intenciones, siempre con algo que de verdad hacía falta.
—Se detuvo, como si acabara de tropezar con algo que llevaba meses sin nombrar—.
Y ahora que lo pienso de verdad, señoría, Irene pasaba en casa todo el día, prácticamente.
Llegaba por la mañana temprano, antes incluso de que yo me acostara al volver del parque.
Y muchas noches, cuando yo salía a las diez para el turno, ella todavía estaba allí, o volvía a aparecer una hora después con cualquier cosa, un táper, una duda sobre la niña.
Nunca até nada de esto, porque cada visita suya, por separado, tenía siempre una razón perfecta. Pero ahora que lo junto todo…
No terminó la frase. No hizo falta.
—¿Y ahora?
—Ahora no sé qué pensar. —Álvaro se pasó la mano por la cara, con un gesto que a Harper le recordó, dolorosamente, al de la primera entrevista, semanas atrás—. Usted no pregunta estas cosas por curiosidad, señoría. Usted no hace nada por curiosidad. ¿Qué es lo que sabe que yo no sé?
—No sé nada que pueda demostrar. —Harper eligió las palabras con el mismo cuidado que aplicaba a un auto—.
Y por eso no le voy a decir más de lo que le acabo de decir, porque no sería justo cargarle con sospechas que todavía no tienen forma.
Pero le pido una cosa, Álvaro, y se la pido como quien pide un favor, no como quien da una instrucción.
Empiece a fijarse. En lo pequeño. En quién decide las cosas de esta casa que antes decidía Claudia.
En quién está siempre en el sitio exacto.
No le va a gustar lo que empiece a ver, probablemente.
Pero prefiero que lo vea usted, con sus propios ojos, a que se lo tenga que explicar yo con un atestado delante.
Álvaro no contestó enseguida. Se quedó mirando el vaso de café frío, con la cara de un hombre al que acaban de pedirle que examine, con luz nueva, los únicos meses de su vida en los que había creído estar recibiendo ayuda de verdad.
—Vega la busca a ella antes que a mí —dijo, al fin, en voz muy baja, como si acabara de admitírselo a sí mismo por primera vez—. Llevo semanas notándolo y diciéndome que es normal, que pasa mucho tiempo con ella, que los niños son así. Pero ahora que usted lo dice…
No terminó la frase. No hizo falta.
—Fíjese —repitió Harper, levantándose, con la mano ya en el hombro de Álvaro un segundo, el mismo gesto breve que Alex le hacía a él—. Solo eso. Fíjese, y si ve algo que no le cuadra, aunque le parezca una tontería, llámeme.
—Lo haré.
-*.*-
18:20 h.
Aparcamiento del parque de bomberos.
Nya lo esperaba en el Kona, con la ventanilla bajada y un codo apoyado en el marco, el pelo recogido de cualquier manera y una tranquilidad en la cara que a Harper, después de la conversación que acababa de tener, le sentó como un vaso de agua fría en el mejor sentido posible.
—¿Qué tal con Álvaro?
Harper se sentó en el asiento del copiloto, dejó que el coche se quedara un momento en silencio, y miró a Nya con la expresión de un hombre que lleva toda la tarde dándole vueltas a algo que todavía no sabe cómo decir en voz alta sin que suene a locura.
—Nya. Necesito preguntarte una cosa, y quiero que me contestes con sinceridad, aunque te parezca una barbaridad.
—Dispara.
—¿Te apetece echar unas horas, esta semana, en montar una teoría que no tiene ninguna lógica procesal, ninguna prueba que la sostenga todavía, y que sin embargo es la única que me encaja de todo lo que llevamos meses viendo?
—Harper se pasó la mano por la cara, casi sin creerse él mismo lo que estaba a punto de decir en voz alta por primera vez—.
Creo que Irene Salvatierra mató a Claudia Serrano.
No sé cómo. No sé por qué, todavía. Pero creo que fue ella.
Nya no pareció sorprendida. Ni siquiera pareció dudarlo.
Se quedó mirando el parabrisas, hacia la verja del parque, con esa quietud suya de cuando algo encajaba por dentro antes de que las palabras terminaran de alcanzarlo, y cuando habló lo hizo con una certeza que a Harper le heló la sangre precisamente porque no sonaba a intuición: sonaba a reconocimiento.
—Algo me dice que Claudia Serrano ya estaba muerta mucho antes de caer por ese puente —dijo Nya, despacio, sin apartar la vista del parabrisas—.
No en el cuerpo. En todo lo demás. Y a lo mejor no hace falta un cómo tan complicado, Aeris.
A lo mejor lo único que hizo Irene fue ir matándola en vida, un poco cada día, con la manipulación, con la duda, con la soledad disfrazada de compañía, hasta que no quedó Claudia suficiente para sostenerse ella sola junto a esa barandilla.
Y lo que cayó esa noche, lo que empujaron o lo que se cayó sola, ya no era del todo una persona entera.
Se quedó un momento en silencio, con las manos quietas sobre el volante, antes de añadir, más bajito:
—Yo sé reconocer eso, Aeris. Lo sé mejor que nadie. Porque a mí también me estuvieron matando en vida durante años, antes de que a nadie se le ocurriera preguntarse si estaba realmente viva.
Harper alargó la mano y la puso sobre la de ella, sin decir nada, dejando que el silencio del parque a su alrededor —el turno de tarde arrancando ya detrás de la verja, el motor lejano de un camión probándose antes del relevo— ocupara el espacio que las palabras, por una vez, no necesitaban llenar.
—Entonces vamos a demostrarlo —dijo, al fin—. Aunque tardemos meses. Aunque Fidel se me eche encima. Vamos a encontrar el cómo, Nya. El por qué ya lo tenemos delante de las narices, aunque todavía no sepamos ponerle nombre entero.
Nya arrancó el coche, y mientras dejaban atrás la avenida hacia la carretera de El Puerto, con el sol de agosto ya bajando despacio sobre los tejados de Jerez, ninguno de los dos dijo nada más durante un rato largo.
No hacía falta.
Los dos sabían, sin necesidad de decirlo en voz alta, que acababan de nombrar, por primera vez, a la verdadera enemiga de aquella historia.